Columnas

Cuando el soul hace pop: la fiebre post-Adele

¿Son los nuevos cantantes de voz melosa el mainstream dominante?

¿Es el soul-pop la nueva estrategia que sigue la industria musical para conseguir éxitos de ventas a corto plazo? A tenor de los últimos lanzamientos en Inglaterra, eso parece. Pero a medio plazo, el panorama que presenta este fenómeno pinta bastante mal.

En un espacio temporal de apenas mes y medio nos hemos visto las caras con los debuts discográficos de Maverick Sabre, Emeli Sandé, Michael Kiwanuka y Marcus Collins, cuatro referentes de los que se esperaban álbumes de impacto, y no solo desde un punto de vista comercial, y que, de momento, han respondido de manera desigual a las expectativas generadas en los meses de calentamiento mediático que han precedido sus lanzamientos. En su primera semana de vida, “Lonely Are The Brave”, de Maverick Sabre, despachó casi 50.000 copias, una cifra decente pero discreta a tenor de las expectativas creadas. “Our Version Of Events”, de Sandé, alcanzó las 300.000 unidades vendidas en dos semanas de actividad comercial y va camino de convertirse en uno de los grandes superventas del Reino Unido en este 2012. “Home Again”, puesta de largo de Kiwanuka, se ha colado en la cuarta posición de la lista inglesa nada más ver la luz, y “Marcus Collins” ha hecho lo propio con la séptima plaza. Visto así, se puede argumentar que su proyección comercial es todo un éxito y que, en estos momentos, el soul, o, en su defecto, la idea de voces inspiradas y modeladas a partir de la herencia musical negra, es una de las vías sonoras más rentables y económicamente saludables de la actualidad.

"La industria musical por definición es lenta, torpe y mimética, muy previsible, reacciona a destiempo y de manera atropellada"

Y es que más allá de su valor estrictamente artístico, debatible desde muchos puntos de vista, la aparición casi al mismo tiempo de estos títulos nos lleva a formularnos una pregunta de alcance más general: ¿Por qué el soul está de moda? ¿Es casualidad que las cuatro grandes puestas de largo multinacionales en el panorama británico en lo que llevamos de año tengan este género como principal nexo de unión estilístico? En la industria musical poco hay de coincidencia o caprichos del destino, y es relativamente fácil descifrar los motivos por los que de la noche a la mañana las grandes compañías discográficas parece que solo tengan ojos para cantantes de voz marcada, sonidos retro y emoción a flor de piel y que se hayan olvidado de todo lo demás, como si ya solo fuera posible conseguir réditos e impacto mediático mediante ese atajo.

Por un lado, la muerte de Amy Winehouse, que no sólo se llevó a una de las artistas con más talento de la última década sino que también dejó sin margen de respuesta a la propia industria, que perdió a un icono muy rentable sin previo aviso y, sobre todo, sin tan siquiera haberse planteado buscarle substituto/a con garantías. La industria musical por definición es lenta, torpe y mimética, muy previsible, reacciona a destiempo y de manera atropellada, y se intuía que tras la desaparición de la autora de “Back To Black” se producirían movimientos de búsqueda y rastreo de carne fresca con la que alimentar la película de un relevo. Pero tampoco esperábamos que éstos fueran tan obvios y evidentes.

A la prensa también le viene bien esta mercadotecnia póstuma, sobre todo porque le facilita titulares: ¿cuántas veces hemos leído en los últimos seis meses que Maverick Sabre era la alternativa masculina a Winehouse? Es una manera rápida de vender una historia y situar al personaje, aunque la comparativa no se sostenga de ninguna manera y acabe perjudicando más que beneficiando al artista. En realidad, con el fallecimiento de Winehouse se perdió a una estrella, con sus vicios y virtudes, más que a un tótem del soul, y en sus últimos movimientos se percibe que las multinacionales han empezado el proceso de rastreo a la inversa: quieren encontrar una estrella dentro del soul, y no a una estrella que canta soul, y en esa dinámica les puede salir el tiro por la culata de manera continuada. Sabre ha sido su primera víctima, pero se intuye que no será la única, ni mucho menos.

Por otro lado, y en paralelo a la desaparición de la cantante londinense, nacía, crecía y estallaba el segundo gran factor en esta eclosión mainstream del soul: el fenómeno Adele. La industria musical británica ha sido la primera sorprendida del éxito de esta vocalista de Tottenham, que solo ha necesitado dos discos, “19” y “21”, para llevarse todos los premios habidos y por haber, conseguir cifras de ventas astronómicas para la época de vacas flacas en la que vivimos y convertirse en una celebridad absoluta del firmamento musical, sampleada en casi cada mixtape de rap de 2011 y parodiada en los mejores programas de humor del planeta, dos infalibles baremos para calibrar el índice de popularidad de un artista. Y como es costumbre, cuando suena la flauta y la propia industria se encuentra con un milagro de estas características rápidamente se pone al servicio de ejecutivos con pocas luces que en sus reuniones corporativas exigen dar con nuevas Adele a la espera de que estalle otro boom de perfil totalmente distinto. Y así sucesivamente.

"Este un fenómeno que ha surgido de forma natural e inesperada, favorecido por el boca oreja y la paciencia, y no por un diseño prefabricado y teledirigido."

La gracia de esta nueva obsesión de las majors por encontrar sucedáneos de la cantante estriba en el hecho de que su éxito tiene su origen, precisamente, en tres puntos clave que suponen un rotundo bofetón a la manera de proceder de estas grandes corporaciones. En primer lugar, que es un descubrimiento y un producto surgido de un sello independiente, XL, en lo que sería un nuevo capítulo en la larga historia de hallazgos de las compañías indies que agitan el mercado y obligan a las compañías importantes a practicar el dudoso arte de la fotocopia. Segundo: la imagen de la propia artista, en las antípodas del canon estético de estrella pop que siempre tienen en mente en las altas esferas del imperio discográfico, es otra demostración de que el triunfo no está sujeto a ningún patrón o argumento predeterminado. Uno trata de imaginar el diálogo entre un A&R y un ejecutivo cualquiera a propósito de la maqueta de Adele y le entra pánico visualizando el contenido del mismo. Y tercero: es este un fenómeno que ha surgido de forma natural e inesperada, favorecido por el boca oreja y la paciencia, y no por un diseño prefabricado y teledirigido.

En cualquier caso, la maquinaria ya está en marcha, y estos cuatro lanzamientos son un claro ejemplo de ello. El problema es que, de momento, ninguno responde exactamente a lo que supuestamente se les pedía. Maverick Sabre no es Amy Winhouse con testículos, sino más bien la versión irlandesa de Plan B. Emeli Sandé no es la Adele negra, sino la respuesta british a Beyoncé. Y Michael Kiwanuka y Marcus Collins, este último surgido de “X-Factor”, que se está convirtiendo en una peligrosa cantera de presuntos nuevos talentos de la escena pop-soul internacional, se limitan a utilizar influencias soul, con mejor gusto y más criterio en el caso de Kiwanuka, para darle algo más de entidad y consistencia a un discurso para todos los gustos y oídos y de digestión cómoda. No se sabe adónde nos conducirá este viagrazo soul de la industria discográfica británica, pero tan solo hace falta recordar cómo acabó la fiebre post-Coldplay –aquellos días en que cada lanzamiento multinacional venía con la firma de grupos lánguidos e irritantemente melancólicos–, con la escena pop saturada y harta del mismo perfil musical, para darnos cuenta de que nada bueno nos espera a corto plazo.

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