Entrevistas

Mark Z. Danielewski: “Algún día veremos las redes sociales como algo negativo, las demonizaremos como hicimos con las drogas en los 70”

Más de una hora larga de conversación sobre literatura, televisión, tecnología y toros con el autor de “La Casa de Hojas”, el mejor libro del año

El fenómeno literario del año tiene nombre: “La Casa de Hojas”, una novela de terror postmoderna que incluye en sus 700 páginas largas un sinfín de referencias y posibles lecturas. Nuestro libro del año merecía una conversación con su autor, y ahí va el resumen de una hora y media de charla con él.

Cuando finalmente se editó en castellano, a principios de noviembre, os avanzamos un fragmento de las primeras páginas del libro y desgranamos sus claves literarias en un extenso artículo con el que intentábamos arrojar luz y poner orden a la catarata de ideas, referencias literarias, conexiones culturales y diversidad de géneros-dentro-de-la-novela que hacían posible el inmenso rompecabezas que era “La Casa de Hojas”, una novela editada originalmente en el año 2000 y que ha tardado 13 años en volcarse en castellano dada la complejidad mayúscula que planteaba su traducción. En aquel momento apostábamos fuerte por la que fue la primera novela de Mark Z. Danielewski como el libro más relevante publicado en castellano en lo que va de 2013. Casi dos meses después, el voluminoso tomo editado por Alpha Decay y Pálido Fuego ha llegado a su tercera edición y aspira a seguir creciendo, a acumular ventas y cautivar lectores.

Poco antes de que el libro llegara a las tiendas, hablamos con Mark Z. Danielewski vía Skype. Era su primera entrevista con un periodista español y a través de la pantalla se le percibía un sincero brillo en los ojos. “Me alegro mucho de que el libro esté por fin en castellano. Recibía muchísimas cartas de fans, sobre todo en México y Chile, en las que me preguntaban cuándo sería posible. Pero eso ya no dependía de mí. Mi vinculación con España es estrecha, vivimos mis padres, mi hermana y yo en Madrid entre 1970 y 1971”. Danielewski lleva una camiseta con un gato estampado: los felinos son su mayor obsesión, colecciona ropa y accesorios con gatos, e incluso es capaz de detener la conversación para preguntar por Jimmy Giménez, el animal que corretea al fondo de la pantalla, por detrás de quien esto escribe. “¿Es un gato eso que he visto? ¿Cómo se llama? Me gusta que sea negro porque el mío, Carlitos, [lo toma en brazos y lo enseña] es blanco. Me gustan los contrastes casuales”. Detrás suyo hay libros y un armónico desorden de papeles. Danielewski se parece a David Fincher y habla por los codos, a toda velocidad y sin bajar el nivel de inteligencia. Hay muchas preguntas que hacerle sobre un libro que es una pregunta sin respuesta en sí mismo.

Por cierto, comentabas tu vinculación emocional con España. ¿Hablas español o mejor seguimos en inglés?

¡No, no hablo nada! Bueno, algunas palabras, pero las destrozo. Mejor no me hagas decir nada. Hablemos en inglés, por favor. Pero dicho esto, admito que me gusta el universo literario en español, para mí es muy importante. El descubrimiento de Roberto Bolaño me ha abierto a un mundo nuevo. La tradición es muy amplia y la intento conocer, más allá de Borges.

"Empecé a escribir sin saber lo que estaba escribiendo. Es un consejo que le daría a cualquier escritor o aspirante a escritor: empieza a escribir y más tarde ya llegará la historia."

No te voy a preguntar por Borges, pero sí por otro autor muy influenciado por Borges, Umberto Eco. Decía Eco sobre “El Nombre de la Rosa” que era, nada más y nada menos, que un libro hecho de otros libros. En “La Casa de Hojas” las referencias literarias son innumerables. ¿Es también un libro hecho de otros libros?

Todos los libros están hechos de otros libros, en realidad. Es algo que no se puede disimular. Incluso si te abres un blog y escribes en él, tus textos serán una emanación de todos los libros que has leído. No creo que haya nada que no derive de tu experiencia lectora. Lo que sí puedo afirmar es que “La Casa de Hojas” pertenece a la misma tradición literaria en la que también están Eco, Borges y Cervantes, pero no tanto con la obra de estos autores en sí. No creo que se pueda decir que mis libros son como los de Eco, o como los relatos de Borges, pero sí participan del mismo objetivo de creación literaria.

¿Podrías especificar cuál es esa tradición, exactamente?

Mi formación educativa tiene una base muy fuerte en los clásicos de la antigüedad, por ejemplo. Estudié griego y latín clásicos en la universidad, tuve a John Hollander de profesor cuando estudiaba en Yale y a él le debo mucho, porque él me abrió la puerta de entrada a ese universo literario que me fascina y del que también intento participar, pese a la distancia de milenios que hay entre mis libros y Homero. A partir de esa base, diría que me obsesionan muchas otras cosas. Del renacimiento inglés me interesa sobre todo Edmund Spenser. “La Reina de las Hadas” me abrió al mundo de la alegoría. Ahí tienes un eco de una tradición literaria que acabó entrando en “La Casa de Hojas”, por ejemplo. Y así podemos llegar hasta hoy, hasta Roberto Bolaño, que es mi última gran fascinación, o antes de él Julio Cortázar.

Pero tengo que tener un poco de cuidado con lo que digo, porque al final me puedo convertir en un estenógrafo de mi propia obra, y no me corresponde a mí decir con todo detalle cuáles son las influencias particulares. Pero sí, hay muchos libros que me han sido importantes y que han acabado aquí dentro. Y también cosas nuevas, hay espacio para muchas otras cosas, y sobre todo para que el lector aporte su propia experiencia. La imaginación del lector, su propia voz, es la que le da a “La Casa de Hojas” la forma definitiva. Cada uno encuentra cosas en el libro que no conozco ni yo, y la voz unificada de todos los lectores es la que nutre toda la imaginación que envuelve la obra. No es mi libro a partir de mis lecturas, sino el libro del lector a partir de su bagaje.

Volviendo a Eco, él decía que comenzó “El Nombre de la Rosa” porque quería matar (literariamente) a un monje, y a partir de esa idea creció una gran novela. ¿Cuál fue la semilla que hizo germinar “La Casa de Hojas”, el verdadero comienzo de todo?

La chispa que encendió el fuego, ¿no? Llegó más tarde. Primero empecé a escribir sin saber lo que estaba escribiendo. Es un consejo que le daría a cualquier escritor o aspirante a escritor: empieza a escribir y más tarde ya llegará la historia. Virginia Woolf lo hacía así. Lo que ocurre es que no es fácil, no es algo que funcione siempre. Cuando buscas un lugar para plantar una semilla, suele ocurrir que no sabes qué semilla exactamente es la que quieres enterrar. Y al revés, a veces tienes la semilla pero no el lugar. Yo empecé con “La Casa de Hojas” en 1990, o quizá fuera antes. ¿1988? Ya es muy lejano para mí. Pero recuerdo que al principio de todo había muy pocas cosas. Johnny Truant aún no existía. Tampoco existía la casa. ¡Ni siquiera la casa! Pero lo que sí empecé a hacer fue modelar diferentes voces, sin miedo a estar imitando a mis autores favoritos.

"La coincidencia con “The Blair Witch Project” fue una confirmación de que había estado yendo por el buen camino, que estaba tomando contacto con el zeitgeist"

¿Qué voces fueron las primeras?

Borges, Woolf, Pynchon, por ejemplo. Todos ellos escriben de maneras distintas que a mí me interesan. Ante la indecisión, empecé a escribir como todos ellos, y un día escribía como Virginia y otro como Borges. Un día aparecían las influencias del pensamiento académico y las tesis doctorales y al otro el terror, o el realismo norteamericano de postguerra. Empezaron a aparecer también Hemingway, o Toni Morrison, y todas esas voces fueron encontrando su acomodo y su lugar en el libro. Y al final llegó la casa, mucho más tarde. Estuve trabajando durante años sin tener un argumento, ni siquiera tenía el título, nada de nada. Sólo escribía sin rumbo. Pero la historia empezó a crecer, y se empezó a organizar, y a los pocos meses ya tenía claro lo que iba a ser el libro, llegó la idea que me mostró esa casa tan grande y esa historia de proporciones virgilianas.

“La Casa de Hojas” coincidió casi en el tiempo con “El Proyecto de la Bruja de Blair”, una película con la que compartía muchas cosas. ¿Cuándo supiste de la existencia de la película? ¿Puede que haya una huella en el libro, o no?

“The Blair Witch Project” no pudo ser una influencia porque se estrenó en 1999, cuando yo ya había terminado la novela, que se publicó en 2000. Son dos cosas muy parecidas que surgieron al mismo tiempo, sin que ninguno supiéramos lo que estaba sucediendo. Pero sí que fue importante para mí en el sentido de que esa feliz casualidad ayudó a que se hablara del libro. Porque… ¿cómo se podía hablar de él para no asustar a la gente? Se podía hablar de él como una tesis doctoral sobre una película, o como la historia de un yonqui llamado Johnny Truant, o sobre la casa. Pero llegó “The Blair Witch Project”, ese fenómeno grandioso, mundial, y de repente el foco se centró en lo que podríamos llamar ‘smart horror’, el terror inteligente, y fue un buen apoyo de comunicación y ventas para el libro. La gente se fijó en eso, en la parte terrorífica. La coincidencia con “The Blair Witch Project” fue una confirmación de que había estado yendo por el buen camino, que estaba tomando contacto con el zeitgeist. Un libro y una película que surgen a la vez y tratan sobre la exploración de un horror con cámaras domésticas: era algo que estaba sucediendo, que era importante, algo que iba a cambiar la historia de la imagen, del cine y de nuestra manera de ver el mundo.

"Hay una mezcla entre verdades absolutas y medias verdades, por lo tanto nunca se puede leer de manera literal"

La novela es una obra abierta y se puede interpretar de muchísimas maneras, cada lector tiene la suya, su idea de lo que es la casa, de lo que es el horror que la habita, si es una novela con final feliz o final trágico… Así que la pregunta es la contraria: en un libro que se puede leer de cualquier manera, ¿hay alguna forma totalmente incorrecta de leerlo?

¡Esto no me lo habían preguntado nunca! Déjame pensar… A ver, maneras de leer la novela que sean correctas diría que lo son todas. Pero con una excepción: la manera errónea es hacerlo de manera literal. Es algo que no puedo explicar bien, pero que espero que se entienda. No se puede leer de manera completamente objetiva, al pie de la letra. Por ejemplo: ¿tú dirías que el nombre de Johnny Truant es real, que esta persona se llama de verdad Johnny Truant? ¿Qué opinas? Quizá sí se llame así, o quizá no. Hay una cita al final del libro, en una carta escrita por su madre, que pone en duda que sea un nombre verdaderamente real. Así que lo correcto es reconocer que quizás sí, o quizá no, pero nunca rotundamente sí o rotundamente no. Y aún así, a la vez hay en el libro un sistema, una especie de red de hechos comprobables, que no se pueden contradecir. Hay una mezcla entre verdades absolutas y medias verdades, por lo tanto nunca se puede leer de manera literal.

¿Te reconoces como parte del movimiento literario postmoderno? Porque varias cosas del libro hacen sospechar que, o es una incursión absoluta en la idea de postmodernidad (la casa como universo sin centro lógico, donde los personajes van a la deriva y perdidos, como nosotros en el cosmos), o una parodia de esa misma idea.

Bueno, estos son temas que afectan a todos los movimientos, y no únicamente a la literatura. ¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? Desde la revolución copernicana sabemos que no somos el centro del universo. Creo que la mejor metáfora de nuestra desorientación está en la película “Gravity”, que me encanta. Estamos siempre flotando en el universo, pero a la vez somos afortunados porque al menos, pese a todo, tenemos la gravedad, que nos da una oportunidad de orden. ¡Al menos podemos volver cada día a casa! Yo veo “La Casa de Hojas” como un viaje, en todos los sentidos. Es un libro que nació de textos que estuve leyendo durante años y en ese sentido parece una pieza postmoderna, pero yo creo que va más allá de esa idea de postmodernidad. En el año 2000 no podría haberlo dicho, porque no era plenamente consciente, pero ahora sí lo creo. Y creo también que lo puedo explicar.

Adelante, explícalo

A mí me interesa lo que viene después de la postmodernidad. Aprendí de esa literatura y de ese pensamiento, de Pynchon y Baudrillard, pero hay cosas en “La Casa de Hojas” que no están en esos libros. También en mis otros dos libros posteriores. Se produce un diálogo con el lector; el lector participa, todo libro está para ser leído, pero estos libros sólo están completos con lo que aporta el lector. Y están introducidas ideas típicas del postmodernismo, como la improbabilidad, lo cuántico, el relativismo científico, todo lo que quieras, pero todo eso se resuelve no en el caos, sino en una cierta armonía. Es un universo que se sostiene. Aunque sea un lugar nihilista, al final triunfa una luz deslumbrante. La oscuridad se disipa, todo reluce, hay algo maravilloso al final. Todas esas maravillas son muy importantes todavía, y es la confirmación de que la idea destructiva de la postmodernidad no ha vencido todavía. Porque pese a saber que todo está perdido, que no somos nada, que todo esto desaparecerá, nosotros elegimos seguir adelante. Esta idea está presente en “La Casa de Hojas”: hay una insistencia en permanecer, la naturaleza insiste en ganar.

"Todos los asuntos de la vida conducen al terror, pero también a la comedia, y cualquier cosa nos puede acabar produciendo miedo o su contrario, la alegría de seguir aquí"

El libro se describe como una novela de terror, y hay gente que siente miedo de verdad al leerlo. ¿A ti te da miedo?

No, no me da miedo, pero porque lo he creado yo. Es un monstruo, pero es mi pequeño monstruo. Y siguiendo el hilo de lo que decía antes, lo veo más como una historia de amor que como una novela de terror. Si hay algo que me asusta en “La Casa de Hojas” es la riqueza del corazón. Pero hay gente que ha sentido un pánico auténtico leyendo el libro, gente que se expone a su lectura como quien observa una pintura de Mark Ryden y que no se pueden quitar de encima la sensación de horror profundo. Pero nunca fue mi intención hacer una novela de terror porque no creo que ni siquiera los escritores especializados en terror se centren en un único ingrediente. Incluso Stephen King trata de más cosas, sus novelas tienen muchos más elementos que el terror puro. Todos los asuntos de la vida conducen al terror, pero también a la comedia, y cualquier cosa nos puede acabar produciendo miedo o su contrario, la alegría de seguir aquí.

Antes de empezar comentabas que de niño habías vivido en España. ¿Qué nos puedes decir de aquella experiencia?

¡Mi relación con España es complicada! Una parte de mí cuando era niño se quedó en España, y por eso que el libro aparezca en español es una grandísima alegría para mí. Lo necesitaba, y además ha valido la pena, porque el mejor momento para haberlo traducido es éste, gracias a todas las claves que los fans han ido detectando en los foros seguro que es una traducción lo más completa y compleja posible. Nosotros vinimos a España en 1970-1971, yo debería tener unos 4 o 5 años. Los recuerdos los tengo muy ajados, aún era muy pequeño, pero se me quedaron grabadas varias cosas y las tengo muy vívidas, sobre todo lugares, recuerdo cosas de Madrid y Barcelona. Mi padre era cineasta y había venido a trabajar en un documental que se iba a llamar “Spain: Open Door”, sobre la España del momento. Recuerdo que una vez nos subimos a un helicóptero para filmar Gibraltar desde el aire. En la película aparecía Andrés Segovia tocando la guitarra, también recuerdo a Dalí pintando un cuadro, e incluso mi padre alquiló un jet para recorrer toda España desde el aire, de punta a punta, desde el País Vasco hasta Cádiz, y aquello aparecía resumido en un travelling de dos minutos. Yo crecí con eso y tengo varias imágenes en la mente. El problema es que la película fue confiscada por el gobierno de Franco. Mi padre lo perdió todo: toda la inversión y todo el trabajo. Más tarde, en Estados Unidos, se dedicó a hacer soap operas para televisión y más tarde dio clases sobre cine en la universidad. Y en la familia siempre quedó flotando esa experiencia, de aquella película que había hecho en España y que nunca nadie pudo ver. La idea de una película que no existe… ¿te suena?

Por supuesto, “El Informe Navidson”. ¿Es cierto que parte de tus terrores vienen de la tauromaquia, de un trauma relacionado con las corridas de toros?

Sí, en parte. Estábamos en una plaza de toros, no recuerdo si en Madrid o en Barcelona. Bueno, en realidad no era una plaza, sino el espacio para torear dentro de una academia de toreo a la que me llevó mi padre. Lo que más me marcó de aquello fue el túnel del que salen los toros a la plaza, se me quedó grabada la imagen de un pasillo muy oscuro que conecta un extremo de luz y un extremo de oscuridad. Cuando me asomaba al pasillo y miraba hacia donde debía estar el toro, no veía nada. Pero oída los ruidos, y me asusté tanto que me tuve que esconder en un burladero. Fue una visión aterradora. La magnitud de ese concepto se me quedó grabada y afloró muchos años más tarde en “La Casa de Hojas”, donde evidentemente hay un largo pasillo negro, un gran espacio circular y sonidos en la oscuridad.

Decías que la película de tu padre fue secuestrada. ¿Sabes qué ocurrió después?

No. El motivo por el que confiscaron la película fue porque en una secuencia aparecía una filmación de Franco, y eso levantó sospechas. La Guardia Civil empezó a seguirnos y ahí experimentamos otra forma de miedo. ¿Por qué nos seguían? ¿Qué habíamos hecho? ¿Era peligroso? ¿Y si nos detenían y nos mataban? El miedo al secuestro lo recuerdo muy bien. Vivimos varios días de psicosis, y todo eso también ha acabado calando en el libro. Aquel acoso, la idea del acoso, se magnificó y encontró su lugar en “La Casa de Hojas” proyectado en una mayor dimensión. Después de varios días de seguimiento nos confiscaron la película y tuvimos que huir a Francia. La película probablemente se destruyera. Mi padre nunca volvió a saber nada. No nos consta que exista una copia almacenada en alguna parte. Igual vale la pena investigarlo, o igual es una pérdida de tiempo, no lo sé.

"Me interesa la adicción a las redes sociales. Sospecho que es algo que va a alterar nuestros ciclos de felicidad, hay algo en las redes sociales que nos hará infelices y nos perjudicará"

En “La Casa de Hojas” el factor tecnológico modifica la vida de los personajes: la obsesión de Navidson por filmar sus exploraciones le conduce a situaciones peligrosas. A la vez, el lenguaje del cine ha influido tu escritura, que se lee más como una película que como un texto normal. ¿Notas que la tecnología ha modificado tu trabajo de una manera dramática?

Bueno, hay dos cosas que no se deben mezclar. Hay que separar muy bien lo que es el lenguaje visual y la tecnología. La tecnología cambia cada día, se mueve muy rápido. El lenguaje visual no se mueve tan rápido, por el contrario. La sintaxis escrita y visual han permanecido con pocas variaciones a lo largo de mucho tiempo, cientos de años, y la forma de pensar que tenemos sobre las cosas no la ha cambiado. Por eso, si nos fijamos en las redes sociales, la tecnología que las sostiene va cambiando, pero la sintaxis del contenido no. Instagram y Vine no dejan de ser la misma cosa, lo mismo que Facebook y Myspace: son ideas intercambiables, con pequeñas variaciones. ¿Qué tienen de especial los emoticonos? Al fin y al cabo, están basados en un lenguaje verbal y visual que comprendemos desde el principio. A mi escritura la tecnología le afecta en que cambia un poco en la parte de la sintaxis y en la compresión de la información: ahora necesitas explicar menos cosas, no hay por qué usar tantas palabras para contar algunas ideas. Nos podemos ahorrar expresiones como “el personaje tal dijo esto o aquello”. Con una imagen que sea fácilmente visualizable ya estás dando muchos datos que no necesitas contar por escrito. Si yo escribo sobre Facebook, ¿debo decir que el fondo es azul? Si un personaje utiliza un ordenador portátil, ¿es necesario que diga que el aparato se abre como una ostra? Hemos cambiado nuestra forma de hablar. Cuando somos adolescentes tenemos la necesidad de citar más, y a medida que pasa el tiempo nuestra memoria cambia porque casi todos los datos están en la red, al alcance de una búsqueda, y no necesitamos usar tanto la memoria. Así que quiero decir que los medios tecnológicos cambian la idea que tenemos de las cosas, pero no tanto como parece.

No suenas como alguien que crea ciegamente en la tecnología. Más bien parece que no te fías del todo de ella.

Tardaremos algún tiempo en descubrir algunas cosas. Por ejemplo, a mí me interesa la adicción a las redes sociales. Existe y todavía no la comprendemos bien. No sabemos cómo nos afectará en el futuro. Sospecho que es algo que va a alterar nuestros ciclos de felicidad, hay algo en las redes sociales que nos hará infelices y nos perjudicará, y dentro de un tiempo quizá estén marcadas por un estigma de negatividad, como pasó con las drogas en los años 70, que hubo un abuso desmedido de ellas y al cabo de un tiempo se percibieron de manera completamente negativa, se demonizaron. En mi caso particular, he comprobado que la tecnología compromete mi concentración. Me aporta algunos beneficios, como a todo el mundo, pero quiero ir con cuidado con el uso que les doy, porque esos beneficios en realidad no son tantos. A veces sospecho que las grandes compañías tecnológicas funcionan como las empresas farmacéuticas. No trabajan para beneficiarnos, sino para beneficiarse ellas a costa de nuestros problemas.

Se dice que “La Casa de Hojas” influenció de manera decisiva la estructura de la serie “Perdidos”, cargada de enigmas, series numéricas, desplazamientos dimensionales y claves. ¿Qué te pareció la serie? ¿Te gustó?

De “Perdidos” sólo puedo decir una cosa: ¡el oso polar! ¿Qué hacía ahí? Fuera bromas, la verdad es que no vi toda la serie, aunque sí algunos capítulos. Y lo que vi me gustó: me gustan los enigmas y los rompecabezas, pero no es lo único en lo que se basa “Perdidos”. En esa serie hay muchas cosas más, que es lo mismo que ocurre con “La Casa de Hojas”: hay puzzles (aunque no tantos como en la serie, debo decir), pero también hay escenas ambiguas que no sabes bien cómo interpretar y otras que producen una satisfacción directa por todo lo que condensan. Algo que no me gustaba de la serie era el exceso de cliffhangers: esos momentos de tensión en realidad no añaden nada útil a la historia, y todo quedaba demasiado abierto. Me gustan más los mundos cerrados, totales. Para mí, una serie que me satisfizo más fue “Battlestar Galactica”: es una obra total en un mundo cerrado y coherente.

Después de 13 años, y convertido en libro de culto, seguro que te han pasado mil cosas raras relacionadas con “La Casa de Hojas” y sus fans. ¿Cuál es la anécdota más rara o especial que recuerdas ahora?

Te puedo contar dos anécdotas. La primera es la de una persona obsesionada con “La Casa de Hojas” hasta tal punto que llegó a tener una gran colección de recortes, separaba algunas páginas del resto del libro y llegó a establecer conexiones extrañísimas entre algunos pasajes y los Rosacruces, Hitler y el estado de Israel. Su obsesión era tan enfermiza y tan desmedida que llegué a asustarme de verdad (no de él, sino por él). Era una persona que no pensaba con claridad. Todos los ecos y alegorías que hay en el libro ayudan a hacer volar la mente, nos alejan del momento presente y nos llevan a lugares nuevos, pero nunca hay que sustituir la ficción por la realidad. Cuando tu mente viaja, no descansa. Y descansar también es necesario. No hay que olvidar lo importante que es la realidad.

¿Y la otra anécdota?

La otra anécdota me ocurrió en un museo. Se me acercó un señor y me preguntó si yo era el autor de “La Casa de Hojas”. Le dije que sí y me contó que no había leído el libro (lo que me descolocó en el primer momento, porque no me lo esperaba después de acercarse con tanta decisión), pero que me quería dar las gracias porque su hija había intentado suicidarse hacía poco tiempo, y cuando estaba ingresada en el hospital le pidió sólo una cosa: que le acercara una copia de “La Casa de Hojas”. Y tras leerla, se reconcilió con el mundo, apartó sus instintos suicidas y decidió seguir viviendo. Mi libro le había salvado la vida, y es lo mejor que me han dicho nunca sobre él.

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