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La vida en este universo: ¿casualidad o diseño inteligente?

Las características del universo hospitalario que habitamos parecen estar ajustadas y diseñadas para contener vida. ¿Puede ser fruto únicamente de una casualidad? ¿Cómo de improbable es que haya ocurrido sin un diseño inteligente?

La mayoría de los entornos son letales para la vida. Es bien sabido que la Tierra reúne muchas de las condiciones necesarias para ello: agua líquida, carbono, atmósfera estable, etcétera. Pero además, las constantes físicas irreducibles del universo toman el valor justo para que galaxias y planetas puedan formarse. ¿Puede ser fruto de la casualidad? ¿Son evidencias de un diseño inteligente? En esta columna resumimos cómo los físicos y cosmólogos explican éstas y otras cuestiones.

1. ¡Motívate!

Vamos a dar por hecho que usted es suficientemente razonable como para cuestionarse la existencia de Dios más allá de los dictados de la Biblia, el Corán o cualquier otro cuento de aventuras. Supongamos incluso que es un ateo convencido que tratará con paternalismo a cualquier defensor del diseño inteligente, o creacionismo o lo que sea. Bien, pues vea este vídeo (se pueden activar subtítulos en inglés). No he encontrado nada tan redondo y perfecto en castellano, pero de todas formas ya lo habrán oído antes.

El argumento es claro y los datos veraces. Es cierto que (i) el universo está ajustado ( fine-tuned) para que en él surja vida; (ii) esos parámetros tan bien ajustados no se pueden derivar, al menos no aún, de principios físicos simples; (iii) la probabilidad de que el universo tome estos valores es ridículamente pequeña. La conclusión, bueno, ya saben, Dios y todo eso. Y aún peor, la forma de responder a estos argumentos no es ni mucho menos trivial. Bueno, pues lo que van a leer a continuación le permitirá seguir con su vida siendo un ateo convencido y además aprender algo de gran relevancia científica. Para ello hay que repensar el concepto de probabilidad y esto acarrea un esfuerzo de concentración y abstracción que espero haber hecho liviano. El ateísmo no es para vagos.

2. Repensando la probabilidad

Supón que mañana enciendes el televisor e inesperadamente unos señores trajeados y muy serios anuncian que tienen una orden que dar a la humanidad: “Todas y cada una de las personas deberán coger una moneda y tirarla a cara o cruz treinta veces seguidas, apuntar el resultado, encerrarse en su casa y reflexionar acerca de la combinación obtenida sin consultar con nadie. Cuando hayan llegado a una explicación satisfactoria de por qué han obtenido su combinación de caras y cruces podrán salir de casa y seguir con sus vidas”. Bien, sacas la moneda de quinientas pesetas que guardas para jugar a cara o cruz en ocasiones especiales y la tiras treinta veces esperando el fin del mundo de los mayas o algo así. Resultado: cara, cruz, cara, cara, cruz, cruz, cara,... Reflexionas un rato y piensas que tampoco hay mucho misterio. Han salido doce caras y dieciocho cruces y todo ha ido bastante normal. Sales a la calle y te encuentras con gente desconcertada que te cuenta que a ellos también les ha salido algo normal y que no entienden de qué va esto. Será una acción de Anonymous o algo así. Te vas al trabajo y te olvidas: memes en Facebook, fotos de gente jugando a la moneda y tal, todo bien, vaya. Vale, pues en ese mismo instante, mientras tú sigues con tu vida, hay un hombre en la India que está en casa, llorando, temblando de miedo, rezándole a su dios, desesperado por saber por qué coño le han salido treinta caras seguidas. El indio sabe que hay una posibilidad entre mil millones de que salgan treinta caras, así que entiende que es de esperar que alguien en el mundo obtenga ese resultado. Pero no, no puede ser, ¿por qué me iba a salir a mí?, se dice el indio. Seguro que hay una razón, piensa, pero no la encuentra, se asusta y se inventa historias de conspiraciones, ciencias o dioses.

"¿Por qué todo parece estar ajustado para permitir nuestra existencia?"

Bueno, pues la historia del indio con mala suerte guarda un paralelismo con la historia de la humanidad, que sorprendida se pregunta por qué vivimos en un planeta con una estrella ni muy distante ni muy cercana, a una temperatura entre la congelación y ebullición del agua, donde unos átomos se han juntado de la manera adecuada para replicarse a sí mismos. Todo esto gracias al valor concreto de ciertas constantes físicas en el universo que permiten la existencia de galaxias, estrellas o átomos. ¿Por qué todo parece estar ajustado para permitir nuestra existencia? ¿Cuál es la explicación de esta feliz coincidencia? Los científicos empiezan a tomarse en serio la idea de que no hace falta ninguna explicación. Todos los universos han tirado la moneda, en el nuestro han salido treinta caras y se han dado las condiciones para que apareciera vida que se pregunte (como el indio) a qué viene tanta suerte. En los otros universos no han tenido suerte, no hay nadie para preguntarse nada y el universo sigue vacío con su rutina. A esta forma de razonar se la conoce como ‘Principio antrópico’, y no sin cierto debate acerca de su carácter científico, se ha convertido en una herramienta muy útil en cosmología.

3. ¿Qué hace falta para la existencia de vida?

Últimamente oímos con cierta frecuencia que los viajes no tripulados a Marte buscan pruebas de la existencia de agua congelada, o pruebas de que alguna vez existió agua líquida, ya que ésta es, si no necesaria, conveniente para la existencia de vida. También escuchamos que éste u aquel planeta lejano no pueden contener vida ya que están demasiado calientes o demasiado fríos como para albergarla, o porque no tienen carbono en la proporción o composición necesaria. Aunque existen razones para pensar que el carbono y el agua son necesarios para la vida, a nadie se le escapa que esta forma de razonar es quizá demasiado limitada y que puede que pequemos de lo que se llama “chovinismo del carbono o del agua”. No obstante, por mucho que abramos nuestras miras siempre existen restricciones necesarias: en un planeta rocoso, a -200º C y sin atmósfera es imposible que aparezca la vida. Básicamente todos los átomos del planeta estarían en estado sólido, en una piedra que no se mueve, que no se descompone y que lleva igual millones de años. Para que la vida florezca hace falta algo de “movimento”. Pues casi todos los planetas son así, inhabitables. La Tierra es un planeta raro en el que ha pasado algo raro: la vida. Así, está totalmente justificado el uso del Principio antrópico para explicar las condiciones especialmente hospitalarias de la Tierra, que rezaría así: no debemos sorprendernos de que nuestro planeta sea especialmente hospitalario, ya que nuestra existencia es un hecho especial que requiere condiciones especiales como las de la Tierra. Hasta aquí todo bien. Ni los filósofos ponen pegas.

4. El universo hospitalario

"Los científicos han estado mucho tiempo intentando buscar una forma de explicar la casualidad"

Todo resulta mucho más sorprendente si advertimos que no se trata únicamente de que la Tierra sea un planeta especialmente hospitalario. Y es que para que existan galaxias, estrellas, planetas e incluso átomos se tienen que dar ciertas condiciones especiales, que casualmente se dan en nuestro universo. La cosa es complicada: la carga y masa de las partículas fundamentales, el número de dimensiones espaciales, la forma en la que actúa la fuerza gravitacional, etcétera, tienen un valor concreto. Si tuvieran otro valor, más grande o más pequeño, el universo sería muy diferente. Ejemplo: sea un átomo formado por neutrones, protones y electrones. Hay muchas fuerzas que tienen lugar entre estas partículas subatómicas y existe una especie de equilibrio entre ellas que las mantiene unidas de la forma en la que lo están. Además, también las reacciones nucleares que se dan en las estrellas y que transforman átomos simples como hidrógeno en otros más complejos como carbono no serían posibles sin el balance entre fuerzas no fuera el adecuado. Si cambiáramos un poco los parámetros que rigen estas fuerzas todo se vendría abajo. No existiría la riqueza atómica que nos sustenta. Y esto ocurre con un montonazo de parámetros que rigen la física del universo, no se piensen que son cuatro detallitos. Es como si hubiéramos ido a caer, por suerte, en un universo preparado para producir polvo de estrellas suficientemente rico como para que de él surja vida. Les suena la situación, ¿verdad? Es lo mismo que le pasa al indio, y lo mismo que discutía acerca de las condiciones hospitalarias de la Tierra. Y a los científicos durante mucho tiempo les ha pasado lo mismo que al indio, han estado mucho tiempo intentando buscar una forma de explicar la casualidad. Explicitemos la analogía:

1) Que una persona tire una moneda y le salgan treinta caras es una rareza, pero que todo el mundo lo haga a la vez y a una persona le ocurra es normal. El indio es una de esas personas.

2) Que un planeta albergue vida es una rareza, pero que haya millones de planetas y unos pocos de ellos alberguen vida es normal. La Tierra es uno de esos planetas.

3) Que el universo permita la formación de galaxias y átomos es una rareza, pero... ummm. Aquí la analogía se rompe: universos sólo hay uno. A no ser... sí, ahí lo tienen: a no ser que haya muchos universos.

5. El multiverso

Lo de los muchos universos al principio parece una locura más que nada por una cuestión lingüística. La palabra universo se entiende como “todo lo que hay”, por eso parece una movida muy complicada pensar en muchos universos, o multiverso, como se le conoce en jerga científica pedante. En el fondo el multiverso se refiere a que el universo total está dividido en regiones con propiedades físicas diferentes que evolucionan de manera diferente. Los cosmólogos tienen diversas teorías acerca de cómo se forman estos distintos universos y no es ni mucho menos un fenómeno entendido a la perfección. No obstante, en cualquier aeropuerto pueden encontrar libros de divulgación que prometen dejarlo clarísimo sin usar una sola ecuación y además, entreteniéndole. Pero en fin, volviendo a lo mundano, si hay muchos universos ya no es necesario explicar por qué las constantes físicas de nuestro universo permiten la formación de galaxias, estrellas y finalmente, vida. Sólo hay que aplicar el good old Principio antrópico y ver si esto es suficiente. Ejemplo: sea un parámetro X que determina parcialmente el comportamiento de, digamos, la formación de galaxias. Un físico estudia la formación de galaxias y concluye que para que éstas se puedan formar, X tiene que estar entre cero y uno. Si en nuestro universo X toma el valor 0,63839 pues no hay nada que explicar. Ha sido casualidad. Hay muchos universos, la mayoría tiene valores que son letales para la vida, y nosotros vivimos en alguno de los universos que permiten la vida. Somos el indio al que le ha salido todo caras. Fin de la historia. Bueno, no.

Usar el Principio antrópico para razonar en ciencia decepciona a algunos físicos. Es mucho más elegante encontrar una teoría que pueda derivar el valor de X=0,63839 de principios simples, que concluir que no hay ninguna explicación y que sólo vivimos en un universo así porque así ha de ser para permitir la formación de estrellas. Además, esta manera de hacer ciencia choca radicalmente con la metodología científica sistematizada en círculos filosóficos, que manifiesta que todo enunciado científico debe contener consecuencias que puedan ser desmentidas por un experimento. Claramente, los otros universos no son accesibles experimentalmente, por tanto el uso del Principio antrópico en cosmología no está exento de debate, ni mucho menos. A la mayoría de los científicos el debate sobre la metodología científica se la trae al pairo (a Dios gracias) y siguen trabajando en entender qué valores puede tomar X. Lo resume a la perfección un párrafo de Leonard Susskind, uno de los físicos más prominentes que ha participado en el debate.

“La buena metodología científica no es un conjunto de normas dictadas por filósofos. Está condicionada por la ciencia y los científicos que la crean. Lo que era una prueba científica para un físico de los años sesenta […] es inapropiado para un físico actual. No pongamos el carro delante de los bueyes. La ciencia es el carro que tira del carro de la filosofía”.

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