Columnas

El uniforme de la horda bastarda

Illegal Pop #5

En noviembre de 1955, el New York Times publicó una noticia que decía lo siguiente: «Un grupo controlaba desde la calle diecisiete hasta la Avenida 30 y la calle catorce; el otro grupo hacía lo mismo de la Astorias Houses a la Avenida 27. Las sirenas de la policía aullaron en ambas áreas desde las ocho de la tarde. En la zona oeste de Astoria, llegaron algunos miembros de las bandas de los Bucks, Gents y Garrison. Desde la zona este, hicieron lo mismo los Saracen Lords y los Nobles. La mayoría vestía el "uniforme de diario": chaquetas negras de cuero y botas».

Lo que sucedió luego resulta previsible: disparos y heridos por arma blanca, zonas incendiadas y la policía tomando la zona como si se tratase de una guerra. Puede que lo fuese. Estos eran sus guerreros: combatientes adolescentes, miembros de pandillas juveniles, fans del rock and roll. Y esta su guerra. Las chaquetas negras de cuero eran el uniforme de aquella «plaga» y los culpables de ello una película y un actor.

Moda y violencia llegaron casi de la mano. Un año antes, en diciembre de 1953, se había estrenado la película ¡Salvaje!, dirigida por László Benedeck a partir de un relato breve de Frank Rooney titulado Cyclists Raid y publicado en la revista Harper´s. La historia que narraba estaba basada en hechos reales sucedidos en 1947: la invasión y posterior instauración del caos en el pueblo de Hollister a manos de dos bandas de motoristas, los Black Rebels MC, liderados por Johnny (Marlon Brando), y los Beetles, dirigidos por su rival, el violento Chino (Lee Marvin).

La imagen de Johnny, impecable y vestido por completo de cuero negro, cautivó a un público que lo alzó a la categoría de héroe definitivo. Confesaba no saber adónde se dirigían ni tampoco la razón de hacer lo que hacían. Era misterioso, seductor, atractivo. Desde entonces, su chaqueta negra de cuero, la famosa «perfecto», se convertiría en el símbolo distintivo de los rebeldes urbanos.

El mismo Brando se sorprendió del efecto creado: «Me divertí mucho actuando, pero nunca me imaginé que produciría el efecto que tuvo —reconoció en su autobiografía—. Quedé tan sorprendido como todos cuando las camisetas, los tejanos y las chaquetas negras de cuero se convirtieron de repente en símbolos de rebelión […]. Nos acusaron de que en ¡Salvaje! proporcionábamos atractivo a las bandas de motociclistas, cuyos integrantes eran considerados intrínsecamente malos y carentes de cualidades positivas».

El efecto de la película fue fulminante. Periodistas, asociaciones civiles y políticos la denunciaron como un producto de genuina violencia, a pesar de que al comienzo advertía que se trataba de unos hechos absolutamente condenables. Se dijo que incitaba a las bajas pasiones, al conflicto intergeneracional y que la rebeldía que mostraba era nihilista, pura adrenalina. Los jóvenes eran mostrados como hunos, huestes de la peor especie, vándalos. Y lo peor de todo: parecían pasárselo en grande en medio de la destrucción.

La prensa puso rostro a aquel terror. Los noticiarios y periódicos se llenaron de noticias que alertaban del uniforme de los vándalos. De inmediato, la tropa de las chaquetas negras de cuero desembarcó en Europa. Cada país, como si se tratase de una Internacional del Terror, tenía sus versiones del fenómeno.

Se dijo que incitaba a las bajas pasiones, al conflicto intergeneracional y que la rebeldía que mostraba era nihilista, pura adrenalina

En junio de 1955, en Berlín, en un bar llamado Big Widow, la prensa recogió un episodio similar. Una pandilla de jóvenes y amantes de las motos había atacado a una solitaria chica. Sobre la identidad de los asaltantes poco se sabía, pero el periódico aseguró que todos vestían pantalones vaqueros azules y chaquetas negras de cuero.

Muy pronto, los periodistas se refirieron a ellos como «The Wild Ones of the Big Window» o incluso los «Marlon Brandos». En Italia, Holanda, Inglaterra o Francia, entre otros países, aparecieron casi a diario noticias parecidas. No se había visto nada igual. Los jóvenes, desafiando a la autoridad, contra los adultos. El mundo al revés.

Fascinante fascismo

La chaqueta negra de cuero (o de piel sintética, para aquellos que no podían permitírsela) se convirtió en el uniforme de la delincuencia. También en el de las bandas de motoristas, quizás porque estaban garantizadas sus propiedades aterrorizantes. Originalmente utilizada por los aviadores alemanes durante la Primera Guerra Mundial y, posteriormente, por los temidos miembros de la Gestapo y las SS, infundía temor y respeto.

En el imaginario colectivo remitía a algo brutal y violento. Generaban pavor. Poco o nada tenían que ver con las chaquetas marrones de cuero que por entonces lucían los aviadores británicos de la English Royal Air Force, unas prendas vinculadas al espíritu aventurero y heroico. Pero los nazis la convirtieron en algo muy distinto. Los uniformes militares, tanto de americanos como ingleses, estaban muy cerca de ser simples prendas civiles modificadas, pero el uniforme de la SS fue expresamente creado para el combate. Era un objeto total.

No sólo se trataba del corte recto y elegante de aquella prenda, sino del material utilizado, el resistente y primitivo cuero. Ambas características transmitían rigidez, rudeza extrema y pesadez. La prenda poseía cierta excentricidad, al menos si era vista de forma aislada y desprovista de símbolos, pero una vez que se le incorporaban todo tipo de hebillas, calaveras y chapas de metal, que simulaban condecoraciones, resultaba amenazadora.

Aquella labor de bricolaje provenía de la cultura motera. Los símbolos que los motoristas colocaban sobre ella tenían una finalidad concreta, identificándolos como miembros del ejército motorizado, al mismo tiempo que les proporcionaba algo que hablaba de ellos mismos, algo único y personal. Chapas y hebillas reconocían su valor y entrega, algo muy similar a la función que en su día tuvieron las runas colocadas en los cuellos de los miembros de las SS.

La chaqueta negra de cuero (o de piel sintética, para aquellos que no podían permitírsela) se convirtió en el uniforme de la delincuencia.

No deja de resultar curioso que de entre todo el amplio repertorio de vestidos y uniformes creados por los nazis sobrevivieran las chaquetas guerreras de las SS. Susan Sontag, en un conocido ensayo, se hizo esta misma pregunta y se respondió de la siguiente manera: «¿Por qué los SS? Porque los SS eran la encarnación ideal de la abierta afirmación del fascismo sobre la virtud de la violencia, el derecho de ejercer un poder total sobre los demás y tratarlos como absolutamente inferiores […]. La SS fue creada como una comunidad de élite militar que no sólo sería supremamente violenta sino también supremamente hermosa».

Luego estaba el erotismo. Esa visión estetizada de la vida generaba un fuerte poder sexual. La erotización del fascismo a la hora de jugar con elementos remitía a fantasías de dominación, control y sumisión. Además, era un uniforme bello y hermoso, evocador.

Un demonio, un suicida

La chaqueta que lució Brando fue creada en 1947, el mismo año en que la horda motorizada se hacía con Hollister. También en aquel año Ross Langlitz, su diseñador, abrió su primera tienda de chaquetas de cuero. Al principio, fue una prenda destinada a los motoristas, que los protegía de las caídas y de la conducción bajo el intenso frío. El mismo Langlitz era un gran entusiasta del motociclismo. La popularidad de la película hizo que al instante comenzase a producirse y venderse entre los jóvenes, y Langlitz se hizo rico y famoso.

El efecto de la película fue de una potencia tal que alcanzó a varios movimientos y subculturas. Los rockers, con su espectacular atuendo similar al de Marlon Brando pero más recargado de símbolos, cadenas o metal, continuaron con aquella imagen y se vincularon al por entonces emergente rock and roll. Sin embargo, su ídolo más irreductible y auténtico no fue Elvis Presley, sino Gene Vincent, otro fan de las motos y del cuero.

Al principio, fue una prenda destinada a los motoristas, que los protegía de las caídas y de la conducción bajo el intenso frío

Pero los fans del rock and roll y los camorristas, los pequeños delincuentes juveniles y aquellos que soñaban con un eterno sábado noche, escondían un mensaje devastador. Todos ellos eran productos de la generación de posguerra, adolescentes que competían en rudeza y castigo. Se recompensaba ser cínico y cruel: «Era imposible vivir con la bomba y al mismo tiempo conservar la lástima por los demás», afirmó el escritor y activista contracultural Jeff Nuttal, testigo de todo aquello.

A mediados de los sesenta, con toda la pomposidad multicolor de la nueva época, comenzó u n lento declive de la chaqueta negra de cuero. La mayoría de los motoristas forajidos la habían abandonado, adoptando el estilo sucio y alucinado del Chino, casi un granuja de los puertos o un vagabundo amenazante, interpretado por Lee Marvin en ¡Salvaje!

Pero a partir de los setenta se resucitó la imagen tradicional de cuero negro, quizás por la proliferación de clubes leather (la cultura gay, entonces en pleno crecimiento, la adoptó a ciegas) y porque subculturas como los rockers habían logrado recuperar su carácter amenazador. Los Ramones la resucitaron y volvieron masiva, accediendo a la alta moda por la puerta grande. Así, como un espectro, volvía para quedarse.

Al fin y al cabo, como advirtió Susan Sontag, se trataba del «fascinante fascismo». Luego, lo que sucedió hasta nuestros días, parece evidente. La chaqueta negra de cuero remite a un pasado mágico y transmite autenticidad. También cierta peligrosidad. Simula andar en la cuerda floja en un mundo habituado a la recreación histórica.

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