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2012 en trending topics

Las diez claves que han marcado, en lo musical, el carácter del año que ya se acaba

Empezamos a repasar lo que ha dado de sí 2012 –¡ya se nos acaba!– y, antes de saturaros con las listas, os ofrecemos una panorámica-resumen de ideas, conceptos y corrientes que han sido relevantes en los últimos meses, desde el fin del mundo a… sí, la ubicua Lana del Rey.

Al acabar 2011 decíamos aquí que hay dos maneras de medir la influencia creativa del año en el gran teatro de la historia (en este caso, la historia reciente): por su capacidad de generar corrientes de ruptura o por ser momentos de transición y estabilización de momentos creativos emergidos un tiempo atrás. El problema que hemos tenido durante mucho tiempo es que no hemos aprendido a ser pacientes y nos hemos dejado llevar como por un tobogán rápido cuesta abajo arrastrados por el signo de los tiempos; hemos creído que todo debía ser velocidad, cambio constante y frenético (y profundo), y no hemos sabido comprender que el tiempo y el movimiento –aquí nos alineamos junto con Parménides y apartamos de nuestro pensamiento a Heráclito– son cuestiones inanes, y que a veces se necesita que trascurran los años para comprender el efecto y el significado de las cosas.

¿Qué clase de año ha sido 2012? Es difícil de decir, porque 2012 ha sido un año raro: tenemos la sensación de que todo sigue igual que antes –e incluso peor; sólo hay que observar nuestra situación económica y política en todo occidente, que parece que se sale pero no–, y como ya ocurría en 2011, tenemos a la vez la sensación de que el cambio ha comenzado a producirse, que vamos hacia un lugar en la historia distinto e impredecible. En la música ocurre igual: se avistan a lo lejos novedades, como tierra desde un barco a la deriva, pero todavía borrosas en el horizonte, creemos que todo sigue igual, pero a la vez algo (todo) está cambiando. Lo que no sabemos es si este cambio es a mejor o a peor. Tiempos de incertidumbre y de tibias asunciones de riesgos que a continuación vamos a destripar en diez apartados clave. Los trending topics de 2012, hasta donde hemos sabido ver, han sido estos.

1. El fin del mundo

¿Qué ocurrirá el 21 de diciembre? En lo astronómico, una alineación de varios planetas en el mismo plano de la eclíptica que lleva a pensar que entraremos en una nueva era astrológica, la era de acuario, por la que durante tanto tiempo ha suspirado la cultura macrobiótica y tardo-budista de la new age –y no es de extrañar, por tanto, que en los últimos años se haya activado ésta misma, como música y como movimiento espiritual; algo se estaba preparando–. Luego está quien se toma al pie de la letra las profecías mayas a lo Paco Rabanne en 2000 y cree que se acabará el mundo, o que entraremos en una nueva era espiritual, o incluso que habrá un cataclismo que lo cambiará todo tras el desplazamiento del eje de rotación de la Tierra, como sostiene el Mito Polar (en el que tanto creía Hitler). Pase lo que pase, la idea se ha instalado en el imaginario popular, lleva ya bastante tiempo ahí, y estamos a la espera de que llegue el momento: a ver qué pasa, si es que pasa algo. Esta idea motriz es la que está detrás un puñado de discos importantes del año: “(III)” de Crystal Castles es un reflejo de la distopía de un mundo en guerra, “Allelujah! Don’t Bend! Ascend!” de Godspeed You! Black Emperor ha reaparecido justo en el momento oportuno para ofrecer otra convulsa masa de crescendos épicos que intenta reproducir la electricidad de un mundo en crisis, y algunos de los títulos que finalmente aparecerán en las listas de mejores álbumes de 2012 parecen callejones sin salida, rendiciones, imágenes del apocalipsis o llamadas a la revuelta –y al cambio absoluto– como “The Seer” (Swans), los dos de Death Grips, la oscuridad impenetrable del debut de Raime o la reedición de todos los “Disintegration Loops” de William Basinski. Tampoco parece casual que el terrorífico nuevo álbum de Scott Walker se publique este próximo lunes. Y si no son discos sobre el fin del mundo, sí son discos para un mundo que parece estar abocado a su fin (tal como lo conocemos, citando a REM).

2. Psicodelia

De acuerdo, este lugar apesta. ¿Qué se puede hacer, entonces? Cambiarlo y describirlo con criterio crítico, claro. También resignarse, qué remedio, al fin y al cabo somos hormigas en una mota de polvo que flota en el espacio. O huir muy lejos (que viene a ser Berlín o Londres, a falta de colonias en Marte). El revival psicodélico, con la mirada muy fija en los años 60 –o sea, los Beatles de “Sgt. Pepper”, Hendrix, etc.– y del que ya hemos empezado a conocer algunas obras importantes, ha tenido este año dos nombres esenciales: Tame Impala, con un segundo álbum todavía más flipado ( “Lonerism”) y el hiperactivo Ty Segall, que se ha escrito nada menos que cuatro discos en 12 meses y que representa él solo el triunfo de ese sonido retro, garagero, invadido por guitarras con fuzz y muchos acordes fosforescentes reluciendo entre charcos de barro. Este revival psicodélico hacía ya un tiempo que venía avisando desde el underground (¿a alguien le suenan Animal Collective?) y ha empezado a asomar la cabeza y parte del tronco para lanzarse a la conquista de la superficie con los renovados Ariel Pink, Moon Duo y Grizzly Bear, más los debutantes White Fence, Django Django y TOY. ¿Volverá el LSD en 2013?

3. Pervivencia analógica

Hay una variante psicodélica que son ‘los discos de agua’ –ejemplo: “Held”, de Holy Other, que parece flotar sobre un lago en el atardecer de invierno–, y se ha escrito por ahí una palabra muy bonita, waterdelia, que sin embargo todavía quedará como una curiosidad y una licencia poética refinada, pero licencia al fin y al cabo. Pero hay otra que lleva instalada desde hace tres años entre las corrientes dominantes de la música que busca aventuras más allá de la realidad, que es la de la música sintética basada en el rescate y reactivación de viejos mamotretos analógicos e inspirada en la música cósmica y planeadora alemana. Fue en 2009 cuando apuntaba el fenómeno con el boom para minorías de Oneohtrix Point Never, alcanzó sus primeras cotas elevadas en 2010 con Emeralds, y aquí seguimos con los mismos protagonistas de siempre perfeccionando su lenguaje. ¿Es el nuevo álbum de Emeralds el mejor hasta ahora de su carrera? Si no el mejor, sí el que mejor radiografía su estilo, que se localiza sobre todo en los vinilos que planchan los sellos Spectrum Spools (Container, Motion Sickness Of Time Travel, Forma, Bee Mask) y Software (Hecker & Lopatin). Pero que la música cósmica sigue siendo una fuerza notable se percibe sobre todo en el abundante material reeditado y el profundo trabajo arqueológico que nos ha traído de nuevo joyas como “The Expanding Universe”, de Laurie Spiegel.

4. Minimalismo

Se le está buscando ya un recambio al revival planeador, que lleva ahí mucho tiempo y se nos va a romper de tanto usarlo, como el amor a Rocío Jurado, y quizá el relevo esté en la misma década –los años 70– y en otro movimiento de vanguardia, en este caso más culto: el minimalismo americano, sobre todo el de compositores como Terry Riley y Steve Reich –y no tanto el cíclico Philip Glass, a pesar de que este año se le haya rendido tributo en forma de doble CD de remixes, con Beck entre los invitados–. Muchos jóvenes artistas están buscando su inspiración en la ‘música seria’, pero por supuesto en su dimensión más accesible, tonal, melódica, y no debería extrañarnos, por ejemplo, que el nuevo álbum de Dan Deacon, “America”, parezca una mezcla entre Aaron Copland, el Sufjan Stevens de “The Age of Adz”, Fuck Buttons y el Steve Reich de “Different Trains”. En ciertos ámbitos del pop se está avanzando hacia una nueva complejidad que ha dado algunos títulos para el recuerdo, como “Visions” de Grimes –el tipo de canciones que haría una nerd con tres carreras adicta a internet– y el delicioso “Ekstasis” de Julia Holter, que además de citar a Steve Reich –también ocurre en el segundo álbum de How To Dress Well– se deshace en cuerdas de muchísimo valor impresionista. Esfuerzos por reconciliar la música clásica y la popular en un único cauce, poderoso y repleto de belleza.

5. EDM

Antes hablábamos de huir: el fenómeno EDM –siglas de ‘electronic dance music’; así es como los yanquis hacen marketing– es probablemente el momento electrónico más escapista en años, el equivalente en Norteamérica de las grandes raves europeas de los 90 y de los campos de fútbol rebosantes de chavales vestidos de blanco y con una píldora entre pecho y espalda del trance de hace una década. El estallido de la música dance populista en Estados Unidos ha sido tardío, pero cuando lo ha hecho se ha llevado consigo las ganas de evasión, fiesta y desorden químico de una juventud que ha encontrado en Steve Aoki, Skrillex, Avicii, David Ghetta y deadmau5 el nuevo rock’n’roll. La aparición de la movida EDM ha alterado el mapa de influencia mundial en el planeta, lógicamente: el dinero ahora se mueve en Estados Unidos –razón, por ejemplo, por la que Sónar ha desembarcado allí con una gira por varias ciudades, incluyendo Canadá–, y aunque los resultados artísticos todavía están por ver (por aquí sólo nos ha traído la tragedia del Madrid Arena, o sea, un asco todo), se ha alterado definitivamente el equilibrio del star system planetario, y hasta la revista Forbes publica listas con los DJs más multimillonarios. No hay que padecer por el underground –sigue bullente en todas partes–, pero en breve empezaremos a ver quién se mantiene fiel a unos presupuestos creativos innegociables y quién se cambia de chaqueta por un puñado de dólares (sí, esto va por ti, Richie).

6. Techno y house: erupciones y fogonazos

Ese underground electrónico ha sufrido interesantes reacciones alérgicas en los últimos doce años. Una, por ejemplo, es la de un techno aún más pustuloso, negro y feísta que el de años anteriores. A medida que se iba rebajando la velocidad y se entraba en un túnel de oscuridad gracias a sellos como Blackest Ever Black y Sandwell District, las últimas modificaciones de la receta pasan por un sonido sucio, lo-fi, improvisado y vomitado a chorros como el de Vatican Shadow o Pete Swanson, que a finales del año pasado ya avisaban de sus intenciones y que han estado durante meses utilizando la táctica del acoso y derribo de los pilares del techno limpio y tradicional, en colaboración con los ‘anónimos’ y los visigodos de antes –Regis, Ancient Methods, Rrose, Blawan–, que ahora expulsan ácido y mala leche como Nacho Vidal chorrea semen: sin descanso, a borbotones y con mucha espesura y/o viscosidad. Proyectos como Karenn (la alianza de Pariah y Blawan haciendo el hotentote), acid techno de una elasticidad mugrosa, hacen que los puristas aferrados a Detroit suenen ya como viejos cascarrabias. En el apartado house, el sonido deep limpísimo y previsible de hace unas temporadas ha empezado a bucear a fondo en la vieja escuela más inexplorada, tanto en forma de reediciones –The Burrell Brothers, Elbee Bad, toda la escena voguing de los 80 que nos ha traído a maestros actuales del Jersey House como MikeQ o Bicep– y a retorcerse en mutaciones como la de Sensate Focus, el giro experimental y neo-glitch de Mark Fell, que ha sido del agrado de una minoría, pero refrescante en su campo.

7. Trap

Grime, dubstep, UK Funky… son etiquetas que ahí están, que existen, que generan sus ventas y mueven un circuito, pero no ha habido grandes rupturas en el continuum hardcore, más allá de variantes geográficas por ahora testimoniales. Pero en esa olla a presión que es la estética bass, en ese enjambre de jóvenes productores adictos a las bajas frecuencias, la etiqueta que ha prevalecido por encima de cualquier otra en 2012 es trap. Trap es la unión de esos beats sintéticos, con brillo de neón y ritmo saltón, del hip hop sureño arrimado a todo el aparato experimental del UK bass, como un cruce bastardo entre el sonido wonky de Rustie y las producciones bling-bling para Gucci Mane. Quien más quien menos ha ido abrazando el trap en los últimos meses (recambio refrescante a la sobredosis footwork de 2011), desde reputados productores del subsuelo inglés como Om Unit a sellos que no han tenido problemas en fichar artistas de manera puntual, como la introducción de TNGHT (Lunice + Hudson Mohawke) en Warp y el padrinazgo de LuckyMe al bárbaro neoyorquino Baauer, que alterna el trap más o menos ortodoxo con cañonazos de jumpstyle y demás variantes del hardcore techno holandés. Más allá de ahí, otros nombres que han acaparado el buzz feed de los blogs de medio mundo: UZI, Flosstradamus… Ahora hay que esperar a que las producciones trap lleguen al mainstream del rap en 2013.

8. Rap: confusion is sex

Ha sido el año de las chicas raperas: Azealia Banks posponiendo su debut y jugando al ratón y al gato, Iggy Azalea copiando actitud pero en white thrash, Nicki Minaj lanzando su segundo disco y reeditándolo expandido a final del año –una máquina de hacer billetes tan rotunda como su trasero–, la wannabe Kreyshawn… El hip hop de consumo y dirigido a hipsters y adolescentes por igual ha encontrado la manera de renovarse por la siempre maltratada y menospreciada vía del género. Y también en el transgénero: la ola del queer rap –travestis que rapean, como Mykki Blanco– ha puesto en común el tipo de producciones tipo XXXChange con las teorías sociológicas de Camille Paglia, a la vez que maniobras como el outing de Frank Ocean, que se declaró bisexual una semana antes de la salida a la venta de “Channel Ocean” (lo que se llama ‘hacerse un Miquel Iceta’) han planteado por fin el debate de la homosexualidad en la escena urban.

9. Nuevas estrellas, nuevas trincheras

En el hip hop y el R&B todo sigue más o menos como hasta hace poco: el territorio de pruebas de las mixtapes es un espacio fecundo para la emergencia de nuevos talentos, de hecho de ahí salieron el año pasado Kendrick Lamar y Big K.R.I.T., que han dado por fin el salto a una multinacional con excelentes resultados en forma de “good kid, m.A.A.d. city” y “Live From The Underground”, respectivamente (no así A$AP Rocky, que tras remover el fondo del underground el año pasado va a pasar 2012 casi en blanco y sin su álbum para RCA sin editarse). El sur sigue fuerte, dominado por Rick Ross y su crew de Maybach Music, y se reorganizan los frentes de resistencia tanto en el oeste (Schoolboy Q, el mencionado Kendrick Lamar) como en el este, donde Roc Marciano y KA han firmado álbumes que suenan más puros e inviolables que una doncella en su torre de marfil, previamente vestida con cinturón de castidad. Mientras tanto, el R&B sigue buscando una nueva identidad tras el terremoto de The Weeknd el año pasado: ¿se vuelve indie y arriesga más, como han hecho Miguel y Jeremih, o se sigue quedando pastel, como el infame nuevo disco de Chris Brown o lo que viene haciendo desde siempre Rihanna? Parece evidente que es lo primero, pero la industria aún no lo ve tan claro. Tendrán que llamar a Sandro Rey.

10. Castas divas (y no tan castas)

Seguro que, al ir a comerte tu sopa un mediodía cualquiera, te has encontrado ahí, flotando entre los fideos, a Lana del Rey. Es normal: la chica ha estado en todas partes, no sólo con su esperado (y decepcionante al principio, aunque tenga algo de grower, pero no mucho) álbum de debut, “Born To Die”, sino reeditándolo con temas extra a finales de año, soltando vídeos a un ritmo infernal y dejándose remezclar por TODO EL MUNDO. Ya no hablamos de su trabajo como modelo para H&M, porque entonces el espacio ocupado por este texto empezaría a alcanzar extensiones propias de “Guerra y Paz”. Lana del Rey, además, es significativa porque exacerba la idea de la diva pop de esta década: emergida de internet, multidisciplinar (hace pasarela, canta, actúa), con un halo fatalista y cool, lánguida y muy hiperactiva en la red, siempre con un equipo de marketing detrás que sabe dosificar la salida de su nuevo material de promo, ya sea una nueva canción, una foto, un remix o un escándalo. En esta misma línea de activismo 2.0 en paralelo con el satín de las revistas de tendencias y del corazón/colorín, han funcionado niñas como Sky Ferreira, Azealia Banks y hasta Solange, la hermanísima de Beyoncé, que va en camino de ser musa indie en 2013 tras unir fuerzas con el blipster por excelencia (Dev Haines) y Chris Taylor, de Grizzly Bear, que le ha cedido su exclusivísimo sello Terrible Records. Aunque si una diva nos ha brindado un disco para el recuerdo, esa es Jessie Ware, una Sade blanca (y con un buen moño) para el siglo XXI, que canta bien, suspira mejor y huye, como gato del agua, del look zorrón.

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