Entrevistas

Tim Hecker: “Quiero que mi música suene como si fuera una bestia cruel que invade una tierra virgen y la destruye”

El maestro del ambient expresionista y violento está confirmado para actuar en mayo en el festival LEV de Gijón. A modo de precalentamiento de una cita tan importante, hemos hablado con él

Tim Hecker es uno de los artistas invitados a participar en la nueva edición del festival LEV, los días 3 y 4 de mayo. Por esta razón, y también porque su obra ha dado forma a la mejor carrera del ambient contemporáneo, hemos hablado con él para conocer el cómo y el por qué de su aproximación, medio salvaje, medio bucólica, al sonido.

Pocas trayectorias hay en la música electrónica de los últimos diez años tan coherentes, con una narrativa tan precisa, como la de Tim Hecker. El del canadiense es uno de esos extraños casos en los que aún no se ha dado ningún paso atrás, ningún titubeo, y su arco creativo, que comienza en 2001 con “Haunt Me, Haunt Me Do It Again” (Substractiff) y llega hasta el año pasado con su disco a medias con Daniel Lopatin, aka Oneohtrix Point Never, “Instrumental Tourist”, parece dibujar una curva de crecimiento constante. Entre uno y otro disco hay seis títulos más que figuran como clásicos de la última generación ambient, la que parte de principios experimentales como los clicks’n’cuts de extracción digital –Hecker se integró en el catálogo de Mille Plateaux en la última etapa del sello alemán–, el noise y un cierto bucolismo que nace de la mezcla sutil de capas etéreas sobre texturas sucias. Y de aquel “Radio Amor” (2003) que sonaba transparente hasta el último disco a su nombre, “Ravedeath, 1972”, Tim Hecker ha ido encontrando la manera misteriosa de conseguir que su música suene más bella y arrebatadora a medida que se iba haciendo más densa e indómita.

“Ravedeath, 1972” (Kranky, 2011), más su extensión de 2012, “Dropped Pianos”, resume el punto en el que está Tim Hecker ahora mismo: a medio camino entre lo analógico –la nueva ola de trabajo con sintetizadores de una época pasada, la búsqueda de ese espacio de huida hacia zonas inexploradas del cosmos– y lo digital, trabajando el ruido “como si fuera una escultura”, y a la vez encontrando una belleza pura con el único afán de habitarla durante un tiempo y luego destruirla. Antes llegaron pasos previos como “Mirages” (2004), “Harmony In Ultraviolet” (2006) y el precioso “An Imaginary Country” (2009), así como un puñado de EPs, que han conducido al punto presente que, a la vez, es el lugar de partida para seguir explorando zonas desconocidas del ambient contemporáneo.

Tim Hecker estará actuando en España en primavera, en el festival LEV 2013 de Gijón –días 3 y 4 de mayo–, y promete traer material nuevo de un álbum que ya tiene a medio hacer y que, si nada falla, podremos escuchar antes de final de año. Un buen momento, por tanto, para conversar con él sobre su obra y sus proyectos, sobre cómo concibe su sonido y sus directos, sin tener que plegarnos a las exigencias y urgencias de una típica entrevista de promoción. Y disfrutando del placer de hablar con uno de los músicos electrónicos más inteligentes, sensibles e intensos de su generación.

Por lo que dice tu calendario de conciertos, todavía estás actuando en directo con Daniel Lopatin presentando el disco que grabasteis conjuntamente, “Instrumental Tourist”. Sin embargo, en el LEV de Gijón tú actuarás por tu cuenta y Lopatin por la suya. ¿Hay alguna posibilidad de que compartáis escenario, o cada uno por su lado?

Bueno, el plan es tocar los dos separados, porque así es como la organización ha hecho la contratación. Me contrataron a mí y también a Daniel, pero los shows individuales de cada uno. No, no veo posible que toquemos juntos en el LEV.

Y no sería por una cuestión de configuración del equipo, se entiende. ¿Es muy distinto lo que llevas cuando tocas como Tim Hecker y lo que utilizas con Daniel?

Básicamente es lo mismo: llevo mi ordenador y algunas máquinas, una controladora… Lo que cambia es el software, pero el software ya va dentro del ordenador, lógicamente.

“Instrumental Tourist” lo presentasteis en el festival Unsound, en aquella iglesia en la misma frontera del barrio judío de Cracovia. Teniendo en cuenta que era un estreno y el marco era imponente, ¿cómo recuerdas la experiencia?

No fue nada relajado. Unsound es un festival muy importante para mí, también lo es para Daniel, y en Unsound siempre quieres hacerlo bien. No puedes fallar. Y el entorno era majestuoso, esa iglesia te impone, infunde mucho respeto. Intentamos que todo saliera bien, que no hubiera errores, estuvimos ensayando mucho a partir de piezas que habíamos escrito para el álbum y que sentíamos que tenían que ser el esqueleto para el directo.

Recuerdo que en aquel concierto hicisteis temblar la iglesia, los altares de madera crujían con el impacto de algunas ondas de sonido, se notaba la presión en los muros y en las cristaleras. La acústica fue bastante aceptable. ¿Es por el sonido por lo que te gusta actuar en iglesias y grabar en ellas?

Sí, básicamente por sus propiedades acústicas. La religión no tiene nada que ver. En una iglesia, cuando suena una nota, casi siempre tienes esos 15 segundos de eco que afectan mucho al sonido y a la manera en que tienes que tocar para obtener el mejor resultado. Según cómo lo enfoques, conseguirás uno u otro resultado. En mi caso, las iglesias me ayudan a obtener un sonido más controlado, son un entorno limpio, la reverberación es casi clínica. Hay más ataque en cada sonido que extraes, consigues un color especial para cada nota.

Hace más de casi dos años que no editas ningún disco a tu nombre, si no contamos lo que hiciste con Daniel Lopatin ni el disco con tomas extra de “Ravedeath, 1972”. ¿Tienes algo nuevo entre manos?

Sí, he estado trabajando en nueva música. No está terminada del todo, aunque sí tengo el armazón en bruto, que ahora me tengo que dedicar a pulir hasta conseguir el resultado final. Me ha llevado bastante tiempo, no ha sido tan fácil como otros discos anteriores. En unos pocos meses ya lo tendré terminado e imagino que el disco saldrá en otoño.

¿Qué nos puedes explicar sobre esa música nueva?

Es una exploración de la sensación de espacio en lo que es mi material electrónico, hay mucha distorsión, he añadido partes de percusión que no hay en otros discos anteriores. Hay un aspecto minimalista en la música, aunque me resulta complicado de explicar. Creo que es un poco más difícil de lo que he hecho antes, pero también más íntimo. Creo que el sonido final será majestuoso, ideal para rellenar una habitación.

La presentarás en el LEV, se supone.

Sí, habrá material nuevo, pero no sé cuánto, ni cuál, ni en qué momento. No está preparado aún.

"No es que sea un fanático de la alta fidelidad, no es algo que me obsesione, pero sí que le doy valor a la calidad del sonido"

Da la sensación de que necesitas sentirte parte de un entorno físico para que la música pueda salirte natural. ¿Has intentado alguna vez trabajar mientras viajas, has conseguido algún resultado haciéndolo así?

Lo intenté, durante un tiempo creí que podía conseguirlo, compaginar el trabajo con los viajes. Pero no, no funcionó, no salía nada bueno. Necesito estar en mi estudio, rodeado de mis máquinas, necesito tenerlas cerca, es como me siento más cómodo. Si sólo tengo el ordenador conmigo, siento que me falta algo, y no puedo trabajar bien así.

Dentro de poco, además de dar conciertos con Daniel Lopatin y venir a festivales como el LEV, vas a estar teloneando a Sigur Rós en el nuevo tramo de su gira. Cuando te enfrentas a un encargo así, que es tocar para el público de un grupo de una dimensión tan grande como Sigur Rós, ¿cómo te planteas el directo?

Intento que el directo sea flexible. Puedo enfocarlo de varias maneras, y según el lugar trabajo con niveles de sonido ensordecedores, hasta el punto de que puedo provocar verdadero daño en la gente, o puedo relajarme y tocar un set más ambiental, trabajando más con acordes y con notas de sintetizador muy prolongadas. Con Sigur Rós será más bien esto último, no me imagino estando en el Madison Square Garden de Nueva York torturando a gente que no ha pagado para eso.

Muchas veces, tu música plantea un dilema, que es el de cómo se encuentran las condiciones ideales para escucharla. Tú le dedicas mucho trabajo, ecualizas con cuidado las frecuencias para conseguir esos contrastes entre violencia y calma, entre agresión y belleza, y a veces parece que escuchar un disco tuyo en el ordenador es un ultraje, y casi también en el iPod. ¿Cuál es la experiencia más completa para sentir tu música de la mejor manera, hay que hacerlo en una sala con un buen equipo, o en mp3 ya sirve?

Sirven las dos opciones. Es algo en lo que he pensado mucho, así que trabajo de muchas maneras cuando estoy dándole la forma final a la música. En mi estudio tengo varios tipos de altavoces para poder mezclar los balances de manera que se pueda escuchar la música bien en diferentes formatos y diferentes lugares. Hacemos una mezcla baja que se escuche bien, para luego poder conseguir una mezcla alta que sea rotunda. No es que sea un fanático de la alta fidelidad, no es algo que me obsesione, pero sí que le doy valor a la calidad del sonido. Por eso quiero que mi música suene bien en unos altavoces malos, porque es la única manera de conseguir que suene increíble a un volumen muy alto, y que el sonido de ciertas frecuencias llegue a hipnotizarte. Hay frecuencias que sólo tienen un impacto real a ciertos volúmenes, pero en conjunto está ecualizado para que suene bien en un iPod, en el coche o en el ordenador.

Hace unos años se subrayaba mucho tu pasado como aficionado al heavy metal. Tienes este disco, “My Love Is Rotten To The Core” (2002), que está hecho a partir de samples de Van Halen, y has colaborado con gente, como Aidan Baker, que comparte este background extremo. ¿Sigue siendo la influencia del metal importante en ti?

Siempre me ha gustado, me sigue gustando de hecho. Me interesa la dimensión física del sonido en ese género, hay mucha fuerza, y en lo que yo hago, aunque a veces sea en el fondo, creo que está esa energía. Pero también está la influencia del metal antiguo como lo está la de Aphex Twin, que fue un artista que me marcó decisivamente cuando empezaba, o como lo está ahora Stephen O’Malley.

Es difícil describir tu evolución musical. Por un lado, está ese sonido sucio y agresivo de fondo, pero cada nuevo disco parece proyectar una fuerza emocional todavía mayor, como si a la vez de en su gigantismo también avanzara en una dimensión etérea. ¿Tú como lo percibes? ¿Ves una progresión pautada?

Cuando hago un nuevo disco muchas veces me gustaría olvidar que tengo un catálogo detrás, mucha obra publicada. No quiero ser consciente de que hay un arco creativo que me lleva más de diez años atrás en el tiempo, pero eso es algo que no se puede evitar, y la respuesta es que sí, que hay un cambio en cada disco, un desarrollo y un crecimiento con el paso de los años. Por ejemplo, ha cambiado mi técnica, la manera en que hago las cosas, y eso afecta a cómo compones el sonido, qué densidad tiene la textura que utiliza. Sé que es un cliché muy recurrente, pero no sé explicarlo de otra forma: hago mi música como si fuera pintura, es la mejor metáfora para entender lo que hago, todo consiste en trabajar el sonido como si fuera un material que puedes tocar y moldear, como si fuera una escultura. Casi todo sale de largas sesiones de improvisación en las que, en muy poco tiempo, saco mucho material en bruto, todo de golpe, y luego viene el proceso de elegir las mejores ideas y, a partir de ellas, construir y desmontar la música.

"Me gusta el techno, es algo que aún me encanta y que escucho, pero ya no es para mí, al menos como artista"

Aunque la música a veces suena indómita, hay muchas referencias a la geografía, el agua y el aire en muchos títulos. ¿Hasta qué punto recibes inspiración de la naturaleza? Porque a veces da la impresión de que compones una especie de banda sonora de la naturaleza en su estado más salvaje y bello.

Sí, se podría decir así. Es una idea con la que puedo estar de acuerdo, a pesar de que no me la he planteado mucho. Pero, definitivamente, hay algo pastoral mezclado con una intención destructora. A veces, hay piezas que suenan como si fueran una bestia cruel que invade una tierra virgen y la destruye. Hay naturaleza en mis discos, pero no tiene nada que ver con nada ecologista ni con la admiración de la belleza de los animales, es otro tipo de naturaleza.

Para empezar un disco, ¿qué necesitas primero? ¿Tener una idea, o un sonido de partida? Por ejemplo, en “Ravedeath, 1972” está el sonido prominente de un órgano que grabaste en una iglesia en Islandia.

Sí, pero el órgano fue un sonido añadido. Primero tenía la versión inicial de las piezas y luego fui a Islandia a manipular el órgano y utilizar el resultado como un complemento a la música. Así que diría que primero es la idea y luego el sonido. La parte electrónica es el punto de partida, y luego es una suma de capas, sumas y restas, empezando por lo digital para acabar con los retoques analógicos, que pueden ser el sonido del órgano de una iglesia, o el viento que se filtra por una ventana de la habitación: es un espacio limpio y desinfectado que, en algún momento, se contamina de alguna intromisión exterior, hasta el punto de que todo se mezcla y te confunde, y no sabes decir si hay más ingredientes analógicos que digitales o al revés. Cuando se produce esa confusión, la música está terminada.

Hace unos años publicaste material firmado con tu alias house, Jetone, en el sello español Apnea, que fundaron Imek y José Luis Villalobos. Fue en 2006 y parecía como que habías vuelto a los ritmos de baile, pero desde entonces nunca más se supo. ¿Sigue siendo el techno algo importante en tu vida como músico?

No, porque aquellos temas eran de 2001, o incluso antes. Las tenía de cuando hacía techno, pero nunca los edité hasta que no me lo pidieron. Pero no he hecho nada de música de baile en más de diez años, ni creo que haga nada más ya. Me gusta el techno, es algo que aún me encanta y que escucho, pero ya no es para mí, al menos como artista. No me atrae, no conecta con mi creatividad, no estoy en ese momento vital en el que necesito ese tipo de ritmos. Estoy en otra cosa. Además, lo que hago como Tim Hecker me absorbe mucha energía y muchas horas. No creo que tuviera tiempo para llevar dos caminos diferentes.

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