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6 historias íntimas sobre el primer acoso sexual

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Cuando el cuerpo muta de niña a mujer, el silencio se vuelve un peligroso compañero

María Yuste

16 Noviembre 2015 06:00

Valentina Schulz es participante de MasterChef Junior en Brasil. Es alta, guapa y tiene 12 años. Un pequeño detalle que no ha impedido que muchos espectadores masculinos del programa llenen Twitter de sórdidos mensajes que, en muchas ocasiones, incurren en lo delictivo:

“¿Alguien sabe la cuenta de Twitter de Valentina? Va a ser mi novia quiera o no”.

“Si ella quiere no es pedofilia, es amor”.

“Que ponga una foto desnuda”.


Valentina Schulz tiene 12 años y un sequito de fans adultos masculinos



Son algunos de los tweets que han llevado a la periodista Juliana de Faria a reaccionar con #primeiroassedio (#primeracoso), un hashtag que llama a las mujeres del país a hablar públicamente de la primera vez que alguien las hizo percibir su cuerpo como algo que despertaba el deseo y la falta de respeto en los demás.

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Para contribuir con mi testimonio yo tendría que hablar de aquel día, con 10 u 11 años, en el que, parada en un semáforo, sentí que alguien me tocaba el culo. Cuando me volví, me encontré a un hombre joven dedicándome una bonita y amplia sonrisa, orgulloso de lo que acababa de hacer.

Yo, sin embargo, le miré con mala cara pero, confusa y asustada, no fui capaz de decir esta boca es mía. Aquella falta de reacción hizo que me sintiera avergonzada y sucia durante mucho tiempo.

Recordando aquel episodio por el que, inexplicablemente, decidí castigarme a mí misma, lancé en mi entorno la misma pregunta que Juliana había lanzado en Internet:

¿A qué edad te sentiste sexualmente acosada por primera vez?

Nerea me cuenta que su primera experiencia fue muy parecida a la mía. Nunca se lo había contado a nadie porque no le gusta recordarlo, pero iba en un autobús abarrotado de gente cuando, de repente, un hombre empezó a rozarle el culo con la mano. Al principio quiso pensar que lo hacía sin querer pero el hombre siguió tocándola hasta llegar a la vagina.

La periodista Juliana quiso que las internautas hablaran de sus primeras experiencias con el machismo

Después de tantos años aún no sabe por qué no reaccionó. Se limitó a mirar a su acompañante esperando que él se diera cuenta e hiciera algo. El hecho de no haber tenido el valor suficiente para decirle nada hace que aún a día de hoy se sienta mal.

Vivir la preadolescencia en un cuerpo femenino puede llegar a ser una etapa extremadamente confusa. De repente, te ves usando tu primer sujetador mientras que aún juegas con muñecas o menstruando sin haber comprendido muy bien del todo de qué va eso del sexo.

De la noche a la mañana, adquieres un cuerpo que no se corresponde con la madurez mental necesaria para afrontar la que se te viene encima y nadie te ha preparado para ello.



Elisa me cuenta que ella, al igual que yo, se desarrolló de forma precoz. Todavía le quedaban dientes de leche cuando empezó a salirle el pecho. De hecho, el día que descubrió el pudor acaba de caérsele uno. Estaba bañándose en la piscina sin parte de arriba cuando oyó comentar, entre risotadas, a unos amigos de la familia:

“A las niñas de hoy les salen antes las tetitas que los dientes”.

Al día siguiente le pidió a su madre que le comprara un bañador de una pieza.

Y es que no solo se trata de una época en la que empiezas a lidiar a tientas con el deseo y el machismo. Las primeras señales de que tu cuerpo de niña ha empezado a mutar en el de una mujer generan, al mismo tiempo, rechazo. El rechazo de un mundo empapelado con mujeres completamente depiladas como si nunca hubieran dejado de tener 5 años.

Al deseo y al machismo que suscita tu cuerpo se le une el rechazo

Marian estaba en una de esas fiestas de cumpleaños en las que aún se comen sándwiches de Nocilla y se bebe Fanta de naranja, cuando un compañero de clase la trató con asco porque había empezado a salirle vello en las axilas.

Marian nunca había pensado que cuatro pelos inocentes y cortos pudieran darle asco a nadie pero, a partir de aquel momento, empezaron a dárselo a ella también. Cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue depilarse con la cuchilla de su madre, algo que, desde entonces, no ha dejado de hacer.

En este punto de la conversación necesito saber si los hombres que me rodean también vivieron algo similar durante esa época terrible en el que les cambió la voz y la cara se les llenó de una pelusilla inconsistente. Sin embargo, me sorprende descubrir que, para ellos, era motivo de orgullo. Me cuentan que se afeitaban lo poco que tuvieran para hacer que el pelo les saliera más fuerte y que eso les hacía sentirse más hombres que nadie.


Por otro lado, Diana también me habla de chicos preadolescente. Me habla de sus compañeros de clase a los que en 5º o 6º de primaria les dio por generar masculinidad tocándole el pecho a las chicas. Corrían detrás de ellas por todo el colegio hasta conseguir tocarles la teta que les daría puntos para subir en el ranking de masculinidad.

De todo aquello, lo que más marcó a Diana fue la actitud perdonavidas de su mejor amigo, quien le recordaba diariamente que él podía tocarla cuando quisiera y no lo hacía.

Te da la sensación de que pueden tocarte en el momento que quieran

Todos a nuestro alrededor se comportan como si no existieran o no tuvieran tanta importancia o no hubiera solución alguna más que el parche de la sobrebrotección y el paternalismo. Y eso es lo que aprendemos cuando, desde niñas, nos vamos viendo envueltas en pequeñas situaciones de acoso, a veces disfrazadas de juego. Callar y dejarlo pasar. Una actitud que se vuelve más peligrosa cuando el grado de acoso sube.

Clara tenía 12 años, la misma edad que Valentina, cuando su entrenador de atletismo empezó a abusar de ella. La dejaba la última para llevarla a casa en su coche y entonces la tocaba. Ella no reaccionaba, se dejaba tocar mientras se sentía sucia.

Al día siguiente, él la ridiculizaba delante de los demás como forma de someterla y callarla. Nunca se atrevió a decírselo a nadie ni a denunciarlo pero, 20 años después, se encuentra en tratamiento psicológico.



Debo reconocer que me cuesta encontrar a una mujer que reconozca que, cuando alguien la toca o le falta al respeto por la calle, se revuelve. Sin embargo, Jezabel me dice que ella lo ha hecho alguna vez. Sobre todo, cuando valora que el riesgo es bajo:

“No se trata de ser una kamikaze pero, si considero que no me estoy poniendo en peligro, tengo el deber de hacerlo. Los hombres que se comportan así se retroalimentan de nuestra pasividad. Saben que pueden hacernos lo que quieran y salir impunes. Saben que, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera les vamos a contestar. Así que, cuando yo sí lo hago, se quedan muy desconcertados. No se lo esperan. Tengo la esperanza de que, al menos, sirva para que después ya no se atreva a hacérselo a otra”.


Hablar como única forma de dejar de perpetuar




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