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Mi vida como operario no especializado

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8 empleos terribles que desempeñé antes de empuñar la pluma

Kiko Amat

16 Julio 2014 10:52

¿Qué hace un escritor antes de ocuparse sólo en rastrillarse las nalgas mientras mecanografía el Word? Kiko Amat nos hace un repaso por sus temporadas en la S.E.A.T., como cartero, en McDonald’s o en la FACN (la FACN, sí, ese sitio cool donde los empleados van con chalequitos y chapitas…).

Hubo una época en que yo no era quien soy. En aquel tiempo era otro, y tenía un empleo. O quizás no es que fuese otro, sino que simplemente tenía un empleo, y eso me hacía en extremo distinto del tío que soy hoy: el fulano en pijama que mira embobado una esquina del techo y escucha Sun Kil Moon mientras piensa en frases ingeniosas que incrustar en columnas, diatribas y pasquines. Ese individuo pasmado que parece que no trabaja, pero sí está trabajando, porque su empleo es precisamente ese: estar rastrillándose las nalgas mientras imagina disparates, y luego poner esos disparates en orden y de forma grata en un Word, para que finalmente —tras una breve transacción comercial— se publiquen en Playground.

Algunos de ustedes quizás responderán, indignados, a la vez que dejan caer el pesado azadón y se secan el sudor de su frente con el antebrazo: ¡Pero eso no es trabajar! Y tendrán parte de razón; porque, en verdad os digo, este mi trabajo actual no se parece en nada a los que tuve antes, de más joven. De hecho, se parecen tan poco que un extraterrestre jamás los relacionaría con el mismo verbo. Vistos desde fuera parecen acciones distintas, es cierto. Lo que no implica que este, mi empleo actual (el arañado glutear con ocasional mecanografiado que denominamos “escribir”), carezca de desventajas. Es simplemente que no pueden ni compararse a las desventajas de algunos empleos fétidos que he tenido que sufrir para poder llegar aquí, y que voy a relatarles en un santiamén.

1) Expafruit : Es sencillo: imaginen sufrir la peor resaca de su vida sumergidos dentro de un frasco de mermelada de frambuesa. Expafruit era una fábrica de concentrado de fruta para conservas y yogures, situada en las afueras de mi pueblo natal, en Sant Boi, y en la que trabajé solo un verano, a mis 19 años. Un verano, encima, en el que mis padres estaban ausentes. La metodología estival orbitaba en torno a coger por la noche las más homéricas cogorzas, dormirlas de la forma más breve posible y luego encaminar aquella frágil probeta de alcohol, legañas y pedos a la fábrica de estrujado de cítricos más cercana, a ver qué pasaba. Lo que acostumbraba a pasar era carne de tragicomedia: un narigón con delantal, botas de agua y gorrito de rejilla durmiéndose de pie en una de las múltiples cadenas de deshuesado de manzana o melocotón. Aquel era el Curro de Mierda por definición, en efecto. Sólo lo atenuaba la edad: a los 19 años te da igual todo y todo lo aguantas; eres como el caballo simplón de Rebelión en la granja, rezongando y tirando del carro hasta el postrero estertor.

"El único atenuante de aquel empleo era lo oh-tan-fácil de las opciones de escaqueo vil"

2) Cartero: Y ustedes me dirán: ¿Cartero, un empleo pésimo? ¿Sin duda recordando a aquel señor amable con gorrita simpática que les hacía firmar a todos ustedes los paquetitos con fanzines cuando eran jóvenes? ¿No sería ese uno de los mejores empleos soñados por un hombre? ¿No es esa, sin ir más lejos, la cobejable ocupación de Vic Godard (de Subway Sect) y Miguel Lozano (un colega mío de Gijón)? Bueno, sin duda ser cartero es eso; menos plausible es que se pueda llamar así a lo que yo hice. En mi empresa, que bautizaremos MierdiPost, la jornada laboral comenzaba a las 6 de la mañana, en Hospitalet: eso quiere decir que, viviendo en Barcelona, tenía que ponerme en pie a las 5:00 am, una hora nada cristiana. E ir en moto, sufriendo una inclemente rasca filo-polar que agrietaba mis escuterizadas bolas. Al llegar a MierdiPost me entregaban los seis millones de cajas llenas de correspondencia para mi area, que abarcaba un perímetro equivalente al del antiguo imperio otómano. No, en serio: un día cayó en nuestras indignadas manos la zona que cubría un cartero de Correos, y a un MierdiPoster se le asignaba el volumen sumado de 4 carteros corrientes. Con los que te cruzabas cual nazareno sevillano cuatro veces, claro, a lo largo de tu jornada laboral: tú arrastrando aquel pesado carro de vergüenza, como un esclavo egipcio a las órdenes de un faraón chiflado, ellos danzando en tutú con seis certificaditos en la bolsita de fantasía. La empatía no manaba de mis poros, puedo asegurárselo.

El único atenuante de aquel empleo era lo oh-tan-fácil de las opciones de escaqueo vil. Sí, querida capitoste de MierdiPost: aquel paquebote de catálogos del Caprabo terminó en el contenedor de basura demasiadas veces para contarlas aquí. Sí, mi jornada terminó siempre una hora antes de lo estipulado, que empleé para beber quintos, comer pipas y leer libros gordotes en una bodega del centro. Yo le grito en la cara a usted, mi ex-jefa: ¡JA, JA, JA! (victoria más pírrica, imposible).

3) S.E.A.T. Martorell: Cadena de montaje, por supuesto. Búsquenme, si se atreven, algo más espantosamente deshumanizante que un empleo en cadena de montaje. Es, de veras, lo peor. Asimismo, hay que admitir que SEAT, cadena de montaje del Ibiza (sector asientos, por si quieren que les indique exactamente qué aparato va a hacerles temer eternamente por sus vidas en la carretera), también era El. Coño. De. La. Bernarda. De acuerdo, teníamos que estar 8 eternas horas en una fábrica de Martorell tan mortecina que ni Masereel le hubiese hecho justicia con un grabado. De acuerdo, teníamos que levantarnos cada mañana a las 4:45 am. y subir aborregados a un autobús, como en los movimientos de reclusos de Treblinka. De acuerdo, la mayoría de empleados mayores de 50 se había establecido en un permanente estupor de resignación bovina que iba a arrancarme de cuajo toda fantasía comunista para el resto de mi vida. De acuerdo, los turnos rotaban mensualmente y se hacía un mes de vampírica jornada nocturna. De acuerdo… Era horrible, no lo niego. Lo que sucedía era que en SEAT cada día era como una mini-fiesta y todo el mundo iba borracho. Se lo repito: borracho. Ebrio. Mamado como una mona. El alcohol estaba prohibido en teoría dentro del recinto, pero llegan a prohibirlo de facto y estalla un motín. A aquellos vejetes ovejunos con vértebras pinzadas y agujetas perpetuas que casi habían perdido la facultad de la expresión oral no les quedaba más que El Alpiste, y el management lo sabía. El morapio era intocable, y SEAT un abrevadero ilegal de la época de la prohibición: en todas las taquillas había una botella de Magno hábilmente emplazada. Todos los cafés estaban duchados con Soberano. Nadie jamás desayunó con agua, pues las neveras de personal estaban a petar de litronas. Y cada viernes noche de turno nocturno, los más aguerridos jóvenes (algunos de ellos padres de familia) añadían éxtasis y speed al peligroso cóctel laboral. Sí, lector: drogas. Drogas fluyendo con abandono por las arterias de los operarios de volantes del Ibiza, por si quieren otro detalle estremecedor. ¡Yiii-ja!

"Dios, cómo robé, y espero sinceramente que algún día lean esto mis ex-jefes"

4) FACN: FACN, el zurullo francés de venta al por menor de cachivaches de ocio (le he cambiado el nombre por razones legales), es un lugar que los jovenzuelos más atolondrados de entre ustedes puntuarían favorablemente como Empleo Psé. Es un shit job, sin duda, pero los jefes son cool, suena “música joven”, y puedes llevar chapitas imbéciles en esas odiosas chaquetillas corporativas verde-gualda, y a veces entra alguna celebrity y los compañeros son guachis y flipis (me he quedado algo desfasado en la jerga joven de hoy). La verdad auténtica, que ahorita voy a desmenuzar para sus papadas, es que FACN cuenta con el management más cruel, ignorante y arribista con el que me he topado jamás; que la música apesta en un 95% de las ocasiones, y cuando no lo hace te rompe el corazón escucharla allí; que, sí, puedes llevar chapitas, pero sólo las aprobadas previamente por tu manager (Hello Kitty SÍ, “Colguemos a Todos los Perros Capitalistas Gabachos” NO); que la única celebrity que vi fue a Isabel Coixet (esto sí es una decepción), tan ocupada en averiguar si alguien la reconocía que de poco se despeña en las escaleras mecánicas; y que los compañeros de trabajo eran la peor cuadrilla de sabandijas pro-corporación que he visto a lo largo y ancho de mi lamentable currículo.

El único atenuante era, ¿cómo decirlo? El hurto. Dios, cómo robé, y espero sinceramente que algún día lean esto mis ex-jefes. Cada vez que me metieron una reprimenda por estar rehuyendo el contacto público y oliéndome los sobacos, ¿recuerdan que no les arreé un merecido high kick de Ta Kwon Do en la quijada, txakurras empresariales? Era porque, como Michael Corleone, me la estaba guardando para devolvérsela de una forma más productiva. Era Yo, Claudio: yo, haciéndome el zoquete para luego llamar a mis secuaces y que se levantaran media sección Indie. Todo por el bien común.

5) McDonald’s: McDonald’s es, claro está, el más shit job de todos los shit jobs terrestres, la Corona Basurera del Top 10 de Empleos Degradantes y Sin Salida del mercado laboral. El Curromierda por antonomasia. El Stalin de los Trabajos Horribles. Y, encima, sin sindicar. Y, para más inri, atentando contra tu salud a diario (lo que vendes es también lo que comes). Pero, qué quieren que les diga, trabajé allí en 1996, en el McDonald’s de Warren St (Londres, Inglaterra), livin la vida loca y recién abandonadito por una de tantas novias abandonantes. Estaba semi-histérico de euforia, si bien de la manera más dañina y potencialmente fatal que es posible estarlo, y me daba igual estar en McDonald’s o Alcatraz. Además, tres mañanas a la semana estaba encargado del delivery: es decir, en la calle. O en la planta baja, enguantado y engorrado dentro del congelador. Pero en todo caso sin el sombrerete con visera y sin estar detrás del mostrador, con lo que aumentaban las posibilidades de imaginar que estabas en el Yukon, o dándole al martillo en una chain gang negra de 1890, en el Oeste americano.

6) Camarero de silver service: No es una empresa de mensajería ni el primo militar de Silver Surfer. En inglés se denomina así a esa modalidad de servicio en mesa —utilizada en banquetes multitudinarios— donde el camarero sirve con tenedor y cuchara desde una bandeja (sostenida precariamente en el otro brazo) al plato vacío y ardiente del comensal. Por sus adornos y coreografía, el banqueting, o Silver Service (SS), es más una representación teatral que un empleo corriente en hostelería. Para empezar, al cliente (o a quien paga) le importa un rábano el contenido de su main course. Uno no va a un salón de banqueting a degustar los platos más delicados, y mucho menos en Inglaterra, donde es más fácil comer bien amorrándote a un montonzuelo de pútrida inmundicia callejera que en un restaurante. Sí, al cliente le importa bien poco el papeo: lo que quiere es pompa, boato y adulación servil, e imaginar por unos breves instantes que es Lawrence de Arabia en la tienda del Tuareg Jefe. Para conseguir este fin, los restaurantes de SS tienen a un escuadrón de malpagados camareros (una plantilla 95% foránea, con el ocasional estudiante loser inglés) adiestrados especialmente para dar esa impresión de baile de fin de año del Presidente Fulgencio Batista: emergiendo con paso marcial de entre el cortinaje, armados de sus humeantes bandejas de bazofia y depositando aquel zorongo-con-salsa en el plato del comensal-espectador entre uuuhs y aaahhs (y algún AAARGH DIOS SANTO LLAMEN A LA AMBULANCIA cuando algo de esa salsa al rojo vivo se derrama por el cuello de la confiada víctima). Esto, de por sí, ya suena divertido; y lo era, se lo juro. No se parecía en nada a las ataduras de lacayo que padecen los camareros convencionales, haciendo más horas que un reloj al servicio de cualquier cliente quejumbroso (“¿Me calientas el biberón?”, “Te lo he pedido descafeinado”, etc.). A los camareros de SS, en cambio, no puede pedírseles nada: no están allí para complacerle a usted, bastardo burgués, y en cualquier caso la mitad de ellos no habla ningún idioma europeo. Ellos trabajan en functions tres veces al día, y preparan mesas y cubiertos con gran detalle —a lo Gosford Park— y de vez en cuando pulimentan vasos y tenedores. Y punto. Da igual que un anciano Lord esté diñando atragantado con un hueso de faisán en una de las mesas que tienes adjudicadas; es indiferente si el igneo pudding navideño se ha precipitado sobre los pantalones de un Duque, que ahora trota despavorido con las piernas en llamas hacia la ventana: el camarero SS observará toda la escena marcialmente, cual dogo que no ha escuchado aún el grito de “¡Ataca, Bobby!”. Y sólo pondrá en marcha sus extremidades cuando toque vaciar el primer plato y traer el postre.

"Los ingleses (especialmente su variante middle class) creen aún en toda aquella entrañable basura del fair play, jugar limpio y tal. Su idea de cómo funciona el mundo parece sacada de Winnie The Pooh."

7) Encuestador a domicilio: Se trataba de seleccionar individuos para unas encuestas sobre Educación y Vivienda que pagaban los boroughs de Londres, y yo iba puerta a puerta en barrios londinenses de mala reputación. Sí, de vez en cuando emergía de alguna de aquellas puertas con cuadruple candado una cara que la denostada ciencia de la frenología habría clasificado sin sombra de duda como de Enculador Caníbal. Sí, ocasionalmente era peor cuando accedían a dejarte entrar que cuando te daban con la puerta en los morros, pues entonces no te quedaba otro remedio que adentrarte en la espesa atmosfera pedil de la típica casa de pensionista cuyo menú diario consiste en col sobre lecho de col. Sí, cuando el cruento invierno del 2000, ir por las calles bajo cero con el ordenador portátil a cuestas se antojaba una tarea ingrata y victoriana, como si uno tocara el acordeón en la puerta de los pubs en 1884. Sí, todo nos hubiese parecido una mierda de no ser porque los ingleses (especialmente su variante middle class) creen aún en toda aquella entrañable basura del fair play, jugar limpio y tal. Su idea de cómo funciona el mundo parece sacada de Winnie The Pooh. Lo sé, lo sé: si usted, lector, es español o italiano, esto que acabo de contar le parecerá ciencia ficción eduardiana y está ahora mismo partiéndose de risa en el suelo. A usted, que se llevaría de un bar hasta las mesas (si el dueño no las hubiera claveteado al suelo), la idea de un empleo donde uno busca a gente anónima para rellenar un cuestionario cuya autoría nadie pone en tela de juicio le debe parecer cosa de Jauja. Y en verdad lo era, y mis jefes una deliciosa cuadrilla de cándidos bibliotecarios con alma de cántaro. Cuando descubrí ese ligero fallo del sistema no volví a llamar a un sólo timbre de Hackney, claro: yo me convertí en Augustus P. O’Flaherty, John Sebastian Jernigan, P. Weller, R. Daltrey y un montón de jocosos pseudónimos diseñados para encubrir a ese genio del mal: yo, en pijama, en mi piso de Fairbridge Road, rellenando cuestionarios —se pagaban por unidades— como si no hubiese un mañana. Y no, no me arrepiento; volvería a hacello.

8) Recepcionista de camping: A los diecisiete. Nacido en el mediterráneo. En un lugar repleto de nibelungas semidesnudas de los países bajos (que ni me miraban, pero ese es otro asunto) y tíos que solo querían beber, reír y yacer con dichas mujeres perdidas. En una atmosfera de Nunca Pagues Nada que no volvería a repetirse jamás. En régimen de Dormitorio-Internado a lo Hogwarts, sólo que con un montón de borrachos y patológicos absentistas laborales y raconteurs en lugar de imberbes becarios nigromantes. Y realizando un trabajo que consistía, esencialmente, en apuntar matrículas de los coches recién llegados y acompañarles, en bicicleta, a su parcela asignada. Es que aquello no era un empleo, caramba. Y ahora que lo pienso: ¿aceptarán a gente aún?

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