Entrevistas

Mount Kimbie

Caras públicas / Espacios privados

Mount KimbieLa del dubstep es una historia de espacios, fundamentalmente. El sonido, la escena, ha ido transformándose a partir de su asignación a una realidad física concreta –podemos hablar del club, como las pequeñas y resonantes cáscaras de nuez que fueron FWD> y DMZ, e incluso de Londres entero, como en los discos de Burial o Dusk & Blackdown, que plasman la experiencia sonora de habitar la ciudad y respirarla las veinticuatro horas del día–, pero en los últimos tiempos el dubstep se ha abierto a nuevos espacios, y de ahí ha nacido una corriente de la que Mount Kimbie son parte esencial, la cara visible. Espacios, no físicos esta vez, sino mentales, emocionales, privados: espacios interiores de paz e introspección en los que no hay exceso de velocidad; espacios en los que parece resultar más importante pararse a oler las flores que agitar los pies del público. Decía el poeta W. H. Auden en su célebre epigrama que “caras privadas en espacios públicos / son más sabias y agradables / que caras públicas en espacios privados”. Mount Kimbie vienen a demostrar que no es verdad, sino exactamente lo contrario.

Kai Campos y Dominic Maker coincidieron en la South Bank University y ahí nació una alianza que les ha llevado a la publicación de dos 12” que justifican el buzz “Maybes Ep” (2008) y “Sketch On Glass” (2009)– y que han preparado el terreno hasta llegar aquí, a la publicación de Crooks & Lovers ( Hotflush, 2010), el álbum que parece condensar la furiosa implosión emocional del dubstep, en sintonía con James Blake –amigo y colaborador eventual en directo de nuestros protagonistas–, Sepalcure y Joy Orbison, pero llevándola un paso más allá, prácticamente a territorio ambient, con beats tan sigilosos y tímidos que dejan a Burial como una estrella del hard techno, y con voces tan transparentes que más parecen almas en pena que samples de divas garage. De hecho, de los EPs hasta aquí, Mount Kimbie han perdido pegada rítmica y han ganado en horizontalidad, siendo su música apalancada, rebosante de melodía y espacio. Hay quien les señala como dubstep apto para el consumo del público indie-pop –no en vano, Mount Kimbie han estado teloneando a The xx en algunas fechas de la gira europea de estos últimos–. ¿Qué hay de cierto en todo esto? ¿Cómo perciben ellos su estatus, evolución y situación en el mapa del post-dubstep? Kai Campos responde las preguntas. Así que Dominic y tú os conocisteis en la universidad. ¿Cuáles fueron las primeras impresiones musicales que intercambiasteis y de qué modo empezó a tomar forma Mount Kimbie a partir de ahí?

Bass Clef, Burial, TV On The Radio, Xiu Xiu... todo esto ya lo compartíamos al principio. Dom solía venir a mi habitación en la uni y empezábamos a repasar todo lo que habíamos estado escuchando, las novedades de Boomkat, los Myspace de otra gente y cosas así. A partir de ahí, Dom decidió que quería aprender más sobre producción digital, así que le mostré cómo tenía configurado yo mi software y acabamos por intentar grabar cosas a la vez. Pero de eso hace ya mucho tiempo.

Desde el primer 12”, “Maybes”, parece como si hubiera una separación entre vuestras emociones más profundas y las respuestas físicas (o sea, movimiento) en vuestro sonido. Algo así como si, aun teniendo la música de baile como el punto de partida, encontrarais algo incómodo o vergonzoso en el hecho de bailar. Esa podría ser la razón por la que la música te conmueve, pero no te mueve. ¿Tenéis algún tipo de queja o aversión hacia la música de baile?

Los dos estamos muy influenciados por la música de baile. Para mí, personalmente, es un área dentro de la música que anima a tomar riesgos y que está constantemente moviéndose hacia delante, buscando innovaciones. Dejando de lado la parte teórica, es también un sonido que es esencialmente físico y que encuentra un uso práctico en alentar el movimiento. Para mí ha sido siempre una dualidad interesante, y quizá la música que hemos hecho es una respuesta a eso, en parte. Nosotros nunca podríamos poner ninguna objeción a hacer algo más centrado en conseguir que la gente baile, pero por ahora tenemos la sensación de que hemos estado ignorando esa parte de nosotros mismos.

¿Y qué hay sobre Londres? ¿Diríais que vuestro sonido es una prolongación de la ciudad, como puede ocurrir en los discos de Burial, Dusk & Blackdown o The Bug?

Confío en que nuestra música dé una impresión de tiempo y lugar. No me preocupa especialmente si es Londres, pero esta ciudad me ha moldeado muchísimo como persona, así que la influencia tiene que acabar saliendo de una u otra manera. Londres es el lugar exacto en el que he querido y necesitado estar durante un largo periodo de mi vida, e incluso me ha aportado un montón de cosas que nunca hubiera esperado. Para mí, ha sido un lugar que me ha espoleado de una manera muy positiva: está lleno de amantes y maleantes. Es fácil ver a los “amantes” en vuestros temas, pero, ¿dónde están los maleantes?

Los malhechores están ahí también. Son lo mismo que la gente amable. Es la idea que está en la base de la elección del título. Tiene mucho que ver con el deseo de encontrar algo que refleje las complejidades del ser humano y las contradicciones que comporta esa realidad. Las cosas no son reducibles a bueno o malo, bonito o feo: la gente que hace el mal también es capaz de amar, y viceversa. Y la música es la mejor manera que tengo para hablar de todo esto.

La de “post-dubstep” es una etiqueta de manejo habitual estos días –en tiendas, en críticas, incluso entre fans ocasionales que quedan para hacer una cerveza y comparten recomendaciones–, pero no está exenta de polémica o confusión. ¿Qué diablos significa exactamente “post-dubstep”? ¿Qué cadáver se quiere enterrar con ese “post” arrogante? En realidad, es una catalogación que transmite un estado, no de soberbia, sino de desorientación general: el dubstep tal como lo conocimos parece ya un sonido fosilizado, sin apenas movimiento ni progreso, mientras que las colisiones de la misma columna rítmica –bajo moldeable y breaks sincopados– con otros estilos como el techno, el 2step –hay un revival en marcha–, el dancehall o el hip hop han dado pie a interesantes mutaciones que indican, por ahora, movimiento aunque no un destino final. La música está abierta, con muchas posibilidades en el aire, y “Crooks & Lovers” participa de esa incertidumbre y esa búsqueda de aventuras. En el disco entran en contacto –y nunca en conflicto– elementos del folk y el post-rock, de la IDM y del ambient, del garage y del dub. Nunca sería dubstep comparado con un estándar fijado por el sello Tempa o por Digital Mystikz, pero sí es, aquí y ahora, música importante. La pregunta es: ¿queremos música viva o música enjaulada, fijada, como un animal en el zoológico?

Es difícil describir vuestro sonido, así como el sonido de mucha otra gente, y es por eso por lo que hablamos de “post-dubstep” como idea de partida para conseguir aclarar el significado de lo que hacéis. ¿Qué queda en Mount Kimbie del primer sonido dubstep y cuán lejos y diferente creéis que vuestro estilo puede llegar a ser?

No estoy seguro, e intento no pensar demasiado en lo que otra gente que tengo a mi alrededor está haciendo y qué clase de contexto dibuja esa realidad. Cuando escuché dubstep por primera vez, me sonó nuevo, excitante y relevante, y yo quería hacer una música que compartiera todos esos valores. Pienso que hemos llegado a un extremo en el que lo que hacemos tiene muy pocos puntos de conexión con lo que la palabra dubstep significa para mucha gente. Y eso está muy bien.

Uno se puede aproximar a vuestro sonido desde diferentes ángulos. El post-rock, por ejemplo. Otro puede ser la IDM, o los ritmos downtempo. Un tercero puede ser el dubstep o garage emocional que empieza con Burial. ¿Hay algo más que dé forma a vuestro sonido y que no salga en esta ecuación?

Sin duda, todo eso que dices está ahí. Pero también hay muchísimos elementos que inciden en la creación de música que no son influencias musicales directas. De todos modos, creo que lo mejor es no analizarlo en exceso. Quiero que mi música sea un reflejo de mí mismo, que me permita conocerme como persona, y me volvería loco si estuviera hablando sobre ello todo el día. ¡La música ya es lo suficientemente autoindulgente! Muchos de estos discos suenan muy suaves, y en el contexto del dancefloor parecen como hechos de azúcar. De este modo, habría quien juzgaría este sonido como “nueva música lounge” si no se toma la molestia de ver qué hay más allá de la superficie. ¿Crees que es un inconveniente, o te da igual?

Veo muchos inconvenientes. Es lo último con lo que nos gustaría que se relacionara nuestra música. Una de las cosas más excitantes que existen en la música es poder escuchar algo que es innovador y esto lo esperamos poder seguir haciendo de muy diferentes maneras. La idea de “lounge music” es espantosa, viene a decir que la música es tan familiar que no hace falta ni que le prestes atención. No quiero decir que hayamos alcanzado siempre tal nivel de innovación, pero ése es siempre nuestro objetivo. Hay demasiados sonidos interesantes en el mundo como para perder el tiempo haciendo algo así.

¿Qué os parece el adjetivo “pastoral”? Es una palabra que se usa con frecuencia cuando la música es reposada y fluye con tranquilidad, y la vuestra lo es. Pero, ¿podemos encontrar algo siniestro o terrorífico si la escuchamos de cerca?

La gente está invitada a escuchar la música de la manera que crea más conveniente. Es algo que el artista no puede imponer, y a mí no me importa. Lo que sí espero es que ahí fuera haya gente que escuche la música por una amplia variedad de motivos y no únicamente como un acompañamiento tranquilo para un domingo por la mañana. Intento no pensar demasiado en esos detalles, y confío siempre en que se llegue a la música de una manera muy natural y no por la simple razón de querer hacer música extremadamente detallista. Una buena parte de nuestro material ha sido siempre bastante sencillo, en realidad. Supongo que es agradable que la gente te diga que ha encontrado un montón de sonidos nuevos después de una serie de escuchas repetidas.

En cualquier caso, vuestra música suena tímida. ¿Es un reflejo de vuestro estado de ánimo? Hay una opinión extendida que dice que Mount Kimbie hacen música para los chavales emo del continuum hardcore.

En primer lugar, la música es para nosotros. Suele ocurrir que, en un momento dado, nos da por volver a lugares o momentos en los que, en un principio, no habíamos encontrado nada interesante para nuestra música. Precisamente porque la música es únicamente para nosotros, es mucho más fácil dejar constancia en ella de tus pasiones más profundas. Deseo de verdad que la gente pueda encontrar un montón de emociones diferentes en ella. La música que más me gusta siempre me ha aportado algo que las palabras y las imágenes eran incapaces de comunicar, y eso es lo que quiero conseguir con mi trabajo, así que espero que la impresión no sea algo tan sencillo como mostrarse tímido, o triste, o feliz. De todos modos, es lógico que la gente lo interprete así.

En “Crooks & Lovers” se advierten detalles que pueden jugar en su contra: su duración es muy breve, no llega a los 40 minutos –y más que dejar con ganas de más, lo que sucede es que uno se queda con la sensación de que no han dicho todo lo que debían–, y se echan en falta más momentos como “Field” o “Carbonated”, en los que el disco parece empezar a hervir y a equilibrar la laxitud de “Ode To Bear” o “Adriatic” con algo de nervio rítmico. Pero, por supuesto, también están los que juegan a favor: la manera en cómo Kai y Dom no desprecian ningún género útil para mezclar el cóctel de pasiones que es el álbum –el uso de las voces femeninas es espléndido– y cómo parecen vencer en su empeño de llevar todo el disco al lado tranquilo. Ahí es donde crean el espacio físico –una vez decidido el espacio emocional– en el que se aíslan del mundo exterior y suenan personales y únicos. Imperfectos, pero importantes. El espacio, también, en el que admiten a oyentes que no necesariamente vienen del dubstep ni de la música de baile. En directo tocáis con banda, y habéis estado de gira con The xx. ¿Cómo ha sido la experiencia del directo? ¿Cómo crees que os puede afectar más adelante cuando volváis a entrar en el estudio?

La experiencia del directo ha sido maravillosa. Poder viajar gracias a la música es una bendición por la que estamos muy agradecidos. The xx también están dando conciertos magníficos, así que ha sido genial tener la oportunidad de aprender a tocar delante de miles de personas e incluso obtener una buena respuesta de la gente. Supongo que todo esto afectará un poco a nuestros hábitos de producción. Algunas partes del álbum están ahí sólo porque estábamos intentando averiguar cómo sacar algunos sonidos en tiempo real y al final son improvisaciones por encima de un ritmo: estuvo bien hacerlo y ha sido un reto, pero tengo la sensación de que hemos aprendido un montón durante el proceso de hacer el disco y nuestro deseo es llevarlo más lejos y desarrollarlo aún más.

James Blake os ayudaba en directo al principio de todo, hasta el punto de que era algo así como el tercer miembro no oficial de Mount Kimbie. ¿Cuánto hace que le conocéis y de qué modo os ha influenciado? ¿Hay camaradería o rivalidad entre vosotros?

Conocimos a James al principio de nuestra carrera musical. Parece como si un montón de cosas hubieran cambiado desde entonces, pero no me da la sensación de que haya pasado tanto tiempo. Dos años, a lo sumo. En primer lugar, James es un amigo de verdad y con él hablamos muchísimo sobre cómo desarrollar un show en directo con la música que estábamos haciendo, así que empezamos a ponerlo en práctica todos juntos. De este modo es como James estuvo actuando con nosotros durante un tiempo: tocábamos un par de temas de James, pero no interveníamos en la creación de su propia música. Cuando tengo algo acabado, él es una de las primeras personas a las que envío la música porque respeto su opinión. Tenemos una gran relación y mola verle de vez en cuando. Haremos directos con él en el futuro. ¡Una verdadera amistad! A la hora de remezclar, uno puede hace un montón de cosas: hay remixers que intensifican el ritmo, mientras otros prefieren reconstruir el tema entero como si fuera suyo. A vosotros, ¿qué os hace decidir que aceptáis el trabajo y qué tipo de trabajo creéis que podéis hacer mejor?

Prefiero enfocarlo como si fuera una pieza original mía, la verdad, pero como un ejercicio que me lleve a desarrollar una idea de partida. Me gusta encontrar en la pista original algún elemento que me comunique o me despierte un pensamiento con el que empezar, siempre confiando en que, aunque esos elementos me lleven a un lugar muy diferente, el resultado final conserve algo de su espíritu. En estos momentos, después del álbum, lo que queremos es pensar hacia dónde queremos ir con lo nuestro antes que trabajar a destajo con el material de otros.

Lo realmente apasionante de Mount Kimbie es cómo, a pesar de la sensación de transparencia y pausa que transmiten, dejan muchísimo espacio para el misterio y la incerteza. Se guardan información, ases bajo la manga, quieren estar más cerca de la magia que de la música. Por ahora, nos han dado dos movimientos, uno de expansión –los dos EPs, la construcción de un nuevo mundo sonoro, como quien puebla planetas con vida extraterrestre en un videojuego de estrategia– y otro de retracción –este “Crooks & Lovers” tímido y privado tras su cara pública–. ¿Cómo será el tercer capítulo? Habrá que esperar. ¿De dónde viene el nombre Mount Kimbie?

“Mount” y “Kimbie” son, sencillamente, los títulos de dos canciones que estuvimos escuchando el día en que decidimos que teníamos que buscarnos un nombre para el grupo. Supongo que nos gustó porque daba la sensación de significar un lugar concreto a la vez que no significaba nada específico, algo así como un lugar ficticio.

¿De quién es el culo que sale en la portada del disco?

No estoy seguro, y creo que lo mejor es que se siga sin saber. Pertenece a una chica que paseaba por el sur de Londres en un soleado día de principios de 2010.

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