Columnas

La triste vida de dos adolescentes que emigraron a Londres

María Yuste nos trae ‘Londinenses’, una historia sobre millennials españolas que huyen a Londres, en busca de una imposible vida mejor

Postureo, moda, fiestas, tristeza, jóvenes sin futuro y cultura pop: la editora de Efecto 2000 y periodista María Yuste ha escrito ‘Londinenses’, un relato sobre dos amigas que huyen a Londres en busca de una vida más luminosa, y que se encuentran con un lugar tan desasosegante como aquel del que proceden.

Ilustración de Joaquín Aldeguer.

Fotografía de Josefina Andrés.

En el primer cajón de mi escritorio guardo un sobre cerrado listo para enviar. Dentro solo hay una foto, la foto de un árbol pelado en una calle residencial. Dolores, la destinataria de la carta, y yo lo usábamos como punto de referencia para llegar del autobús a casa cuando vivimos juntas en Londres. Lo llamábamos el árbol de las estaciones porque, cuando llegamos a la ciudad, el otoño empezaba a hacer acto de presencia en lo alto de su copa caduca y se extendió por todas las ramas como una metáfora a través de la que vimos las estaciones pasar.

Otoño

Sobrevolaron, a oscuras, Londres iluminado con un viejo sueño adolescente deteriorado en la memoria y la ingenuidad de quienes aún creen el mundo a sus pies.

Aterrizaron en Heathrow un sábado por la noche de fiesta londinense y cogieron el metro ilusionadas por desconocimiento. Los fríos sonidos mecánicos pronto quedaron enterrados bajo un murmullo que se convirtió en jolgorio a medida que el tren se acercaba al centro. En su mismo vagón viajaba un sueco suajili que se llamaba “Negro” en sueco. El aliento le olía a gaseosa y se hidrataba las manos mientras se esforzaba en vano en ligar en un spanglish cutre. Intentando zafarse de él llegaron a un andén rodeadas de borrachos y otras drogas. Los coches pitaban a dos de ellos que se habían parado en medio de la carretera a dirigir el tráfico. Treintañeros en beanie y traje de noche fumaban y reían afuera de los pubs. Algún vaso se rompía. Los dos borrachos se acercaron a ellas y les quitaron las maletas como raro ofrecimiento irrevocable a guiarlas hasta el hotel. Eran altos, fuertes y tenían unas manos enormes. Por su paso firme inicial les pareció que al menos sabían lo que hacían pero daban vueltas, volvían sobre sus pasos y se paraban a mirar el mapa. En esas intentaban despacharlos con palabras amables y cortesía pero iban muy puestos y les besaban las manos y se las dejaban selladas con su saliva.

Pasaron de largo varias veces por delante del hotel sin reconocerlo. La entrada se asemejaba más a la sala de urgencias de un hospital y el gorila de seguridad de la puerta era el eslabón perdido entre la mezcla de dispensador de metadona y antro de mala muerte que era todo el sitio. Para llegar hasta su habitación atravesaron un pasillo angosto que se iba estrechando aún más a cada paso. Abrieron la puerta y a sus pies las recibió una sábana blanca empapada en una gran mancha oscura. Todas las luces estaban encendidas y a través de una rendija alcanzaron a ver el espejo empañado del cuarto de baño donde alguien se duchaba ajeno a su presencia.

Las reubicaron a una nueva habitación en la última planta con vistas a la mugre de Londres. El cuarto de baño no tenía puerta y la ducha era un desagüe en el suelo pero estaban juntas y a resguardo de la vida. Soledad abrió su maleta y un cursi neceser fucsia estampado en mariposas multicolor hizo reír a Dolores. Después de aquella bienvenida Dolores dijo que era como si se le hubieran corrido en la maleta. En su maleta de sueños mancillados. Londres las había recibido guasona y les había dejado las maletas llenas de semen imaginario.

Invierno

Encontraron una habitación para compartir en un edificio moderno cuyas extremas medidas antisuicidio le conferían el aspecto de un rallador de queso gigante. La habitación, de proporciones individuales, había sido adaptada para dos personas y se componía de dos camas de ochenta separadas por una mesilla a compartir, un armario dividido en dos por una línea de cinta adhesiva marrón y un escritorio con dos sillas sobre una moqueta polvorienta. A pesar de la falta de intimidad y de la temporalidad de una medida desesperada que el paso de las semanas iba revelando como permanente, aquellos escasos diez metros cuadrados se convirtieron en el refugio de una recién estrenada pero frágil independencia siempre a punto de desmoronarse.

Desde su ventana parcialmente bloqueada observaban el lago helado, la lluvia fina pero constante, los días siempre efímeros... bebían sidra de oferta esperando la llamada o el email que lo cambiase todo. Y si sentían la necesidad de salir a un mundo en el que se sentían desorientadas, andaban hasta el centro y deambulaban por los pasillos de algún supermercado eligiendo cuidadosamente algún producto con el que saltarse un racionamiento a veces por desempleadas, otras por precarias. Así, en la sección de licores y destilados, conocieron a Carla, una estudiante de medicina que se encontraba de año sabático en la ciudad. Carla era guapa como una estrella de cine y tenía la seguridad de quien siempre lo ha sido. Embutida en unos Easy Jean de American Apparel meneaba el culo con gracia en dirección al metro mientras contaba historias inverosímiles sobre apuestos desconocidos con los que siempre acababa follando detrás de unos arbustos en Hyde Park o sobre la mesa de algún Starbucks.

Carla las invitó a una fiesta en la residencia para cerebritos acaudalados en la que estaba interna. Una invitación formal para participar, por primera vez, del otro Londres.

La residencia, una vieja gloria medio destartalada y de iluminación mortecina, se notaba que debía de haber sido muy lujosa en algún punto de los años cincuenta. Una monja las recibió y las condujo hasta un sótano. A la izquierda, un grupo de jóvenes ataviados con ropa tradicional de la India se arremolinaba alrededor de un sofá. Se mostraban incómodos, aunque más que por verse atrapados en aquellas vestimentas, de verse atrapados en sus propios cuerpos. Al otro lado, junto a la barra, un puñado de chicas con ropa de calle bebían cerveza y charlaban animadamente. Entre ellas se encontraba Carla. Las luces se apagaron y la canción de Slumudog Millionaire empezó a retumbar por toda la habitación. Los jóvenes incómodos tomaron posiciones en el centro de la habitación para ejecutar una coreografía de bollywood. Aquello estaba pasando. Soledad y Dolores bordearon la danza y se unieron a Carla en la barra, en el otro Londres, donde “interna” era el eufemismo elegante para el servicio y los Easy Jean eran de imitación.

Primavera

Emma salió de clase y miró de soslayo a Soledad que, como siempre, la esperaba puntual con la merienda. Pero Emma pasó de largo y Soledad la siguió con resignación intentando no perderla de vista entre la gente. La primavera había empezado pero aún no había llegado y unos copos de nieve caían tímidamente para morir al tocar el suelo. Emma aceleraba el paso intentando acrecentar aún más la distancia que las separaba y cuando notó que Soledad hacia lo mismo, aunque fingía no hacer grandes esfuerzos por acortarla, echó a correr. La encontró sentada en los escalones de la entrada de su casa. Respiraba con dificultad y las lágrimas se le mezclaban en las mejillas con la nieve derretida. El tiempo empeoraba. Soledad se sentó a su lado. Aquel era el momento de debilidad que todas las series de televisión consumidas durante su educación sentimental habían marcado como el idóneo para acercar posiciones con un ser esquivo.

—Sé que sufres y con eso no te puedo ayudar pero no estás sola. Así que, ¿por qué no intentamos pasar este rato hasta que lleguen tus padres lo mejor posible?

Aún le faltaba un final con gancho. Una sentencia trascendental. Algo cursi.

—¿Sabes?, todo el tiempo que en tu vida pases enfadada será tiempo absolutamente perdido.

¡PUM!

Emma la miró y se limpió las lágrimas con la manga del suéter.

—Yo sí que pierdo el tiempo contigo.—y se metió corriendo en su adosado de South Kensington.

De vuelta a la habitación, Dolores estaba tumbada sobre la moqueta y escuchaba una canción deprimente iluminada tan solo por la luz tenue que se desprendía de la pantalla de su portátil. Aquello solo podía anunciar la aparición de uno de los brotes en los que Dolores vivía sumida en el sufrimiento y el miedo a la muerte que le producían unas enfermedades que, en realidad, no padecía. De repente y de la formas más absurdas, los dolores de cabeza comunes se convertían en tumores, los golpes en hemorragias y los sabores extraños en comida envenenada. Encima del escritorio había una taza con té accidentalmente contaminado con productos de limpieza. O estaban intentando eliminar a un espía ruso en el edificio y se había equivocado de habitación. No sé. Soledad cogió la taza y se bebió de un trago el té envenenado con la ansiedad de Dolores. “La nostalgia de lo que nunca seré juega con mis ganas de echar a correr”, cantaba ahora una voz masculina desganada.

Verano

Soledad fingía dormir junto al profesor de piano de Emma. Se habían conocido trabajando para la familia y habían salido juntos par de veces. A las madres del vecindario les gustaba pensar que se parecía a Ashton Kutcker pero no era cierto y cuanto más vino había bebido la noche anterior, menos se lo había ido pareciendo a Soledad. Cerca de ellos, un grupo de amigas habían estado celebrando un cumpleaños mientras “Ashton” le había dado los peores besos de su vida. Ahora, tirada en una cama con la ropa de ayer y restos de semen resecos en el pelo pensaba en ello y en cómo había preferido estar con Dolores en casa riéndose de alguna película cutre en vez de en medio de aquel intento desesperado y fallido por sentirse parte de la ciudad.

Volvió con el primer metro. Dolores estaba despierta y lloraba ante el Medline por un embarazo no deseado y sin ninguna posibilidad de que se hubiera producido. Caminaron hasta el supermercado más cercano. El sol brillaba en una tranquilidad que se había apoderado de todo el barrio. En el súper un flujo de gente sorprendentemente numeroso hacía la compra antes de entrar a trabajar. Iban de un lado a otro con las cestas colgando del brazo, se agachaban y sacaban sus carteras como parte de una coreografía de la ciudad de la que nadie se percataba formar parte. Dolores pidió el test de embarazo más caro esforzándose por esbozar una gran sonrisa y proyectar el tono de voz positivo que se imaginaba que tendría alguien que se hubiera pasado la noche intentando quedarse embarazada de su marido banquero. Aún así no consiguió que el dependiente le sostuviera la mirada mientras le devolvía el cambio.

De vuelta pasaron por delante del árbol de las estaciones. La vida había vuelto a él y sus hojas de un verde brillante se alzaban victoriosas hacia el cielo. Siguieron adelante.

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