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500 días varados en la Antártida a 50 grados bajo cero

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A pesar de las condiciones, los aventureros de Shackelton sobrevivieron al frío extremo y la desesperación

Sergio C. Fanjul

23 Febrero 2015 06:00

La historia comienza con este anuncio que parece un poema (o viceversa): 

“Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”

Lo puso el explorador antártico Ernest Shackleton (1874-1822) en las páginas del Times de Londres el 29 de diciembre de 1913. A pesar de lo poco halagüeño de la oferta, se presentaron 5.000 voluntarios (tres de ellos mujeres). De entre ellos se seleccionó a 27 para vivir una gran aventura que pasaría a la historia de la exploración y que sufriría unas tremendas vicisitudes que, en principio, nadie podría prever. El objetivo era atravesar la Antártida de costa a costa, como nunca nadie antes había hecho; nadie sospechaba que aquella aguerrida tripulación pasaría dos años atrapada en el hielo.

“La vida de Ernest Shackleton siempre me ha fascinado. No por sus éxitos como explorador, que no los tuvo, sino porque nunca culminó con éxito sus expediciones a las tierras polares. (…) Por ello, no deja de ser sorprendente que cuando se cumple un siglo de aquella travesía, uno de los exploradores polares más conocidos sea el que nunca triunfó”, escribe el explorador español Ramón Larramendi en el prólogo de Endurance, la prisión blanca, de Alfred Lansing, publicado recientemente por Capitán Swing.


La nave extragaláctica de la película Interstellar también se llama Endurance (Resistencia en español), en homenaje a la expedición de 1914



El libro de Lansig, que se publicó en 1959 y que es una fascinante y muy precisa reconstrucción de los hechos a modo novelesco y basada en los testimonios de los que allí estuvieron, es solo una de las publicaciones que han aparecido (algunas reeditadas) al cumplirse el siglo de la expedición, en una especie de Shackletonmanía. Otras son El viaje de Shackleton, el libro ilustrado de gran formato de William Grill editado por Impedimenta, Shackleton, el indomable, de Javier Cacho, publicado por Fórcola, o el cómic Endurance, de Luis Bustos, publicado por Planeta DeAgostini. Un buen documental sobre el asunto es Atrapados en el hielo, de George Butler, narrado por Liam Neeson y basado en el libro Caroline Alexander (GeoPlaneta), que se puede ver íntegro en YouTube. Una curiosidad: la nave extragaláctica de la película Interstellar, de Christopher Nolan, esa que atraviesa un agujero de gusano para llegar a los alrededores de un agujero negro, también se llama Endurance (Resistencia en español), en claro homenaje a la expedición de 1914.

En agosto de aquel año, dejando atrás el comienzo de la Primera Guerra Mundial, el Endurance se echaba a la mar. La expedición partía del puerto ballenero de Grytviken en la Isla de San Pedro y recorrería el mar de Wendell hasta la bahía de Vahsell. A partir de allí cruzarían el continente antártico en trineos arrastrados por perros. Además de los 27 hombres, viajaban en el barco 69 perros, con nombres como Shakespeare, Hércules, Caruso o Satan. Y más allá de la tripulación marinera, formaban parte del equipo dos médicos, un geólogo, un físico, un biólogo, un meteorólogo, un fotógrafo y un dibujante. También Perce Blackborrow, un polizonte que fue finalmente aceptado como uno más.

Pero la banquisa de hielo que era el mar de Wendell fue demasiado para el resistente Endurance y el navío quedó atrapado el 15 de enero de 1915, rodeado de blancas y heladas llanuras que se extendían hasta el horizonte en todas direcciones. En cuanto Shackleton se dio cuenta de que nunca llegarían a tierra firme para empezar la travesía en trineo, de que nunca lograrían su objetivo, la expedición se convirtió en una lucha por la supervivencia. Un puñado de hombres atrapados en medio de la nada más gélida y absoluta, durante los meses de la noche austral, en los que jamás aparecía el sol. 


Sus diminutos tripulantes acabaron abandonados a su suerte sobre un témpano de hielo



En el mundo no existe una desolación más completa que la noche polar”, escribe Lansing, “es un retorno a la Era Glacial, sin calor, sin vida,  sin movimiento. Sólo aquellos que la han experimentado pueden apreciar plenamente lo que significa estar sin sol día tras día y semana tras semana. Ha habido pocos hombres que, poco acostumbrados a ello, hayan podido resistir sus efectos, y algunos han llegado a volverse locos”. 

Durante esos meses los marineros se entretuvieron haciendo teatro, competiciones, sesiones de lectura, bebiendo pequeñas raciones de grog, cantando, gastando bromas, entrenando a los perros y otras sencillas actividades que permitían la época y la situación. Mientras tanto, la presión de los bloques de hielo iba resquebrajando el casco del Endurance. Tras nueve meses de resistencia, el navío es finalmente aplastado por la irrefrenable fuerza de la naturaleza: ahora sus diminutos tripulantes se encuentran abandonados a su suerte sobre un témpano de hielo, a 25º bajo cero, sufriendo ventiscas y tormentas, presas de la humedad y el frío, en un campamento bautizado como Patience

El 9 de abril Shackleton decide abandonar la banquisa y embarcarse en los tres botes salvavidas que habían conservado en busca de la tierra más cercana. Después de cinco días de angustiosa travesía arriban a la Isla Elefante. Por primera vez en casi 500 días pisaban tierra firme, pero las condiciones de la isla resultan igual de duras. En un último por sobrevivir, Shackleton se embarca de nuevo en el bote más robusto, bautizado como James Caird, patrocinador de la expedición. Su objetivo: llegar a la isla de San Pedro, a 1.300 kilómetros de allí. Atrás se quedaban 21 hombres incomunicados, ignorantes de si la misión de su líder llegaría a buen puerto y regresarían a rescatarlos. Los seis hombres del James Caird, con instrumentos de navegación precarios y en un mar embravecido, consiguen llegar a San Pedro, tras 16 días de navegación. No se acababa ahí la cosa: Shackleton, acompañado de dos hombres, atraviesan en 36 horas 51 kilómetros de terreno montañoso para llegar a la estación ballenera de Stromness. Era el 20 de mayo de 1916. Desde allí organiza la expedición para rescatar a los 21 hombres abandonados en la Isla Elefante.


En el mundo no existe una desolación más completa que la noche polar, es un retorno a la Era Glacial, sin calor, sin vida, sin movimiento



El gobierno chileno le ofrece el barco Yelcho, con el que, tras varios intentos infructuosos, consigue rescatar a la parte de su tripulación que llevaba aislada cuatro meses y medio. Shackleton consiguió que finalmente toda su tripulación regresara sana y salva a casa. Aún así, en Inglaterra no fueron recibidos como héroes: toda la atención estaba puesta en le Primera Guerra Mundial, y ahí, en las trincheras, era donde estaban los verdaderos héroes. Algunos de los miembros de la tripulación del Endurance se alistaron y murieron en el frente de batalla. 

“Hoy en día, nadie se aventura en la Antártida sin las comunicaciones vía satélite, que nos permiten estar conectados con el exterior para solicitar un rescate en caso de peligro, para informar de nuestra situación o, sencillamente, para enviar noticias. Hoy, nadie viaja sin sofisticados materiales que aíslan de temperaturas que pueden superar los 50º bajo cero, y aun así el frío es helador. Hoy contamos con instrumentos que nos indican donde estamos en cada paso que damos porque no es difícil desorientarse en mitad de una ventisca. Con nada de ello contaba aquel grupo de hombres sobre los que cayó la noche durante largos, gélidos y tenebrosos días”, escribe Ramón Larramendi.

En unos versos del libro de 1922  La tierra baldía el poeta T.S. Eliot escribe: “¿Quién es ese tercero que camina siempre junto a ti?/ Cuando hago el recuento, sólo estamos tú y yo/ Pero cuando miro hacia adelante en el blanco camino/ Hay siempre otro caminando junto a ti." Recuerda un momento de la terrible aventura de Shackleton. “Sé que durante esa larga y atroz marcha de treinta y seis horas a lo largo de aquellos glaciares y montañas desconocidas tuve la impresión de que no éramos tres, sino cuatro”, escribió el explorador. Durante su última a través de las nevadas montañas de la isla de San Pedro, Shackleton sentía una presencia invisible que viajaba a su lado y les daba ánimos. Ya de niño, según recoge William Grill, el explorador había dicho: “Creo que puedo hacer algo mejor por mi vida. Quiero que mi nombre pase a la Historia”.


Shackleton nunca culminaría con éxito sus expediciones a las tierras polares; aún así, pasó a la Historia






 




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