Columnas

El touchdown definitivo

Carlos Vareno

Britney SpearsSí la poca memoria que nos queda no nos falla demasiado, quizás, se podría decir que desde aquella peli en la que Dante descendía por los círculos infernales, rara vez se había visto por estos lares confusos de la actualidad una historia de pecado y redención como la que últimamente hemos presenciado de la mano de Britney Spears. The story so far, como diría nuestro Alghieri personal y tuneado, cómo no, siempre a nuestro postmoderno antojo, goes this way: Spears, Britney spears, novia y putona de las Américas, sueño húmedo de pederastas y alterofílicos con gusto por las espaldas humbrosas, un día, en una tarde de cielos hinchados y de aullidos inaudibles, -como diría aquél-, cansada y avergonzada de su sempiterna imagen de tierna adolescente decide aceptar finalmente en su facebook privado la petición de friendship de Paris Hilton que tanto tiempo había aguardado en su bandeja de correo de Gmail.

Pronto se embarcaría en contra de los principios de su iglesia y sus ideales republicanos en una espiral de drogas y galas benéficas non stop, vomito en vómito por todas las salas vips del globo, y de noche a noche saliendo de hummers y limusinas ante los flashes del personal enseñando el chumino depilado en prime time y con una sonrisa asomándole por la comisura de los labios marca de la casa Hilton. Coño y carcajadas, presenciando el que era uno de los subidones mediáticos y antimorales del año, puro punk, pero el de sextape descargada en rapidshare y chihuahua propenso a terapias de lectura de áurea, disfrutábamos, el público, de lo lindo con toda la carne puesta en el asador, chamuscadita y doradita, como a nosotros nos gusta, expectantes y anhelantes de una chispa que avivase un fuego galopante, como una vena que palpitaba y palpitaba las 24 horas en las sienes de nuestra nueva Britney fiestera. La leyenda definitivamente se iba forjando minuto a minuto a golpe de click y de prepucio enrojecido.

Llegaron los comas etilicos, los divorcios take away, y los niños correteando desamparados a las cuatro de la tarde por el dormitorio de una mamá Britney aún bajo los efectos somníferos del valium; hasta que llegó lo inevitable, lo largamente esperado por todos, el que iba a ser el touchdown definiftivo, el salto de Pressing Catch en la lona de asfalto del ring de nuestros días: un rasurado al cero, y unas pupilas dilatadas como agujeros negros deambulantes sin rumbo alguno por las calles de los Ángeles, perseguida, pobre de ella, a todas horas por una horda de fotógrafos hambrientos meras titellas de un mundo ávido de morbo enganchado en los canales infinitos de los medios de comunicación. “-¡Britney- exclamaron estudiantes de bachillerato y estilistas, marujonas casadas y deportistas de tres al cuarto, gafa pasta y granjeros del estado de Iowa enganchados a la MTV- se había vuelto loca!”

One week later, una página web sorteaba un iPod Touch para quien consiguiese predecir la fecha exacta de la muerte de la desquiciada ex-lolita de la América de la pederastia tolerada, y una organización sin ánimo de lucro, llamada escuetamente "Salvad a Britney" comandada por un grupo de sarasas fans y concienciados por las marismas infernales de aquella calva que correteaba toda loca consumiendo sin cese alguno por los malls del estado, recolectaban firmas por la sin razón de hacerlo, porque les daba la real gana, y porque según ellos, amaban con locura a Britney. Diablo Paris y su hueste de zorrupias, -una Lindsay Lohan jacona y una Nicole Ritchie anoréxica y recién salida de la granja del reality Simple Life-, al comprobar que su criatura se les escapaba de las manos tan rapada y con tan mal cutis, un cutis terrible vaya, en un arranque de mutismo dieron dar la espalda al poco glamour que le quedaba a la demodé estrella de los noventa, mientras una y otra vez salían de los centros de lujo de rehabiltación en chandal de cristalitos Swarovsky y café late del Starbucks en mano para escaparse, aún con los antidepresivos en sangre, a los puertos náuticos de Montecarlo a la caza de algún querubín de camisa abierta, cabellos marinos al viento, y de apellido ilustre de la monarquía capitalista del siglo XXI. La exclamación ¡Fuck you, Britney, one more time!, como un logo mental hecho de neón y lipstick, jugueteaba altisonante y desacomplejado por el entramado sináptico de sus psiques aderezadas de coca y Crystal al bailar en la cubierta del yate del rapero P. Diddy shaking that ass, shaking that ass.

Y ocurrió, en mitad del insomnio alucinado de la noche del martes 23 de mayo, el sonido traqueteante del helicóptero de la cadena de telvisión News Corp hizo retumbar muebles, lámparas, duendes y princesitas de porcelana, cartones de comida caducada desparramada por el suelo de mármol siciliano del salón donde un grupo de jóvenes enfermeros posicionaron a Britney en una camilla para llevársela de urgencias al centro médico de Sedars-Sinai. Ocurrió, sí, Youtube empezaba a salivar a través de los millones de reproductores en play en los que se podía ver en vista aérea el final mental de una de las figuras del panteón del imaginario colectivo custodiada y sonriendo ante el silbido fantasmagórico del Barquero Caronte que le guiaba por los rincones oscuros e inescrutables de su alma quebrada. Con este tono, -aderezadas por la melodía de los créditos de Lost como banda sonora en los telediarios-, efectistas y sensacionalistas narraban esta historia pseudo dantesca las recauchutadas informadoras que querían ver en el suceso la tragedia circense de una América que ya no se tenía en pie, que se tambaleaba como una giganta herida de por vida, aturdida definitivamente por la resaca epiléptica de tanto flash y gilipollez suelta.

Habíamos perseguido a nuestra presa durante años, incansables, durante jornadas enteras en el exterior de su mansión, en la recepción de hoteles y fiestas, a la espera de un signo, de un tropiezo, de una debilidad que nos recordase que esa niña de destino áureo podía venirse abajo, o lo que era mejor, destruirla uno mismo con una palabra o una mirada disparada a tiempo. Y lo conseguimos, vaya si pudimos, sí, vencimos a la hija de puta que coronaron reina en la graduación de el insti mientras nosotros, aún removiendo el tazón en el ponche de espaldas a la pista de baile, rezábamos para que Timmy o Chucky nos sacase a bailar; pero ahora todo iba a ser bien distinto, por el momento, la reina estaría demasiada ocupada intentado recomponer sus partes desajustadas y el resto de la humanidad, por un solo día que iba durar casi un año, nos íbamos a sentir como dioses en la pista parpadeante.

Doce meses después en su nuevo hogar, la misma choza de proporciones gigantescas y de nauseabundo olor a papilla y caca que la Britney puti había rehuido en pos de una vida de rasurada responsabilidad, ahora, recuperada y lozana como estaba, encaminada definitivamente en la senda ascendente del sueño americano de las praderas verdosas al atardecer, aquella casa dolby surround y con pista de tenis incluida se le empezaba a antojar como el lugar idóneo para la recuperación total de su espíritu dislocado. Los churumbeles, aquellos mocosos que antaño no fueron sino un programa más de televisión en su vida catódica por los que zapear por encima y sacarlos de vez en cuando porque les daba por entonar bien con el color marrón familiar de su nuevo Vuitton del día, poco a poco, fueron convirtiéndose en los guardianes custodios de esa pureza que tanto había necesitado en este mundo enemigo a jornada completa. Más allá de las paredes craneales de esos dos tiernos cerebritos, ignorantes de la vanidad del ser humano y de la repercusión mundial que supuso en el tejido social el jitazo de su mami “Baby one more time”, la nueva Britney aprendió a ver en la sociedad, en aquel monstruo de tentáculos cibernéticos y catódicos, una amenaza de la que tenía que ponerse salvo a toda costa. Sustentado finalmente su equilibrio bioquímico con psicofármacos perfectamente regulados y aprendiendo a aspirar con gratitud los vapores infantiles de la mañana con sus desayunos copiosos en gritos y vitaminas varias, madraza Britney fue saliendo círculo a círculo de sus infiernos de cartón piedra y animándose, con el tiempo, a dar rienda suelta a su voz acaramelada en un nuevo álbum que pronto vería la luz cegadora de los focos. La historia volvía a empezar, y nosotros, inevitablemente volveríamos a recostarnos inquietos en la silla de la oficina con los incisivos caninos doliéndonos que da gusto en nuestras esponjosas y malolientas encías. -Ay, que dolor más agradable- algunos postearíamos en nuestro tag de Facebook del día.

A pesar de todo, como cuenta ante las cámaras en el muy recomendado documental “For the Record”, nuestra heroína, pese a conocer el rostro del mal y tras casi un año de castidad y de terapias variopintas, necesitó imperantemente volver al ruedo, al circo y la droga que tanto daño le había hecho para así poder seguir rindiendo culto a una naturaleza proclive al estrellato, al estrellarse una y otra vez. -El mono se tiene que alimentar-, se decía a sí misma cuando abandonaba lentamente el entorno familiar para volver al estudio. “Circus”, su último álbum, es un disco repleto de baladas redentoras y homenajes sinceros a sus nenes del alma pero en el que también, inevitablemente, se esconde en sus entrañas el genio turbio de esta moza que desde siempre se ha conformado con poco y que siempre andará por allí con un hambre voraz de más, de jadeos y de ritmos gordos, siempre, y siempre más gordos. Equivocados estamos los que pretendamos ver en Britney a una víctima de nuestro tiempo, a la pobre y hermosa niña indefensa que va dando palos de ciego por la vida pues contra todo pronóstico, Britney ante todo no deja de ser verdugo y víctima, ángel y demonio, genio y palurda oriunda de un pequeño pueblo de Misisipi donde los astros en diciembre del 1981 quisieron trenzar el destino de uno de los iconos de este siglo que anda del revés, que yace boca arriba y boca abajo al mismo tiempo, y donde los efectos calmantes del somnífero recetado por el psiquiatra de turno se confunden con los ascensos celestes que en su momento sintió nuestro Dante Alghieri original; y que a día de hoy, no dejan de ser unos paraisos disfrazados de papel cuché y nubecitas echas con algodón de botiquín médico.

Pasada las tormenta, ahora a la nena le ha dado por contratar los servicios tutoriales de su papaíto; algo así, como que reconoce que ha perdido el norte del todo, y necesita urgentemente supervisión adulta las 24 horas del día. ¿Habremos de hacer lo mismo con nuestros pertinentes padres, abuelos, u ancestros? Me pregunto mientras me embullo en los laberintos de Google en búsqueda de lo último de lo último en noticias e información de última hora. ¿Cuanto estaría dispuesto en pagarle a mi mamá? ¿Y a mi abuela, que aún recuerda lo mal que lo pasaron en los tiempos de la Guerra Civil y que podría servirme de gran ayuda para afrontar esta crisis que tan jodidos nos tiene a todos? No sabemos como la hará el bueno del Sr.Spears, pero de momento marcharemos canturreando aquella nana tóxica que decía algo así como "Gimme more, gimme more, gimme gimme more", que Britney y nuestros días están de subidón y de bajón y de vuleta al subidón en la noria, por este mundo que gira y gira y que ha cogido una velocidad de vértigo en el que sus ocupantes, una generación de niños desbocados y con un síndrome de hiperactividad imparable, habremos de agarrarnos bien al posabrazos de seguridad de la cabina tambaleante que aunque creamos que somos eternos e indestructibles, tan sólo estamos a un pequeño suspiro del vacío, a un último espasmo de la quietud máxima. Baby one more time, y a darle otra vez, ¡Que esto no va a parar!

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