Entrevistas

Chuck Palahniuk: “Contando historias me he convertido en el predicador que siempre quise ser”

El escritor nos confiesa algunos de sus secretos en esta entrevista a propósito de “Al Desnudo”, su cruel retrato del Hollywood actual

Hay tanto dolor en las historias de Chuck Palahniuk que tiene que tomarse un analgésico antes de escribir. Este es uno de los muchos secretos que nos confiesa en esta conversación a propósito de “Al Desnudo”, una crítica feroz contra la carroña de Hollywood.

Chuck Palahniuk no es uno de sus personajes. No colecciona piedras (como el tipo de “Asfixia”) ni piensa montar una secta con suicidas desesperados (como el tipo de “Superviviente”), ni es capaz de tararear una nana mortal (como aquella de la huyen los protagonistas de “Nana”). Chuck Palahniuk es un tipo corriente, con aspecto de profesor universitario, ligeramente más musculado de la cuenta, que vive en Portland (Oregon), un lugar en el que hace un frío horrible (sobre todo en invierno) y en el que no encuentra nada mejor que hacer (sobre todo en invierno) que escribir novelas. Eso, y salir a pasear con su novio, el chico de su misma edad (50) y también, como él, ligeramente más musculado de la cuenta, con el que ha pasado las últimas dos décadas. Pero como sólo sale cuando no hace mucho frío, la mayor parte del tiempo escribe. De ahí que cada año tenga lista una nueva novela.

La de este año (en España, en Estados Unidos ya tiene otra, su propia versión de “La Divina Comedia” de Dante, titulada “Damned”) lleva por título “Al Desnudo” y es la historia de una mítica y caprichosa actriz en horas bajas que siempre ha sido una especie de muppet de su propia ama de llaves, la pérfida aunque en apariencia inconcebiblemente servicial, Hazie. O la chica fea que se presentó al casting y no obtuvo el papel, pero consiguió algo mejor, su propio pasaporte a ese otro mundo, el del estrellato, sin que la destructiva fama la tocara. Digamos que Katie Kenton, la actriz, es el escudo que Hazie interpuso entre su mundo soñado (LA FAMA) y ella. Y ahora Katie está pasando por un mal momento. Aunque su vida es en realidad una sucesión de malos momentos. Pero, ¿qué está pasando justamente ahora? Que tiene un nuevo pretendiente. Un pretendiente joven y guapo y ligeramente más musculado de la cuenta que en realidad no la quiere a ella, quiere su fama. Y está escribiendo en secreto la historia de los últimos días de Katie Kenton. Para concluirla y convertirse en el tipo que más hablará de ella tras su muerte, necesita que desaparezca. Necesita matarla. Sí, el autor de “El Club De La Lucha” vuelve a poner a un personaje en ruinas contra las cuerdas.

"Mi literatura tiene que ver con la muerte sí, pero también con el amor. La desesperada necesidad de alguien"

El Hollywood que describes huele a naftalina. Es algo viejo y ajado. Algo parecido a un potro de tortura para los actores. ¿Fue cosa de una época o crees que aún sigue siendo algo así?

Aún sigue siendo así. Hollywood es un lugar turbio. Los actores no son más que esclavos. Siempre están debiendo favores. Y los pagan con su trabajo. Firman contratos abusivos por cierto número de películas a un determinado precio. No son dueños de sus vidas.

¿Está Katie Kenton basada en alguien real?

Uhm… [duda un segundo, cierra los ojos, luego los abre, echa un vistazo a su libreta negra, y dice] Sí. Es Katharine Hepburn.

¿Adorabas a Katharine Hepburn cuando eras niño?

No especialmente. Pero pensé que era perfecta para el papel. Cuando era niño adoraba otro tipo de cosas. No me interesaban las actrices de Hollywood.

¿Qué adorabas? ¿Qué clase de libros leías para haber desarrollado una voz tan salvajemente visceral y a la vez tan propia, tan al margen de todo?

Oh. Esa es fácil. Hubo tres libros que me marcaron cuando era un adolescente y los tres se parecen. Al menos, tienen en común que ofrecen distintas realidades y distintos tiempos a los protagonistas. Los libros son: “Alicia En El País De Las Maravillas”, de Lewis Carroll; “Matadero Cinco”, de Kurt Vonnegut y “El Día De La Langosta”, de Nathanael West. No tuve una infancia especialmente agradable y esos libros me enseñaron a crearme mi propio mundo, hicieron que las cosas que pasaban en el mundo en el que vivía me importaran menos porque tenía mi mundo propio y podía encerrarme en él cuando quería. Por eso mis libros a menudo van y vuelven en el tiempo. Porque me gusta pensar que, si quiero, puedo vivir todos los tiempos a la vez.

Stephen King dijo una vez que su literatura atraía a los lectores porque era lo más parecido a aminorar la velocidad en la carretera cuando descubres que ha habido un accidente para tratar de ver algo, ver hasta qué punto ha sido catastrófico. ¿Dirías que tu literatura va un paso más allá y hace que el lector detenga el coche, se baje y se acerque a comprobar que el accidente ha sido mortal?

Uhm… [Pausa larga. Casi eterna]. No. Mi literatura tiene que ver con la muerte sí, pero también con el amor. La desesperada necesidad de alguien. Así que yo lo veo más como algo así: Estoy conduciendo, es de noche, y necesito que alguien me quiera. Así que piso el acelerador y me estrello contra un árbol. Casi me mato. Salgo ensangrentado y moribundo del coche y me quedo en la cuneta, deseando con todas mis fuerzas que el próximo coche pare. Que pare y me salve. Que el conductor me cuide para siempre porque se ha enamorado perdidamente de mí.

¿Es cierto que has vuelto a leer hace poco “El Club De La Lucha” y que no te gustó nada?

Es cierto, sí. Cambiaría muchas cosas si pudiera volver a escribirlo. Lo encuentro demasiado crudo. Con el tiempo, mi estilo ha cambiado. He intentado adaptar la forma a cada uno de los libros que he ido escribiendo. Por ejemplo, en el caso de “Al Desnudo” quería que pareciese una columna de cotilleos, y a la vez un guión cinematográfico. Porque está hablando de eso, de la fama efímera de Hollywood. Siempre intento experimentar, siendo lo más fiel posible a mí mismo.

¿De veras existen las 'birriografías', esas biografías que están escritas mucho antes de que el famoso muera y que a menudo las escribe alguien que se acerca más de la cuenta al famoso en cuestión cuando ya tiene un pie en la tumba?

¡Claro que existen! De hecho, saber de su existencia fue uno de los motores de esta novela. Cuando mi editor americano me dijo que las editoriales están llenas de ese tipo de biografías, biografías falsas escritas por alguien que apenas conoció al personaje y que están esperando su momento en algún cajón, y el momento es justo tres días después de la muerte del personaje en cuestión, me dije: ‘¡Vaya! Aquí tienes una historia’. Porque de repente vi esos libros como buitres. Grandes colecciones de mentiras esperando como buitres la muerte para caer sobre su víctima.

Imagina que tienes que escribir una de esas ‘birriografías’. ¿De quién sería? Valen todas las épocas y lugares.

Oh, la haría de James Franco. Lo encuentro fascinante. Sobre todo por la manera en que está gestionando su fama. Ha tenido un montón de mala publicidad, por sus excesos, que ha sabido convertir en algo positivo para su personaje. Eso es algo realmente admirable. Estamos hablando de Hollywood, no lo olvides.

Hemos hablado de tu manera de narrar, pero no hemos hablado del humor macabro de lo que cuentas. ¿Te sirve el humor para desactivar la realidad?

Por supuesto. El humor desactiva la realidad. Pero también lo hacen las mentiras. Mira, todos hemos tenido trabajos que hemos odiado, ¿verdad? Yo, por ejemplo, pasé 13 años haciendo de mecánico después de haber estudiado periodismo. Cada día, en el taller, imaginaba que me metía dentro de las tripas del motor. Y eso me parecía fascinante. Cuando lo único que estaba haciendo era cambiar una bujía. Hagas lo que hagas, si lo haces tratando de reírte de ti mismo, todo tiene sentido. La clave está en engañarse. Uno tiene que engañarse para pasárselo en grande. Fingir que aquello que está haciendo, aunque sea lo que más odia en el mundo, es maravilloso.

¿Pero es necesario llevar ciertas historias a los extremos en que las llevas? Digamos que el sentido del humor en tus libros está empañado por la brutalidad de lo que cuentas.

¡Lo que cuento es cierto! Mira, por encima de todo me considero un recopilador de historias. Vale, puede que las historias sean bastante macabras. Pero es que la única manera que tengo de soportarlas es contándolas una y otra vez. Contar algo que me parece insoportable es la única manera en que soy capaz de digerirlo. Me contaron la historia de “Tripas” [el relato de Palahniuk que más desmayos ha provocado a lo largo y ancho del planeta, incluido en “Fantasmas”] cuando tenía nueve años. Fue en el colegio. Y la llevé conmigo hasta que escribí “Fantasmas”. Antes de ponerla sobre el papel, la había contado cientos de veces. Y seguía sin poder digerirla. La escritura es para mí una especie de iglesia. Escribo como acto de resignación. Es decir, cuando me encuentro con un problema que no puedo resolver, escribo sobre ellos. En mis historias hay un montón de problemas escondidos.

Hablando de iglesias, ¿es verdad que de pequeño quería ser predicador?

Sí. Me encantaba pensar que mi trabajo iba a consistir en escuchar los problemas de la gente y no podérselos contar a nadie. Me gradué en periodismo pensando que el trabajo de periodista era algo parecido. Pero cuando eres periodista todo el mundo te dice lo que quieres oír. No te cuentan lo que realmente sienten sino lo que suponen que deben sentir. Pero en cierto sentido me he convertido en el predicador que siempre quise ser. Porque ahora todo el mundo sabe que recopilo historias y me las cuentan. Les doy seguridad y saben que no les voy a juzgar, por más macabro que sea lo que me cuentan. Ahora adoro las fiestas, porque siempre salgo de ellas con nuevas historias.

"Antes de escribir una parte especialmente dura, me tomo un analgésico. Necesito mitigar el dolor, pero mantener la mente clara"

¿Y es eso lo que escondes en esa libreta negra, que llevas a todas partes? ¿Historias?

Sí. Siempre digo que es como mi osito de peluche [La hojea. Se detiene en una página]. Les pongo un título y escribo algunas líneas que me dan pie a recordar la historia para empezar a contarla. Por ejemplo, aquí tengo una que se titula “Gafas”. Es una historia propia. Cuando era niño jugaba al baloncesto en el colegio pero era horriblemente malo. Aunque no me parecía que fuese nada del otro mundo porque no podía entender cómo la gente encestaba la pelota. Encestar me parecía algo increíble. Porque la canasta estaba como en otro mundo, demasiado lejos, borrosa. Lo único que podía hacer era tirar la pelota con todas mis fuerzas hacia arriba y esperar a que cayera. Hasta que un día mi madre me llevó al oculista y me pusieron gafas. De repente, el mundo tenía mejor aspecto. Qué demonios, el mundo tenía un aspecto. Antes era un montón de cosas borrosas. Resulta que era miope y no lo sabía. Así que a los diez años mi vida acababa de cobrar sentido. Había dejado de ser un alien.

Por último, tus historias acostumbran a ser muy dolorosas (literal y profundamente dolorosas), pero también se tiende desde ellas a idealizar la belleza, y luego, por supuesto, en muchos casos (y estoy pensando en “Monstruos Invisibles”, y en la última, “Al Desnudo”), a destruirla. ¿Qué es para ti algo bello?

Uhm… [Nueva pausa. Casi tan larga como la última]. Buena pregunta. Para mí algo bello es la confianza en uno mismo. Pienso en un personaje como Tyler [el personaje de “El Club De La Lucha”, que interpreta Brad Pitt en la versión cinematográfica de David Fincher] y me digo que es hermoso porque sabe lo que quiere y porque, aunque se equivoque, se lanza a por ello, sin dudar. Y respecto a lo doloroso de todo lo que escribo, déjame que te cuente un secreto. Antes de escribir una parte especialmente dura, me tomo un analgésico. Necesito mitigar el dolor, pero mantener la mente clara. No me sirve tomarme una copa porque todo se confunde. Pero el analgésico funciona. Así fue como escribí “Tripas”. Siempre digo que es como tratar de enjaular un animal salvaje. Seguramente te arañará y te hará daño, pero una vez enjaulado, ya no volverá a escaparse.

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