Entrevistas

Marnie Stern

Un bicho raro

Marnie SternNo es tan retorcida como la primera Polly Jean (no desafina violines y evita los aullidos desorientados), ni tan onírica como la primera Kristin Hersh (antes de meterse a madre y quedarse sola con su guitarra, la cabeza pensante de Throwing Muses hizo mucho por el noise de chicas), pero explota su lado oscuro (y psicótico) sin importarle el qué dirán. Marnie Stern es capaz de beberse tres cervezas en lo que dura una entrevista y de titular su segundo disco así: “This Is It And I Am It And You Are It And So Is That And He Is It And She Is It And It Is It And That Is That” (Kill Rock Stars, 2008). Marnie adora los Macs y si no fuera guitarrista le hubiera gustado ser inventora. ¿De qué? De cualquier cosa. Vive en la zona alta de Manhattan (el Upper East Side, para más señas), y cuando sale a pasear se topa con Times Square, el edificio Chrysler y los estudio de la HBO. Pero no sale mucho de casa. Odia socializar. Prefiere tocar la guitarra. Hubo una época en la que ensayaba hasta seis horas diarias. “No me considero tan buena guitarrista, lo que hago es pasable”, dice. Pero los hay que no opinan lo mismo. A sus poco más de treinta años, está considerada una de las mejores guitarristas de todos los tiempos. Y también una de las haters de moda. Se le ocurrió decir en una entrevista que Best Coast no era para tanto y saltaron chispas ciberespaciales. “Lo único que dije es que no me gustaban sus letras, que me parecían demasiado simples, eso es todo”, se disculpó más tarde. No sirvió de mucho. Su fama de bicho raro la precedía. Es esa fama la que la mantiene alejada de los flashes del furor por el garage de chicas que ha encumbrado a Bethany Consentino y todas las demás. Esa fama y su música, por supuesto, a años luz de los tres acordes y el lo-fi de instituto. Si hubiera que definir el sonido Marnie bastaría con considerarla el eslabón perdido entre Hella y Ponytail, es decir, pop agresivo de raíz metal (y virtuosismo guitarrero). “El primer disco que escuché de forma obsesiva fue el “Born To Run” de Bruce Springsteen. Lo escuché una y otra vez hasta que me lo supe de memoria. Memoricé todos los detalles, y por primera vez fui capaz de aislar el sonido de cada uno de los instrumentos. Me pareció fascinante”, dice. Es probable que esté en el balcón de su apartamento, tal vez apurando una cerveza y contemplando la puesta de sol (algo que asegura hacer siempre que puede), mientras teclea en su adorado Mac. “No sé por qué elegí la guitarra, pero la elegí y luego busqué un sonido propio. Raro y propio. Si hubiera acabado tocando el piano seguramente también habría sido de la más extraña de las maneras”, asegura. Acaba de publicar su tercer álbum, al que ha llamado “Marnie Stern” porque “es más personal, me siento realmente orgullosa de todas las canciones, suenan justo como quería” y en parte, también, “porque quería algo sencillo después del quebradero de cabeza del anterior, no dejaban de preguntarme por qué le había puesto ese título tan largo y raro”, dice, y se está refiriendo a “This Is It And I Am It And You Are It And So Is That And He Is It And She Is It And It Is It And That Is That”. Estaba harta de hablar de él como lo está de que le pregunten sobre lo raro que es que una chica toque la guitarra como lo hace ella. De ahí que escribiera “Female Guitar Players Are the New Black”. “No entiendo qué le pasa a todo el mundo con el hecho de que soy una chica, y no entiendo qué diferencia hay entre ser un tío y una tía cuando se trata de tocar la guitarra. Lo importante es que suene bien, ¿no?”. Por supuesto, y la suya lo hace, no en vano, su álbum es probablemente el trallazo rock más certero del año junto al “Expo 86” de Wolf Parade.Lo que pasa con Marnie es que sabe de lo que habla. “Quizá lo único que pasa conmigo es que soy mayor que todas ellas y por eso lo que hacen no me parece para tanto”, dijo, justo después del ataque a las letras de Consentino. De vocación claramente autodidacta (y progresiva: si Marnie hubiera nacido en los 70 hoy ocuparía un lugar entre los clásicos que pervirtieron, para bien, del rock hippioso) y solitaria (siempre era ella y su guitarra, a la salida al instituto y mucho después, mientras trabajaba de cualquier cosa), Stern ya había cumplido los 30 cuando editó su primer álbum (antes se había hartado de mandar maquetas a todas partes): “In Advance Of The Broken Arm” (Kill Rock Stars, 2007). El disco, un agresivo tratado pop noise (siempre de raíz metal, no hay más que ver a Stern golpear con las yemas de sus dedos el par de mástiles de su guitarra para que se haga evidente su parentesco bizarro con Slash), fue considerado “el disco de rock más excitante del año” por el New York Times. Es decir, que mientras Consentino decidía si quería una mascota (el célebre Snacks que ocupa la portada de “Crazy For You”) o no, Stern ya era una outsider de la futura explosión de amantes de las girl bands que se avecinaba.

Marnie adora a Patti Smith. “Realmente se ha dejado la piel en todo lo que ha hecho, y la admiro muchísimo por eso”, dice. Y si se le pide que elija entre Best Coast y las Vivian Girls, responde, sin dudarlo: “Creo que lo que hace St. Vincent es mucho más interesante”. En su pequeño apartamento del Upper East Side, que actualmente comparte con su perro, suenan David Bowie, The Police, Sleater-Kinney. Nada nuevo. “Las bandas que realmente me han ayudado son las de mis mejores amigos. Hella, por ejemplo. Y Lighting Bolt . No escucho mucho más. No me gusta estar al día”. Lo dicho, un bicho raro.

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