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“La derecha habla de aspiraciones mientras recorta los estándares de vida”, @owenjones84

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Owen Jones revolucionó la cultura con su ensayo titulado ‘Chavs’; su gran obsesión ahora es el establishment y en su opinión nos encaminamos hacia una cultura pop dirigida por pijazos

Kiko Amat

04 Junio 2014 09:14

Kiko Amat estuvo recientemente con Owen Jones mientras éste visitaba Barcelona. Hablaron de cultura pop, de cómo demonizamos a los canis, de cómo algunos políticos nos ha hecho olvidarnos de la clase trabajadora, de la necesidad de pensar más allá de los márgenes y de la necesidad de periodistas working class.

Owen Jones es el autor del mejor libro político traducido recientemente en España: Chavs: la demonización de la clase obrera (Capitán Swing, 2011). Mi cita con él es en el CCCB de Barcelona, donde esta noche tendrá lugar su conferencia “Qui té poder, avui?”. Jones tiene pinta de permanecer a algún grupo grime de Hackney –esa cara de inglés huesudo y poco muscular, los ojos tristes y la nariz diminuta—, pero habla mucho más pausado, con un casi indetectable acento de Manchester. Viste de oficinista anónimo y, cuando aparezco en la sala, está removiendo el azúcar en algún tipo de té. Lo que sigue es media hora (31 minutos, para ser exactos) de plática enjundiosa —aunque también jovial…— con uno de los más interesantes pensadores de la izquierda moderna.

Al tratarse de ensayos de raigambre política tus artículos no suelen hablar demasiado de ti en primera persona, y me gustaría que para empezar me dieses un par de pinceladas sobre tu bagaje, padres, tu educación.

Soy de una familia donde el socialismo se remonta a varias generaciones. Mi bisabuelo tuvo su iluminación con la revolución rusa, aunque cuando Stalin llegó al poder se desilusionó, claro. Se negaba a levantarse para el himno nacional, y estuvo en la huelga general de 1926, en defensa de los mineros, y perdió su empleo (trabajaba en los ferrocarriles). Mi tío-bisabuelo formó parte del equipo de futbol de un partido de izquierdas, en los años treinta. Mi abuelo se unió a los comunistas, y era estibador portuario. Mi abuela era del consejo laborista. Mis padres se conocieron como activistas trotskistas en los sesenta, haciendo campaña por la revolución, y mi padre fue organizador de un grupo trotskista llamado The Militant, que trabajó como parte del partido laborista y se llevó a muchos afiliados cuando tuvo lugar la purga anti-trotskista. Mis padres nos tuvieron a mí y a mi hermana gemela, además de a dos hermanos mayores, y como no tenían dinero se vieron forzados abandonar la revolución para concentrarse en criarnos.

¿Todo esto sucedió en Londres?

No, perdón. Yo nací en Sheffield. Es una ciudad industrial. Mi padre empezó a trabajar en un despacho del council local, mi madre se metió de profesora de informática, al poco tiempo nos mudamos a un pueblo de Escocia y, finalmente, cuando yo ya tenía seis años, a Stockport, cerca de Manchester. Siempre he estado rodeado de ideas socialistas, pero mis padres se sentían derrotados por lo que sucedió en los años ochenta. Los ochenta son los peores tiempos para la izquierda, que perdió en las elecciones de forma espectacular. Mis padres se quedaron muy quemados tras aquella debacle, y se rindieron. Así que, si yo he sufrido algún tipo de rebelión adolescente, adoptó la forma de rechazo al pesimismo de mis padres (sonríe). Mis padres se volvieron muy pesimistas y negativos, pero yo me negué aceptar que la batalla estaba perdida. Yo pensé que la batalla se había perdido, sin duda, pero aún quedaba una guerra por ganar, y que aún se podía ganar si le poníamos esperanza y optimismo. Y aún lo creo.

"El gran mito de los noventa ingleses era que todos éramos de clase media. Pero donde yo crecí nadie iba a la universidad.

¿Tus padres tragaron con los esquemas neoliberales de New Labour, o por ahí no pasaron?

No, eso no. Permanecieron en la izquierda; jamás se pasaron a la derecha. Pero al estar a la izquierda del partido laborista estaban muy desilusionados, como decía. Perdieron la capacidad de luchar, el fuego y el empuje. Estaban demasiado deprimidos para rebelarse. Pero creo que hay que seguir luchando, es exactamente el camino que conviene seguir. Dicho esto, mis padres jamás se convirtieron a Blairitas, no. De hecho, según ellos, quien ha realizado un pequeño paso a la derecha he sido yo (ríe). Si esto fuesen los años setenta me estarían hostigando por ser un reformista derechoso liberal (ríe).

Chavs es el gran libro de defensa razonada, sin glorificación, de las clases obreras actuales, tan demonizadas por el discurso de la derecha. ¿Pero hubo algún suceso concreto que te arrojara a pensar así? Me refiero a algún tipo de calumnia en concreto, de los muchos que mencionas en tu trabajo.

El gran mito de los noventa ingleses era que todos éramos de clase media, excepto una ralea problemática del subproletariado que se negaba a “escalar” de clase social. Pero donde yo crecí, en Stockport, nadie iba a la universidad, desde luego, y la mayoría de gente que yo conocía ni siquiera continuaba estudiando más allá de los dieciséis, y un amplio sector de esa misma gente crecía en entornos problemáticos. Por tanto, la idea de que no existían las clases sociales... Siempre he sabido que sin política de clase la izquierda deja de existir. Es una de las ideas fundamentales de la izquierda. Así que, para mí, estuvo claro desde siempre que había que resucitar el concepto de clase para que la izquierda pudiese sobrevivir. Me influenciaban las ideas socialistas, sin duda, los ensayos de EP Thompson, el historiador británico, por ejemplo; pero lo que me atizaba de veras era el dogma neoliberal, falso, de lo que el Reino Unido representaba. Eso me retaba a desmentirlos, y a luchar contra ellos.

Un pensamiento con el que estoy de acuerdo es el que define el triunfo de la derecha como una revolución, de las de toda la vida: una completa inversión de los términos del combate. Y también con el que dice que para combatir esa revolución quizás las izquierdas deberíamos aplicar la reacción.

No estoy tan seguro. Lo que la izquierda hace casi siempre es adoptar posturas defensivas. “Paremos la privatización”. “Paremos la guerra”. “Paremos el mundo, quiero apearme de él”. Mientras que la derecha sigue impulsando su visión del mundo, imagina propuestas, se atreve a buscar cambios. Una teoría que me resulta atractiva es la de la Ventana de Overton. Se llama así por un político neoliberal americano, ya fallecido: Joseph P. Overton. Todo lo que entra dentro de la “ventana” es el rango de ideas que el público puede encontrar aceptable, es el sentido común del mainstream. Todo lo que está fuera de la ventana es extremo, delirante, impráctico.

"La crisis se convierte en una nueva oportunidad para implementar políticas extremas que de repente se convierten en aceptables"

Lo que se viene a denominar “lunáticos marginales”, vaya.

Exacto. “Por favor, regresen a la tierra, ¿hola?”. Las locuras. Lo que hizo la derecha fue mover la ventana para que lo que antaño era considerado extremo (es decir, las ideas neoliberales) de repente entraran en el mainstream. Y, al revés, que lo que una vez era considerado aceptable por la opinión pública, de repente pasara a ser considerado extremo (como el estado del bienestar). Otro ejemplo: el keynesianismo. El keynesianismo era visto en los setenta como conservador, y ahora se interpreta como izquierdoso. En resumen, ha habido un cambio dramático en cómo se interpretan los elementos del debate. Y la izquierda, por consiguiente, debería alterar los términos del debate, y en lugar de decir “paremos esto” y “paremos aquello”, empezar a decir: “Este es el tipo de sociedad en el que queremos vivir”. Porque lo que ha hecho la derecha es rediseñar la sociedad a su imagen y semejanza. Han utilizado la crisis —y esto es algo que siempre decía Milton Friedman— para conseguir cambios. Necesitas una gran crisis para conseguir algún cambio, la crisis se convierte en una nueva oportunidad para implementar políticas extremas que de repente se convierten en aceptables.

Además han conseguido que su imagen de dinamizadores de la sociedad sea extremadamente atractiva. Ellos son los modernos, los emprendedores, el futuro, la juventud; nosotros los viejos marxistas jorobados, pasados de moda y amargados. Solemnes, estirados e incapaces de bromear.

Lo que, por otro lado, es bien extraño, porque casi toda la comedia inglesa viene de la clase trabajadora y la izquierda. Los cómicos de derechas no hacen reír a nadie. Pero estoy de acuerdo. El proyecto liberal triunfa a base de decir que hay espacio en la cumbre para todos nosotros; que si trabajas duro puedes convertirte tú también en millonario; que todos podemos ser ricos; y que la única forma de autosuperación personal estriba en el individualismo, en alguien prosperando al margen de sus ciudadanos, por sí mismo. Y lo que se deduce de esto, y que también forma parte del discurso neoliberal, es que todos aquellos que no consiguen triunfar deberían culparse a sí mismos. Esa es una idea muy potente, como dices: no permanecer anclado a la masa; ser tú mismo; encontrar tu destino. Y lo que la izquierda ha sido, según ellos, es la voz triste, aburrida, la que quiere que todos seamos iguales, y que coloca trabas al crecimiento individual. La izquierda es la monótona y deprimente, ellos los soleados y optimistas. Ronald Reagan fue uno de los primeros en verbalizar esta nueva perspectiva con su lema: “Sunshine in America”. Lo que sucede ahora es que hay mucho miedo y rabia, y sin esperanza no hay forma de vencer. Necesitas rabia para luchar contra la injusticia, pero también necesitamos pensamientos positivos y mensajes optimistas para las familias, para las comunidades. Y volver a decir que juntos podemos conseguir mejores estándares de vida para esas familias y comunidades. Lo que la derecha hace es hablar de aspiraciones mientras recortan los estándares de vida; lo que me parece particularmente perverso. Tenemos que intentar construir una sociedad justa, igualitaria, donde todo el mundo pueda realizar su potencial. No veo por qué la izquierda no puede hablar de aspiraciones. Si condenas a todo el mundo a la pobreza, entonces no hay libertad de ningún tipo, porque la gente está esclavizada por facturas, por miedo a los desahucios. Pero la derecha utiliza ahora palabras como “modernizar”, que antes era un término de izquierdas. Lo mismo con “reforma”, que jamás había sido un término conservador.

Ahora lo es, o cuanto menos todo el mundo lo interpreta como tal.

Ahora sí, sin duda. “Modernizar” no significa otra cosa que “privatizar”, y “reformas” significa “recortes”. Digámoslo claro: nos han birlado el lenguaje. Y la verdad es que al César lo que es del César: es una gran idea. Han popularizado esa imagen de que ellos son los modernos y los jóvenes, y nosotros los dinosaurios...

Anclados al siglo XIX.

Exacto.

Lo cierto es que su táctica bélica es admirable, por no decir copiable.

Cierto. ¿Por qué no aprender de lo que ellos hacen?

"En lugar de señalar a los de arriba, que tuvieron la culpa de lo que ha pasado, se señala a los vecinos de uno. A eso se le llama usar la política de la envidia"

Tu libro señala los dos motivos que puede tener el estado neoliberal para difamar a las clases obreras: uno es, obviamente, distraer a la gente del fraude fiscal hablando solo del fraude a la seguridad social (que, como apuntas, es de 1 billón de libras frente a los 70 billones que se pierden por fraude corporativo). Y el otro es la completa ignorancia. Después de todo, como tú mismo citas, “no conocen a nadie que viva en esas condiciones”.

En efecto. Lo primero es muy astuto. Se trata de redirigir la rabia que padece la gente por haber tenido que reducir sus estándares de vida. En lugar de señalar a los de arriba, que tuvieron la culpa de lo que ha pasado, se señala a los vecinos de uno. A eso se le llama usar la política de la envidia. Se trata de decirle al obrero: “no te enojes con tu jefe, porque él no tiene la culpa de no poder pagarte más; enójate con el parado, porque vive rodeado de lujos y es culpable de que el estado no tenga más capital”. Cuando buscaban los recortes de las pensiones, su retórica era decirle a la gente, de nuevo: “no te enfades con tu superior; enfádate con los pensionistas, que se están llevando todo el dinero de las arcas del Estado”. De nuevo, con las políticas de recortes de prestaciones para la vivienda, el discurso era: “no te enfades con el gobierno por desatender la construcción de viviendas de renda limitada; enfádate con los inmigrantes que se están llevando todas las casas lujosas”. Es envidia, solo envidia; eso es todo lo que pueden ofrecer. Decir que si a ti te han robado, por qué no deberían también robar a tu vecino, que lo merece más que tú. Y eso se le mete en la cabeza a la gente. Piensan que lo que se les ha hecho es una gran injusticia, y lo es, pero solo piensan en condenar al prójimo. Lo que sucede al final es que los únicos demonizados son los que se encuentran en el fondo del cubo. Ellos son los investigados, pese a que la actitud que de veras es socialmente destructiva es la de los estratos superiores, que nunca son fiscalizados o expuestos por los medios de comunicación. Por añadidura, no tenemos una prensa libre. Lo que tenemos son medios dirigidos por magnates con motivaciones políticas, y que poseen razones sobradas para defender el statu quo y permanecer en el poder. Y tenemos una debilitación progresiva (en número) de los periodistas de clase obrera, desde que se implantaron las becas no remuneradas —que es otra manera de llamar a trabajar gratis— y para acceder a los cuales tienes que presentar títulos de posgrado, que son muy caros de conseguir. También entra en juego el declive de los periódicos locales, que eran una forma de adquirir práctica por parte de los periodistas de clase obrera. Une todos estos factores y verás cómo en prensa y TV se ha acabado con un círculo cerrado de gente privilegiada económicamente al que solo accedes si formas parte de ciertas familias. No hace falta decir que cuando esta gente observa el mundo y lo filtra a través de sus experiencias y prejuicios (cosa que, por otro lado, hacemos todos), y son todos ex-alumnos de colegios privados que jamás han utilizado la seguridad social, y que jamás se han mezclado con gente de otros estratos sociales...

Y que jamás han subido a un maldito autobús...

¡Exacto! Bien, ¿cómo decirlo? Su comprensión de las prioridades y problemas que afectan al resto de la población serámuy limitado. En The Telegraph leí el otro día una historia sobre la nueva “Squeezed Middle”[1], un término que cada vez se escucha más, cuyos sueldos eran de 120.000 libras anuales. Y la noticia era que se quejaban por el precio de las matrículas de la escuela privada donde estudiaban sus hijos. Veamos: el 93% de la gente no lleva a sus hijos a escuelas privadas. Lo bueno es que esta gente de clase alta se ha autoconvencido de que se está cometiendo una terrible injusticia contra ellos, de que están con el agua al cuello por querer mandar a sus hijos (estúpidamente, en mi opinión) a escuelas privadas. ¡Y esa gente tiene sueldos de 120.000 libras al año! Solo un 1% de la población británica está en esa posición de poder. Es increíble, increíble de veras, cómo la gente se engaña a sí misma para desviar la culpa, para hacernos creer que están en la posición de víctimas, o que están pasándolo mal, cuando son la gente que posee más riquezas y tiene acceso a los mayores privilegios. Y ven el mundo de esta misma forma. A Tony Blair (esto es una historia muy famosa) le pidieron una vez que intentase adivinar cuál era el sueldo medio inglés, y respondió 70.000 libras. ¡70.000! Cuando en realidad no llega a 21.000. O sea, existe una completa falta de comprensión acerca de cómo vive la gente común. Y cuando por fin topas con alguien que sí habla de ello, se trata de programas de televisión que buscan distorsionar la realidad, y presentar a individuos de clase obrera que no despiertan la menor simpatía.

"A la gente privilegiada le gusta pensar que han llegado donde están por puro talento y empuje, no porque la ruleta estaba trucada a su favor"

¿Dirías que es una mezcla de estupidez más malevolencia? ¿Qué tanto por ciento ocuparía cada uno?

Bueno, yo no diría malevolencia. Es puro dogma ideológico combinado con ignorancia, eso sí. Y el dogma mismo depende de la ignorancia voluntaria, o deseada. No se trata de una conspiración en la que unos cuantos sujetos sórdidos se reúnen en una habitación y empiezan a pergeñar nuevas formas de demonizar a los demás y arruinar sus vidas. Se trata simplemente de una mentalidad compartida que en parte se alimenta de sus bagajes pudientes. A la gente privilegiada le gusta pensar que han llegado donde están por puro talento y empuje, no porque la ruleta estaba trucada a su favor. A nadie le gusta pensar que su estatus se debe a...

Su padre.

Por ejemplo. Lo que deciden creer es que “lo merecen”. “Merezco estar aquí. Los demás no lo merecen, porque son zoquetes y vagos. Una pandilla de holgazanes tontos del haba, eso es lo que son”. Y se lo creen. Es una convicción genuina, que solo se sostiene porque viven en un mundo increíblemente protegido y remoto.

¿Qué empezó este cambio en la forma en que se percibe a la clase obrera? Porque en los sesenta ingleses, la clase obrera eran los Beatles y Michael Caine. Es decir, gente creativa y brillante a quien todo el mundo admiraba.

El momento clave es la primera victoria electoral de Margaret Thatcher, en 1979. Fue una explosión de desigualdad sin parangón. El Reino Unido se volvió mucho menos justo a una velocidad asombrosa. La racionalización es la siguiente: Thatcher canjeó los problemas sociales por fracasos individuales. Las cifras de desempleo son fracasos sociales, y requieren una respuesta social colectiva, pero Thatcher promulgó que si eras pobre y parado, ese era problema. Era un problema personal, una característica personal de cada uno, que cada uno tenía que resolver de forma individual.

Cameron repitió lo mismo en el 2008: si estás gordo o eres pobre, es posible que sea solo culpa tuya. Gracias, David.

Exactamente. Individualizas sus problemas. Es una forma muy útil de redirigir la culpa, porque entonces el fracaso del estado del bienestar se debe esos fracasos individuales, y por tanto no es fiable ni rentable. Pero volviendo a la cultura juvenil: un estudio de 1990 demostraba que casi todos los músicos del momento venían de entornos no privilegiados. Ese ha dejado de ser el caso hoy en día. Grupos como Coldplay, por ejemplo, vienen de cómodos entornos de clase media-alta. Jarvis Cocker, de Pulp, afirma que eso se debe a las alteraciones en las prestaciones de desempleo de la Seguridad Social. Hace años, si demostrabas que eras músico podías cobrar el subsidio de desempleo, pero eso terminó. Ahora las condiciones para conseguir prestaciones son draconianas, y pueden ser eliminadas de un plumazo tras cualquier irregularidad menor, como que se te olvide firmar un documento. Esto es algo rutinario, hoy en día. Por tanto, a no ser que vivas de Papá y Mamá y te dediques a la música, es muy difícil conseguir avanzar en ese campo. Lo mismo sucede con los actores, una profesión donde se ha empezado a implementar también lo de las becas no pagadas, que de nuevo solo pueden gozar los ricos. También pasa con los cómicos, y un largo etcétera.

Jesús. No se me ocurre nada peor que una cultura pop diseñada exclusivamente por pijazos.

(Ríe) Vamos hacia allí, no hay duda. Ya está pasando.

Aunque, ahora que lo pienso, en 1992 ya estaban Blur, que eran unos poshos tremendos.

Sí, pero hacían ver que eran de clase obrera. Ese era su truco.

En Chavs se afirma repetidamente que muchas de las batallas contra la demonización de la clase obrera se libran en oposición a la intolerancia progresista, algo con lo que estoy completamente de acuerdo.

Evitan relacionar clase con raza o género, tres elementos que están interconectados. La intolerancia progresista evita relacionar esos ataques con temas de clase. En el Reino Unido sucede con la intolerancia anti-musulmana, que comúnmente va disfrazada de liberalismo: si todos los musulmanes son machistas, entonces debemos ser anti-musulmanes; ese es el razonamiento. En el Reino Unido mucha gente que jamás soñaría en pronunciar una frase racista o sexista, y que se escandalizarían si escuchasen al alguien pronunciando algo semejante, son los primeros en verbalizar sin sonrojo tremendos insultos de clase. Contra los blancos pobres, por ejemplo.

Las comunidades de clase obrera tienden a estar más mezcladas racialmente que las de clase media y alta. Y asimismo, la “blancura” se asocia a la clase obrera, y sus problemas se asocian también a esa “blancura”.

El mejor ejemplo de algo así es el caso Jane Goody[2], de Big Brother, explicado sobradamente en Chavs. A primera vista, la disputa entre Goody y Shilpa Shetty era racial, pero (como afirma tu libro), se trataba de pura tensión de clase.

Lo más ridículo de aquello es que Jane Goody, como nadie se molestó en investigar en su momento, era hija de un matrimonio racialmente mixto. O sea, que la gente que la llamaba “racista” y se mofaba de sus labios, por ejemplo, estaba a su vez siendo racista. A veces estas manifestaciones de desigualdad —como las que realizó Jane Goody— no las hacen lectores racistas del Daily Mail, sino que obedecen a otro tipo de desigualdad (económica) de la que no suelen hablar los periódicos.

Una vez entrevisté a Jah Wobble (de Public Image Ltd) y me soltó de sopetón que la clase más mancillada que existía era el lumpen blanco.

El problema real, creo yo, es cómo se borran con aerógrafo y se manipulan esas imágenes del “lumpen”, y cómo todo el mundo aparentemente vive en la “clase media”, excepto un puñado de tipos antisociales en chándal. Una de las cosas que suelen decirse hoy en día es: “la clase trabajadora ya no trabaja, porque los inmigrantes son los que realizan toda la faena”. Por tanto, siguiendo este razonamiento, lo único que hace esa clase trabajadora es “chupar de estado”. Esa idea de un subproletariado estático es completamente ficticia. El ciclo de desempleo y empleo precario es, por otra parte, bien real. Lo de una tradición generacional de gente que se niega a trabajar tampoco tiene el menor fundamento estadístico. Tampoco niego que exista un margen antisocial de la clase obrera: el primer capítulo de mi libro habla de Karen Matthews, alguien que secuestró a su propia hija, por Dios. No estoy negando que existan individuos disfuncionales como ella, lo que intento combatir es que algo así se utilice para demonizar a un sector enorme de la sociedad.

Además, existen individuos disfuncionales en todas las clases. Mira nuestra familia real, por ejemplo.

Claro. Lo que sucede es que si eres rico puedes conseguir ayuda más fácilmente. Pongamos otro ejemplo: el uso de drogas; algo que permea a todas las clases sociales. Las clases medias fuman hierba continuamente. Otro mito interesante es el del alcohol. La gente piensa que el alcoholismo es un rasgo particular de las clases desposeídas, pero varios estudios demuestran que las clases medias beben bastante más alcohol que las clases trabajadoras desempleadas. Para empezar, pueden permitírselo. Pero esto no se representa así. Generalmente la caricatura del bebedor es la del tío con chándal en las casas baratas con un 6-pack al lado, y eso es un completo bulo. Es un mito, lo de toda esa gente peleándose en pubs, o anclados al sofá, emborrachándose continuamente y apostando. Mira, por otro lado, el Bullingdon Club de Oxford, del que fueron miembros David Cameron y George Osborne[3]: uno de sus pasatiempos era destrozar restaurantes.

Seguro que también se caneaban el trasero en los dormitorios.

Sin duda. Sadomasoquismo a destajo. Existe una foto célebre del joven George Osborne acompañado de una chica de compañía junto a lo que parece polvo blanco encima de la mesa. Todo lo mencionado forma parte de la misma idea: concentrémonos en los delitos de los pobres en lugar de fijarnos en el comportamiento de las élites. Porque ellos pueden hacer todo lo que se penaliza en los demás, como no pagar impuestos o mandar al mundo a una catástrofe económica por pura codicia.

En cambio, a la clase obrera blanca se la puede insultar y condenar, porque, según la perspectiva mediática actual, son solo una horda de hooligans iletrados.

A mí ni siquiera me gusta el término “clase obrera blanca”, porque las comunidades de clase obrera tienden a estar más mezcladas racialmente que las de clase media y, por supuesto, alta. En cualquier barrio trabajador de Londres la gente trabaja unida y duerme unida. Tenemos los porcentajes más altos de relaciones sentimentales interraciales del planeta. Eso no sucede en los home counties[4], o la Inglaterra campestre de clase media. El término “clase media blanca” nunca se usa, y eso que se acerca mucho más a la realidad. La clase media inglesa es mucho más blanca que la clase obrera. Y asimismo, la “blancura” se asocia a la clase obrera, y sus problemas se asocian también a esa “blancura”, cuando es el conjunto de la clase trabajadora, de todas las razas, la que sufre la escasez de viviendas, la pérdida de derechos laborales, el descenso de los sueldos... De nuevo, se trata de lo que comentábamos antes: intolerancia progresista, que trata de convencernos que toda esa clase obrera es homofóbica y racista, y por tanto resulta perfectamente adecuado meterse con ellos y negarles sus derechos. La homofobia es otro ejemplo de esto: innumerables encuestas demuestran que la clase obrera es menos homófoba que la clase media. Esto suele sorprender a la gente, pero es así: en Londres o Manchester un homosexual tiene menos probabilidades de ser denigrado o insultado que en un suburbio selecto de Surrey. Otro mito. Se nos pinta a la clase obrera como racista, intolerante...

Votante de la English Defence League[5]...

Sí. Primates embriagados que acaban de aprender a andar. Pero la intolerancia se encuentra en todos los estratos de la sociedad británica, y desde luego no tiene afiliación de clase.

Chavs condena a los humoristas que caricaturizan negativamente a la clase obrera, un punto de vista que merece la pena comentar. No me entiendas mal: la Vicky Pollard[6] de Little Britain me parece tan ofensiva y poco divertida como a ti. Es solo que la comicidad, por definición, debe carecer (conceptualmente) de limitaciones temáticas. Y que si nos ofendemos por cosas así nos arriesgamos, de nuevo, a quedar como los izquierdistas cenizos y quejicas de siempre.

Desde luego. Estoy de acuerdo con eso. Lo que intentaba subrayar era que esas caricaturas se utilizan luego para implementar políticas, y se solidifican como símbolos verdaderos, como si esas parodias fuesen emblemáticas y, en una palabra, reales. Vicky Pollard, por ejemplo. Independientemente de lo divertida que sea la parodia, el problema es que el Daily Mail publica un artículo sobre prestaciones de desempleo, y la imagen que acompaña al texto es de... ¡Vicky Pollard! ¡Un personaje ficticio! Lo preocupante de cosas como Shameless o el Wayne y Waynetta Slob de Harry Enfield es que ambos se utilizan como entidades reales. La BBC publicó hace poco una imagen de Vicky Pollard con el pie de foto: “¿Es Vicky Pollard un símbolo adecuado de la clase obrera?”. Y ese es el problema. La apropiación de la comedia para decir: “esta gente es así de veras. Y por tanto debemos recortar aún más el subsidio de desempleo”. Y eso es exactamente lo que consiguen.

[1] La nueva clase media “exprimida” por la inflación y las rentas en declive, y que es incapaz de continuar con sus estándares de vida habituales.

[2] Jane Goody, una concursante de clase obrera que entró en el año 2002 a la casa del Gran Hermano inglés, fue linchada mediáticamente tras haber proferido insultos raciales contra Shippa Shetty, una exitosa actriz india-británica de Bollywood.

[3] Ministro de Hacienda británico

[4] Los condados del Este y el Sudeste de Inglaterra que rodean Londres, no incluyendo la propia capital.

[5] Partido de ultraderecha inglesa de nuevo cuño, organizado mayormente alrededor de firms de hooligans de distintos equipos.

[6] Personaje ficticio de la serie Little Britain interpretado por Matt Lucas. Se trata de la arquetípica madre soltera adolescente y poligonera, vista según el criterio de sus creadores, Matt Lucas y Andy Riley (ambos ex-alumnos de Oxford).

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