Entrevistas

William Gibson: “Nunca imaginé que el ciberespacio pudiera servir para intercambiar cotilleos”

Una conversación sobre el pasado y el futuro (y también sobre la moda) con el padre de la ciencia-ficción cyberpunk

William Gibson tiene nueva novela traducida al castellano: “Historia Cero”, el cierre de la trilogía ‘Blue Ant’. Nos sentamos con él en una biblioteca silenciosa para saber más sobre sus actuales líneas literarias, para bucear de nuevo en el ciberespacio y descubrir su reciente pasión por la moda.

William Gibson no habla, susurra. Y no sólo porque esté en una biblioteca. William Gibson es un hombre tranquilo. Al que últimamente le interesa más la moda que los ordenadores. Aunque en realidad al Padre del ciberespacio (sí, en mayúsculas, porque Gibson es el autor de “Neuromante”, la novela que predijo la existencia de la realidad virtual entendida como un flujo de información que nos permitiría vivir en otro mundo, un mundo que estuviera dentro del ordenador) nunca le interesaron demasiado los ordenadores; de hecho, él mismo apenas los utiliza (he aquí la primera confesión de esta charla bibliotecaria): lo que le interesó desde el principio era la forma en que los seres humanos iban a utilizarlos. La forma en que podrían cambiar nuestras vidas. Lo que nunca imaginó, dice, en susurros, es que servirían para “intercambiar cotilleos”. Se está refiriendo a las redes sociales, el Más Allá del ciberespacio que él imaginó.

Pero repasemos brevemente su carrera antes de sentarnos con él en esta sala poco iluminada de la biblioteca. Estamos en Bilbao. William Gibson asiste al Festival literario Gutun Zuria y han pasado 28 años desde que su primera novela, la mencionada “Neuromante” inauguró definitivamente un género (ya avistado en los relatos incluidos en “Quemando Cromo”, su primera antología), el cyberpunk. Desde entonces ha publicado tres trilogías y ha dado alas a otro movimiento, el cada vez más en boga steampunk, profundizando en su particular estilo y explorando sus múltiples y ciertamente laberínticos universos. La última de sus novelas, “Historia Cero” (Urano), cierra la llamada trilogía ‘Blue Ant’ y es la historia de un multimillonario lunático (Hubertus Bigend) que contrata a una ex cantante convertida en cazatendencias llamada Hollis Henry para descubrir quién hay detrás de una marca secreta capaz de fabricar los tejanos perfectos. El tercero en discordia es Milgrim, el personaje que tiene una “historia cero”, esto es, que no sabe quién es y que puede no ser nadie. Un continente sin contenido. Pero no dejemos que se impaciente. Sentémonos y preguntémosle cómo empezó todo. De dónde viene su pasión por el pasado. Por ese peculiar retrofuturo.

¿Qué tipo de cosas leía el William Gibson adolescente para acabar escribiendo un tipo tan peculiar de ciencia-ficción?

Oh. Cuando empecé a publicar todos los periodistas querían saber qué escritores eran los que me habían influido. Y yo tenía una lista preparada. Pero con el tiempo me di cuenta de que en esta lista sólo había escritores con los que quería que se me relacionara. No estaban los que de verdad me habían influido. Así que decidí dejar de dar nombres. Pero voy a decirte algo. Empecé a leer ciencia-ficción el mismo año en que leí “Aullido” de Allen Ginsberg. Y no sé, quizá de esa mezcla, del todo es posible de la ciencia-ficción y la pulsión de la literatura beat, surgió mi estilo.

"La ciencia-ficción imagina futuros, sí, pero en realidad está hablando del momento en el que se escribe."

¿Y qué hay del punk?

El punk fue fundamental. En parte fue el motor que me impulsó a escribir. Yo publiqué mi primera novela en 1984, pero empecé a escribirla en 1977, cuando surgió el punk. Siempre había querido sentirme integrado en un movimiento contracultural, y lo de finales de los 60s me había parecido superficial. En realidad fue que cuando me quise sumar, ya se había acabado, y se acabó de aquella forma tan brutal que pensé que mejor no haber formado parte de ello. Pero con el punk era distinto. Quise incorporarlo de alguna manera a lo que estaba escribiendo. Y así nació el cyberpunk. Nació en parte porque me sentía demasiado mayor para sumarme a algo tan realmente contracultural. La ciencia-ficción imagina futuros, sí, pero en realidad está hablando del momento en el que se escribe. Y en aquel momento lo que estaba pasando era el punk. Y yo no dudé en incorporar iconos punks a lo que hacía.

Y por supuesto, luego está Japón...

Japón me parece el país más futurista y a la vez más tradicional que existe. Siempre me lo ha parecido. Sufrió un choque brutal en la época de Revolución Industrial. Había pasado siglos aislado del mundo y cuando decidió abrirse importó la Revolución Industrial británica. Compraron ferrocarriles, telégrafos, de todo, y en muy pocos años pasó de ser una cultura antigua a ser el primer país industrial de Asia. El shock futurista fue impresionante. Ningún otro país del mundo lo ha experimentado como ellos lo hicieron. Pero lo más fuerte es cómo ha conseguido con el tiempo superar ese trauma. Porque realmente fue traumático. Pero se adaptaron de una manera espectacular, manteniendo por un lado su tradición pero a la vez lanzándose sin miedo al futuro. Por eso la sensación al estar allí es la de estar en un país futurista. Es por eso que a menudo lo incorporo en lo que escribo. Creo que tiene mucho que ver con los tipos de mundos que describo.

Hablando de tus mundos, has dicho en alguna ocasión que nunca pensaste que el ciberespacio llegaría tan lejos... ¿A qué te refieres?

El escritor de ciencia-ficción siempre va a quedarse corto porque nunca está hablando en realidad del futuro. No pretende predecir nada, sólo retratar el presente, a su manera. Por supuesto que el ciberespacio ha ido más lejos de lo que pensaba. Y me ha sorprendido. Porque nunca pensé que serviría para intercambiar cotilleos, por ejemplo. Pero cualquier cosa podría haber ido más lejos de lo que pensaba en 1984. Cualquier cambio tecnológico es muy difícil de predecir, dada la complejidad del mundo en el que vivimos.

¿Dirías que el ciberespacio que finalmente ha sido nos ha hecho más o menos humanos?

No lo sé. Supongo que la respuesta obvia es que somos menos humanos. Pero si nuestro mundo digital nos está haciendo menos humanos, ¿quiere eso decir que en la Edad Media éramos más humanos? Si llevaras a un tipo de hoy en día a la Europa de la Edad Media, ¿crees que lo primero que les diría a los europeos sería algo parecido a: ‘¡Eh, tíos! ¡No puedo creerme lo humanos que sois!’? Mi lectura de la Historia, con mayúsculas, es que nuestros tataranietos nos recordarán como precursores de aquello en lo que sea que se hayan convertido. Es decir, yo veo a mi tatarabuelo como precursor del tipo de persona que soy. Como una parte del camino que nos ha traído hasta aquí. Así que no nos verán más humanos. Nos verán como el pasado que tuvo que ser.

¿Entonces somos a la vez pasado y futuro?

Por supuesto. Si ahora mismo entrara por la puerta tu tataranieto, te vería como el pasado. Pero si entrara, imagina, mi tatarabuelo, diría: ‘¿Cómo demonios se ha convertido un almacén de grano en todo esto? ¿Qué hacen aquí todos esos libros?’. En muy poco tiempo han pasado muchas cosas. Creería que ha viajado a un futuro muy, muy lejano. En cambio, tu tataranieto se preguntaría cómo es posible que vivamos sin todo lo que ellos tienen en el futuro. Y lo hacemos. Ahora mismo estamos viviendo sin un montón de cosas que en el futuro serán indispensables.

Dices que no te interesan los ordenadores. ¿Cómo se te ocurrió lo del ciberespacio?

Lo he contado en más de una ocasión. Fue un día, paseando por Vancouver. Pasé delante de un salón de recreativos y vi a un montón de chavales jugando a videojuegos. Eran juegos de arcade, de los primeros que se veían. Los chavales estaban tan aislados del mundo exterior que pensé que daban la sensación de querer meterse dentro del juego. Era como si quisieran que el mundo real desapareciera o como si ya hubiera desaparecido para ellos. Al cabo de pocos días vi un anuncio de Apple en el que aparecía el primer ordenador que yo veía que no tenía el tamaño de un establo. Y pensé que tarde o temprano todos tendríamos uno de esos y viviríamos de alguna forma dentro de ellos. Por eso siempre digo que en realidad no me interesan los ordenadores sino lo que la gente hace con ellos.

En estos momentos tu interés tiene más que ver con el mundo de la moda, a juzgar por el tema de “Historia Cero”, tu última novela.

Sí. Me interesa en el sentido de que considero la moda una especie de lenguaje. Un lenguaje mudo. Inevitable. No sé, me interesa lo que dice la ropa de ciertas tribus urbanas, por ejemplo. Es como con los ordenadores. No me interesa la ropa en sí sino lo que la gente hace con ella. Y luego está el tema de que hace poco trabajé como consultor en una empresa especializada en branding (creación de marcas) y descubrí que esa empresa, que yo siempre había pensado que únicamente hacía ropa deportiva, también se dedicaba a diseñar ropa militar. No es casualidad que buena parte de la moda masculina actual se base en el diseño militar. No son guiños, en muchos casos son copias de lo que están fabricando para el ejército.

¿Una marca cualquiera, una marca conocida, puede estar fabricando ropa para el ejército?

Por supuesto. La marca a la que me refiero es una marca deportiva muy conocida. Piensa que la industria militar es prácticamente la única industria que está a prueba de crisis y en nuestro presente, marcado por la idea de que a una crisis sigue otra crisis, de que no hay escapatoria, la industria de la moda tiene que asegurarse su sustento.

"Si alguien hubiese programado una serie como “Black Mirror” hace 20 años todo el mundo habría pensado que era imposible que llegáramos a vivir así"

Hablemos de los personajes. Tengo entendido que Milgrim era prácticamente un extra de tu anterior novela, “País De Espías”. ¿Cómo es que se interrelacionan tanto tus historias?

No es que se interrelacionen, es que cuando me pongo a escribir una nueva novela hago una especie de casting mental. Digamos que convoco una especie de casting. ¿Y quién se presenta? Personajes que ya conozco. Personajes que en algún momento tuvieron un pequeño papel en otra de mis historias y que vuelven dispuestos a hacerse un hueco en lo que sea que esté escribiendo. Yo suelo decirles que no tienen nada que hacer pero siempre me acaban convenciendo. Milgrim es uno de ellos. En otra de mis historias era el tipo que entraba a robar en un apartamento. Lo había pasado tan mal entonces que decidí darle una novia, y se convirtió prácticamente en el protagonista. Cuando le di la historia a leer a mi mujer me dijo: ‘¿Crees que alguien va a tragarse esto? Me parece muy bonito por tu parte, pero no creo que nadie se lo crea’. Pero a todo el mundo le encanta.

¿Tiene esa manera de trabajar con los personajes algo que ver con el hecho de que siempre escribas trilogías?

No. O puede que sí. No sé. La verdad es que cuando escribo una novela nunca pienso que va a formar parte de una trilogía. Siempre la escribo pensando que será la única en la que tocaré el tema que sea. Me pasó ya con “Neuromante”. Para mí cada libro es un mundo nuevo. Pero al final acaba siendo parte de otro mundo. Aunque eso no va a pasarme con la que estoy escribiendo ahora mismo. Me estoy asegurando de que no tendrá una continuación.

¿Es verdad que si tuvieras que dar un nombre a lo que haces ahora lo llamarías ‘Realismo de Red’?

Bueno, ese es el nombre que alguien le ha dado, pero no sé si estoy de acuerdo. Creo que estoy haciendo una especie de naturalismo del mundo digital en el que vivimos. El mundo que describe la serie “Black Mirror”, que creo que es el que más se aproxima al mundo de hoy. Es curioso, porque si alguien hubiese programado una serie como “Black Mirror” hace 20 años todo el mundo habría pensado que era imposible que llegáramos a vivir así. Se habría visto como una serie surrealista, delirante. Pero está describiendo exactamente lo que somos. Está haciendo una especie de naturalismo emocional de nuestro mundo. Me fascina.

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