Columnas

En tiempos de crisis, las tertulias políticas son la estrella

Es uno de los formatos dominantes de la televisión en estos momentos, el debate político-social llevado a extremos de espectáculo en términos muy cercanos a los de los programas de corazón. ¿Un consuelo o un peligro?

Jaime González, Alfonso Rojo, Eduardo Inda, Isabel Durán, Ignacio Escolar… La lista de colaboradores de los distintos programas de tertulia política que llenan nuestra parrilla televisiva empieza a ser casi más conocida que la alineación tipo de nuestro equipo de fútbol. Y esto es preocupante: en plena crisis económica y social, el género de la tertulia política, en su reformulada vertiente de tertulia-espectáculo, se ha convertido en un pelotazo televisivo sin punto de retorno.

El 13 de marzo de 1997 la historia de la televisión en España cambió para siempre: Chabeli Iglesias, la hija mayor de Julio Iglesias e Isabel Preysler, abandonaba el plató de “Tómbola” al grito de “sois gentuza, de verdad”, después de haber sido sometida a un tercer grado ‘guantanamesco’ a cargo de Karmele Marchante, Jesús Mariñas o Lydia Lozano. Lo que cambió para siempre en la manera de entender la pequeña pantalla no fue la reacción de hija del cantante, que también, sino el nacimiento de un formato que acabaría teniendo una abrumadora influencia en los años venideros y, sobre todo, la consagración del cotilleo y la prensa rosa en un contexto de tertulia claramente inspirada en las tertulias políticas de toda la vida. Eran los años en que el concepto de tertulia política televisiva lo representaba Jesús Hermida y sus largos programas de debate, en su expresión más sesuda, o la llamada ‘mesa política’ que María Teresa Campos instauró en su “Día A Día” y que, cosas de la vida, acabaría deviniendo modelo de referencia en los posteriores magazines matinales, que hasta la fecha siempre se habían concentrado en temas más frívolos de perfil social o de puro entretenimiento matinal para amas de casa.

"Un programa como “Tómbola” planteaba la tertulia como una guerra de guerrillas y lo hacía en un marco de cotilleo y despellejamiento del famoso"

“Tómbola” fue recibido con desprecio y animadversión por casi todo el mundo, menos por la audiencia. Su elevado índice de popularidad contrastaba con el rechazo frontal que provocaba en casi todos los sectores de la sociedad, especialmente en el político. En abril de 1997, Luis Cabo, por entonces portavoz de Izquierda Unida en el consejo de administración de Telemadrid, afirmaba: “Es un programa de cotilleo morboso, que está orientado hacia la telebasura y rompe el criterio de programación de servicio público de Telemadrid”. Por su parte, Adolfo Piñedo, consejero del ente público por el PSOE, aseguraba que el espacio presentado por Ximo Rovira “es incompatible con la línea de programación de una cadena pública”. El debate político era algo serio y trascendente, alejado de los grandes circos catódicos y del espectáculo televisivo, en que los periodistas especializados estaban por encima del bien y del mal y se desmarcaban horrorizados de la tertulia enfarlopada, histérica y pasada de revoluciones que proponía un programa como “Tómbola”, que no solo cometía el gran pecado de plantear una tertulia como una guerra de guerrillas sino que además lo hacía en un marco de cotilleo y despellejamiento del famoso en el que valía absolutamente todo.

Hoy, más de 15 años después de su nacimiento, “Tómbola” ya no existe y su lugar lo ha ocupado “Sálvame Deluxe”, evolución post-moderna de aquella idea y de otras reformulaciones como “¿Dónde Estás Corazón?”, “Salsa Rosa” o “Dolce Vita”, en una clara demostración de que el papel couché sigue interesando a la audiencia. Pero lo interesante no es saber en qué ha desembocado “Tómbola” o el papel de las tertulias rosa en la actualidad televisiva, sino cómo ha evolucionado y en que se ha convertido la tertulia política desde la irrupción del programa hasta nuestros días. Y en este sentido, aquello que en 1997 escandalizaba a políticos, intelectuales, periodistas y críticos de televisión hoy es moneda común y recurso más que habitual en aquellos espacios que, precisamente, se dedican al debate político, que en la actualidad tienen más cosas en común con “Tómbola” que con “La Clave” –ritmo, inmediatez, urgencia, pulso, decibelios y hooliganismo–, al margen de cual sea la causa, ya sea consecuencia de la devaluación que afecta a la política, de los gustos y preferencias del televidente o del protagonismo –¿divismo?– cada vez más presente de aquellos tertulianos que se van rotando en las distintas mesas que pueblan el panorama televisivo del momento.

"Bien sea por desamparo, rabia, desconcierto o descontento generalizado, el espectador parece necesitar más que nunca esta mano amiga o enemiga que le tienden los tertulianos políticos"

Entre gritos, descalificaciones, insultos o guerras de ego cuesta diferenciar a los tertulianos de “El Gato Al Agua”, “El Gran Debate” o “El Cascabel Al Gato” de los de “Tómbola” o “DEC”. De la misma manera que cuando veías “DEC” ya sabías quién haría todo lo posible para atizar a Isabel Pantoja y quién la defendería con uñas y dientes, hoy también sabes quién sacará el machete contra el Partido Popular y quien irá a degüello contra el PSOE. De la misma forma que cuando veías “Tómbola” tenías claro quién era el contertulio flemático y contemporizador que rebajaba las pulsaciones –Ángel Antonio Herrera y su léxico umbraliano– y quién era el pirómano que encendía el plató –Mariñas y Karmele–, hoy también sabes perfectamente quién asume y explota cada papel entre la canallesca política. “El Gran Debate”, antes “La Noria”, y compañía han aprendido que para conseguir audiencia no basta ni sirve una tertulia que se tome muy en serio a sí misma ni se obsesione en llegar a grandes conclusiones o en proponer una reflexión especialmente brillante para el telespectador, sino que el gran reto consiste en generar un espectáculo televisivo que entretenga, excite, caliente los ánimos y provoque a quien está en su sofá. En 2013 un programa como “La Noche de Hermida” sería inviable: el ritmo comatoso, las largas disquisiciones, la duración eterna o el tono bajo de sus invitados acabarían con la paciencia de un espectador ya demasiado acostumbrado y familiarizado con propuestas ágiles, viscerales y, sobre todo, provocadoras.

"Nos guste o no, estos gurús con carnet político se han convertido en una suerte de star system televisivo"

El boom que vive actualmente el género de la tertulia política en la pequeña pantalla se debe a muchas razones-satélite –la implantación de la TDT y su amplia oferta de canales, la timidez creativa de las cadenas en lo que a nuevos formatos se refiere, la proliferación de periodistas-estrella que el espectador ya identifica con sus propios colores…–, pero es razonable pensar que la situación por la que atraviesa el país tiene la ‘culpa’ de esta explosión: en situación de crisis económica y social el público demanda voces autorizadas que canalicen su indignación contra algo o alguien. Bien sea por desamparo, rabia, desconcierto o descontento generalizado, el espectador parece necesitar más que nunca esta mano amiga o enemiga que le tienden los tertulianos políticos, una especie con inmunidad periodística para decir y desdecirse, criticar y recular, pronosticar el Apocalipsis o llamar a la esperanza. Nos guste o no, estos gurús con carnet político se han convertido en una suerte de star system televisivo y radiofónico que maneja los hilos de la dialéctica y la reflexión en asuntos de capital importancia para nuestra sociedad, y, lo que es mejor o peor, según se mire, no tienen ningunas ganas de renunciar a su particular momento de gloria.

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