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Las redes sociales se han vuelto una mala versión de la tele que nos impide pensar

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Internet cambió mucho en los seis años que pasé en la cárcel. Ahora los contenidos se basan en las emociones, no en la crítica. Están diseñados para entretenernos, no para que nos cuestionemos nada

Hossein Derakhshan

29 Diciembre 2016 20:44

Ilustración de Jean Julien

Si le digo que las redes sociales ayudaron a Donald Trump durante las elecciones, puede que le vengan a la mente las noticias falsas de Facebook. Pero incluso aunque Facebook arreglara los algoritmos que promueven las historias falsas, hay otro factor en juego: la televisión tiene el predominio absoluto sobre otros medios de comunicación en las noticias que aparecen en redes sociales.

Llevo advirtiendo de esto desde noviembre de 2014, cuando fui liberado tras seis años de encarcelamiento en Teherán (Irán), un castigo que me fue impuesto por mi activismo en línea en Irán. Antes de ingresar en la cárcel, escribía mucho sobre lo que ahora llamo la web abierta: un concepto descentralizado, enfocado en el formato texto y repleto de enlaces a materiales fuentes y un rico contexto. La web abierta fomentaba la diversidad de opiniones. Estaba relacionada con el mundo de los libros.

Entonces me desconecté durante seis años. Pero cuando salí de la cárcel y volví conectarme a internet, me encontré un mundo muy distinto. Facebook y Twitter habían reemplazado a los blogs y convertido internet en una especie de televisión: centralizado y enfocado en imágenes, con contenidos incrustados en fotos y sin enlaces.


Crédito: Sarah Mazzetti.

Al igual que la tele, ahora internet nos entretiene e incluso potencia nuestros ideales y hábitos, incluso más que en su día lo hacía la caja tonta. Más que pensar, internet nos hace sentir, y nos reconforta más de lo que estimula nuestra autocrítica. El resultado es una sociedad profundamente fragmentada, impulsada por emociones y radicalizada por la falta de contacto y de refutaciones externas. Por eso el Diccionario Oxford seleccionó el término "posverdad" como la palabra del año 2016. Este adjetivo "se refiere a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes a la hora de dar forma a la opinión pública que las apelaciones a las emociones".

Neil Postman proporcionó algunas pistas sobre esto en su revelador libro de 1985, Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business (Entreteniéndonos hasta la muerte: El discurso público en la era del mundo del espectáculo). Este académico experto en medios de comunicacion de la Universidad de Nueva York (EEUU) ya observó entonces cómo la televisión transformaba el discurso público en un intercambio de emociones volátiles que los encuestadores confunden regularmente con opiniones. Uno de los resultados más terroríficos de esta transición, escribió Postman, es que la televisión acababa convirtiendo todas las noticias en desinformación.

"La desinformación no significa informaciones falsas, sino informaciones engañosas. Son informaciones fuera de lugar, irrelevantes, fragmentadas o superficiales... Informaciones que generan la ilusión de conocer algo pero que de hecho le aleja a uno del conocimiento.... El problema no es que la televisión nos presente temas entretenidos sino que todos los temas son presentados como entretenidos".

Y, como argumentó Postman, cuando las noticias se construyen como forma de entretenimiento, inevitablemente pierden su función para una democracia sana. El experto continúa:

"Esto es mucho más grave que solo ser privados de informaciones auténticas. Estoy diciendo que estamos perdiendo nuestra comprensión de lo que significa estar bien informados. La ignorancia siempre es corregible. Pero, ¿qué haremos si confundimos la ignorancia con el conocimiento?".

El problema con el internet actual, con menos textos e hipertextos (enriquecidos con hipervínculos), no solo es que comparta muchos de los males de la televisión sino además introduce otros males nuevos. La diferencia entre la televisión tradicional y la forma de televisión que se ha reencarnado como redes sociales es que este última es un medio personalizado. La televisión tradicional aún conlleva cierto elemento de sorpresa. Lo que se ve en las noticias televisivas aún es definido por profesionales humanos, y aunque ha de resultar entretenido para justificar su cara producción, aún tiene probabilidades de hacer que nos cuestionemos algunas de nuestras opiniones (es decir, emociones).

Las redes sociales, en cambio, emplean algoritmos para fomentar la comodidad y la complaciencia, puesto que su modelo de negocio al completo está construido para maximizar el tiempo que pasen los usuarios en ellas. ¿A quién le gustaría quedarse en un espacio donde todos parezcan mostrar actitudes negativas, antipáticas y de desaprobación? El resultado es una proliferación de emociones, una radicalización de esas emociones y una sociedad fragmentada. Esto es muchísimo más peligroso para la idea de una democracia fundada sobre la noción de la participación informada.

¿Qué se puede hacer ahora? Desde luego, el alza de Trump no se explica solo por una tecnología o un argumento centrado en los medios de comunicación. El fenómeno tiene raíces en más aspectos; los medios y la tecnología no crean nada, sólo tergiversan, desvían e interrumpen. Sin la creciente desigualdad, la menguante clase media y los empleos amenazados por la globalización no habría ni Trump, ni Berlusconi, ni Brexit. Pero tenemos que dejar de pensar que cualquier evolución de la tecnología es inevitable y natural y por tanto beneficiosa. Para empezar, necesitamos que haya más textos que vídeos para seguir siendo animales racionales. La tipografía, como describe Postman, es mucho más capaz de comunicar mensajes complejos que provoquen la reflexión. Esto significa que deberíamos escribir y leer más, hacer más hipervínculos, ver menos television y menos vídeos, y pasar menos tiempo en Facebook, Instagram y YouTube.

Si no podemos resistirnos, y si los algoritmos no nos ofrecen opiniones diferentes o contrarias, deberíamos buscarlas activamente. Podemos seguir a personas o páginas que no aparezcan en nuestras sugerencias. También podemos confundir sus algoritmos al darle un "Me gusta" a lo que nos disgusta, para que disponer de flujo de informaciones más diverso. Podemos instar a las redes sociales para que divulguen algunas características de sus algoritmos para hacerlos personalizables. Y debemos empezar a reaccionar a los contenidos con la mente y no con el corazón. Lo que necesitamos no son botones de Me gusta/No me gusta, sino opciones de Estoy de acuerdo/No estoy de acuerdo o Confío/Sospecho.

Nuestros hábitos y emociones nos están matando a nosotros y a nuestro planeta. Resistámonos a su atractivo letal.

*Hossein Derakshan es autor, analista de medios y artista de interpretación iraní-canadiense que vive en Teharán (Irán). Puede encontrar su último proyecto, una exploración de la intersección del arte escénico y el periodismo en @talkingtagsart

Artículo original de:


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