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"Pasar de tirar piedras a coger las armas fue un camino muy alegre"

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Una conversación con Jean-Marc Rouillan, integrante de varios grupos armados de extrema izquierda en los 70 y 80

Ignacio Pato

04 Junio 2015 06:00

No conoces a Jean-Marc Rouillan.

Él mismo sabe que ese es el propósito de un sistema que le ha encerrado durante más de un cuarto de siglo en la cárcel. Por eso, este veterano militante de extrema izquierda ha escrito parte de su experiencia en una trilogía que acaba de cerrar con su último volumen, De memoria III (Virus Editorial).

Rouillan no había alcanzado aun la mayoría de edad cuando tuvo claro que el cambio político pasaba por la lucha armada. Francés de origen, cruzó la frontera española a finales de los 60 para fundar el MIL (Movimiento Ibérico de Liberación) –donde fue compañero y amigo de Salvador Puig Antich– y en los GARI (Grupos de Acción Revolucionaria Internacionalista) tratando de corroer la dictadura franquista con sabotajes y atracos a bancos.


Tiene prohibido hablar de los hechos por los que fue condenado, pero se mantiene firme en sus convicciones



Tras estar encarcelado de 1974 a 1977, formó en Francia el grupo armado Action Directe. Bajo esas siglas sí cometió delitos de sangre, por los que fue condenado a cadena perpetua, pasando 25 años más en prisión, 7 de ellos en aislamiento.

Actualmente en libertad condicional hasta 2018, tiene prohibido por orden del juez hablar de los hechos por los que ha sido condenado en Francia. Si lo hiciera, podría volver a prisión, como ya le sucedió en 2008 tras conceder una polémica entrevista

Jean-Marc Rouillan tiene 63 años y se mantiene firme en sus convicciones. Nos reunimos con él en Barcelona para repasar su trayectoria.

Hace unos años, todavía en prisión, conociste que sufrías la enfermedad rara de Chester-Erdheim que afecta gravemente a tus huesos. ¿Cómo estás?

Bien. Si he resistido a la cárcel, puedo resistir a la enfermedad.

¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿De dónde viene Jean-Marc Rouillan?

Vengo de muy cerca, de la Gascuña francesa. Con 16 años, los eventos de mayo del 68 cambiaron mi vida del todo. Además, en la ciudad de los rojos, Toulouse, había ambiente antifranquista muy fuerte. Yo soy hijo de la segunda España, mis abuelos eran de la provincia de Lleida. Solo técnicamente soy francés.

¿Cómo es ese momento en el que decides coger un arma?

En el 68 ya lo teníamos muy claro. Desde ese momento empezamos a buscar armas. Era muy fácil encontrarlas en Toulouse. El paso de la frontera cuando vas armado es un momento muy intenso, pero en realidad el paso de la lucha callejera con piedras a las armas en nuestra época era un camino muy corto, muy simple y muy alegre. Pensábamos que no se podía hacer la revolución sin las armas. Había que experimentar.

¿Os considerabais aventureros o estabais convencidos de que era una necesidad?

Yo no rechazo el término de aventurero. Queríamos salir de esta sociedad mortífera. Salir es encontrar la alegría pero también la aventura de una clase que debe liberarse. Hay que escoger caminos nuevos. Nosotros escogimos el camino de la ruptura.

Me llama la atención lo mucho que mencionas la alegría, lejos de la imagen que se pueda tener del sacrificio de la lucha armada…

De monje armado.


Tengo suerte de que no me hayan matado. Yo soy un superviviente sin esconderme ni arrepentirme



Eso es.

Toda la gente sabe que lo que dicen los chivatos, los arrepentidos y los disociados sobre la lucha son tonterías. En la guerrilla tú vives con compañeros y además tienes su seguridad en tu mano. Se crea una cofradía de lucha que sobrepasa el contacto social habitual. Combatir a un sistema mortífero te da esa otra vida.

Es decir: si el sistema es la muerte luchar contra él es luchar por la vida.

Por una luz y por una vida real.

Cuando una persona está dentro de la lucha armada, la cárcel y la muerte están cerca. ¿Tú sientes que has tenido suerte de poder estar aquí ahora mismo?

Tengo suerte de que no me hayan matado. Han matado a muchos compañeros. También en la cárcel, de enfermedades. Yo soy un superviviente. Soy como un tío que va pasando etapas, hago el camino sin esconderme, sin esconderme ni arrepentirme.

En las fotos de los GARI parecéis más un grupo de amigos que un comando terrorista.

En este grupo de afinidad que nació en el MIL y se desarrolló en los GARI había alegría. No nos olvidábamos de vivir, de beber, de fumar o de experimentar con las drogas que llegaban a Europa. No somos excepcionales, solo gente que no quería vivir lo que había vivido sus padres y abuelos.

Casi como unos progres más...

Nosotros vestíamos de traje y llevábamos el pelo más corto que los progres.

Es que mucha gente asume que el pelo largo era una muestra de rebeldía, cuando los verdaderos militantes tenían que pasar estéticamente desapercibidos para no ser detenidos…

Claro, nosotros íbamos vestidos como un empleado de banco. Bueno, también nos empleamos en los bancos, pero no a la manera tradicional.

Pero finalmente te detuvieron y estuviste en la cárcel en dos ocasiones hasta la amnistía de François Mitterrand en 1981. Sin embargo, decides seguir con la lucha armada...

Es un momento muy difícil. Sabemos lo que se va a levantar contra nosotros para condenarnos, desde la extrema izquierda a los fascistas. Sabíamos que había la posibilidad de acabar mal. Pero también sabíamos que esos socialdemócratas iban a acabar con los sueños del 68. Mitterrand fue un colaboracionista con los nazis y un ejecutor de argelinos como ministro de justicia. No teníamos ninguna puta ilusión con ellos. Era la época de Reagan y Thatcher y fuimos derrotados.

Cuando saliste en 2007 después de 20 años en prisión, ¿te sentiste libre?

Para nada, debía dormir en la cárcel y pasar allí los fines de semana, fuera solo iba al trabajo. Además encontrar una sociedad políticamente tan confusa era más duro que la propia cárcel.

He sido feliz en la cárcel. Estos libros están ligados a eso

Jean-Marc, has estado preso durante más de 27 años. Es mucho en la vida de un hombre.

Es más de un cuarto de siglo.

¿Piensas que es un tiempo robado, tienes sensación de pérdida?

Sí, naturalmente. Pero he vivido mi vida, hay gente que se pasa la vida en la mina, gente que vive en la miseria de los barrios, hay burgueses que no viven su propia vida, que hacen trabajos idiotas, que no viven. Yo en la cárcel he vivido en colectivo, y tratábamos de mantener una cultura de resistencia. Una vida.

¿Se puede resistir en una cárcel?

Sí, es por eso que el sistema intenta destruir a los colectivos de presos. Quieren que nos pleguemos al arrepentimiento. En grupos de 5 o 6 presos políticos se forma el mismo ambiente que en la guerrilla, con alegría, solidaridad y discusiones políticas.

Has estado 7 años en aislamiento...

Es la tortura carcelaria más evidente, sin máscara. Son años de romperte el cerebro, pero cada día es un día de resistencia.

¿Has vivido momentos de alegría en la cárcel?

Claramente.

¿Qué te ha hecho feliz allí?

La cárcel es una tortura. Allí las alegrías quedan limitadas, pero si tienes compañeros, los malos momentos también están limitados. Tiene que haber una actividad creativa para ocupar los días, para construir. Para mí fue la literatura. He publicado más de 20 libros. Y toda esta escritura está ligada a la cárcel.


Un camino hasta el final




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