Entrevistas

Kiko Amat: “La vida también tiene finales felices, la redención y el indulto son posibles”

En su cuarta novela, el escritor barcelonés trata sobre la crisis (de los 40), caída y superación de un pobre tipo en un contexto de crisis y con el 15M como trasfondo. Literatura pop cinco estrellas.

“Eres El Mejor, Cienfuegos” (Anagrama) presenta a un personaje devastado por un error que ha cometido y contra el que parece imposible luchar. Pero a veces, la vida te sonríe y te da una segunda oportunidad. No, no es una novela del último Douglas Coupland, tampoco una del primer Nick Hornby: es la cuarta de Kiko Amat, una apuesta por la redención y el indulto existencial

Cienfuegos es un has been. Uno de esos tipos que pudo ser y no fue. Porque una vez publicó una novela, de título absurdo, sobre un huérfano criado por putas, “Mambo Para Gatos”, y se convirtió en Alguien, Alguien Importante (un A.I., en su propio lenguaje de siglas), y luego simplemente dejó de serlo, dejó de ser Alguien Importante, dejó de ser un A.I., y se convirtió en El Podrido, un tío al que la crisis de los 40 le llega cinco años antes de lo previsto (a los 35). Con todo lo que eso implica. Es decir, con el puñado de síntomas que lo acompañan, encabezados por el absentismo conyugal, una libido rampante, un caótico cuadro de toxicomanías en el que brilla el alcoholismo, un alto índice de siniestralidad automotriz, aislamiento social, paranoia, adulterio, locura, divorcio y, quién sabe, puede que incluso La Muerte. En el caso de Cienfuegos también incluye paseos nocturnos bajo el balcón de su ex casa (en la que su ex mujer, la rubísima Eloísa, y su hijo, Curtis, el pequeño Curtis, amante de los dinosaurios, pasan más tiempo de la cuenta con un tipo llamado Adolfo, nuevo novio de Eloísa), un dúo de música industrial llamado Defensa Interior, la portada de un viejo disco de Tim Hardin, un amigo odiable (Eugenio Cuchillo) y un trabajo que consiste en entrevistar a tipos que no tienen por qué caerle bien (como Palacios). Un trabajo que podría tener los días contados porque el mundo está en crisis. Una crisis demoníaca que planea dejar a todo el mundo en el paro.

Kiko Amat no se ha vuelto Douglas Coupland (el Douglas Coupland crepuscular de “El Ladrón de Chicles”) pero sí ha dado un paso adelante y ha dicho: “BIEN, esto es lo que (a veces) pasa cuando creces”. Y lo que pasa es que estás solo aunque estés rodeado de gente (¿no es eso lo que ocurre siempre?) y que tu prometedor futuro puede volverse estrepitoso fracaso. Con su viejo estilo (el de “El Día Que Me Vaya No Se Lo Diré A Nadie”, el de “Cosas Que Hacen BUM”), capítulos cortos, capítulos como disparos, crueles disparos a quemarropa inspirados en el gran Richard Brautigan ( “Sí, he vuelto a Brautigan y a Vonnegut, los dos escritores que me hicieron creer que yo también podía ser escritor”, confiesa, porque tuvo problemas, y muchos, con esta, su cuarta novela, que tuvo hasta siete versiones, cuatro de ellas, asegura, “auténticamente espantosas”) y en su primer Yo narrativo, un Yo narrativo que esta vez encarna a un tipo que por fin ha asumido que es él, y nadie más, quien tiene la culpa de todo. “No fue hasta que no me di cuenta de que tenía que dejar de culpar a los demás que la novela no se puso en marcha”, asegura Kiko. Kiko, chaqueta tejana repleta de parches (que si punk aquí, que si Tamla Motwn allá), y bufanda a cuadros, bufanda de abrigo anudada incluso dentro del bar ( “sí, tengo un poco de frío”), ha abandonado definitivamente al mod que lleva dentro (al menos, literariamente hablando y por un tiempo) y se ha sumado a las filas de aquellos a los que la música industrial (la música mareante, la música que busca “la desorientación”), en lo que él mismo considera “una apropiación indebida” porque no es nada fan, aunque asegura entender el espíritu con el que se compone. Eso sí, la considera “otro planeta”. Sigue teniendo alrededor de 4.000 discos y su libro favorito de Vonnegut sigue siendo “Barbazul”. Bebe cerveza y, en mitad de la conversación, es reconocido por un chico que le da la enhorabuena por lo que escribe. “No creas que me pasa cada día”, dice a continuación, sonriente, sin sonrojarse, más divertido que cohibido, “de hecho no me pasa nunca”, o, bueno, rectifica, “casi nunca”. El lugar en el que estamos es un bar de los de antes. Un bar llamado Ca L'Oller. Kiko suele venir a menudo.

Periodista que escribe en suplemento cultural, que fue escritor, que tiene tu misma edad, ¿eres tú Cienfuegos?

No. Cienfuegos es un caso de crisis llevado al límite, llevado al worst case scenario. La semilla de lo que le sucede parte de mí, eso sí, porque no tengo imaginación emocional, soy incapaz de inventar cosas que no he sentido. Pero yo no sólo soy Cienfuegos. Soy también el resto de los personajes. Las partes más mezquinas de mis personajes son maldades que yo mismo he cometido. Mi intención es la de ser honesto y uno no puede ser honesto si no ha vivido lo que está contando. Aunque no sea de forma directa. A veces utilizo a quien tengo a mi alrededor.

Entonces, has tenido tu propia crisis de los 40...

Sí, y también me pasó como a él. Se me adelantó cinco años. La viví a los 35. Uno pasa por la crisis haciendo todo los ridículos posibles. Lo único que intentas es retrasar la entrada en el mundo adulto. Hay quien necesita que la vida le dé un gran garrotazo para entrar.

En cualquier caso, pase lo que pase, la salvación existe.

La salvación existe, sí. Cienfuegos se salva, aunque pierde a su primera mujer por el camino. La vida también tiene finales felices. Y la redención es posible. El indulto es posible. Mi intención era la de magnificar la parte del final feliz. Pero magnificarlo todo a la vez. La tragedia y la comedia. En ese sentido, pensaba en las crudas novelas de Hubert Selby Jr. a la vez que en las sátiras de PG Wodehouse y Tom Sharpe. Quise exagerarlo todo. Así que es una de mis novelas, en el sentido de que tiene aventuras urbanas (borracheras espantosas, en este caso), tiene humor, da pena, y a la vez un punto de realismo.

"Siempre escribo sobre la culpa. La culpa es parte esencial de mi ser. El arrepentimiento es parte esencial de la novela"

Realismo representado en este caso por el 15M.

Sí, no es una novela sobre el 15M, pero pasa en el 15M. El paisaje es un paisaje de crisis. Considero mi literatura como parte de una tradición vivencial, es decir, que parte de mi experiencia, aunque no necesariamente de mí, es decir, que no saco mis personajes de mi biblioteca sino de las relaciones que establezco con la gente, y en ese sentido, ahora mismo, lo que está pasando es el 15M.

Al tema de la redención, del indulto de Cienfuegos (que hace algo terrible y se convierte en El Podrido), le precede el de la culpa, que es como el eje de la novela, ¿no?

En realidad siempre escribo sobre lo mismo. Siempre escribo sobre la culpa. Supongo que me viene de mis lecturas de niño, entre las que figuran los cómics de Daredevil, pero siempre estoy dándole vueltas a la idea de alcanzar el indulto. La culpa es parte esencial de mi ser. El arrepentimiento es parte esencial de la novela. Y lo mejor es que al final todo se arregla. Como dice aquella canción de Astrud.

Aparte del de tu novela, ¿se te ocurre algún final feliz del que seas fan?

El de “Qué Bello Es Vivir”, por ejemplo. Previamente el protagonista se hunde en un lodazal tremendo. Porque eso es lo que hay que hacer. Uno tiene que hundirse muchísimo para poder mejorar. Para poder mejorar antes hay que empeorar.

"No me interesa la vida literaria. Prefiero pasar tiempo con escaladores que con escritores"

¿Pero siempre se mejora?

No siempre, pero yo soy de los que creo que la gente puede cambiar. Que mañana puedes amanecer siendo un hombre mejor, o directamente otro tipo de hombre. También creo que el dolor no es inútil. Que el dolor que haces y te haces es útil. Que es bueno vivir con algo malo en la conciencia. En ese sentido, hasta esta crisis que estamos viviendo es útil.

Hay música en la novela, pero no son tus referencias habituales, ¿por qué?

No es que no sean mis referencias habituales, es que no las uso gratuitamente. Es decir, cuando hablo de una canción, hablo de ella porque puede ayudar a entender mejor al personaje o puede servir a la trama. En este caso, en depende qué momentos, me va mejor que esté sonando el “More Than A Feeling” de Boston, que me repugna, que una canción de las que me molan. Y, no sé, la portada del segundo disco de Tim Hardin era perfecta para simbolizar dónde y cómo arranca el hijoputismo del protagonista.

No tiendes a dejarte ver entre escritores. Apareces cuando publicas un nuevo libro y luego vuelves a desaparecer. ¿Por qué? ¿No te gustan los escritores?

No me interesa la vida literaria. Prefiero pasar tiempo con escaladores que con escritores. Yo he querido ser escritor desde que estaba en sexto de EGB. Pero no conocía a ninguno. Para mí no había un contacto real con ese mundo. Me inculcaron la idea del escritor viejuno, el señor muerto, de otro país, que sólo había vivido para escribir. Vamos, que el escritor no era alguien a quien te pudieras encontrar en un bar. Supongo que por eso, cuando publiqué mi primera novela me costaba tanto que se me asociara con escritores. Me vendía a mí mismo como autor de fanzines y fan de la música. No como escritor. Porque en 2003, el año en que la publiqué, no había ni un solo autor interesante en España. Ahora hay muchos. Y me apetece más conocer a gente. Gente como Santiago Lorenzo, por ejemplo. Pero no es cierto que desaparezca. Tampoco es cierto que Pynchon lo haga. En su barrio seguro que le conoce todo el mundo. Pero no le interesa la vida literaria.

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