Entrevistas

Michel Houellebecq: “Los halagos no me han cambiado. El único cambio en mí se producirá con mi muerte”

El escritor francés que ama los entierros presenta en Barcelona sus poesías completas, escritas y publicadas en los 90 y ahora por fin reunidas en un solo volumen, que edita Anagrama

Michel Houellebecq reúne por primera vez todos sus poemas en un volumen (“Poesía”, Anagrama) y pasea su imperturbabilidad por Barcelona, atreviéndose a asegurar que si nadie le garantizara los aplausos lo más probable es que dejase de escribir.

“No temáis a la felicidad: no existe”.

Verso que cierra el poema que abre el volumen: “Sobrevivir”.

El tipo del polo amarillo ligeramente manchado de todo tipo de cosas es Michel Houellebecq. El autor de “Las Partículas Elementales”. El autor de “Plataforma”. El autor de “Ampliación Del Campo De Batalla”. El autor de (LA ENORME) “El Mapa y El Territorio”. Parece adormilado. Parpadea. Se toca el pelo. La boca. Apenas mira a ninguna parte. Sólo parpadea. Tan lentamente que por momentos parece que en su microuniverso el tiempo pasa a una velocidad ligeramente inferior que en el nuestro, en el de todos los demás, en el mundo. Enciende un cigarrillo. Fuma. Y lo hace de una manera extraña. El cigarrillo atrapado entre el corazón y el anular de su mano derecha. Dice que se rompió el índice cuando era joven y que por eso fuma de esa forma extraña. No sonríe. Nunca sonríe. Aunque dice que escribir es divertido. Que no escribiría si no le resultase divertido. Pero no jugar con los personajes. Sino jugar con las frases. “Lo que me interesa es la arquitectura, la estructura. Me gusta mover frases de sitio”, dice. En ese sentido está convencido de que el escritor que más se ha divertido “de la historia de la literatura francesa” es Georges Perec. Porque básicamente jugaba “a moverlo todo”. En cualquier caso, también dice Houellebecq que, qué demonios, él no necesita escribir. Que nunca ha llevado un diario. “Para mí, la escritura no es una secreción. No escribo por necesidad, lo hago por los aplausos. Soy un vanidoso. No sé si seguiría escribiendo si no existiera la expectativa de esos aplausos”. Aplausos como los que le dieron cuando ganó el prestigioso Gouncourt que, sin embargo, asegura “no ha cambiado nada” en su vida. “El único cambio se producirá con mi muerte”, sentencia al respecto. Sigue fumando, aunque en la sala en la que nos encontramos está prohibido fumar.

“Un poema es un momento preciso de una historia que desconocemos y, puesto que el punto de vista está difuminado, puesto que no hay personajes, no puede provocar, ni tampoco tener sentido del humor. Un poema es una escena en la que el actor aparece difuminado”, continúa. Y el vaso que había sobre la mesa cae y la mesa se empapa de agua. Houellebecq apenas retira su funda de gafas. Le trae sin cuidado que se moje. Le trae sin cuidado todo. Hay quien asegura que vive en Cabo de Gata, Almería, como su personaje en “El Mapa y El Territorio”, un personaje que es él mismo sin serlo, “la autobiografía es un género muy serio, lo que yo hago es contar mentiras”, dice, pero lo único que él se atreve a confesar es que vive “rodeado de holandeses jubilados”. Dice que no ha oído hablar de la crisis en España. “Veo la televisión por satélite. Lo único que sé, lo sé por medios franceses”. Pero volviendo a “El Mapa y El Territorio”, la novela que no llegó a promocionar en nuestro país después de que se le diera por desaparecido tras no presentarse a una lectura en Ámsterdam y dejar de responder al teléfono (algo parecido a lo que le ocurre a su personaje en la novela, lo que desató todas las alarmas, porque lo que ocurre después, en la misma novela, es que se le encuentra hecho pedazos), dice que se incluyó porque “era creíble” hacerlo, puesto que “conozco a muchos artistas y siempre he temido que me pidan un texto para su catálogo”, como ocurre en la historia cuando Jed, el creador de mapas que son auténticas obras de arte ( “este libro trata temas incomprensibles, como el hecho de que las obras artísticas puedan tener éxito comercial”, señala), le pide que escriba una introducción a su catálogo. ¿Y por qué se quitó de en medio después? Ni siquiera se encoge de hombros. Dice: “Para no ocupar demasiado espacio. Los personajes necesitan vacío a su alrededor”. Oh, y luego está el hecho de que “me gusta matar a mis personajes”.

“Un poeta muerto ya no puede escribir. De ahí la importancia de seguir vivo”

Dice eso y a continuación asegura no estar obsesionado con la muerte. “Ni siquiera pienso en la mía con demasiada frecuencia”. Entonces, ¿por qué matarlos? “Para poder enterrarlos. Me encantan los entierros. Son agradables. Como un día de domingo triste”, contesta. Y en el caso de esa novela en cuestión está Pollock, cuyos cuadros siempre le han hecho pensar “en una carnicería”. Más muerte. “Sobrevivir”, uno de los poemas que abre la colección que acaba de publicar, arranca así: “Un poeta muerto ya no puede escribir. De ahí la importancia de seguir vivo”. ¿Se le ocurre alguna otra razón para seguir vivo? “Eso depende de cada uno. Cada uno tiene sus razones para seguir vivo. Lo que me parece inútil es el suicidio. Sólo hace falta esperar para morir. Y ni siquiera hay que esperar demasiado. La vida no es muy larga”, contesta. “Mi única intención ahora es dormir al lector para que no sé dé cuenta de hacia dónde le llevo”, dice. Ya no quiere cabrearle. “Han dicho que “Ampliación Del Campo De Batalla” era una novela punk, porque era insolente. “El Mapa y El Territorio” es más como una canción de Pink Floyd en la que la melodía empieza antes de que te des cuenta de que ha empezado”, explica.

Hablando de música añade algo: “Durante el siglo XIX y principios del siglo XX hubo una gran concentración de poetas magníficos, como Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé, Apollinaire... A mediados del siglo XX, la poesía perdió su función. La música la sustituyó. El talento lírico se desplazó a la canción y por eso no hay grandes poetas del siglo XX. Lo malo de la música es que mucha gente sólo la escucha hasta los 20 años. Y nunca pasa de su etapa adolescente”. En cualquier caso, la poesía no sólo nunca morirá sino que siempre envejecerá mejor que la novela. Precisamente porque carece de aquello que la hace incompatible con el humor, según Houellebecq, esto es, personajes. “Las novelas envejecen porque tienen personajes que hacen esto y aquello y que a un lector del próximo siglo le parecerá que nada tiene que ver con él. Su esperanza de vida es menor que la de la poesía”, sentencia. Es en este punto donde me acuerdo de Flaubert. Su adorado Flaubert, al que cita cuando dice que para él “la poesía es sobre todo repetición”, que no hay nada que le guste más que “repetir palabras”, al contrario que Flaubert, que odiaba repetirse. Pienso en Flaubert y pienso en aquella frase de “Madame Bovary” que dice: “No hay que tocar a los ídolos, no sea que algo de su capa dorada se quede entre nuestros dedos”. No es una capa dorada lo que Michel Houellebecq lleva encima, sino su vieja parka Camel, de un verde botella desteñido, viejo, vagabundo, pero el efecto es el mismo.

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