Columnas

A través de carreteras de fuego

Un bestiario oculto de América

Fotografía de portada: EBDragons: Los Dragones posan frente al bar de Helen, Oakland. Septiembre de 1966. EBD Archive.

«¡Mi gran culo negro os manda a la mierda!»

LeRoi Jones, El metro fantasma. 

Antes. 25 de mayo de 1959.

Parque de Alum Rock, San José.

Los visitantes llegaron a bordo de potentes Harleys 74, bestias esqueléticas y transformadas, escupiendo y traqueteando justo en dirección hacia ellos. Marchaban en formación —disciplinados, obedientes, rígidos— como si fueran un hambriento Ejército Negro, desertores de la vieja guerra civil, partisanos en medio de una tierra árida y bajo un sol cegador. La Amenaza. Familias enteras, rodeadas por sus hijos que en esos instantes jugueteaban alegremente sobre la hierba, se habían reunido bajo el sol de aquella hermosa mañana. Todas las previsiones anunciaban un día alegre y anodino, una estampa perfecta en medio de Alum Rock.

Y entonces, algo sucedió.

El atronador ruido hizo que todas las cabezas se girasen hacia la carretera. Los hombres lobo entraron apestando a gasolina y sudor a bordo de sus caballos metálicos, como si preparasen una emboscada fatal, con sus máquinas resoplando y aullando. Avanzaban imparables, aproximándose con la mirada fija, divisando el campo de operaciones como sargentos al frente de un batallón de locos maníacos. La Amenaza.

Los padres encabezaron una huida pavorosa, recogiendo todas sus pertenencias y organizando a sus familias. En caso de un ataque furtivo, mantenerse unidos y juntos sería la mejor opción, pensaron todos. Luego, emprendieron la estampida.

25 de mayo de 1959. Día de los Caídos.

Primera incursión desde el gueto de Oakland.

Comienzo de una epopeya contemporánea.

El Ejército Negro había salido al amanecer. Durante más de cinco horas avanzó decidido a través de interminables carreteras, horizontes de fuego sobre los que quemar las ruedas, dejando atrás Oakland y la bahía como zonas de guerra, enclaves en llamas. América. Paseaban veloces y libres, atravesando campos de muerte, desoladores pueblos bajo un sol rojo como hierro candente. Territorios devastados. Puntos distribuidos a lo largo de la carretera. Estrellas cromadas sobre un firmamento de asfalto. Motores rugiendo, revolucionados, intoxicando el aire con sus tubos de escape trucados y el embrague suicida siempre a punto. Nuevos heraldos del viejo mundo, de un pasado preindustrial y primitivo. El futuro no importaba cuando se estaba ahí arriba, sobrecogidos por la presencia de algo indescifrable y dominando la tierra en aquel trono reservado para reyes y emperadores. La Amenaza.

La columna se detuvo en casa de Heavy Evans, un aliado de la horda que vivía en Menlo Park, San Mateo. Su casa estaba decorada con decenas de viejas fotografías, carteles en color sepia, parches y emblemas que recordaban de qué iba todo aquello. Evans era un corredor veterano coleccionista de máquinas que había ganado en carreras por toda California. Todos le temían. No tenía rival. Sus contrincantes solían salir a todo gas, mientras el astuto Evans, durante dos o tres segundos que parecían eternos, mantenía su rueda delantera suspendida en el aire. El motor, encabritado y aullando, ganaba potencia. Luego, nada más pisar el suelo, salía disparado a una velocidad endiablada, como si fuese la bala de un cañón. Evans era un Rey Negro y su leyenda permanecía intacta y perfecta. Fue entonces cuando allí, en aquel fantástico templo improvisado, aquellos hombres certificaron la gesta: el primer club de motoristas forajidos enteramente negro que paseaba por California.

King Cobras MC en el parque De Fremery en un acto de los Panteras Negras (julio 1968). Fotografía de Ruth-Marion Baruch.

Poco después regresaron al ardiente asfalto, serpenteando entre el paisaje seco y árido de Palo Alto. Al frente de la milicia estaba su caudillo, Tobie Gene Levingston. Arrogantes y seguros, atravesando lugares bautizados con nombres que hablaban de los primeros pobladores, de los españoles que tiempo atrás habitaron aquellas tierras y que disputaron a sangre y fuego cada pedazo de territorio. San Carlos, San Gregorio, Santa Clara, San José, Saratoga (los cuerpos de cientos de combatientes repartidos entre el barro y las riberas de ríos, caídos bajo el fuego de los mosquetes y de los fusiles de corto alcance). Nombres de santos y batallas, recuerdos imborrables de un pasado épico. La infamia de los derrotados. Líneas rojizas extendiéndose hasta donde la vista alcanzaba. Una belleza brutal y siniestra. Una mala sombra. Desafiantes como unos modernos y bestiales Buffalo Soldiers abocados al desastre. Saben que nada podrá detenerlos. Nada a sus espaldas. Avanzar. Prevalecer. La Amenaza. Los Locos de las Motos y su lealtad suicida, sin rivales ni oposición capaces de hacerles morder el polvo y dar marcha atrás, retroceder, volver por el mismo lugar en que llegaron. Desaparecer.

«¡Aquí llegan los sucios Dragones!», alguien gritó y todos rieron; otro contestó a pesar del ruido, y una jauría de voces se instaló en la carretera vacía. Mientras rodaban, algunos chillaban al viento, esperando una respuesta que llegase de las filas de atrás o desde el comienzo de la tropa. Todo el mundo se detenía a presenciar aquella visión espectral. Los conductores de los coches con que se cruzaban alzaban la vista y se quedaban atónitos, igual que si fueran estatuas de sal, tras lo cual pisaban a fondo el acelerador para así dejar atrás a aquellos Diablos del Desierto, una milicia negra sobre ruedas en el corazón de California. El demonio liberado. Puro miedo. Pura vida. La Amenaza.

El plan era marchar libres y a muerte hasta Alum Rock, pero jamás poner un pie en San Leandro. Aquel lugar gozaba de una fama terrible. Fundado por inmigrantes portugueses, en su día explotados y marginados. Una vez que prosperaron empezaron a tratar a todo el mundo peor de lo que habían sido tratados ellos mismos. Purgaban aquel rencor a costa de visitantes que relataban emboscadas policiales contra motoristas, ya fuesen blancos o negros. Las visiones resultaban espantosas. Grupos de voluntarios, basura blanca buscando camorra, armados con palos y barras de hierro. «Cuando yo llegué a Oakland, en los cincuenta, no había violencia y podías ir andando adonde quisieras sin problema —confiesa Tobie—. San Leandro era distinto. Allí, si tenías la piel oscura, en cinco minutos tenías a la poli encima». Siempre era posible reclutar a una docena de hombres curtidos en peleas de bar y linchamientos de negros. Al atravesar la ciudad y acercarte a uno de sus teatros, se debía ser muy rápido para ocultarse y lograr entrar al local, pero, al salir, seguro que la noticia había circulado lo suficiente para que estuvieran esperando un buen puñado de policías, alguno de los cuales compartiría su empleo con su pertenencia a alguna fraternidad aria, todos ellos dispuestos a crear problemas. Una encerrona segura. Un robo inexistente, una violación sin aclarar, cualquier tipo de excusa y misteriosamente tu descripción encajaba. Sospechoso finalmente detenido. Un juicio improvisado en algún antro o en el sótano de la comisaría. El extraño y terrorífico aspecto de los hombres reunidos alrededor de una cruz en llamas. El no rostro de la lúgubre sábana. El sadismo organizado y el ominoso odio ancestral. Con suerte, al día siguiente te pondrían de patitas en la calle, con algún hueso roto y tu máquina completamente destrozada. Así que la consigna era clara: huir como fuese hasta desaparecer por siempre jamás.

San Leandro era un territorio prohibido, aunque no inexpugnable. Pronto sería violado, una y otra vez, cuando los forajidos se convirtieron en una fuerza mortífera, incluso para todos los policías del lugar, y lograr frenarlos por la fuerza se consideraba una completa temeridad. Y no solo San Leandro, porque ¿quién podría hacer frente a aquellos tipos? ¿Quién era capaz de detener a la horda motorizada? El problema…, el problema eran las más que probables bajas. Y entonces tuvo que salir de su madriguera J. Edgar Hoover junto al fiscal Lynch y todos sus trucos de magia en forma de informes falsos, chivatos, operaciones secretas y dinero contante y sonante para conseguir detenerlos y expulsarlos de una Babilonia sagrada y agonizante.

Así que aquí estaban, por fin.

Los nuevos tiempos habían llegado.

Cuando regresaron a Oakland, todos los policías de la zona (todos–los–policías–blancos–de–la–zona) ya habían recibido avisos de ciudadanos aterrorizados que relataban lo que para ellos había sido una especie de asalto perpetrado por grupos de comanches. Identificarlos era sencillo. Entonces ponían en marcha un calculado espectáculo intimidatorio. Barreras policiales en la entrada de la ciudad esperando la llegada de la chusma psicópata, todos con el rostro tenso y aspecto marcial. Aquel circo funcionaba y las bestias entraban en acción, apretando los puños, sintiendo como aumentaban las vibraciones, un ronroneo creciente justo en la punta de los pies, la dulce adrenalina que engancha y te convierte en un adicto a la implacable venganza de la ley. El viejo estilo de la pasma, furiosa y arrogante, escupiendo al suelo al divisar a aquel atajo de negros locos. Lo importante era agotar al adversario y no caer en sus provocaciones hasta que el maldito enemigo se diese por vencido. La táctica se remontaba a casi un siglo, a la experiencia de otros puñados de negros que, al igual que ellos, habían decidido resistir y avanzar en medio del fango y la desesperación. No podrán pararnos.

Black Cowboys: Kwasi Seitu Asantey, Black cowboys (1972-1974). De izquierda a derecha: Isom Dart, Nat Love y Bill Picket.

Cara a cara con la ley, los forajidos sabían de qué iba todo eso, pero aquel teatro siempre resultaba peligroso. Se improvisaba demasiado y los diálogos de los actores —excesivamente forzados y acartonados— se repetían hasta la náusea. No pierdas detalle. Quédate en tu sitio y que todas las unidades estén listas por si las cosas se ponen feas y tengamos que empezar nosotros el baile. Todos los papeles en regla. Un agente: «¿Y las motocicletas? ¿De dónde las habéis robado?». Respuesta: «No las hemos robado. Las hemos fabricado nosotros mismos».

Números de serie impecables. Papeles en regla. Un registro superficial y protocolario. No hay armas. No hay drogas. De vuelta a casa, libres de las manos de la ley. Pero no han mirado bien. Han sido descuidados. No han metido la nariz en esos lugares en que una pequeña arma puede ocultarse sin dificultad. Un breve respiro antes de que lleguen los tiempos salvajes, cuando Oakland se convierta en un fortín armado y el sargento Hilliard tenga que atiborrarse de pastillas antes de dormir (tras los cristales de su ventana se representaba la fantasía negra: los rostros de decenas de panteras negras trepando hasta allí con un enorme y afilado cuchillo apretado entre los dientes).

Desmontaron ordenadamente de sus choppers multicolores que aparcaron formando una línea casi perfecta. Todos estaban con la tensión por las nubes, aullando, rabiosos y radiantes. Tan solo unos cuantos llevaban chaquetas negras de cuero (los forajidos negros eran pobres y debían conformarse con prendas de material sintético o de imitación), pero daba igual. En conjunto, el grupo tenía una imagen amenazadora, con su brutal uniforme, sus malos modos y su completo desprecio por la autoridad. Las armas estaban bien escondidas bajo los asientos. Algunos cubrían las chaquetas con chalecos negros sobre los que exhibían todo tipo de emblemas y fetiches oscuros, como calaveras y cadenas. La ropa estaba intencionadamente cubierta de aceite, lo que le daba un aspecto sucio y harapiento, además de resistir mejor la lluvia, el polvo y todo tipo de líquidos. La costumbre era usar siempre los mismos pantalones, que con el tiempo formaban una sustancia pringosa, acartonada e indefinida que apestaba a muchos metros de distancia. Las botas eran las típicas que se usaban en las fábricas de la zona. Sus cabezas estaban cubiertas con boinas negras, pequeños sombreros o bandanas. Ninguno solía usar casco de protección, entonces vetado según el particular código forajido. El riesgo era evidente y una caída a poca velocidad podía llegar a ser mortal (el casco limitaba la experiencia de la conducción salvaje, aunque todos eran conscientes del riesgo de un accidente; circulaban muchas historias acerca de motoristas que acababan con el cráneo destrozado o postrados de por vida en una silla de ruedas). Sin embargo, el club tenía algunos cascos personalizados con los nombres de sus miembros en un lateral: Shiny Shit, Filthy Phil, Sweet Lee, Popsy. Apodos de combate. Todos juntos. Todos locos. 

En sus espaldas se situaba lo más importante e imprescindible. Este era el lugar donde lucía en grande el nombre del club:

Los Dragones de la Bahía del Este

Bajo este, en colores amarillo y verde, aparecía la inconfundible imagen del dragón. Al lado del nombre se leía la mención «MC» (Club Motorista) y la referencia a su origen, Oakland. Además, Tobie mostraba un parche donde podía leerse su nombre junto a la mención «Presidente». El aspecto del grupo era demencial, aunque cuidadosamente diseñado para infundir temor y respeto, nada que ver con la pulcritud de otros clubs negros absolutamente civilizados, como los Star Riders. No, aquello era diferente. Era otro mundo, otra historia que operaba de forma subterránea y casi secreta en esa otra guerra que libraba América a través de carreteras de fuego. Esta era la otra mitad, la otra América, su parte maldita.

La Hermandad Forajida Negra había nacido.

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