PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

Sí, hay más tensión sexual en una playa normal que en una playa nudista

H

 

Decidí comprobar qué pasaba cuando todo el mundo estaba desnudo

Rafa Martí

09 Julio 2015 10:56

Imágenes de ESPN The Body Issue 2015

Nuestro cerebro realiza ecuaciones tan imprudentes como que, si hace calor, hay que ir a la playa. Como si la playa se pareciera al Polo Norte, cuando la realidad es que se trata de una copia del desierto del Sáhara: metros y metros de arena y ni una sombra en la que librarse del sol. Al menos hay agua, sí, ¿pero quién pasa más de cinco minutos en el agua aparte de los niños?

Recientemente, en uno de mis rutinarios viajes de fin de semana, vi desde la ventana del tren una playa en la que todo el mundo iba en pelotas, y entonces empecé a preguntarme cosas. ¿Por qué lo hacen?, ¿por qué si los animales van desnudos, nosotros no?, ¿cómo será vivir desnudo?, ¿no tienen erecciones?, ¿no les da vergüenza? ¿cómo se relacionan entre ellos?, ¿y cómo ligan?

¿Cómo debe ser que se te meta arena por todas PARTES?


Decidí descubrirlo por mí mismo. Le planteé a mi editor la posibilidad de hacer una crónica en una playa nudista y ver qué podía sacar de la experiencia. Coló. De manera que avisé de que llegaría tarde a la redacción porque me iba a hacer mi reportaje a la playa, mientras el resto de mis compañeros estarían peleándose por la temperatura del aire acondicionado.



Antes de llegar a la playa, como queriendo retrasar lo que me esperaba, paré a desayunar en un McDonald's una de esas hamburguesas de 1 euro que se me antojan en cualquier momento del día. Después de devorar la hamburguesa, le pregunté al señor con gorra "M" de la caja que dónde estaba la playa de la Mar Bella. Se me quedó mirando con cara extraña y me dijo que era la que había justo detrás del restaurante. "Es muy fácil de llegar, dijo. 

Aunque me considero bueno con los mapas y la orientación ?solía sacar la máxima puntuación en inteligencia espacial de los tests de psicología del colegio?, cogí la moto y me metí por la dirección equivocada. Entré en la Ronda del Litoral de Barcelona, una especie de autopista que rodea la ciudad por la costa y me dije que la había cagado. Efectivamente, la había cagado.

Salí por la primera salida y aparecí en otra playa. El problema es que no sabía cuál era. Me bajé de la moto y comprobé la ubicación en Google Maps. El puntito azul de mi ubicación estaba a 200 metros de la Mar Bella, así que decidí aparcar la moto donde pude, y ponerme a caminar en la dirección que me marcaba mi iPhone.

¿Pensarían que era un pervertido? ¿Un frikazo? Claro que sí, y cosas peores.

Comencé a andar por la pasarela que rodea la playa por encima y solo veía a mucha gente, un miércoles por la mañana. Daban ganas de enviar una foto a Rajoy  para decirle que la economía iba bien, muy bien: en verano, todos los parados iban a la playa. Y en Barcelona, había unos cuantos. Si no, ¿cómo se explica que un miércoles cualquiera de julio la playa de Barcelona esté llena de gente hasta la bandera? Lo entendería en Lloret o en Mallorca. Pero, ¿en Barcelona?

A medida que miraba a lo monguer cómo mi puntito azul se juntaba en el puntito rojo que me indicaba Google Maps, no veía ni un solo nudista. Había llegado ya a la ubicación, y ni rastro de gente desnuda. El calor era aplastante. Me metí en Safari para volver a comprobar lo que decían las guías naturistas que había consultado. Y, en efecto, la Mar Bella era una playa nudista, pero yo estaba ahí sin ver a nadie. Me acerqué a la barandilla de la pasarela como si fuera un voyeur y ver si así detectaba a alguien que fuera más allá de un ridículo topless. Nada.

Los minutos pasaban y no debía volver a la redacción sin nada. Antes que darme un paseo en moto hasta Badalona ?la siguiente playa nudista que indicaba mi cutre guía de naturismo que parecía sacada de la deep web? decidí mancharme los pies de arena.



Me puse a caminar entre sombrillas y gente "vestida", como cuando yo voy a la playa con mis amigos, hasta que, de pronto, comencé a sentir una sensación extraña que solo experimenté con la misma intensidad hace unos años en el centro de Nairobi, cuando yo era el único blanco caminando entre una multitud de negros, y sus ojos me miraban furtivos como si yo fuera el Banco Central de Kenia: ahora yo era el único tío vestido en medio de una multitud de gente desnuda, que me miraba como se mira a alguien que se ha perdido.

¡Lo logré! Estaba en la playa nudista de la Mar Bella, muy bien camuflada entre la gente con bañador, en una pequeña esquina que daba al espigón. Después de esa sensación de sentirme raro y solo, me fijé en que la mayoría de la gente que había allí era gay. Y gays hombres, de cuerpos mórbidos y mayores de 50 años. Quizá me equivocaba, pero, salvando el orgullo gay madrileño, jamás había visto tantas parejas de hombres.

El panorama no pintaba nada bien. No por el público, sino porque ahora venía la parte más difícil: yo era el único tío con ropa allí, e iba a ir a preguntar a alguien que está como vino al mundo y que no me conocía de nada que si podía hablar conmigo unos minutos porque estaba haciendo una crónica. Entonces decidí darme una vuelta de reconocimiento, como cuando estás con un amigo en una discoteca y te dice que una chica te ha mirado y tú le dices que hay que dar una vuelta para ver cómo está la situación, y que luego ya le dices algo. Es decir, terror en estado puro.

Ahora era el único tío vestido en medio de una multitud de gente desnuda, que me miraba como se mira a alguien que se ha perdido

En mi ataque de cobardía me fumé un cigarro. Dos. Y miraba. Miraba cuál podría ser el target menos agresivo conmigo, dada la situación. Vi a un tipo de unos 30 años que estaba tumbado de espaldas y solo. Pensé que, al menos, no tendría que enfrentarme a verle todo, y que él se sentiría menos invadido. Me acerqué con decisión y justo en el momento en el que nuestras miradas se iban a cruzar y yo iba a soltar una frase de mierda, giró la cabeza y la apoyó en un cojín hinchable que llevaba. Mierda: llevaba cascos y ni siquiera podía decirle el típico y absurdo "perdona", en este caso bien empleado, porque me tenía que perdonar por lo que iba a hacer.

Ahora ya estaba ahí y tenía que avisarle por un medio no acústico. Pero el tío estaba en bolas. ¿Le toco la espalda? Joder. Quería irme de ahí. Pero no había marcha atrás. Mi cerebro sacó un buen recurso en ese momento y agité el cojín, lo justo para que se diera cuenta. El tipo levantó la cabeza y me miró como Clint Eastwood en Sin Perdón, cuando estaba a punto de vaciar los dos cartuchos de la recortada dentro del bar.

?¿Qué quieres?? me dijo con acento gallego.

Encima, era gallego, con lo que mis posibilidades de tener una conversación se reducían a:

A: Que me mandara a la mierda.

B: Que me mandara a la mierda con un monosílabo.

?NADA, estoy haciendo un reportaje sobre naturismo y quería saber si podría hablar contigo unos minutos ?le contesté, con una inseguridad que no recordaba desde la primera vez que le dije a una chica que me gustaba.

?No me interesa ?respondió.

Para añadir más incomodidad a la situación, vino un pakistaní que vendía latas de cerveza y el gallego, pasando de mí, se giró para pedirle una. Insistí una vez más porque estaba tan atontado por lo ridículo de la situación que no sabía qué me había respondido. Volví a preguntar.

?Que no, que no me interesa?, insistió.

En ese momento me sentí como lo peor de la raza humana, me levanté, y me fui. Estaba decidido a irme otra vez a la moto y contarle a mi editor la dura experiencia del rechazo. Sin embargo, mientras andaba hacia la salida a la pasarela de la playa, no paraba de escrutar mis opciones de hablar con un naturista. En las duchas de la salida había varios hombres desnudos. No podía evitar fijarme en su atuendo de Adán. Hice de tripas corazón y lo volví a intentar.

Nada. Me dijeron que estaban descansando y que no tenían nada que decir. En realidad deberían estar pensando que por qué coño venía a tocarles los huevos mientras estaban a su rollo, en una playa nudista. En ese momento, yo estaba mal. Miles de pensamientos negativos vinieron a mi cabeza y solo quería estar en la redacción peleándome por la temperatura del aire acondicionado. Incluso comencé a pensar en qué estaría haciendo mi ex y en las ganas que tenía de verla.



Por suerte, el cerebro volvió a funcionar e hizo que girara la cabeza, aunque tuviera cara de póker. En ese momento vi a una pareja heterosexual. Estaban también completamente desnudos, estirados boca arriba, apoyados con los codos en la toalla. Di media vuelta y me acerqué.

?Perdonad, ¿os importa que me siente con vosotros? ?dije, mientras me miraban con la misma cara de extrañeza que todos los demás—. Estoy haciendo un reportaje sobre naturismo y no sé si podríais contarme un poco.

Sin cambiar sus caras a una expresión que me diera más tranquilidad, me dijeron:

?Bueno sí, siéntate.

Me senté intentando sonreír como cuando sabes que tienes todas las de perder, como intentando generar algo de una empatía que, en ese momento, era un sentimiento que estaba de vacaciones en Plutón.

La situación era realmente incómoda, como el cuadro del "Desayuno en el parque" de Manet. Yo estaba vestido y delante tenía a Juan Carlos y Ana, una pareja desnuda. Además, yo no podía parar de fijarme en aquello en lo que uno se fija cuando está en una playa nudista. Ellos también tendrían alrededor de 30 años. Eran morenos. Españoles medios, con algún tatuaje. No eran especialmente guapos ni feos. Yo trataba de disimular todo el rato y hacer de la situación lo más natural posible. Al fin y al cabo, estaba con naturistas e intentando comprender el fenómeno.

La situación era realmente incómoda, como el cuadro del "Desayuno en el parque" de Manet

Yo seguía nervioso y comencé con preguntas clásicas como "¿por qué hacéis naturismo?" o "¿cómo os conocisteis?". Al cabo de pocos minutos, la conversación ya había cogido forma y me olvidé por completo de que tenía a un chico y a una chica desnudos en frente de mí. Aunque sí es cierto que, por instantes, se me iba la olla y volvía a ser consciente de lo incómodo de la situación y tenía que hacer un esfuerzo para fijarme en sus caras. De pronto me los imaginaba un domingo cualquiera en una barbacoa con la cara de mis padres, o pensaba que eran mis jefes, o mis amigos, y no unos desconocidos con los que, al fin y al cabo estaba haciendo un reportaje.

Ellos parecían no entender nada de lo que me pasaba, así que se lo dije directamente:

?Mirad, me parece muy raro estar hablando con vosotros desnudos. ¿Cómo lo hacéis cuando os relacionáis con otros nudistas, o entre vosotros mismos en un lugar público?

?Te parece raro porque tú estás vestido. Pero cuando todo el mundo está desnudo, las dinámicas sociales cambian?, me decía Ana.

En mi fuero interno yo reflexionaba: "Y tanto que cambian. Básicamente es difícil concentrarse en una conversación sin fijarse en cómo debe ser que se te meta la arena por todas PARTES". Mientras, asentía a lo que me contaba.

?Cuando todo el mundo está desnudo no existen prejuicios. No puedes juzgar a nadie por la ropa que lleva y en las conversaciones nunca preguntas a qué te dedicas porque no es necesario. Es como una comunidad, como una familia, en la que no hay tapujos y eres tú, sin ningún tipo de escudos que te protejan de los demás ?añadía Juan Carlos.

Ella llegó al naturismo por su marido. Antes no se desnudaba en las playas, hasta que finalmente se quitó la ropa, y vio que no pasaba nada.

Luego me contó que los nudistas no se fijaban en ella y que todo el mundo actuaba con total naturalidad.

?Pero, entonces, ¿no os atraen otros cuerpos desnudos, no tenéis peleas ni celos?, les pregunté.

?No, no has entendido nada ?me dijo Ana?. Cuando hay parejas que se pelean porque uno de los dos mira a otra persona en bikini o bañador es porque sexualizan todo, porque no están acostumbrados a ver cuerpos desnudos o semidesnudos. Cuando todo el mundo está desnudo a tu alrededor, y sobre todo, estás acostumbrado, todo eso desaparece. Hay más tensión sexual en una playa de gente vestida que en una nudista ?me aseguró.

De pronto imaginármelos un domingo cualquiera en una barbacoa con la cara de mis padres

Yo ponía cara de interesante mientras miraba de reojo a Juan Carlos, que asentía en silencio con la cabeza a todo lo que decía su mujer. En ese momento yo pensaba que Juan Carlos era más como yo que no como ella. Que él podría tener las mismas reacciones por ver a mujeres desnudas, pero que no tenía erecciones por la costumbre y por el nerviosismo que implica estar desnudo delante de desconocidos.

Entonces le pregunté a Ana:

?El hecho de estar desnudos todo el día, ¿no mata la magia sexual de la relación?

Ana me contestó como si fuera un novato, otra vez:

?La magia y el deseo sexual están en el cerebro. Nosotros tenemos una vida sexual muy activa e interesante y el hecho de estar desnudos en público no cambia absolutamente nada. Aprendemos a relacionarnos con más intimidad. El sexo no está en quitarse la camiseta, sino en la intimidad.

Yo seguía asintiendo y, entonces, le pregunté a Juan Carlos:

?¿Qué pasa si viene una erección?

?Nada, si tienes vergüenza te pones boca abajo, como cuando llevas bañador ?me dijo. De alguna manera me reconoció que es algo que se da, y que el deseo sexual sigue en la vista, y que puede que no todo estuviera en el cerebro.



Llegué a comprender que, en la lógica naturista, el sexo queda anulado por el simple físico y que la interacción sexual va mucho más allá. El programa de televisión Adán y Eva, que es como una especie de apología de la sordidez, reforzó en mi mente la interacción naturista en el puro sexo. Pero Juan Carlos y Ana me contaron que no, que no lo era todo. Que, precisamente, por el hecho de estar desnudos, podían conocerse más.

La conversación duró unos treinta minutos y me dejó la cabeza dando vueltas durante un buen tiempo. Me despedí con la bendita empatía, que ya había vuelto de vacaciones, aunque no conseguí resolver mis dudas: ahora tenía más.

Me puse a caminar de nuevo por la playa buscando la salida, con la satisfacción de haber logrado lo que quería. Pero mientras andaba, mis pensamientos volvieron poco a poco a ser sustituidos por esa extraña sensación que siempre he sentido al andar por un tramo de playa nudista: la del blanco en el centro de Nairobi. Porque sí, yo seguía siendo el único que iba vestido.


Si los animales van desnudos, ¿por qué nosotros no?


Muchas veces me he preguntado cómoserá ligar o conocer a gente estando desnudo. En el fondo, cómo es interactuar sin ninguna barrera eimaginar las situaciones más rocambolescas. En pelotas. Es una duda que measalta cada vez que paso por un tramo de playa nudista, buscando un hueco en miparte de playa, donde estamos los que llevamos bañador.

Algunos programas de televisiónsórdidos como “Adán y Eva”nos han enseñado cómo liga la gente desnuda en una isla desierta. Pero a mí nome servía. La vulgar presencia de las cámaras y que el reality estuviera orientado puramente al sexo y al share ofrecíauna distorsión de lo que es para un naturista el hecho de relacionarse con losdemás.

Así quedecidí comprobarlo por mí mismo yéndome a una playa nudista, el lugar más fácil para encontrar a gentesin nada que esconder por metro cuadrado. Me fui a la playa de la Mar Bellaen Barcelona. Según las guías de playas y naturistas en Internet, es la únicaplaya de la ciudad en la que la gente va completamente desnuda.

Al llegar, solo vi una playa más, y llenade gente hasta la bandera.Era un miércoles y deduje que el paro en España se veía más en verano, sinninguna duda.

Pero nirastro de nudistas.

Volví acomprobar la ubicación en Google Maps y el puntito azul de mi ubicación estabaencima del puntito rojo. No me había equivocado, pero yo no veía nada. Solo sombrillas, y como máximo, algúntopless.

Bajé a laplaya y me puse andar, hasta que me invadió la extraña sensación de sentirme raroy de ser el único que llamaba laatención entre los demás.

Yo era elúnico que iba vestido y estaba en una esquina de la playa en la que todos ibandesnudos. Ya estaba ahí. Ahora venía lo difícil: acercarse a alguien desnudo con toda la naturalidad y decirle, sinconocerle de nada: “perdona, estoy haciendo una crónica, ¿te importaríahablar unos minutos?”

Después depreguntar sin éxito a tres personas queestaban solas y que me miraban con cara de indiferencia, me acerqué a unapareja, un chico y una chica de unos 30 años. Y en lugar de mandarme a lamierda por joderles la mañana del miércoles, se pusieron a hablar conmigo.

Ponerse ahablar con alguien que está desnudo es incómodo, sobre todo si tú estás vestido.Al menos si no estás acostumbrado. Pero a medida que pasan los minutos olvidasde que la persona que tienes enfrente está como vino al mundo. Te centras en la conversación, y en su cara.Esta es la lógica en la que vive un naturista: cuando todo el mundo estádesnudo, las dinámicas sociales cambian. Y lo viví yo, aunque sin estardesnudo.

Juan Carlosllegó al nudismo por comodidad. Él ya iba desnudo por casa. Un día, en unaplaya, se quitó el bañador y al darse cuenta de que nadie le juzgaba, locontinuó haciendo. Ana, su mujer, no era nudista. Juan Carlos la convirtió a sureligión al cabo del tiempo. En lalógica nudista todo el mundo es igual.

“En elmomento de relacionarse con los demás noexisten prejuicios ni superficialidades: puedes conocer a alguien en laplaya y lo conoces tal cual es. No sabes de qué trabaja ni a qué se dedica, nisi tiene mucho o poco dinero. Es la persona como es”, me dice Juan Carlos.

“¿Y los celos?”, pregunto.

“No hasentendido nada”, me dice Ana.

“Cuando hayparejas que se pelean porque uno de los dos mira a otra persona en bikini obañador es porque sexualizan todo, porque no están acostumbrados a ver cuerposdesnudos o semidesnudos. Cuando todo el mundo está desnudo a tu alrededor, ysobre todo, estás acostumbrado, todo eso desaparece. Hay más tensión sexual en una playa de gente vestida que en una nudista.

Entonces, le preguntéa Ana: “el hecho de estar desnudos todo el día, como por ejemplo hoy, ¿no mata la magia sexual de la relación?

Ana mecontesta como si fuera un novato, otra vez: “La magia y el deseo sexual están en el cerebro. Nosotros tenemosuna vida sexual muy activa e interesante y el hecho de estar desnudos enpúblico no cambia absolutamente nada. Aprendemos a relacionarnos con másintimidad. El sexo no está en quitarse la camiseta, sino en la intimidad”.

Me paséhablando con ellos unos 30 minutos. Alfinal casi me olvido de que estaban desnudos. Y de que a mi alrededor todoel mundo estaba desnudo. En ese momento pensé que me podría haber sumado y pasarel resto de la mañana en la playa con mis nuevos amigos.

Antes quenada, le pregunté a Juan Carlos: ¿quépasa si viene una erección?

“Si te davergüenza, te pones boca abajo, como cuando llevas bañador”.

 

Muchas veces me he preguntado cómo será ligar o conocer a gente estando desnudo. En el fondo, cómo es interactuar sin ninguna barrera e imaginar las situaciones más rocambolescas. En pelotas. Es una duda que me asalta cada vez que paso por un tramo de playa nudista, buscando un hueco en mi parte de playa, donde estamos los que llevamos bañador.

Algunos programas de televisión sórdidos como “Adán y Eva” nos han enseñado cómo liga la gente desnuda en una isla desierta. Pero a mí no me servía. La vulgar presencia de las cámaras y que el reality estuviera orientado puramente al sexo y al share ofrecía una distorsión de lo que es para un naturista el hecho de relacionarse con los demás.

Así que decidí comprobarlo por mí mismo yéndome a una playa nudista, el lugar más fácil para encontrar a gente sin nada que esconder por metro cuadrado. Me fui a la playa de la Mar Bella en Barcelona. Según las guías de playas y naturistas en Internet, es la única playa de la ciudad en la que la gente va completamente desnuda.

Al llegar, solo vi una playa más, y llena de gente hasta la bandera. Era un miércoles y deduje que el paro en España se veía más en verano, sin ninguna duda.

Pero ni rastro de nudistas.

Volví a comprobar la ubicación en Google Maps y el puntito azul de mi ubicación estaba encima del puntito rojo. No me había equivocado, pero yo no veía nada. Solo sombrillas, y como máximo, algún topless.

Bajé a la playa y me puse andar, hasta que me invadió la extraña sensación de sentirme raro y de ser el único que llamaba la atención entre los demás.

Yo era el único que iba vestido y estaba en una esquina de la playa en la que todos iban desnudos. Ya estaba ahí. Ahora venía lo difícil: acercarse a alguien desnudo con toda la naturalidad y decirle, sin conocerle de nada: “perdona, estoy haciendo una crónica, ¿te importaría hablar unos minutos?”

Después de preguntar sin éxito a tres personas que estaban solas y que me miraban con cara de indiferencia, me acerqué a una pareja, un chico y una chica de unos 30 años. Y en lugar de mandarme a la mierda por joderles la mañana del miércoles, se pusieron a hablar conmigo.

Ponerse a hablar con alguien que está desnudo es incómodo, sobre todo si tú estás vestido. Al menos si no estás acostumbrado. Pero a medida que pasan los minutos olvidas de que la persona que tienes enfrente está como vino al mundo. Te centras en la conversación, y en su cara. Esta es la lógica en la que vive un naturista: cuando todo el mundo está desnudo, las dinámicas sociales cambian. Y lo viví yo, aunque sin estar desnudo.

Juan Carlos llegó al nudismo por comodidad. Él ya iba desnudo por casa. Un día, en una playa, se quitó el bañador y al darse cuenta de que nadie le juzgaba, lo continuó haciendo. Ana, su mujer, no era nudista. Juan Carlos la convirtió a su religión al cabo del tiempo. En la lógica nudista todo el mundo es igual.

“En el momento de relacionarse con los demás no existen prejuicios ni superficialidades: puedes conocer a alguien en la playa y lo conoces tal cual es. No sabes de qué trabaja ni a qué se dedica, ni si tiene mucho o poco dinero. Es la persona como es”, me dice Juan Carlos.

“¿Y los celos?”, pregunto.

“No has entendido nada”, me dice Ana.

“Cuando hay parejas que se pelean porque uno de los dos mira a otra persona en bikini o bañador es porque sexualizan todo, porque no están acostumbrados a ver cuerpos desnudos o semidesnudos. Cuando todo el mundo está desnudo a tu alrededor, y sobre todo, estás acostumbrado, todo eso desaparece. Hay más tensión sexual en una playa de gente vestida que en una nudista.

Entonces, le pregunté a Ana: “el hecho de estar desnudos todo el día, como por ejemplo hoy, ¿no mata la magia sexual de la relación?

Ana me contesta como si fuera un novato, otra vez: “La magia y el deseo sexual están en el cerebro. Nosotros tenemos una vida sexual muy activa e interesante y el hecho de estar desnudos en público no cambia absolutamente nada. Aprendemos a relacionarnos con más intimidad. El sexo no está en quitarse la camiseta, sino en la intimidad”.

Me pasé hablando con ellos unos 30 minutos. Al final casi me olvido de que estaban desnudos. Y de que a mi alrededor todo el mundo estaba desnudo. En ese momento pensé que me podría haber sumado y pasar el resto de la mañana en la playa con mis nuevos amigos.

Antes que nada, le pregunté a Juan Carlos: %3

share