Entrevistas

Pálido Fuego: la editorial que ama a David Foster Wallace

Comienza su andadura, desde Málaga, un nuevo sello que traerá clásicos recientes de la literatura norteamericana postmoderna. Hablamos con su editor y os ofrecemos un extracto de su primer título

Pálido Fuego es la editorial que piensa darle al fan del autor de “La Broma Infinita” todo aquello que ningún otro ha podido darle: su primera novela (traducida) y esa joya que es “Conversaciones con David Foster Wallace”, de Stephen J. Burn, lo más parecido a tumbar al genio en el diván y dejar que se explique. He aquí su historia.

José Luis Amores es uno de esos tipos valientes. Uno de esos tipos que leen 100 libros al año porque aman la literatura y que cuando consiguen reunir algo de dinero montan una editorial. Oh, bueno, en realidad no es exactamente eso. En realidad es que a veces, el amor por la literatura, el amor por todos esos libros que buscan lectores y que aún no los han encontrado en nuestro país por falta de editores dispuestos a correr el riesgo de traducirlos, puede poner tu vida patas arriba. “Hace un año”, dice José Luis, desde Málaga, la ciudad en la que habita Pálido Fuego, su sello, el sello que ama a David Foster Wallace, “todavía le estaba dando vueltas al tema”. Por entonces José Luis sabía que llevaba 21 años trabajando como economista, echando cables a ayuntamientos y demás instituciones hoy de dudosa reputación, y que estaba harto, que quería dejarlo todo. “No era un trabajo tan horrible, pero estaba cansado”, asegura José Luis. Así que se respondió a la pregunta del millón: “¿De qué no me he cansado nunca?”. Y la respuesta fue: “De leer”. “Leo desde los 11 años. Leo sin freno. En cualquier parte. La lectura para mí siempre ha sido un refugio mental. Ha llegado a gustarme comer solo por el placer que te da leer mientras comes”, se explica. Así que no puede decirse que fuese él quien decidiese. La industria del libro y todos esos escritores que esperaban, sin esperanza algunos ya, la oportunidad de dejarse leer en otras lenguas, lo eligieron a él. Así fue cómo nació Pálido Fuego. “Oí una vez decir a Javier Cercas que nadie lee tantos libros, entre los 100 y 150 al año, si no es para acabar escribiendo. Pero yo digo que es falso. Yo no quiero escribir”, dice. No, no va a escribir. Pero ha acabado editando. La conclusión es que nunca se lee en vano.

¿Fue tu pasión por David Foster Wallace el detonante?

No. El detonante fue Mark Z. Danielewski. Había leído “House Of Leaves” y estaba entusiasmado. Me puse en contacto con el que creía que era su agente para preguntar por los derechos. Había empezado a darle vueltas a la posibilidad de montar una editorial y creí que era un buen libro para empezar. Entonces a través de un amigo descubrí que había otro sello interesado. En este caso era Alpha Decay. Me puse en contacto con ellos y surgió la posibilidad de coeditarlo, puesto que el libro es muy caro de producir. Para hacerlo tenía que crear mi propio sello. Así que digamos que fue un poco imprevisto, porque de entrada me parecía algo complicadísimo, pero acabó saliendo.

Se cierra pues el trato por “House Of Leaves” y entonces te dices, ¿y ahora qué?

Exacto. La novela se publicará en otoño de 2013. Habiéndome constituido como sello, me puse a pensar en otros títulos que me gustaría publicar. Como he leído mucho y sé cuántas joyas hay sin editar no me resultaba difícil hacer una lista, lo complicado era conseguir los títulos a los que aspiraba. Obviamente, los dos primeros fueron “Conversaciones Con David Foster Wallace” y la primera novela de DFW, “La Escoba Del Sistema”.

¿Fue complicado?

Sí. En primer lugar me puse en contacto con el editor en España de DFW, Claudio López, de Mondadori, y me dijo que por él, adelante, y escribí al agente de David. La respuesta inicial fue un no rotundo. Me dijeron que volviera a escribirles cuando la editorial tuviese una mínima trayectoria. Me desanimé, pero no me duró demasiado. A través de Ana S. Pareja, editora de Alpha Decay, pude conocer a la subagente británica de David, a quien informé de lo que me proponía hacer. Y ella vio que era una persona real y que el proyecto era interesante y logró convencer al agente de Wallace. Y así empezó todo.

"Es una editorial para lectores avezados. El lector de verdad no es el que se queda en la superficie, es el que ahonda"

¿Y en qué momento decides que tú serás el traductor de “La Escoba Del Sistema”?

Había leído la novela hacía un tiempo y la recordaba repleta de slang pero relativamente fácil de entender. Al menos, tiene argumento. Como cuando arrancas un proyecto como este lo primordial es ahorrar todo cuanto sea posible, me dije que probaría a hacerlo yo mismo para no tener que encargarla. Ha sido un reto, en parte porque el del traductor es un trabajo ingrato, no creas nada, trabajas sobre un texto ya escrito, pero mi conocimiento del idioma de destino, el castellano, era suficiente como para superarlo. Me sentía con las fuerzas suficientes como para hacerlo. Estuve tres meses pegado al ordenador, traduciendo sin descanso. Y estoy contento con el resultado.

¿Cuándo empezaste a leer en inglés y por qué?

Empecé a leer en inglés porque no fui lo suficientemente paciente como para esperar a que publicaran “A Contraluz” de Pynchon en castellano. En realidad me pilló por sorpresa su publicación. Yo estaba de viaje y de repente vi un montón de ejemplares del libro en el escaparte de una librería y, sin pensar, entré y me lo compré. Lo abandoné a la mitad, porque Pynchon sí que es demasiado, pero desde entonces le he perdido el miedo. Leo en inglés cualquier cosa. Y así he leído a grandes autores que siguen sin publicar en España.

¿Cómo por ejemplo?

No pienso dar ni un título porque no quiero que nadie se adelante, pero hay muchos y los lectores exigentes saben cuáles son.

¿Es Pálido Fuego una editorial para lectores exigentes?

Es una editorial para lectores avezados. El lector de verdad no es el que se queda en la superficie, es el que ahonda. No sé, son malos símiles, pero es como si te gusta mucho el fútbol, que obviamente preferirás un Barça-Madrid que un partido de regional, o si te gusta la música, que Leonard Cohen te parecerá mejor que David Bisbal.

"Si no eres un lector de dientes afilados no eres consciente del ritmo que imprime a cada frase. Es bestial"

¿Y el nombre? ¿Eres muy fan de Nabokov?

Sí. En especial de esa novela. Novela que le gusta mucho también a David Foster Wallace. Es una novela de una dificultad gigantesca, que a la vez parece de una sencillez abrumadora. Es la historia de un poeta retirado, que vive lejos del mundanal ruido, con su mujer, y que está componiendo la que se cree que será su última obra. Piensa titularla así: Pálido Fuego. Junto a ese poeta y su mujer, aparece la figura de un admirador, que está esperando esa obra desesperadamente. Ese admirador es en realidad es el monarca venido a menos de un país imaginario. Cuando el poeta muere sin acabar su obra magna, el admirador quiere de todas formas ser el primero en leer lo que sea que haya escrito. Ese libro y las historias de Robert Coover abrieron la veda a las novelas que contienen historias dentro de historias. Me fascina tanto como a Wallace. Y además sonaba bien. Es fácil de recordar.

Has vuelto a mencionar a David Foster Wallace, no me digas que eres de los que lo han leído todo más de una vez. Cosa que tratándose de Wallace es toda una proeza.

Sí. Lo he leído todo tres o cuatro veces menos “La Broma Infinita”, que la he leído una vez en español y casi otra vez (el 80%) en inglés.

¿Cuándo lo descubriste?

En 2005. Fue un descubrimiento tardío. Empecé por el famoso ensayo del crucero, el de “Algo Supuestamente Divertido Que Nunca Volveré A Hacer”. Me encantó. A partir de entonces, lo devoré todo.

¿Qué es lo que más te gusta de su literatura?

El humor con el que reviste su humanidad y el ritmo. Si no eres un lector de dientes afilados no eres consciente del ritmo que imprime a cada frase. Es bestial. Sabe cómo dosificar todo lo que cuenta, cómo ir introduciéndote en el ambiente.

¿Y lo que más te ha sorprendido como traductor?

Lo que más me ha sorprendido no tiene que ver con la traducción, sino con su madurez. La madurez narrativa que tenía a los 22 años. Wallace escribió “La Escoba Del Sistema” a los 22 años y si lees la carta que le envió al editor para recomendar la publicación de su novela, ves lo ingenuo que era, lo niño que era en realidad, algo que contrasta muchísimo con la madurez narrativa de la novela.

Además de “La Escoba Del Sistema”, que estará en la calle a principios de año, ¿qué otras sorpresas prepara Pálido Fuego para este 2013?

Pues de momento, tres, además de “House Of Leaves”: “Spurious”, de Lars Iyer; “My Cousin, My Gastroenterologist”, de Mark Leyner, y “Everything's Fine”, de Socrates Adams. La idea es publicar entre ocho y nueve títulos al año. Y esperar que haya suerte.

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Apéndice: una entrevista con un joven David Foster Wallace de 22 años

Para completar esta breve introducción a Pálido Fuego, José Luis Amores nos ha cedido gentilmente un fragmento de “Conversaciones con David Foster Wallace”: se trata de una entrevista concedida por el autor a la publicación “Arrival” con motivo de la edición de su primera novela, “La Escoba del Sistema”, cuando sólo contaba 22 años. En ella podremos apreciar su profunda inteligencia y su perspicacia, pero también su ingenuidad, en un entorno que marcó su vida, sus clases de Literatura Creativa en la universidad. El libro está a la venta desde el pasado lunes e incluye 238 páginas de DFW en vena, palabras recogidas entre 1987 y 2005 (al módico precio de 18 euros). Aquí tenéis un aperitivo.

“David Foster Wallace: Una Semblanza”, por William R. Katovsky (1987). Editado originalmente en “Arrival”, verano de 1987. © 1987 William R. Katovsky

David Wallace está arrodillado en el vestíbulo, como un golfista que trazara un putt. Se saca un Marlboro Light de sus pantalones de pana grises y lo enciende. Antes de que el cigarrillo le llegue a la boca de nuevo, una de sus alumnas, una chica universitaria, bronceada, fornida, con una espesa melena rubia melada, se le aproxima.

«No puedo ir a clase el jueves», dice.

Desde la posición en que se encuentra, está de cara a la entrepierna de ella, así que se levanta, con el cigarrillo todavía a varios centímetros de los labios. «¿Puedes repetir eso?», pregunta.

«No podré venir el jueves. Creo que he cogido bronquitis.»

Las pulseras que lleva en ambas muñecas hacen un sonido metálico, tintinean musicalmente mientras ella se aparta el flequillo de la frente. La clase de Lengua Inglesa 210, Introducción a la Escritura de Ficción, comienza en breve.

«Claro, yo tampoco me encuentro bien», dice. «Acabo de superar una neumonía viral. Todo el mundo parece estar cogiendo la fiebre del Valle.»

«¿Qué es eso?»

«¿La fiebre del Valle? Un hongo del desierto que viaja por el aire.» Tose.

Ella se mueve nerviosa, vacilante. De nuevo se toca el flequillo. «¿Afectará a mi nota si no aparezco por clase?»

Él la mira fijamente, frunciendo el ceño.

«Se supone que tengo que estar muy temprano en el aeropuerto al día siguiente para coger un vuelo a Hawái.»

«Oh.»

«Sale a las cinco de la mañana.» Lleva un vaso gigante de plástico lleno de refresco de cola. En el lateral del vaso puede leerse: Soy una chica materialista, y los diamantes son el mejor amigo de una chica.

«Me temo que no lo entiendo. ¿Te vas a Hawái? Hablemos dentro de la clase.» El Marlboro jamás llega a tocarle los labios. Lo apaga con un pellizco y lo lanza a la papelera al entrar en el aula.

Hablan en voz baja en su mesa mientras el resto de rezagados entra en clase. Los pupitres están dispuestos formando un semicírculo. Uno de los estudiantes borra conjugaciones de verbos franceses de la pizarra.

Estamos a mediados de marzo y fuera hace 29 grados. La mayoría de los estudiantes va en pantalones cortos, camisetas, sandalias y camisetas de tirantes. Alto, pálido, delgado como un junco y con barba incipiente, David lleva una camisa de manga larga Brooksgate a rayas rojas y cuello abotonado y unas botas de caza Timberland semi anudadas; probablemente el único par semejante presente en la Universidad de Arizona.

«¿Stephanie?», lee de su cuaderno de asistencia.

No hay respuesta.

«¿Stephanie se ha esfumado? ¿Stephanie la pelirroja?»

No hay respuesta.

«¿Brandon?»

No hay respuesta.

«¿Dónde está todo el mundo?»

Risas.

«¿Cory?»

«Debería estar aquí, estaba en mi clase de ciencias», sugiere Chica Materialista.

«¿Jack?»

«Aquí.»

Un murmullo de alivio se extiende por la habitación.

«Veo que George está ausente sin permiso. Va a meterse en problemas.»

Hay veinte estudiantes, y durante la siguiente hora y media analizan dos relatos cortos escritos por sus compañeros. David guía el taller universitario como un profesional experimentado, analizando, explicando, señalando los fallos y los puntos fuertes de los relatos. «Cuando escribes ficción», explica como parte de su crítica a un relato sobre una chica joven, su tío y el mal de ojo, «estás contando una mentira. Es un juego, pero los hechos deben estar claros. El lector no quiere que se le recuerde que se trata de una mentira. Ha de ser convincente, o la historia nunca cuajará en la mente del lector.»

Ingenioso, simpático, amable y revelador, David dirige sus observaciones a través de las zarzas y matorrales de la teoría literaria. A excepción de Chica Materialista y de George, quien llega tarde y es reprendido por ponerse a leer un periódico, los alumnos están embelesados, animados, prestando toda su atención, por lo que cuando llegó la hora de evaluar su magia educativa, la Universidad de Arizona nombró, recientemente, al docente de veinticinco años Profesor Asistente del Año.

Hacia el final de la clase parece agotado, como un coche de carreras que esté a punto de quedarse sin combustible. Se saca un palillo de dientes del bolsillo de la camisa y deja que le cuelgue, inmóvil, de la comisura izquierda de la boca.

Una campana petardea en el pasillo.

«Suelo arrojar el contenido de mis entrañas en el baño cuando termina la clase», admite más tarde. Estamos en la cafetería. «Imagino que soy una persona muy tímida. Odio ser el centro de atención.» Se decide por una porción grande de pastel de crema y chocolate; desbordante de azúcar.

Hablamos de otros asuntos. Como de ser el autor de La escoba del sistema, que ha sido la punta de lanza de la nueva colección de narrativa americana contemporánea de la editorial Viking. La novela, un manuscrito de 1100 páginas que presentó como tesis de graduación en el Amherst College y que fue calificada summa cum laude, es producto de una imaginación desenfrenada y talentosa. Ambientada en Cleveland, Ohio, en el año 1990, La escoba gira en torno a Lenore Beadsman, una operadora telefónica de veinticuatro años sin rumbo, y la búsqueda desesperada de su bisabuela, una acólita de Wittgenstein que se ha esfumado inexplicablemente de la residencia de ancianos Shaker Heights propiedad de la compañía de comida para bebés de su padre. Por el camino, encontramos un elenco de personajes hilarantemente descritos: un hombre obeso, Norman Bombardini, cuya única misión en la vida es llenar el mundo con su corpulento yo, algo que, naturalmente, implica comer todo lo que pueda; la cacatúa malhablada de Lenore; su hermano de una sola pierna, apodado el Anticristo, el cual pasa el tiempo en Amherst, donde da clases particulares a sus amigos sobre temas sustanciosos como Hegel a cambio de hachís que esconde en un compartimento de su prótesis; y su novio, Rick Vigorous, un contador de historias empedernido cuya compulsiva necesidad de relatar cuentos macabros es su manera de ocultar la vergüenza de ser impotente.

La estructura narrativa multiestrato de La escoba y su estilo excesivamente antiniminalista evocan el juego metaficcional de Thomas Pynchon y Robert Coover. El libro, alegremente vivo, no es desde luego de lectura fácil o rápida. El desafío al lector estriba en avanzar a través de pasajes densos que tratan adivinanzas metafísicas, juegos lingüísticos, teorías del yo y antinomias tantálicas tales como la del «barbero que afeita a todos y sólo a aquellos que no se afeitan a sí mismos». Pero esos malabarismos suyos con elucubraciones embriagadoras son un juego travieso cuyo propósito se enraíza en la cultura pop. ¿En qué otra obra encontramos un bar temático de la Isla de Gilligan repleto de palmeras y camareros atolondrados con gorros de marinero a quienes se les paga por trastabillar y derramar bebidas?

«Mi mayor temor durante el año pasado fue que Viking perdiera una pasta conmigo», dice Wallace, encendiendo el primero de una sucesión de cigarrillos aparentemente interminable. «Se hicieron con La escoba del sistema en una subasta por 20.000 dólares. Pensé que aquello era la Puerta del Cielo de la industria editorial.» Pero se corrige. «Bueno, en aquel momento me pareció un montón de dinero.»

Veinte de los grandes por una primera novela, más una avalancha de reseñas favorables, incluida la de la decana literaria del New York Times, Michiko Kakutani, bueno, no es que sea algo despreciable para un recién graduado que aún produce relatos mecánicamente en un prestigioso programa de escritura creativa en Arizona. «Escribí “Lyndon” aquí», dice, «pero admito que no cayó demasiado bien en el taller. Hay un énfasis desigual en los programas de escritura sobre la narrativa hermética, la mecánica del oficio, la técnica y el punto de vista, en contraposición al lado más oculto o espiritual de la escritura, el disfrutar del proceso de creación.

»No me interesa la ficción que se preocupa únicamente de capturar la realidad de un modo artístico. Lo que me molesta de gran parte de la narrativa de hoy día es que es simplemente aburrida, en especial la narrativa joven proveniente de la Costa Este diseñada para atraer a los yuppies estereotípicos, con énfasis en la moda, los famosos y el materialismo.»

Se detiene al darse cuenta de que está sermoneando. «Esto…», añade con un modesto encogimiento de hombros, «qué se yo.» Al fin y al cabo, son sólo las opiniones de un tipo de veinticinco años. «No es que afirme ser especialmente perspicaz sobre nada de lo que está sucediendo.» Busco algún rastro de falsedad, de insinceridad, en su voz, pero no lo encuentro.

Creció como hijo de académicos. Su padre es profesor de filosofía en la Universidad de Illinois en Champaign/Urbana y su madre enseña retórica en una facultad pública local. «Era un hogar intelectual. Recuerdo a mis padres leyéndose Ulises en voz alta el uno al otro cuando se acostaban. Mi padre nos leyó Moby Dick a mi hermana menor y a mí cuando teníamos seis y ocho años. Hubo un conato de rebelión en mitad de la novela. Allí estábamos nosotros, todavía metiéndonos el dedo en la nariz, y aprendiendo la etimología de los nombres de las ballenas. Más tarde, en el instituto, jugar al tenis y desear chicas me ocupó la mayor parte del tiempo. Aunque la universidad cambió todo eso.»

Se graduó en 1985 en Amherst con una doble licenciatura en Lengua Inglesa y Filosofía —y con la calificación más alta de su promoción—. Su tesis de graduación en filosofía no tenía nada que ver con la escritura, afirma. «Ofrecía una solución al tratamiento de las modalidades físicas y semánticas en la batalla naval de Aristóteles. Si es verdad hoy que mañana habrá una batalla en el mar, ¿habrá mañana necesariamente una batalla en el mar? Si es falso hoy, ¿es imposible que mañana haya una batalla en el mar? Se trata de una forma de manejar las proposiciones en tiempo futuro de un modo lógico, dada la complejidad de lo que es físicamente posible en un momento dado ya que hay que diferenciar el momento de la posibilidad del suceso de la posibilidad del momento del suceso.»* [Véase el capítulo IX de Sobre la interpretacion, de Aristóteles. (Nota del traductor.)]

¿Eh?

Después de graduarse, rechazó la oportunidad de estudiar filosofía en Harvard al sentirse atraído por una beca en el oeste, en el programa de escritura de la Universidad de Arizona, que eligió frente al de Iowa y la John Hopkins. «Escribir ficción me ocupa todo el tiempo», explica. «Me siento y el reloj deja de existir durante unas cuantas horas. Probablemente eso sea lo más cerca que podamos estar nunca de la inmortalidad. Me aterra sonar pretencioso porque cualquiera que escribe ficción dice “Mirad esto que he escrito”.»

Todo lo que queda de su pastel es la corteza del bizcocho, que aplasta contra el plato con el tenedor. Antes de que se levante de la mesa, decide intentar dar otra explicación de lo que espera lograr como escritor. «Pasé mucho tiempo como voluntario en una residencia de ancianos en Amherst el verano pasado. Le leía la Divina Comedia de Dante a un hombre mayor, el señor Shulman. Un día le pregunté de dónde era, y me respondió, “De justo al este de aquí, de las Rocosas”. Y yo le dije, “Señor Shulman, las Rocosas están al oeste de aquí”. Y él hizo un voila con las manos y dijo, “Muevo montañas”. Me quedé con eso. La narrativa o mueve montañas o es aburrida; o mueve montañas o se sienta sobre su propio culo.»

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