Entrevistas

“La Cápsula del Tiempo”: Blackie Books reactualiza los libros de la serie ‘Elige tu Propia Aventura’ para la edad adulta

Miqui Otero es el autor de esta peculiar novela con 37 finales diferentes, tramas cuánticas y en la que el protagonista eres TÚ. Hablamos con él

“La Cápsula del Tiempo” es un libro atípico: una revisión de los viejos títulos de ‘Elige tu Propia Aventura’ adaptado a un público adulto y con vocación literaria, de estilo cuidado. Un libro-juego publicado por Blackie Books y escrito por Miqui Otero, con el que hemos hablado para saber más.

Si intentas explicarle la estructura y el mecanismo de un libro de la colección ‘Elige tu Propia Aventura’ a alguien que nunca haya oído hablar de este tipo de artefactos, o que aun sabiendo vagamente que existen no haya abierto ninguno de ellos, lo más probable es que pases por un loco. Es lo que le preocupa a Miqui Otero (Barcelona, 1980), que alguien se atreva a empezar “La Cápsula del Tiempo” y se desoriente a las primeras de cambio. Porque este nuevo título de la editorial Blackie Books no es un libro ‘lineal’, por decirlo de alguna manera. Es lo que en los años ochenta se conocía como un ‘libro-juego’ en el que el protagonista de la historia es el lector, y el lector debe tomar decisiones ante diferentes disyuntivas que le llevan por diferentes ramas de la historia, y cada una hasta un final distinto. En “La Cápsula del Tiempo” el número de finales es 37: en algunos mueres y en otros ganas dinero, o acabas tirándote a una MILF o violado por una manada de practicantes de cruising; son algunas de posibilidades que pudieran ocurrir incluso en la vida real, según qué decisiones tomes.

Este mecanismo puede resultar difícil de comprender –o aceptar– para dos tipos de lectores: los muy jóvenes y los que están por encima de los 40 años. Para los segundos nunca ha existido este tipo de literatura de diversas tramas bifurcadas, ya que los libros de la serie ‘Elige tu Propia Aventura’ –y las colecciones paralelas que en España editó el sello Timun Mas durante los años 80 y principios de los 90, como ‘La Máquina del Tiempo’, ‘Dragones y Mazmorras’ o ‘Planea tu Fuga’– fueron un fenómeno juvenil previo al boom de los juegos de rol y los videojuegos: para una generación concreta, la nacida entre 1974 y 1980, aproximadamente, constituyó una puerta de entrada divertida y activa a la literatura. Para la anterior, directamente, no existió. Para la posterior… bien, la posterior tuvo los videojuegos, sobre todo las aventuras gráficas, que era la misma experiencia subjetiva elevada a la máxima potencia. Pero para la generación de Miqui Otero, y la de tantos otros –servidor, sin ir más lejos–, recordar ‘Elige tu Propia Aventura’ es volver a un periodo feliz de la primera juventud, en la que las aventuras de títulos como “La Caverna del Tiempo”, “¡Naufragio!”, “El Expreso de los Vampiros” o “Tu Clave es Jonás” se vivían en la habitación tras acabar los deberes, o en el patio del colegio.

Miqui Otero ha escrito un libro así: un libro en el que el protagonista eres TÚ y en el que debes decidir a cada momento qué haces: seguir o no seguir a un delincuente rumano, bajar o no bajar a la vía del metro a recoger un móvil (así comienza todo, en una estación, observando a una rubia atractiva que pierde su móvil), bajarte de un coche en marcha o no bajarte, pedir un zumo o una cerveza en un bar, darle palique a un hombre obeso o no dárselo, bajar al mismo bar de antes para cagar justo cuando una mujer te pide quedarte en calzoncillos o no bajar, y así en un complejo marco espacio-temporal –Barcelona en la noche de Reyes de 2013, en la que debes honrar una promesa de la infancia: ir a desenterrar con tus amigos una cápsula del tiempo enterrada en las inmediaciones de un parque acuático abandonado en Sitges, justo cuando una tormenta de nieve y viento aterradora está asolando la ciudad– donde cada camino lleva a un desenlace distinto y a encontrarse con diferentes personajes.

Por supuesto, un título así es un acto nostálgico: este tipo de libros quedó superado por videojuegos como los de la serie Monkey Island o Grand Theft Auto, donde también tienes a tus pies una región entera –y además infinidad de armas y opciones de hacer el mal–, pero Miqui Otero no se ha conformado con reproducir una fórmula literaria obsoleta. Ha intentado resucitar el formato, actualizándolo y adaptándolo a un lector adulto que, por unas horas, puede aceptar el reto de entrar en sus páginas, dejarse llevar y tomarse la lectura como un acto lúdico. “La mayor recompensa sería encontrar lectores que se rieran mucho con algunas aventuras, o que se metieran tan dentro del libro que les cueste salir”, confiesa. Y sobre esto trata esta entrevista: de comprender y recomendar una experiencia de lectura inusual en la que ha trabajado durante dos años al borde de la obsesión. Ciertamente, no ha sido un juego de niño. O no sólo eso.

Para empezar, ¿qué libros de ‘Elige tu Propia Aventura’ leías? Había diferentes colecciones.

Los que yo leía eran los de la colección roja de Timun Mas, o los de la colección azul si me los regalaban en catalán. Sé que había otras colecciones, como ‘Lucha Ficción’ o ‘La Máquina del Tiempo’, me suenan muchas, pero esas no las llegué a leer.

¿Y cómo se te ocurrió meterte en el fregado de un libro como los de ‘Elige tu propia aventura’ y además de dimensiones tan grandes? Aquellos libros apenas pasaban de las cien páginas y tenían sólo un puñado de finales, pero “La Cápsula del Tiempo” tiene más de 300, 37 finales y a veces se convierte en un laberinto.

La idea salió un día con Jan [Martí, editor de Blackie Books], tomando unas cervezas. Empezamos a elaborar el proyecto a partir de esa idea tan sencilla que era hacer un libro de ‘Elige tu propia aventura’ y actualizarlo para la edad adulta. A fuerza de trabajar durante tanto tiempo siento el libro muy mío, está escrito en segunda persona pero el protagonista, en realidad, soy yo. Tiene muchos de mis rasgos y el mundo que aparece es un poco mi mundo.

El reto de escribir en segunda persona, ¿cómo fue? Es una técnica muy poco usada, generalmente en ciertas novelas del siglo XX con voluntad experimental, como “La Modificación” de Michel Butor, que pertenece a la escuela del nouveau roman, o el monólogo interior en Joyce. ¿Ha sido difícil sostener todo el libro en segunda persona?

Ha sido difícil, sí. La segunda persona te impide ser sutil, te limita mucho, es como ir con una cámara subjetiva por la calle. En algunas cuestiones es un estorbo. Pero a mí me interesan los puntos de vista, es una de las primeras cosas en las que me fijo cuando leo cualquier libro, qué punto de vista ha elegido el autor y qué decisiones toma a partir de esa opción. Hacerlo en segunda persona ha sido todo un reto. Corres el riesgo de ser muy repetitivo y quería evitar eso. Tienes que cambiar los ritmos, cambiar la historia, alternar diferentes géneros, todo para combatir el aburrimiento.

Los libros de la colección ‘Elige tu Propia Aventura’ eran como un juego y todo era muy narrativo y ágil, ibas rápidamente de un sitio para otro, atravesabas lugares, pasabas peripecias, y llegabas a un final. Luego volvías a comenzar. No había mucha profundidad, pero tú has intentado hacer un ejercicio muy literario, bien escrito, cargado de imágenes y de recursos de estilo. ¿Cómo de complejo querías ser?

Quería que hubiera una cierta profundidad psicológica, que no pareciera un libro infantil o una parodia. Le he dedicado dos años de mi vida a este proyecto y lo último que querría es que el resultado final fuera superficial. He intentado, entonces, que todos los finales tuvieran esa complejidad y que a la vez resultaran ágiles y divertidos. La historia acaba de muchas maneras y había que conseguir que todos los finales funcionaran bien.

En esos finales que dices hay lo que parecen pequeñas moralejas. A veces hay una reprimenda al lector, del tipo ‘esto te pasa por ser tan cobarde’, y otras veces hay generosidad, buenas palabras, a modo de premio. ¿Le querías dar una dimensión moral al libro?

No especialmente, yo los finales no los veo con moraleja, no creo que haya una lección moral. Lo bueno de aquellos libros infantiles era que te forjaban para la vida real, porque si tomabas una decisión inadecuada te acababan castigando, incluso llegaban a matarte. Más que una moraleja en cada final, lo que sí he querido hacer es una reflexión que pueda aspirar a ser universal sobre diferentes temas, o dar a entender que el simple azar o la anécdota también son importantes.

Hacer un libro así es un riesgo, porque funciona según unos códigos que muchos lectores jamás han conocido. Si no leíste los libros de ‘Elige tu Propia Aventura’ de pequeño, puede parecer un galimatías (incluso hay gente que no entiende cómo funciona “Rayuela” de Cortázar…) ¿Qué tipo de lector confías que se acerque al libro y cómo crees que lo va a afrontar?

Tengo demasiados modelos de lector modelo en la cabeza, y no sé qué esperar. La imagen más patética que se me ocurre sobre mi estado ahora mismo es la de alguien que está sentado en el metro leyendo el diario del tipo que tiene al lado: me gustaría tener el teléfono de todos y cada uno de los lectores y escribirles mensajes de texto, aconsejarles, dirigirles los pasos. Sería muy pesado. No sé cómo va a afrontar la gente un libro así, ni siquiera si lo van a comprender, porque la lectura no es lineal. Me imagino a alguien comenzando por la página uno y siguiendo el orden de las páginas, que no entienda nada. Eso me aterroriza. Y luego está otra gran duda: ¿se va a identificar el lector con el protagonista?

Ya, porque el protagonista es el lector, pero en realidad ese TÚ que aparece todo el rato es básicamente tú, el autor.

Sí, al protagonista no lo describo, no digo qué música escucha, no hay muchos rasgos físicos o emocionales con los que hacerse una idea de quién es, aunque en realidad sea yo mismo. Pero tampoco quería describirlo de una manera fría, o darle una identidad fuera de este mundo: no es un ninja, ni un cowboy… Es una persona normal, de este momento, que pasea por una ciudad que probablemente conoces.

"Sí, podríamos decir que es un libro postmoderno, aunque sin querer"

¿Crees que es fácil para un lector cualquiera identificarse con el protagonista? Porque el libro está sembrado de claves ocultas que hacen referencia a gente que tú conoces, como los editores del libro o tus amigos, que aparecen en algunas de las tramas, pero que la gente no tiene por qué conocer.

Es cierto, hay muchas claves ocultas, y eso me planteó una duda, porque hace más difícil que el lector se pueda identificar con ellas y con el protagonista. Pero si te pones a pensar, ¿en qué nos podemos identificar nosotros con un cantante de garage-rock de Detroit o con un DJ de Chicago? Son gente completamente alejada de nuestro mundo, no tenemos prácticamente nada que ver con ellos, y sin embargo podemos ir a un club a verles y la conexión emocional existe. Les seguimos, les admiramos, nos gusta lo que hacen. En muchos tramos del libro el protagonista hace referencia a cosas que el lector quizá no comprenda o conozca, pero eso no debería ser un impedimento para entrar en la historia.

¿Y qué ocurre con quien no conozca el código, la manera en que se lee y se disfruta un libro así? Estás en la página 2, la lees y te encuentras con que para seguir con la historia tienes que saltar a la página 105, o a la 158, y sin poder volver atrás…

Me gustaría que la gente que no conozca el código se acercara al libro y lo disfrutara como lo que es, como un juego y una aventura. Mi primera novela era más sencilla [ “Hilo Musical”, Alpha Decay, 2010], en esencia era una novela de iniciación, y aún así tuve muchos nervios hasta que no empecé a recibir el primer feedback y vi que a la gente, en general, le estaba gustando.

Moverse por el libro es complicado, y si quieres volver a algún momento anterior para tomar otra bifurcación debes utilizar puntos de lectura para saber dónde se toma esa decisión crucial (o guitarte con el mapa dibujado por Jonathan Millán que viene con el libro y que te permite moverte por él). Es casi como el cuento de “El Libro de Arena” de Borges, ese libro que contiene tantas cosas que no podías regresar a una página que ya habías visto antes –más o menos como funciona también el hipertexto en internet–. ¿Tienes la sensación de haber intentado rizar el rizo y complicarlo todo lo posible? ¿Has tenido que aprender muchas técnicas nuevas para lograrlo?

Bueno, hubo muchas ocasiones en las que pensé que me estaba quedando una mierda, que no cuadraba nada, que todo era muy difícil y había demasiadas ideas. Me imaginé finales en los que para llegar a ellos tenías que superar juegos, incluso me obsesioné por hacer que funcionara la unidad de tiempo y llevaba una plantilla minutada en la que sabía exactamente en qué lugar y a qué hora estaba cada personaje durante todo el libro, algo que al final acabé descartando porque lo complicaba todo y ni siquiera estaba seguro de si servía para algo, o si el lector iba a llegar a darse cuenta y apreciarlo. Por un momento incluso nos planteamos hacer una ficha de personaje y que para algunas decisiones hubiera que tirar dados. Luego se descartó.

Sí, ha sido difícil. De todos modos, no más que una novela lineal. “Hilo Musical” también me costó. A veces pensamos que cuanto más complicado y trabajado sea todo el resultado final es mejor, pero no es verdad, a veces lo más fácil también puede ser la mejor decisión. Seguramente, una canción pop sencilla funciona casi siempre mejor que lo más complicado del rock progresivo.

¿Cómo planificaste el libro? ¿Escribiste una primera historia y luego la fuiste bifurcando, o imaginaste un comienzo y unos finales para luego intentar unirlos?

Empecé por la historia más rara, la del revisor del metro, en la que se acaba en las inmediaciones del parque acuático donde está enterrada la cápsula del tiempo. Me apetecía plantear la historia de una manera muy gráfica y que a la vez surgiera el tema de la nostalgia, que parece ser algo que no me abandona cuando escribo. Me interesaba plantear el dilema: ¿traicionarías o respetarías una promesa hecha en el pasado, hasta qué punto estás dispuesto a honrarla? El libro, en sí, es una cápsula del tiempo, porque en él están almacenados muchos recuerdos de hace muchos años. Quería hacer, por tanto, eso: que cada trama del libro siguiera un código propio y que fueran como versiones de la misma canción. La primera trama me salió bastante cómica. Pero la segunda, en la que el protagonista se convierte en una especie de detective despistado en la gran ciudad, tiene ideas de “Un Detective en Babilonia” de Richard Brautigan. Otra trama está muy inspirada en “Regreso Al Futuro”, otra en los cómics de superhéroes…

"Quería que leer fuera como subirte al vagón del tren de la bruja, entrar en el túnel e ir encontrándote con todos los personajes por pura casualidad"

¿Te lo tomaste como un experimento con diversos géneros literarios?

No, experimentar no, no tengo la vocación de experimentar, porque los experimentos en sí me horrorizan. Un experimento, hasta que no tiene éxito, y no siempre lo tiene, es por definición un sinónimo de fracaso, y por eso no me gustan.

De todos modos, al evitar escribir una novela juvenil y trasladar el formato de ‘libro juego’ al ámbito adulto, estás entrando en territorio postmoderno. Sobre todo porque el tipo de lectura que planteas es fragmentada y multirreferencial, hay juegos dentro, alusiones pop de todo tipo y además se salta de un lado para otro. “La Cápsula del Tiempo” no tiene por qué ser comparable a “Rayuela”, o al “Diccionario Jázaro” de Milorad Pavic, o “La Casa Pushkin” de Andrei Bitov –que antes de empezar ya te lleva al final a leer una nota al pie de página–, pero comparte ese tipo de lectura no lineal.

Sí, podríamos decir que es un libro postmoderno, aunque sin querer. La novela postmoderna no es lo que más me gusta, pero cuando presentamos “Hilo Musical”, Jordi Costa me la analizó desde un punto de vista postmoderno en el que yo no había reparado, así que no debo estar tan lejos, aunque yo no lo sienta así. Entiendo, eso sí, que he hecho aquí una narrativa fractal, con historias dentro de historias, pero no he buscado ser pretencioso. Lo que sí he querido es ser lúdico, y espero que los lectores se lo planteen así cuando entren en el libro.

Todo ocurre en Barcelona, en la noche de Reyes de 2013: un microcosmos muy localizado, pero a la vez lo suficientemente amplio como para mover al personaje por diferentes sitios y enfrentarlo situaciones de todo tipo. Te permitía hacer prácticamente de todo…

Sí. La imagen que tuve de inicio fue la del comienzo de “La Ciudad Desnuda”, de Jules Dassin, una película que me recomendó Philipp Engel. En ese arranque Dassin te muestra diferentes lugares de la ciudad, gente en su casa, en la calle, a alguien a quien están matando, todo tipo de anécdotas o acontecimientos azarosos que ocurren al mismo tiempo. En la misma ciudad, a la misma hora, ocurren mil cosas distintas que pasan desapercibidas. El libro es un poco eso también. Me interesan los personajes atípicos, y este libro ha sido una oportunidad para caricaturizar situaciones. Quería que leer fuera como subirte al vagón del tren de la bruja, entrar en el túnel e ir encontrándote con todos los personajes por pura casualidad.

Hay situaciones que parecen atípicas, como la MILF que roba joyas o el Santa Claus que pasa droga, pero que en realidad podrían estar sucediendo en este momento, de verdad. ¿Has tomado muchos personajes de la vida real?

No necesariamente son reales, pero podrían serlo. A mí me interesan cosas que a la gente le parecen inverosímiles o sin importancia, como cualquier historia chorra que te puedan contar en un bar por la noche. El protagonista del libro se encuentra en muchas situaciones así, se topa con personajes pintorescos por azar en los bares, en el metro, por la calle, y le ocurren situaciones aparentemente imposibles, pero estas cosas ocurren en Barcelona de noche, a todas horas. Yo me he metido muchas veces en bares de bangladeshíes con amigos para tomar algo y hemos acabado escuchando historias de los clientes que no te las crees… Así que quería que en el libro hubiera un personaje anónimo que se encuentra con muchas de estas historias.

A veces, el desenlace de una trama depende de cosas tan nimias como entrar o no entrar en un bar.

Sí. Me interesaba que las decisiones fueran muy sutiles. Hay un momento en el que tienes que elegir entre dos bocadillos, uno dulce y otro salado, y ambos te devuelven a la infancia, pero a experiencias muy distintas. Hay que pensárselo bien. ¿Te comes primero el bocadillo que está más bueno, o te lo guardas para el final? Yo cuando era pequeño me dejaba el bocadillo dulce para el final, porque era el mejor de los dos. Se supone que si eliges primero el bocadillo bueno eso te hace una persona impulsiva; dejarlo para el final te hace más analítico y reflexivo, o más empollón según los códigos del colegio. Si eliges primero el bocadillo dulce, la historia se ramifica de una manera diferente a si eliges el salado, y los finales son muy distintos. Tomar una decisión siempre trae consecuencias. Luego quería que hubiera situaciones casi propias de Seinfeld o Larry David, como cuando tienes que decidir si le das la mano a un tipo asqueroso que acaba de salir de cagar y que a saber qué tiene en la mano.

Tenía un croquis aproximado de cómo serían los finales, pero el trabajo fue más de ir haciendo y dejando que la historia te llevara al final más adecuado para casa caso. Algunas conclusiones las tenía ya en mente antes de empezar. Las había explicativas y otras que se basaban en la crueldad, como esa en la que acabas encerrado en un coche, abandonado en la montaña y rodeado de gente practicando cruising. En otros casos lo que dominaba era la nostalgia, quería que la nostalgia y la noche de Reyes fueran ‘fotogénicas’, por decirlo así, y por eso hay finales muy a lo grande, en los que acabas concluyendo tu misión con éxito montado en un camión con forma de cama, y otros realmente crueles en los que mueres o te humillan.

"He hecho personajes lo más patéticos posible, hasta el punto de que incluso puedan inspirar ternura"

Dentro del libro hay diferentes tramas relacionadas con personajes distintos: la del vendedor de cerveza paquistaní, la del revisor psicópata, la de los atracadores que van a robar a la entrega del premio Nadal… Pero ninguna tan compleja como la del Viajero en el Tiempo. ¿Te costó mucho?

La parte del Viajero del Tiempo fue la más difícil de todas. Normalmente escribo rápido y con seguridad, pero esa parte me costó, y llegué a obsesionarme hasta niveles peligrosos, me resultó todo muy complejo. No quiero parecer ahora un escritor chalado que se da demasiada importancia, pero cuando te metes en algo así te absorbe. El libro entero, de hecho, se convirtió en una obsesión, te obliga a vivir dentro de él. Si, por ejemplo, me iba de él tres días por la razón que fuera, luego me costaba volver, porque fuera de él estaba desubicado y no era fácil volver a entrar.

Volviendo a esa parte del Viajero, su planteamiento es casi cuántico: cada decisión abre un universo paralelo en la que, según la física teórica, coexistirían infinitas versiones de nosotros mismos. En esta trama del libro, la historia se bifurca en un montón de argumentos y niveles temporales complicadísimos, con un viaje en el tiempo, una regresión a la infancia, etcétera. Parece como un homenaje a Hugh Everett III, el padre del cantante de EELS, que teorizó sobre los universos paralelos.

En parte sí. El libro está bastante cargado de guiños a referencias de todo tipo. Por ejemplo, el Viajero está inspirado, además, en varios divulgadores científicos como Carl Sagan o Stephen Hawking. Recuerdo haber leído “Historia del Tiempo” en la edición de Círculo de Lectores hace años. Y Doc de “Regreso al Futuro”, por supuesto, que es una película básica para mí. También tiene rasgos de Ronald Mallet, un físico teórico afroamericano bastante chalado que escribió “The Time Traveler”. Quería que el libro fuera en cierto modo complicado por dentro, para mostrar lo complejo que es todo en realidad.

¿Las múltiples referencias a la cultura popular que aparecen son también parte de esa complicación? Hay una escena de teatro que puede parecer inspirada en Valle-Inclán, y luego está el Libro Negro, un libro dentro del libro que cuesta historias sobre el primer actor que interpretó a Superman, o sobre Napoleón o Hitler, que pueden aconsejarte a tomar decisiones en momentos donde la elección no está clara.

Hay muchas referencias de todo tipo. En lo del teatro es, sobre todo, Molière y algo de Valle-Inclán. Con esto se corre el riesgo de ser pedante todo el tiempo, así que he intentando permitírmelo sólo cuando utilizo otra voz que no es la mía, como en el Libro Negro. Yo nunca encabezaría un libro mío con una cita de Montaigne, pero en este contexto de un libro dentro de otro libro sí que puedes hacerlo, porque se supone que no eres tú, sino un tal Gottfried Feber von Zweitel, que evidentemente es una parodia de “Momentos Estelares de la Humanidad” de Stefan Zweig en el que sólo aparecen fracasos patéticos. Hay mucho patetismo forzado en el libro, de hecho: a personajes como el Viajero o el Revisor, que son un loco y un psicópata, los he hecho lo más patéticos posible, hasta el punto de que incluso puedan inspirar ternura.

El proceso habrá sido duro y largo. ¿Te has divertido también?

Ha sido muy satisfactorio poder hacer tantas cosas en una sola. Me he perdido muchas veces, desde el principio no sabía muy bien por dónde iba y no siempre lo he tenido bajo control, sólo hasta el final, pero a medida que el libro iba cobrando forma he ido encontrando muchas zonas interesantes, muchos colores.

¿Has proyectado miedos?

En los libros de ‘Elige tu Propia Aventura’ había el miedo a lo desconocido, había monstruos… Yo he querido hacer lo mismo pero en un contexto adulto. En la vida adulta no hay vampiros, pero sí hay muchas decisiones que tomar que tienen que ver con el miedo: muchas veces hacemos cosas, o no las hacemos, por cobardía, porque somos unos pusilánimes. Hemos abandonado los miedos infantiles para tener los miedos de la edad adulta. Por eso la introducción de libro es tan solemne. El tono está muy pensado. Es un aviso a navegantes: aquí dentro hay muchos miedos, pero son monstruos de otro tipo.

¿Y qué pálpito tienes con este libro? ¿Te da miedo lo que pueda ocurrir con él? ¿Lo entenderán los lectores?

Poco a poco me voy tranquilizando, pero he estado muy hipocondriaco. Me asustan los recelos que puede tener la gente antes de entrar, de hecho es un misterio cómo va a entrar el lector en este libro, qué decisiones va a tomar… Y me asusta lo que pueda pensar de él, sobre todo que se lleve la impresión de que es una chorrada nostálgica inspirada en ‘Elige tu propia aventura’. Siempre te pones en lo peor y te imaginas la peor cadena de desastres posible: que se interprete como un libro juvenil, o como una ‘modernada’… Confío en que la gente pueda ver la honestidad con la que está hecho el libro y su intención.

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