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El tutorial definitivo para distinguir el arte de la tomadura de pelo (o para empezar a tomártelo en serio)

6 obras contemporáneas que podrían convertirte en un artista multimillonario

A todo el mundo le gusta cachondearse del arte contemporáneo. La expresión de cuñaísmo por la cual “eso lo hace mi hijo”, señalando un Picasso, es el mayor símbolo de la desconexión entre las artes plásticas y los gustos populares. Todo el mundo opina de arte pero nadie visita las galerías. Sergio C. Fanjul te reúne aquí un conjunto de obras para que puedas engordar tu catálogo de anécdotas con que hacer bromas a costa de los artistas, o bien para que empieces a tomártelos en serio. Si te lo montas bien, esta guía también puede servirte para que hagas tu propia obra de arte conceptual y ganes montones y montones de dinero.

Ilustración de Maciej Ratajski " Is This Art?" 2010)

Puede que el arte sea una palabra abusada, como poesía o amor, que siempre nos andamos preguntando qué demonios significa exactamente. Lo cierto es que, desde Duchamp y las primera vanguardias del s. XX, el arte tal y como lo conocernos se ha ido adentrando cada vez más en los vericuetos de la abstracción y el concepto. Si los maestros antiguos poseían un virtuosismo inequívoco a la hora de crear sus obras, con el tiempo la obra de arte en sí misma se ha hecho cada vez menos importante y muchas veces resulta un mero soporte físico a las grandes (y a veces abigarradas) ideas que la rodean. La cita a Deleuze, Foucault o cualquier otro filósofo que haya estado de moda y que justifique de cierta manera la obra es muy común, y, como señalaba Tom Wolfe en “La Palabra Pintada” (Anagrama), cada vez cobra más valor el texto que acompaña la pieza o la cartela que se coloca al lado en las paredes de un museo.

Es conocido el chiste sobre aquella limpiadora que dejaba su cubo y su fregona en una sala de museo para, tras regresar de sus recados, encontrar a un grupo de entendidos de la ceja alta frotándose la barbilla e interpretando qué clase de crítica hacia la sociedad posindustrial presencian, o qué tiene que ver aquello con la teoría de género. Hay muchos que ven en un cuadro de Rothko una transmisión espiritual, que hace que sus ojos se humedezcan ante el contacto con lo místico o lo sagrado. Otros ven en el mismo lienzo la forma chapucera en la que un mal pintor de brocha gorda repara una humedad en la pared. A veces resulta difícil saber si esos palés, esas cajas de madera semi abiertas o ese extintor que reposan en silencio y misteriosos en el espacio expositivo, son arte, o herramienta, o tomadura de pelo. Luego está el valor que algunas de estas piezas alcanzan en el mercado del arte, pero esta ya es otra historia.

Sin embargo, hay veces que estas supuestas tomaduras de pelo que nos quieren hacer tragar los artistas más arriesgados (o aprovechados) tienen su interés, y hacen que nuestras neuronas chisporroteen y crujan más que con una obra convencional, a saber, un paisaje figurativo de un puertecito pesquero o el retrato de un prohombre. Porque son como un enigma… o un pasatiempo. A continuación siguen algunas obras un tanto absurdas o gamberras de la historia reciente (y no tan reciente) del arte. No están todas las que son, pero son todas las que están, elegidas por azar o casualidad, y con el único criterio de que a quien esto firma le han parecido interesantes o, al menos curiosas para comentar en la barra de un bar.

1. La caca del artista

"La idea con la que jugaba Manzoni es que todo lo que salía del cuerpo del artista era arte"

Una vez un artista enlató su mierda y dijo que aquello era una obra de arte. En 1961, el italiano Piero Manzoni fabricó 90 latas de conserva con sus excrementos y les imprimió el lema “Mierda de artista” en una etiqueta. Y las vendió al peso, teniendo en cuenta el precio del oro por aquellas fechas: es decir vendió su mierda a precio de oro, en una curiosa transformación que hubiera soñado cualquier alquimista medieval. Cada pieza contenía 30 gramos (“conservados al natural”). Algunas de las latas se encuentran hoy en grandes centros de arte mundiales como la Tate Modern de Londres, el MoMA de Nueva York o el centro Pompidou de París. La idea con la que jugaba Manzoni es que todo lo que salía del cuerpo del artista era arte: en otras de sus obras había inflado globos con “aire de artista” o estampado su huella dactilar en huevos (los “huevos escultura”), que luego la gente comía, convirtiéndose también en artista. Era una especie de Rey Midas de lo artístico: también firmó cuerpos de personas con el fin crear algo así como obras de arte andantes, y que realizaban las tres funciones vitales. Subiéndose a unos pedestales que llamaba “bases mágicas”, uno también podía transmutarse en arte. Algunas latas de mierda llegaron a subastarse, en 2007, por 124.000 euros, lo que también supuso una ácida crítica al mercado del arte y sus locas burbujas, cuando las latas podían entenderse como una crítica (más) a la sociedad de consumo. Ahora esta mierda vale más que el oro.

2. La artista está bien quieta

¿Cómo consiguió la Abramovic representar varias de sus mejores performances a la vez sin poseer el don de la ubicuidad?

La llamada “abuela de la performance”, la serbia Marina Abramovic, ha hecho casi de todo en su larga trayectoria artística, a veces con grave riesgo para su integridad física. Uno de los últimos espectáculos sonados fue la retrospectiva que en 2010 le dedicaba el MoMA de Nueva York. Lo primero que sorprende es una retrospectiva de performances, cuando la idea de la performance, al menos para algunos, es que se trate de algo efímero que ocurre en el tiempo, y que no permanece en el espacio, luego que no debe ser enclaustrado en el museo. Pero pasemos esto por alto. ¿Cómo consiguió la Abramovic representar varias de sus mejores performances a la vez sin poseer el don de la ubicuidad? Pues utilizando a una cuadrilla de performers y artistas que hacían las veces de ella misma en piezas pretéritas. Lo que iba a hacer la artista, su último hit, era sentarse y no hacer nada, como algunos dicen que hacen los funcionarios patrios. “The Artist is Present” era el título de esta acción y, bromas aparte, tenía bastante dificultad, física y mental. Durante todo el horario de apertura del museo, la performer permaneció sentada en una silla, cuasi inmóvil con una mesa delante y otra silla que podían ocupar los visitantes el tiempo que desearan. Como diciendo: “ahora que habéis visto toda mi obra, sentaos aquí delante y vedme a mí, que estoy presente”. Por supuesto las colas fueron enormes por sentarse a mirar a los ojos a la Abramovic, y, cómo no, muchos vivieron experiencias emotivas al límites y salieron llorando o fuertemente impresionados. Algunos no volverían a ser los mismos. En total fueron más de 700 horas, recibiendo de esta guisa a los interesados. Apareció por allí Ulay, el artista que fuera su socio y amante durante doce años, lo que aportó el momento emotivo de la performance. Con este instante las redes sociales explotarían, como si ambos ex amantes no se hubieran visto durante décadas y ese fuera su primer e inesperado encuentro. Sin embargo, en el documental “The Artist is Present” (2012), en torno a esta exposición, se comprueba que se vieron poco antes.

3. La cama de sufrir

"El coleccionista Charles Saatchi compró esta cama revuelta por 150.000 libras"

La artista británica Tracey Emin (1963) lo pasó fatal en su cama (la mejor fortaleza contra la tristeza y el desamor) durante un proceso de crisis nerviosa, esa tan conocida por los artistas, esta vez provocada por problemas en su relación sentimental. Sin embargo, como de todo se puede sacar algo bueno, expuso la cama y creó una notoria obra de arte: “My Bed” (1998). Ahí se ven las sábanas revueltas de la desesperación, los medicamentos desperdigados sobre la alfombra, los periódicos atrasados, las botellas vacías, las medias usadas, las sábanas manchadas con fluidos corporales, algún pequeño peluche para ofrecer algo de compañía inútil: lo cierto es que se nota que alguien lo ha pasado fatal en ese mueble para dormir o para sufrir. La crítica alabó la dureza, la sinceridad de Amin, la forma honesta y descarnada de decir la desesperación. Otros solo vieron una cama como la que amanece muchos domingos de resaca en su casa. Pero esta era arte, porque fue expuesta. El coleccionista Charles Saatchi compró esta cama revuelta por 150.000 libras, para que vean lo que tienen ustedes en el cuarto de casa. Otra obra notoria de Emin, miembro de los Young British Artist (grupo del que también salió Damien Hirst) es “Everyone I Have Ever Slept With 1963-95”, una tienda de campaña, modelo iglú, en el que está escrito el nombre de todas las personas con las que la artista durmió entre el año de su nacimiento y 1995. No solo compañeros sexuales, sino familiares y amigos, ojo, y sus dos embarazos perdidos.

4. Guarradas vienesas

El llamado Accionismo Vienés fue un movimiento artístico de lo más asqueroso, casi una ida de olla extrema dentro de la búsqueda de lo radical propia de los años 60. Formaron parte del movimiento sangriento nombres como Hermann Nitsch u Otto Mühl, y lo que les gustaba era la sangre, las entrañas, los sacrificios de animales y ponerse bien guarros de sangre en rituales (como el Teatro de Orgías o Misterios de Hermann Nistch). Vistos en foto parecen unos sanfermines desfasados. Llegaron a simular mutilaciones genitales o violaciones. Todo aquello, cómo no, en rechazo del arte tradicional. Entre las performances más sonadas encontraréis la de Günter Brus en la Universidad de Viena: se desnudó, se cortó el muslo y el pecho con una navaja, orinó en un vaso y se bebió su propia orina. Sus obras grotescas y blasfemas fueron perseguidas por la ley y por asociaciones ecologistas o religiosas, y algunos de sus practicantes llegaron a cumplir condenas. Seguro que en prisión tenían bastante cuidado con ellos.

5. Una liebre muerta experta en arte

"¿Qué quería decir Beuys con esta especie de meta arte? ¿sacó algo en claro la liebre?"

Con la cara untada en miel y en polvo de oro, un traje de fieltro, y una liebre muerta entre los brazos se paseó Joseph Beuys en noviembre de 1965 por una galería de arte de Düsseldorf. Beuys fue algo así como la cara oscura de Andy Warhol, muy célebre, casi una estrella del arte, aunque tenía tanto de profundo y enigmático como Warhol de superficial y plano. Sus obras eran totalmente desconcertantes. La acción de marras se llamaba “Cómo explicar cuadros a una liebre muerta”. Mientras le acariciaba las patitas le susurraba a la liebre al oído explicaciones de los cuadros. O más bien otra cosa, este es el comienzo del texto que le recitó: “Todos esos que miran desde fuera cómo paseo mi cojera por entre los cuadros mientras te abrazo piensan que soy yo el que te está explicando las obras de arte. Lo que no saben es que lo que te pido es que me las expliques tú a mí. O al menos esperaba que me las explicaras antes de morir. Ahora ya sé que es imposible”. ¿Qué quería decir Beuys con esta especie de meta arte? Es difícil de decir; que cada cual extraiga sus conclusiones. Aunque la pregunta bien podría ser otra: ¿sacó algo en claro la liebre? Por otra parte, no es el único animal con el que trabajó Beuys: en la conocida acción Me gusta América y a América le gusto yo, de 1974, convivió en una galería neoyorquina durante siete días con un coyote (esta vez estaba vivo) a la vista del público. El artista hablaba con el animal, le ofrecía objetos y le leía el periódico. Parece que se hicieron amigos. Beuys era el prototípico artista cuyos conceptos eran más importantes que la obra misma.

6. El famoso urinario

"Finalmente la obra fue retirada (se consideró indecente), pero su marca indeleble en la historia ya estaba hecha"

Dicen que es una de las obras más importantes del siglo XX (al menos lo dijo una encuesta realizada entre 500 artistas galeristas y coleccionistas británicos) y, sin duda, es el origen de mucho de lo que hablamos aquí. A Marcel Duchamp le bastó con coger un urinario de porcelana blanca, ponerle una firma y un título ( “Fuente”), y colocarlo en una sala de arte en 1917 para cambiar el curso del río artístico. Duchamp era miembro de la Sociedad de Artistas Independientes que organizaba la exposición, y la idea era que se expusieran todas las obras presentadas. Bajo el pseudónimo R. Mutt presentó su urinario y les creó un buen desorden mental a los responsables: ¿aquello era arte o no? ¿debía de ser expuesto? ¿dónde estaba el límite? Era el inicio del arte conceptual (necesitábamos un arte basado en ideas) y el artista buscaba también con aquella acción desacralizar el arte tradicional, un poco a la manera dadaísta (movimiento del que fue algo así como un precursor). Finalmente la obra fue retirada (se consideró indecente), pero su marca indeleble en la historia ya estaba hecha. Duchamp y el coleccionista Walter Arensberg, que la compró con él, renunciaron a su pertenencia a la Sociedad. Por primera vez se ponía en cuestión de forma tan radical la naturaleza del arte y por primera vez se cogía un objeto cotidiano (un “ready-made” que diría Duchamp), fabricado de manera industrial y se decía que era artístico. ¿Es que el mero hecho de colocar algo en un espacio expositivo convierte a los objetos, por arte de magia, en objetos artísticos? ¿Y cuál es la importancia del discurso que rodea a la obra? Por lo menos, cada vez que veo un inodoro cascado en la calle, a las puertas de un edificio en obras, me pregunto si podría sacar de aquello una obra maestra. Y, sobre todo, cuánto dinero podría embolsarme.

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