Columnas

Nos dirigimos hacia una tierra fértil

Se cumplen 50 años de la muerte de T.S. Eliot y una reedición de 'La tierra baldía' llega a nuestras librerías

Las clases de Literatura Universal de mi instituto se caracterizaban por ser fantasmales. En una de las aulas más pequeñas de todo el edificio, un profesor y nada más que dos alumnos amanecíamos tres veces a la semana preguntándonos por qué estábamos allí, o lo que es peor, por qué nadie más había querido acompañarnos. Segundo de bachillerato es un curso hostil.

A la misma hora en que otros nos reuníamos como en una especie de acto sagrado, el resto de alumnos hablaban de matemáticas, de religiones o de otros asuntos que a nosotros se nos hacían incomprensibles. Durante todo un curso, nuestra labor consistió en leer y en recitar, en leer y en recitar, en leer y en recitar y también en interpretar lo que cada uno de esos poetas quería decirnos.

Estaban Keats, y Poe, y Valente. Estaban Baudelaire y Rimbaud demostrándonos que después de tantos años asistiendo a clases de Lengua y Literatura nosotros, en verdad, no sabíamos nada. Más allá de nuestra lengua, había un montón de lenguas parecidas a la del diablo. Por eso asistíamos religiosamente a cada explicación del profesor, mientras el único alumno y la única alumna tomábamos nota y soñábamos con ser malditos.

De entre todos esos nombres, surgió uno que curiosamente nos entretuvo durante largas semanas. Se trataba de T. S. Eliot, y de su libro La tierra baldía. Yo ya había tratado de leer aquella obra que me resultaba extrañísima porque mis padre la guardaban con cariño en su biblioteca. Sin embargo nunca la había disfrutado tanto como en aquel momento, cuando verso a verso, estrofa a estrofa, profesor y alumnos tratábamos de descifrar cada uno de los códigos que el poema encerraba.

La tierra baldía fue una biblia en aquel momento, como más tarde lo serían otro montón de libros cuya enseñanza no podríamos haber aprendido sin el influjo de Eliot. Un libro sobre un lugar en el que ya no se puede crecer. Un libro que va más allá de la vida y de la muerte. Un libro que es en realidad como las cartas del tarot, porque siempre sabe quiénes somos, adónde nos dirigimos y con cuánta esperanza podremos enfrentarnos a nuestro futuro. Magia negra, dijo el alumno, o dijo el profesor, o dije yo, ya no me acuerdo. Magia negra es lo que este poema nos aporta.

Pasaron los años y el bueno de Eliot siempre estuvo ahí: en conversaciones literarias, en bibliografías, en citas introductorias de otros autores y en fechas señaladas. “Abril es el mes más cruel”, el verso con el que abre La tierra baldía, se convirtió en un himno, y también en una premonición. Quién nos iba a decir a los tres tristes tigres de la clase de Literatura Universal que años después, durante un 1 de abril, cremaríamos a una amiga común mientras las palabras de “El entierro de los muertos” caían sobre nosotros como cuchillos.

Pero si algo aprendimos de este poeta es que la muerte no es algo que lamentar, sino más bien un hecho único e irrepetible de la vida, al que es obligatorio homenajear con la cabeza bien alta. Este 2015 es precisamente T. S. Eliot el que cumple 50 años de estar muerto, y ya son muchos los artículos, reseñas y demás tributos los que sus lectores le están dedicando. Pronto la editorial Lumen sacará una versión nueva de su tierra estéril, cuya portada tiene el color dorado de la sangre de un fenicio muerto.

Ha pasado mucho tiempo desde aquella vez que el poeta nos dejó los ojos como platos y el vello de punta. Sin embargo, lo único que se me ocurre ahora para soportar el invierno es retomar ese libro, atender a sus páginas y, en voz alta, recitarlo sin descanso hasta la más fértil de nuestras primaveras.

Hay himnos de adolescencia que nos ayudan a sobrevivir el resto de nuestras vidas

 

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