Entrevistas

"Me agarraron y me dijeron: aquí has venido a hablar o te reventamos los huevos"

Una charla con Ion Arretxe sobre la tortura en primera persona

Es un respetado guionista, historietista y director de arte de cine que ha trabajado con directores como Alex de la Iglesia, Pedro Almodóvar, Jaime Rosales o Juanma Bajo Ulloa.

Pero, sobre todo, Ion Arretxe tiene una historia que contar. Una historia que es la suya, pero podría ser la de decenas, centenas, quién sabe cuántos chicos y chicas que se han asomado a las cloacas del estado.

Estos días se cumplen 30 años de la detención y muerte de Mikel Zabalza. Tanto el como Arretxe fueron detenidos acusados de pertenecer a un comando de ETA. Nunca se probó su relación con la organización armada.

VER TAMBIÉN: "Objetos perdidos: ¿qué pasó con Mikel Zabalza?"

Fuiste detenido el mismo día que Mikel Zabalza.

El 26 de noviembre de 1985, a primera hora de la mañana, varios guardias civiles tiraron abajo la puerta de la casa de Rentería donde vivía junto a mis padres y hermanos pequeños. Me desperté entre gritos y lloros. Me sacaron de la cama y me dijeron que me vistiese que nos íbamos al cuartel de Intxaurrondo y seguramente iba a pasar frío. Me metieron en un Nissan Patrol y me pusieron una capucha en la cabeza.

¿Qué te decían?

Me gritaban, más bien. "Hijoputa, etarra, ahora estás solo, te vas a cagar, ¿dónde están los de tu comando?".

Pero no te llevan a Intxaurrondo.

No, me cambian de coche y tras un viaje más o menos largo, me sacan. Estaba en el monte. Y había un montón de guardias civiles con cascos. Era como un aquelarre de guardias civiles. Tenían preparados un montón de sacos de escombros, me pusieron uno como un faldón y otro por arriba como una casaca. Con cinta de embalar me precintaron como a una momia y me tumbaron en el suelo.

¿Qué pensabas que te iban a hacer?

Que me iban a abandonar en el monte. A dejar que me muriera allí. Pero no, me arrastraron hasta un río. Me empezaron a meter la cabeza en el agua. Tragas agua, vomitas, eres un pelele en sus manos. Piensas en la muerte y quieres que todo acabe cuanto antes. Ellos me miraban las uñas mientras me ahogaban.

¿Por qué las uñas?

Por su amoratamiento se puede ver si la persona se aproxima a la asfixia. En un momento dado, les dije que me mataran, pero me dijeron que primero iba a hablar y que luego ya me matarían, que allí en el monte no se oían ni los gritos ni los tiros.

Yo tenía 21 años. Imagínate a un chaval de esa edad rodeado por los que dos años antes habían matado a Lasa y Zabala y los habían enterrado en cal viva. Hablamos de unos auténticos dementes.  

Finalmente llegas a Intxaurrondo.

Sí, lo primero que oí fue al de la puerta decir 'joder, cómo le traéis a este'. Trajeron calefactores porque estaba helado y me pusieron un cucurucho de papel de periódico en la cabeza. Estaba desnudo y llegó el comandante Galindo. Me preguntó si los de mi comando le andábamos siguiendo. Me agarró de los testículos y me dijo 'aquí has venido a hablar o te vamos a reventar los huevos'.

Tenían detrás el respaldo legal de la Ley Antiterrorista y a un gobierno obsesionado con "el norte".

Sí, hubo una llamada de teléfono que no sé si sería el ministro Barrionuevo y justo después me dijeron que me iban a aplicar la Ley Antiterrorista. Un agente me leyó los derechos y acto seguido rompió la hoja. Menuda lección exprés de Derecho. Yo no estaba en un calabozo, me tenían en un piso del cuartel y en el cuarto de baño me volvieron a hacer lo mismo: meterme la cabeza en el agua.

¿Qué más te hicieron allí?

Sobre todo, la bolsa de plástico en la cabeza para provocarte la asfixia. Llegabas a desmayarte. Estabas siempre rodeado por ellos. Solo venía uno solo por la noche. Se presentaba como "el ángel de la guarda". Su misión era no dejarte dormir.

¿Qué fue lo más humillante?

Cuando me trasladaron de un edificio a otro, había unos niños, hijos de guardias civiles, jugando en la calle. Un guardia les llamó diciendo 'eh, venid, que aquí hay un etarra de los que quiere matar a vuestro padre' y los niños vinieron a pegarme patadas y decirme 'malo, malo'. Después, me metieron en un furgón para llevarme a Madrid.

Es en el furgón donde coincides con Idoia Aierbe, la novia de Mikel Zabalza.

Recuerdo su cara de tristeza radical. Creo que nunca se le ha quitado. Ahora está en un centro, en una silla de ruedas, con 53 años.

¿Continuaron los malos tratos durante el viaje?

Fíjate que paramos en una estación de servicio en Burgos y pedimos tomar un café y los guardias nos dijeron que no porque se iban a asustar los clientes del bar por la cara que teníamos. Sí que nos dejaron ir al baño. Yo pude apañarme pero Idoia pidió que le quitasen las esposas y le dijeron que no. Ellos mismos le bajaron los pantalones y las bragas. Yo estaba delante.

Supongo que Idoia sufriría especial crueldad por ser mujer.

Yo escuchaba cómo se reían de ella, de su físico, cómo le decían que quién iba a tener relaciones con ella.

¿Notaste un cambio de actitud de los guardias hacia ti en Madrid?

En la Dirección General de Seguridad la psicóloga de la Guardia Civil me decía que quizá en situaciones límite había tenido alucinaciones sobre cosas que en realidad no me habían pasado. Me ofrecieron 3 millones de pesetas si no contaba lo que había pasado.

¿Sabían que ibas a salir sin cargos pronto y querían cubrirse las espaldas tras lo de Zabalza?

Sí, pero yo no sabía nada de eso todavía. Pasé tres días en la cárcel de Carabanchel antes de salir y fue ahí cuando me enteré de lo de Mikel Zabalza.

¿Te enteraste en la cárcel?

Los presos ya sabían que había uno que se había escapado el día siguiente de nuestras detenciones. Me preguntaban y yo no sabía nada. Ahí fue cuando empecé a pensar que podían haberle hecho lo mismo que a mí.

Y que tú aguantaste pero él no.

Estoy convencido. Por su salud o porque se pasaron. Estoy convencidísimo.

El balance para la Guardia Civil es de cuatro detenidos, tres en libertad sin cargos y uno muerto.

Yo estoy seguro de que Mikel Zabalza habría salido también. Lo normal es que se haga la investigacón y luego las detenciones, pero en aquella época se hacía la investigación a través de la detención.

Finalmente sales.

Fui a un hostal de Madrid. Llegué allí con la típica bolsa con la que sales de la cárcel, que se nota un montón de dónde vienes, y me dijo el dueño del hostal 'ah, tú eres el que vienes de la mili'. Pensé que era mejor no sacarle de su error.

¿Tenías ganas de contarlo?

Muchas. De hecho, le pregunté si había alguien más en el hostal y me dijo que unas chicas, además de Bilbao. Le dije si podía avisarlas para que bajaran, las senté delante de mí y empecé a hablar.

La siguiente vez fue delante de un juez.

En San Sebastián, junto al abogado Iñigo Iruin. Lo conté todo, pero era mi palabra contra la de ellos. Eso sí, el juez me mandó parar cuando le contaba las torturas porque se estaba poniendo enfermo. Acabó pasando lo que tantas otras veces, el caso fue pasando de un juez a otro y ahí se terminó todo.

Tras ser torturado, ¿uno llega a contarlo todo?

Nunca lo cuentas todo. Hay cosas horribles guardadas en lo más profundo de uno, cosas que ni siquiera han aflorado en tu conciencia.

Te iba a preguntar si sientes que lo has superado, pero...

Esto no se supera nunca, creo yo. No. Siempre va contigo. Yo siempre he vivido a la sombra de Intxaurrondo.

Intxaurrondo significa nogal en castellano. Hay un dicho que dice "a la sombra del nogal no te pongas a recostar".

Mi abuelo siempre decía que el nogal tenía mala fama porque enfriaba el alma. Decía que quien durmiera a la sombra de un nogal acabaría muriendo de pena.

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