Columnas

El sexismo en la música, o de cómo los medios de comunicación tienen parte de la culpa

Grimes denunciaba ayer el machismo que sufre en su trabajo, y de una larga entrevista con Kim Gordon sólo nos hemos fijado en las razones de su divorcio. ¿Hasta qué punto somos responsables los medios de la imagen que se da de la mujer?

Durante los últimos meses se ha hablado mucho en medios de comunicación, blogs y redes sociales del “machismo gafapasta”. ¿Pero qué hay del papel de la prensa musical? ¿Hasta qué punto influye en la representación que se hace de la mujer como artista musical? ¿Se le ayuda o se le ponen zancadillas?

El pasado 22 de abril, Lizzy Goodman entrevistaba largo y tendido a Kim Gordon para Elle: una entrevista larga y en profundidad en la que Gordon hablaba de feminismo, de su carrera en solitario, de su trabajo como artista, de su nuevo grupo Body/Head, de lo que supone envejecer y hasta de un cáncer de mama superado. ¿Con qué se quedaron la mayoría de los medios musicales? Exacto: con los motivos de su separación de Thurston Moore, cuando en ningún momento Gordon ha definido su lugar en el mundo en cuanto que mujer de Moore; esa era una circunstancia más en su vida, no la única, y desde luego, no la definitoria. Pero ahí teníamos a buena parte de la prensa musical haciéndose eco de los motivos del divorcio, como si eso fuera a cambiar la percepción de la música de Sonic Youth... Como si importara en realidad, cuando lo único que debiera importarle a la prensa musical es el futuro (si lo hay) de Sonic Youth y el de las carreras de sus miembros en solitario.

El enfoque que ha dado a esas declaraciones buena parte de la prensa musical, además de una preocupante tendencia al amarillismo, es muy reveladora en cuanto a la representación que en los medios se hace de la mujer: pocos han visto en la formación de Body/Head una buena noticia, pero absolutamente todos han desgranado los detalles de su separación. El mensaje subyacente está claro: las carreras de los demás miembros de Sonic Youth se toman en serio (véase el caso de Lee Ranaldo), pero Kim Gordon, aunque haya estado de gira con Ikue Mori, aunque esté preparando una exposición con su obra en Nueva York y pese a tener un nuevo grupo, parece condenada a ser la “ex mujer” de Thurston Moore. Es un tema del que también podrían hablar largo y tendido Courtney Love y Yoko Ono, que pese a sus dilatadas carreras (y errores, claro, tampoco vamos a ser proselitistas y negar altibajos artísticos) parecen condenadas a que se hable de ellas como de las viudas del rock, anteponiendo su estado civil a su carrera profesional, pese a que ambas utilizan sus apellidos de soltera y se definen ante el mundo como artistas en primer lugar.

"Pensemos por un momento en qué pasaría si una mujer juzgara el cuerpo de un músico a la hora de escribir una reseña"

Grimes también se desmarca de cómo se la presenta en los medios: en su largo manifiesto colgado ayer en su web, ese “yo acuso” particular, ponía el dedo en la llaga al decir “e stoy cansada de que se me describa como mona o niña abandonada, etcétera, incluso cuando el autor, fan, amigo, miembro de la familia etcétera, está siendo positivo”. Que en pleno siglo XXI el aspecto físico cuente a la hora de reseñar un disco o describir a una artista sorprendería a la mismísima Mary Wollstonecraft, pero en esas estamos todavía. Pensemos por un momento en qué pasaría si una mujer juzgara el cuerpo o la belleza de un músico a la hora de escribir un perfil o una reseña: en el mejor de los casos se le criticaría, en el peor, ni se le tomaría en serio. Pero los medios siguen refiriéndose al físico de las mujeres continuamente: leer una crítica del último disco de Cat Power sin encontrar referencias a su corte de pelo es casi imposible. ¿Acaso Chan Marshall es Sansón? ¿Era necesario opinar sobre su pelo? ¿O prescindible? Era tan prescindible, de hecho, como las continuas referencias al vello púbico de Natasha Khan cuando se hablaba del último trabajo de Bat for Lashes o del ubicuo bigote de Patti Smith (salvo que se hiciera referencia a que la decisión de no depilarse venía como forma de rebelión ante la imagen que se da de la mujer en la sociedad).

"¿Por qué se tiene que sojuzgar a una artista que se siente segura con su cuerpo y no lo esconde?"

Hablemos de Nina Kraviz. ¿Cuántos medios se habían hecho eco del minidocumental “Between the Beats” de Kraviz para Resident Advisor antes de que Maceo Plex abriera la boca? Casi ninguno. De repente llega un hombre para decir que está mal que Nina Kraviz aparezca en bañador en la playa (todo el mundo sabe que al mar se va con abrigo y bufanda) y en la bañera (es del dominio público que entre bolo y bolo los DJs no se duchan jamás) y toda la prensa musical, que hasta entonces no había dicho nada del documental, se posiciona al respecto y se da pábulo a un DJ que, de repente, se encuentra legitimado para juzgar a una mujer. Lo triste no es lo que dijera Maceo Plex, sino que sus declaraciones se convirtieran en noticia, que medio mundo las replicara y que en cambio no se diera tanto bombo a la respuesta de Nina Kraviz. Tan malo resulta ser mayor, no depilarse o no encajar en los cánones de belleza como ser guapa, porque entonces se cuestiona la valía: ¿está donde está porque hace bien lo suyo o porque su belleza le ha abierto puertas? ¿Por qué se tiene que sojuzgar a una artista que se siente segura con su cuerpo y no lo esconde? Que el marketing utiliza a la mujer como una herramienta más es sabido y denunciable, pero es un juego en el que los medios de comunicación no debieran entrar y sin embargo lo hacen cada vez que se refieren a Nina Kraviz (o a tantas otras) hablando continuamente de su aspecto. Otra cosa sería que nos encontráramos ante una riot grrrl con un “bitch” escrito sobre el vientre, como sucedía en los 90. Ahí, hablar del cuerpo se convertía en una obligación: ya no estábamos ante un cuerpo-objeto, sino ante un instrumento político, un elemento de lucha y transformación social que no se podía ni se puede obviar. Pero el juicio de valor gratuito sobre el cuerpo femenino, que nada aporta cuando se habla de música, está fuera de lugar.

En el momento en que un medio musical opta por un enfoque en el que prima lo físico o lo sentimental sobre lo meramente artístico para hablar del trabajo de una mujer, se está condicionando la mirada del lector: de forma sutil se perpetúa el “statu quo” y se está diciendo a la mujer que su aspecto físico (y con quién se acuesta) importa, independientemente de que se dedique a pinchar, componer o cantar. A ver si después de todo va a resultar que Burial es en realidad una mujer que no quiere quedar atrapada en estereotipos.

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