Entrevistas

Sin techo por elección propia. La lucha de Lagarder Danciu por los pobres

Hablamos con Lagarder Danciu, una voz imprescindible para entender cómo afrontan los pobres el 20-D

Fotografía de cabecera de Benjamin Mengelle

“Yo a partir de las 7:00 estoy despierto. Mi despertador es la policía. […] Nos levantan para que la ciudadanía no vea que dormimos en los bancos. Sevilla me odia por ser un rumano listo. Viene un rumano a evidenciar sus miserias. Les jode mucho eso […] Esta va a ser una noche más mirando las estrellas. […] Es bello ver las hojas caer con tanta naturalidad […]”

Esto son solo fragmentos de la primera conversación que tuve con Lagarder Danciu (Slatina, Rumanía, 1981). Me había puesto en contacto con él porque quería saber cuál era la voz de la calle —la verdadera calle, la de los sin techo— ante las elecciones generales. Quería saber qué esperaban del 20-D los más pobres. Y Lagarder, sin techo, gay, rumano, gitano y activista por los derechos humanos, tenía bastante que contar.

Al término de aquella llamada, no paraba de pensar en su reacción: ¿Tenía ganas de hablar?, ¿se sentía solo por ser sin techo?, ¿y cómo hacía poesía en una situación tan jodida? Como acordamos, al día siguiente le llamé y me encontré con una historia apasionante.

1. Supervivencia

Benjamin Mengelle

Lagarder nació en Slatina, al sur de Rumanía, en una familia gitana. “Ceaucescu me robó a los padres y terminé en un orfanato”, explica. A los 7 años le trasladaron a la pequeña ciudad de Corabia, a otro orfanato. Gracias a ese traslado pudo ir a la escuela pública.

Allí, en Corabia, Lagarder no tenía un régimen interno de educación y los niños podían salir: “Aprendí a sobrevivir desde muy pequeño. Al principio íbamos todos a la escuela a robar bocadillos porque en el orfanato nos mataban de hambre”.

Luego conoció a la profesora Cosoveanu Doina, que le cambió la vida: “Ella hizo que me enamorara de la educación. Creyó en mí y me dijo que iba a ir a la universidad. La mayoría de mis compañeros del orfanato terminaron en drogas, en el crimen o muertos. A mí me salvó la educación”.

Salí de Rumanía buscando ser libre porque ahí no podía serlo, porque era gay y era gitano

Estudió Sociología y Trabajo Social. Al terminar la universidad, un día cogió una pequeña mochila y decidió irse de Rumanía: “La homofobia que sufría en el día a día me hacía replantearme muchas cosas. Salí buscando ser libre y en Rumanía no podía serlo, porque era gay y era gitano”.

El periplo en busca de la libertad le llevó hasta Portugal. Como muchos migrantes, terminó en las manos de una mafia rumana que explotaba a otros compatriotas en el campo, en condiciones de semi esclavitud.

En la primera finca en la que trabajó se enamoró de otro chico. A pesar de la dureza de las condiciones, Lagarder recuerda que era feliz y que no era consciente del sufrimiento por el hecho de estar con esa persona.

No obstante, pasaron los meses y Lagarder no podía soportar más las injusticias que se cometían en el campo. “Una noche vi pasar un coche de la policía y grité muy fuerte. Entonces vinieron y fuimos libres. Había estado cuatro meses allí”.

Terminó en las manos de una mafia que explotaba a otros compatriotas en el campo, en condiciones de casi esclavitud

Hablando con su compañero, le dijo que en España estaban bien las cosas. Terminó en Puerto Moral, un pequeño pueblo de la provincia de Huelva. Allí cayó nuevamente en una trama rumana de explotación agrícola. “Era un círculo vicioso, no podía salir. No hablas el idioma y te juntas con la gente como tú”.

Sin embargo, fue otra profesora la que le salvó por segunda vez. Un día, después de trabajar en el campo, con las manos sucias y un cuaderno, se acercó a la escuela de Aracena. Allí, Ángeles de los Reyes le apadrinó, como él mismo dice. Después de las duras jornadas en el campo, iba a aprender castellano. A continuación iba a dormir a una pensión que le pagaba Ángeles mientras buscaban un piso.

Lagarder con su profesora Ángeles de los Reyes

“Yo siempre he querido buscar la libertad, y ella lo vio en mí. Vio que no era un inmigrante que solo quería un piso, unos papeles y un coche. Cuando la vi ponerse delante de un tractor que quería arrasar un campamento gitano, decidí hacerme activista”.

Lagarder aprendió castellano y homologó su título gracias a Ángeles. Y se puso a estudiar un máster en Mediación Social e Intercultural (tiene dos más, en Intervención con la comunidad gitana y en Enseñanza y Pedagogía). Salió nuevamente de las mafias rumanas y encontró empleo en un hotel. Por fin, se instaló en un piso. La gente al principio no quería alquilárselo porque era gitano y rumano. “Al principio, yo decía que era francés —por el nombre, derivado de Lagardère— y entonces, la gente me hacía caso”.

Después dio el salto a Sevilla. Consiguió un trabajo de educador en un Instituto de Educación Secundaria. En ese momento podía tener todo lo que se suponía que aspiraba a tener: salía de bares, no tenía que esconder que era gay, tenía un trabajo por el que cobraba 1.800 euros y un hogar.

2. Conciencia

Benjamin Mengelle

Mientras estaba en el Instituto también se puso a trabajar a como traductor jurado de rumano en los juzgados y en los calabozos de la policía.

“Comencé a ver cómo la policía maltrataba a los rumanos. Y yo, teniendo todo lo que tenía, me preguntaba: ¿por qué gano tanto dinero si hay gitanos rumanos que están recogiendo chatarra? ¿Por qué tengo una casa si los rumanos duermen en la calle y les patea la policía? ¿Por qué yo tengo todo esto y hay chicos rumanos heterosexuales muy jóvenes que se prostituyen con hombres mayores para comer?”

Por otro lado, en el Instituto en el que Lagarder trabajaba también se discriminaba a los extranjeros: los ponían en una clase separados. Indignado, Lagarder preguntó a la Consejería y denunció la situación. Según explica, cuando presentó su queja, le echaron: “La Ley de atención a la diversidad de Andalucía es solo papel mojado”, dice.

Vi que estábamos en una sociedad en la que solo primaba lo material por encima de las personas

Sin trabajo, pero con ahorros y colaboraciones esporádicas como traductor, Lagarder pasó los dos siguientes años haciendo “un trabajo de campo” para conocer de cerca la realidad de los rumanos sin techo. “Comencé a indagar en la calle y en cómo hacerlo visible. Entonces, en contacto con ellos comencé a tener muchas respuestas, vi que estábamos en una sociedad en la que solo primaba lo material por encima de las personas”.

El pasado 15 de septiembre, arrastrado por las circunstancias, se convirtió en un sin techo: “Con lo que ganaba en los juzgados ya no podía pagar el piso en el que vivía, nadie me daba trabajo, porque Sevilla es como un pueblo grande donde da igual que tengas estudios. Si no eres amigo de alguien, no trabajas. Esta ciudad tiene un atraso de 10 años, hay unos pocos señoritos y todos los demás estamos en la pobreza”.

Pero vivir en la calle también fue una elección personal: "¿Por qué iba a fingir que soy de esta sociedad si soy un marginal? Para visibilizar su sufrimiento hay que sufrir con ellos".

Es una posición espectacular la que tengo. Me siento un hombre libre

Desde entonces, vive como un sin techo más y gasta todo su tiempo en visibilizar a los pobres que todo el mundo ve: los de la calle.

Por las mañanas le despierta la policía; se asea en las fuentes públicas. Y luego, con los demás sin techo, van al ayuntamiento a protestar contra el alcalde y los demás concejales: “Un día les dijimos buenos días a los tres concejales de Ciudadanos y ni nos miraron. ¿Acaso un representante público puede tener tan poca humanidad?”.

El resto del día, pegado a un teléfono que carga en una franquicia de Frozen Yogurt al lado del Campamento por la Dignidad —el nombre que le han dado al lugar en el que viven—, tuitea, habla con periodistas y denuncia la situación dramática de los 800 sin techo de Sevilla.

Es una posición espectacular la que tengo. Me siento un hombre libre. Te degradas, pero vives con dignidad”.

3. Rebelión

Benjamin Mengelle

Cuenta Lagarder que él se siente como Diógenes de Sinope, discípulo de Sócrates que malvivía en las calles de Atenas y que, con su vida y sus reflexiones, llamaba la atención de la gente obligándola a preguntarse por el sentido de las cosas.

Diógenes era como un pequeño motor de cambio que removía las conciencias de los ciudadanos, en la calle, donde era visible. Era un ejemplo de coherencia. Hasta el mismo Alejandro Magno dijo que, si no hubiera sido ungido para ser rey, él hubiera querido ser Diógenes.

“Yo vivo en la calle por lo que me enseñaron mis maestras. A mí me dieron una gran lección: me hicieron creer en la igualdad de oportunidades y en la justicia. Si no hubiera sido por ellas, ahora yo sería un pandillero más en Bucarest. Todo lo que yo he recibido tengo que dárselo a la gente en desventaja, porque la gente de abajo tenemos una capacidad extraordinaria de aportar. Tengo unas ganas enormes de vivir y los sin techo también. No podemos estar en la calle esperando a la muerte, sino haciéndonos ver”, dice Lagarder.

¡Cuando yo veo a una mujer mayor que vive debajo de un puente llamar 'hijo de puta' al alcalde me lleno de orgullo!

Para Lagarder, “el gran problema es que mucha gente que ha sido alguien y se queda sin nada se resigna esperando a volver a ser alguien. Pero hay que luchar. Los sin techo son los valientes que dan la cara para conquistar derechos. ¡Cuando yo veo a una mujer mayor que vive debajo de un puente llamar 'hijo de puta' al alcalde me lleno de orgullo!”.

Los sin techo son una parte de la población que no cuenta para los políticos. Muchos no están empadronados y viven en un limbo legal. No son personas sobre el papel. Muchos otros, directamente, no votan. No forman parte de la agenda electoral para ninguna formación principal.

Ante a las elecciones, Lagarder no espera nada. La cara más visible y dura de la pobreza que ha generado la crisis, seguirá excluida: “Quieren cambiarnos un bipartidismo por otro, una nueva derecha que es Ciudadanos y una nueva izquierda que es Podemos. Y no creo en el reformismo, hay que ser radical”, dice, en referencia a Podemos, de quienes estuvo cerca en un inicio. "Es la izquierda burguesa, no pisan la calle".

Quieren cambiarnos un bipartidismo por otro, una nueva derecha que es Ciudadanos y una nueva izquierda que es Podemos

Para él, los alcaldes del cambio de ciudades como Barcelona, Madrid o Cádiz cuentan con su simpatía. Pero prevé que chocarán con la dirección de Podemos. “Yo al principio estaba ahí pero no podía ser crítico. No soporto las estructuras, era alguien incómodo”.

Lagarder también critica los fichajes en la formación de Iglesias, en especial María José Jiménez, la candidata gitana del partido morado por Salamanca. “A Jiménez le pagó la educación la Fundación Secretariado Gitano, del Opus. Y antes estaba en el PP de Ourense”, dice Lagarder.

“Y van los de Podemos utilizando a Camarón en los carteles para atraer el voto gitano... ¡Que dejen en paz a Camarón! ¡Si levantara la cabeza los mandaba a todos al carajo!”

No podemos estar en la calle esperando a la muerte, sino haciéndonos ver

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