Entrevistas

Rafael Anton Irisarri

Con espuma bajo los pies

Rafael Anton IrisarriPoco se sabe de Rafael Anton Irisarri, aparte de que vive en Seattle y que supuestamente tiene antepasados españoles (en algún lugar se ha podido leer que su abuelo era vasco, pero quién sabe cuánta verdad hay en eso). Un misterio que él mismo se encarga de potenciar en nombre de la pureza de su obra. “ No sé por qué es importante”, replica. “ ¿Acaso ayuda a darme más validez como ‘artista’? No me gustan estas preguntas acerca de la personalidad, esa manera de convertir a todo el mundo en una pequeña celebridad. Debería ser la música la que hiciera todo el trabajo, de manera que cualquiera pueda fabricar su propia historia acerca de lo que está escuchando y darle un valor por sí mismo, como sucede cuando se ve una película o se asiste a una obra de teatro”. No es del todo cierto, claro: al oyente, al lector, al espectador siempre le gusta saber más de lo que la obra cuenta; siempre le interesa el subtexto que puede existir detrás de una línea de diálogo, la evocación que se produjo en la mente del autor cuando estaba escribiendo un arreglo de cuerda particularmente melancólico. No se trata, por tanto, de situar al artista en un pedestal, sino de todo lo contrario: de establecer una cercanía, de buscar un mecanismo que le permita meterse de algún modo en la piel del autor y comprender mejor qué sentimientos están volcados ahí. Todo lo demás conduce a equívocos e interpretaciones erróneas, como le sucede a uno de los personajes (un viejo rockero, desaparecido por dos décadas de la escena) de Juliet, desnuda, la última novela de Nick Hornby.

Pero ante un silencio tan rotundo sólo es posible quedarse con la información en su estado más puro. Rafael Anton irisarri graba discos bajo su propio nombre y como The Sight Below. Cuando utiliza este último alias su música es volátil y voluptuosa; un mundo de guitarras que buscan aire bajo un arsenal de efectos, de ritmos que parecen esqueléticos pero en realidad miran de reojo al techno y la música de baile (eso sí, para bailar con espuma bajo los pies). Cuando se enfrenta al público a cara descubierta, en cambio, escribe partituras que tienen un pie en el minimalismo y otro en la música de cámara; que estrujan el significado de la palabra “melancolía” hasta dejarlo reducido a una línea de piano, a un tímido arreglo de cuerda. Su último disco, The North Bend ( Room40, 2010), representa un cambio de dirección en su carrera porque de algún modo mezcla esos dos conceptos que hasta ahora se habían mantenido en compartimentos separados: tiene la potencia compositiva de una pieza para pequeña orquesta, la complejidad que se espera de un autor de espíritu neoclásico, pero al mismo tiempo sepulta cuerdas y pianos bajo un manto de texturas legañosas, las engalana con toda la riqueza cromática que un arsenal de efectos puede proporcionar. Y el resultado es un disco magnético y delicado, tormentoso y desolador, una pequeña gran obra plena de melancolía, ideal para encerrarse en casa y ver cómo se escurren las gotas de lluvia por los vidrios de las ventanas. Tu primer disco como The Sight Below, “Glider”, apareció en Ghostly a finales de 2008, y en él explorabas un mundo de guitarras cargadas de efectos, que sonaban sobre ritmos minimalistas dispuestos en el plano de fondo. ¿Cuáles eran tus intenciones en aquel momento? Porque está claro que no se trataba de un proyecto de música de baile, pero tampoco de ambient: era pop y a la vez abstracto.

En realidad, llevo componiendo música desde que era muy joven, pero no publiqué nada significativo hasta 2007, cuando mi disco “Daydreaming” apareció en Miasmah. Soy una flor tardía en todos los aspectos de mi vida, así que me cuesta mucho tiempo conseguir que las cosas arranquen, pero una vez que una puerta se abre, todo es como una inundación. Así que desde entonces he publicado en una docena de sellos alrededor del mundo y he tocado en multitud de lugares por toda Europa, Norteamérica, Asia y Australia. Comencé a escribir música como The Sight Below hace tres años. En aquel momento estaba frustrado por muchas cosas y utilizaba la música para dar salida a todas esas emociones. De alguna manera, esos sentimientos crecieron de una manera orgánica, y se ordenaron alrededor de una serie de conceptos e ideas que terminarían por dar forma al primer disco de The Sight Below.

¿Cuáles eran tus influencias en esa época? Mucha gente considera que los discos de Gas eran la obsesión que te guió durante la grabación de “Glider”, pero en realidad siempre te han interesado más los héroes del shoegaze.

En realidad, estoy convencido que todas aquellas comparaciones tan molestas tienen mucho que ver con el momento temporal en que apareció el disco, que parece ser el único criterio que sigue la gente en la actualidad. Cuando se publicó “Glider”, acababa de aparecer en Kompakt una caja que recopilaba toda la música de Gas, así que aquella era una referencia fresca en el imaginario de muchos periodistas perezosos, y ya sabemos que es mucho más fácil despreciar algo de manera rápida que pararse a analizar cuáles son sus valores propios. Así que tengo la sensación de que si el disco se hubiera publicado antes, por ejemplo un año atrás, la respuesta hubiera sido muy diferente. Una vez dicho esto, no me importa la comparación porque, a fin de cuentas, me gusta la música de Gas. Escuché sus discos cuando aparecieron, y los conocía muy bien cuando me ficharon para publicar un disco en Mille Plateaux. Disco que apareció finalmente en Miasmah, tras el colapso de Mille Plateaux. Por otro lado, es importante señalar que la música de Gas está elaborada desde una perspectiva cercana al techno y en mi caso, en cambio, el bombo funcionaba como un elemento de guía, una claqueta por decirlo de alguna manera, a la que podían aferrarse mis improvisaciones con la guitarra y todas las manipulaciones sonoras. En “Glider” no hay sintetizadores, no hay samples, no hay nada más que sonidos de guitarra, y esa era precisamente la intención: explorar las posibilidades y limitaciones de la guitarra como un instrumento generador de sonidos.

Por último, ¿cómo ves “Glider” desde la distancia? Lo he estado escuchando de nuevo estos días y todavía me parece un disco consistente, pero estoy seguro de que tus oídos son más exigentes que los míos.

Hace mucho tiempo que no escucho “Glider”. De hecho, intento no escuchar mi propia música una vez que ha sido publicada. En parte, porque soy muy perfeccionista y volver a enfrentarme a mis discos me hace pensar en los cambios que podría realizar. Tal vez mezclar de otra manera, o trabajar las canciones desde una perspectiva diferente, cosas que en el fondo sólo pueden acarrear frustración, porque mientras más retoques le des a algo, más parecerá que pierde su sentido. Así que es mejor seguir el instinto y dejarlo todo tal y como estaba desde un principio. Pero, volviendo a “Glider”, creo que se trata de un disco coherente, uno de esos discos que puedes escuchar desde el principio hasta el final y que mantiene un cierto flujo. Me gusta pensar que mi música no da una gratificación instantánea, pero que a cambio ofrece una experiencia auditiva consistente, con una vida más larga. Odio la manera de consumir música que tiene mucha gente hoy día, la falta de tiempo que existe para sentarse y disfrutar algo sin estar distraído por cuál será el next big thing. También me interesa ser capaz de escribir música que crezca poco a poco en el oyente en vez de convencerlo de manera instantánea: es así como llegué a introducirme en mucha de la música que amo de manera genuina – como sucede con un buen Rioja, es necesario educar el gusto antes de disfrutarlo, no es una experiencia al alcance de cualquier paladar. Soy consciente de que esto puede ser una limitación, pero no me preocupa. Mis planes no incluyen subyugar a las masas y aparecer en las portadas de todas las revistas de música. De hecho, la sola idea de ser “famoso” ya me parece enfermiza. Volvamos a “Daydreaming”, tu primer disco como Rafael Anton Irisarri. ¿Por qué sentiste la necesidad de dividirte en dos heterónimos? Y, de hecho, ¿cuáles son las diferencias entre los dos proyectos (a todos los niveles: composición, instrumentación, producción, metas que quieres alcanzar...)?

Separar los dos proyectos era importante porque la música que publico como Rafael Anton Irisarri posee un desarrollo y unas ambiciones muy distintas a las que tiene The Sight Below. Se trata de música que ha evolucionado mucho: al principio se trataba de composiciones de ambient neoclásico, con el piano como protagonista; luego mutó hacia un post-minimalismo cargado con arreglos de cuerda y piano, y ha terminado (al menos en “The North Bend”) como una serie de manipulaciones de samples y guitarras tratadas con e-bow. The Sight Below, en cambio, sigue siendo un proyecto anclado en el mundo del techno y el baile, posiblemente como resultado indirecto de haber girado con Pantha Du Prince y de sentirme interesado, tras algún tiempo en que no lo estaba, por la música electrónica de baile. Mi meta es, y ha sido siempre, crear un corpus de trabajo que se pueda escuchar varios años después de su publicación, y que entonces siga resultando fresco e interesante. Y creo que mientras más honesta y más cercana al corazón sea la música que hagas, más posibilidades hay de que suceda algo así. Pongo toda mi energía, pasión y creatividad en conseguirlo, y no podría hacerlo si no fuera porque cada una de las notas que toco tienen un significado especial. Me gusta una idea de Brian Eno, esa teoría acerca de que hay que pensar en las notas musicales como objetos muy caros: hay que utilizarlas de una manera muy cuidadosa, sólo para expresar algo si realmente tienes algo que decir. No creo que pudiera publicar un disco o una canción sólo porque sí.

¿Y qué hay acerca de los puntos comunes? Puedo sugerir el uso de texturas difuminadas, la continua desintegración de sonidos y capas instrumentales y, de manera especial, una profunda melancolía.

En gran parte, esos puntos comunes se deben a que es una misma persona la que está detrás de los dos proyectos. No puedo separar la música que escribo de las sensaciones que me transmite el lugar donde vivo, de las cosas y personas que me rodean, de mis propias emociones y sentimientos, así que tiene que haber algunos elementos en común. Eso sí, las intenciones y el desarrollo de los temas, los puntos de partida, son totalmente diferentes.

En “Daydreaming” el piano tenía un papel protagonista. ¿Se trataba de piezas compuestas para piano, a las que después añadías arreglos y efectos, o tuviste desde un primer momento la intención de grabar un disco de ambient?

Siempre me he sentido muy atraído por la música ambient, sobre todo desde que escuché “Plateaux Of Mirror”, de Harold Budd, hará unos quince años. Pero no soy un buen intérprete de piano; en realidad ni siquiera soy un buen músico. Y de hecho, todo lo que he grabado es un reflejo de mis propias limitaciones, de cómo utilizar esas limitaciones y convertirlas en una ventaja. Así que no me siento parte de todo ese movimiento “neoclásico” en el que intentan meterme, y que me parece muy aburrido, salvo contadas excepciones de gente especial que está haciendo cosas muy especiales. Ahora mismo estoy mucho más interesado en ser capaz de dar conciertos en los que los oyentes tengan la sensación de estar sumergidos en el sonido; que cada concierto tenga el mismo valor que la música que he grabado. Además, “ambient” es un término que está desgastado. Se ha utilizado demasiado y el resultado es que no dice gran cosa acerca de la música a la que se supone que tiene que describir. A mí me interesa escribir piezas que tengan mucho que ver con mi propia psique (que tengan, por ejemplo, un fuerte componente emocional) y que sirvan al mismo tiempo a un propósito determinado, como sucede con “The North Bend”. También me interesa que mis conciertos resulten interesantes para el público. Mirar a alguien sentado delante de un portátil, como si estuviera revisando su correo electrónico, no es demasiado interesante; tiene que haber un componente físico en el acto de crear música. Y también creo por eso que la etiqueta “ambient”, tal y como se emplea hoy día, puede llevar a equívoco a la gente: puede hacerle pensar que se trata de música de fondo, de música sin voluntad de entrometerse en tu vida. Y no se me ocurre una definición más alejada de la realidad que esa. Este año has publicado el segundo disco de The Sight Below, “It Falls Apart”, en Ghostly. Es un trabajo muy diferente a “Glider”, mucho más atmosférico y abstracto. Los ritmos están todavía ahí, pero su papel es menos importante: aparecen y desaparecen de una manera misteriosa y extraña. Así que el protagonismo se lo quedan las capas y capas de guitarras y efectos de sonido que hay por encima.

Para mí se trata de una expansión de los conceptos manejados en “Glider”, tanto a un nivel musical como de producción. Cuando grabé aquel disco, evité utilizar sintetizadores y cualquier fuente de sonido que no fuera una guitarra. También lo grabé todo en directo. Para “It Falls Apart”, en cambio, utilicé cualquier fuente imaginable a mi alcance: samplers, sintes, guitarras, cuerdas, que después manipulaba con los procesos de efectos que suelo utilizar, tanto en directo como en el estudio. Es decir, encadenando reverbs, delays y pedales de loop para crear esa sensación de bucle interminable. Comencé a trabajar en el disco a principios de 2009, y para el verano ya tenía lista una versión cruda. Entonces Sam Valenti IV [el dueño de Ghostly] y yo nos sentamos en un hotel en Berlín, estuvimos escuchando todo el material varias veces y nos quedamos con una docena de pistas que nos parecían las mejores. Pero luego, cuando terminó la gira y volví a Seattle, comencé a sentir que podría hacerlo mejor, me sentía inspirado y compuse varios temas más que terminaron por formar parte del disco. Quiero decir que compuse “It Falls Apart” con mucho cuidado, está secuenciado para que puedas escucharlo entero y suene de un modo coherente. Porque en el fondo, soy un tipo al que le gusta el concepto de álbum: cuando escucho el “Unknown Pleasures” de Joy Division, o el “Script Of The Bridge” de The Chameleons, siempre me sorprende lo bien hechos que están; puedes escucharlos de principio a fin y notas como todo se interrelaciona sin sonar forzado, todo fluye de un modo natural. Así que intento hacer lo mismo con los discos de The Sight Below. Creo que con “Glider” lo conseguí, y que con “It Falls Apart” he llegado aún más lejos. Un amigo me decía hace poco que le parecía que sonaba mucho más pensado y mejor producido, como si me hubiera llevado meses llegar a terminarlo en vez de un par de semanas. Es una reflexión que me gusta, y que entronca con algo que leí hace poco: que uno de los problemas de la música en este momento es que resulta muy sencillo para cualquiera producir una canción. Y es cierto; pero tener la paciencia y la disciplina de dejar reposar las canciones, de comprobar qué sucede unas semanas más tarde, incluso unos meses más tarde, eso es otra cosa. Muchos de los discos que atesoro en mi corazón funcionan así: ni siquiera me gustaban en un primer momento, pero años después he terminado por escucharlos continuamente.

Simon Scott (guitarrista y antiguo componente de Slowdive) interviene en el disco, y parece que se ha convertido en una parte fundamental del proyecto. ¿Qué ha aportado a la hora de escribir y producir las canciones? ¿Podemos considerarlo como el segundo miembro de The Sight Below?

Tener a Simon es como tener un oído extra, algo que es de muchísima ayuda porque hay veces en las que es necesario disponer de alguien capaz de ver las cosas con cierta perspectiva, sobre todo si puede añadir sus propias ideas a la mezcla. En el caso de “It Falls Apart” hice mucha preproducción antes de empezar a grabar: elaboraba maquetas de los temas y se las enviaba a Simon, que añadía voces y guitarras, procesaba algunas partes aquí y allá, y me las mandaba de vuelta. Yo retomaba ese material, añadía cosas en las que había estado trabajando para elaborar una mezcla en bruto y se la enviaba de nuevo. Él entonces tomaba notas, me las pasaba, yo realizaba algunos ajustes... y así una y otra vez. Es un poco más duro cuando trabajas de manera remota, pero también ayuda a crear una disciplina. Simon también me acompaña en directo cada vez que nos lo podemos permitir. Cosa que me parece fantástica, porque me encanta el muro de guitarras que somos capaces de levantar cuando estamos sobre un escenario. Para mí, Simon es parte de mi familia “extendida” y un miembro permanente de The Sight Below. Siempre teniendo en cuenta que The Sight Below es, antes que nada, mi proyecto personal... Pero, bueno, la verdad es que estoy deseando que podamos volver a trabajar en un nuevo disco a medias.

Al mismo tiempo, publicaste un EP como Rafael Anton Irisarri, “Reverie” (Immune, 2010). Aparte de las dos piezas en la cara A, contiene una estupenda versión de Arvo Pärt en la otra cara. ¿Por qué escogiste precisamente “Für Alina”? ¿Te ves escribiendo bandas sonoras o trabajos clásicos en el futuro?

“Für Alina” es una de las más maravillosas piezas musicales jamás escritas y mi composición favorita de Arvo Pärt. Estuve trabajando con una pianista amiga mía, Kelly Wise, para un concierto en el Museo de Arte de Seattle, y ambos estábamos probando con versiones de distintas piezas de Pärt. En un momento determinado, me puse a improvisar guitarras con e-bow mientras Kelly tocaba la melodía de “Für Alina” al piano, y parecía que encajaba muy bien, así que decidí que sería interesante grabarlo, ya que la pieza original está escrita sólo para piano. Y una vez llegados a ese punto decidí tomarme algunas libertades, y añadí guitarras procesadas y arreglos electrónicos. Algo que todavía me preocupa, porque me aterra haber faltado al respeto de alguna manera a la obra de uno de mis compositores favoritos. Y llegamos a tu último disco, “The North Bend”. Está publicado bajo el nombre de Rafael Anton Irisarri, pero se ha convertido en algo complicado diferenciar tus dos proyectos en este punto. Tenemos las ideas acerca de composición neoclásica, es cierto, pero también es muy importante el trabajo con las texturas.

“The North Bend” es, de hecho, mi mejor disco hasta el momento: un trabajo para un espacio específico, en el que mi obsesión por la música clásica continúa en expansión. Pero a la vez es algo que nace del mismo lugar que mi material más relacionado con texturas. Así que en el fondo representa una evolución, y eso me parece muy interesante: estoy deseando descubrir a dónde me lleva todo esto.

Una curiosidad personal: te hemos visto tocar como The Sight Below pero, ¿cómo es un concierto de Rafael Anton Irisarri?

En realidad, he tocado muchas veces a lo largo de este año, pero por desgracia ninguna de ellas en España: no tengo mucha suerte aquí. Y es una pena, porque me gustaría mucho organizar una gira por el país y hacer un puñado de conciertos, sobre todo por las áreas situadas más al sur (Andalucía, Murcia), zonas que no conozco y que me gustaría visitar en algún momento. Tal vez en 2011 algún promotor me brinde la oportunidad de tocar en la tierra de mis antepasados. Toco madera.

Y para terminar, ¿algún plan de futuro?

He estado trabajando en nuevos proyectos durante el último año con Benoît Pioulard (un espíritu generoso y alguien a quien considero como mi hermano pequeño) y Tiny Vipers, cuya música encuentro fascinante y que, de hecho, ya colaboró en el último disco de The Sight Below. Ahora mismo estoy trabajando duro en discos para esos dos proyectos (uno de ellos está prácticamente terminado), y tengo curiosidad por descubrir quién estará interesado en publicarlos. Aparte de esto, he montado un estudio de masterización en Seattle y estoy intentando hacerme con una cartera de clientes. Es un trabajo que me permite conocer gente y formar parte de proyectos muy interesantes, como el último disco de Pioulard, “ Lasted”, que acaba de aparecer en Kranky, o el nuevo trabajo de una banda española muy buena, llamada Úrsula. Trabajar en su disco ha sido divertido y muy interesante: no puedo esperar a tener ese vinilo entre las manos.

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