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Algunas sensaciones que experimentamos en el Sónar

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Estamos de bajón, pero ha valido la pena

Franc Sayol

22 Junio 2015 20:59


Fotografías de Ariel Martini, Fernando Schlaepfer, Consuelo Bautista y Bianca de Vilar.

1. La camaradería. Desde el punto de vista social, Sónar es uno de los festivales más generosos que existen. Ni siquiera es necesario ir con gente. Puedes llegar solo al Sónar de Día e ir formando una expedición de amigos sobre la marcha para llegar al nocturno. Sea por el verano, el césped del Village o la química, el Sónar sigue siendo uno de los festivales que más confraternidad despiertan del mundo. “Lo mejor del Sónar: mis amigos” se ha convertido en la coletilla favorita en los Facebook de muchos de su asistentes.

2. Hundir la flota. Eso sí, una vez en el recinto de Gran Via es recomendable no quedarse solo y acabar jugando a una suerte de hundir la flota vía WhatsApp intentando explicar tu ubicación utilizando los números pintados en las paredes de los pabellones.

3. El golpe en el pecho. Este año sí. El sonido ha vuelto a estar a la altura de un festival en el que es tan importante escuchar la música como sentirla. El cambio ha sido especialmente drástico en Sonar Village, donde, por fin, se ha prescindido del limitador que tantos estragos causó en las dos últimas ediciones. El modo en el que los bombos de Henrik Schwarz nos sacudieron en el cierre del escenario el sábado fue la manera que tuvo el festival de poner las cosas en su lugar —y, ya de paso, de propulsarnos hacia la última etapa con energías renovadas—.



4. El verano. Oficialmente, el verano empezó ayer a las 18:38. Para los que fuimos al Sónar, sin embargo, empezó 72 horas antes. Concretamente, cuando uno entraba en el festival, se pedía la primera cerveza y veía el desenfadado concierto de Kindness —que, por cierto, no acabó de cuajar a nivel sonoro—. En Barcelona, Sónar es el disparo de salida del verano y todo lo que ello conlleva: pantalones cortos, sudor y la promesa de noches tan cortas como intensas.

5. La ruptura. El espectáculo de Arca fue la primera gran revelación del festival. Más cerca de la performance que del concierto al uso, la actuación de Alejandro Ghersi fue una constante ruptura de esquemas. Su imagen —semidesnudo, con plataformas de drag queen, falda y medias rotas— está en las antípodas del arquetipo de genio de la producción electrónica —que es lo que es—, y su música parece venir de un mundo mutante. Todo en su propuesta pasa por los contrastes e, incluso, las contradicciones. Los ritmos, las melodías, los cuerpos que proyecta Jesse Kanda... todo es deforme y extraño. Las sensaciones que produce también son, claro está, discordantes. Es una incomodidad placentera, una opresión de la que no quieres escapar. Sí, los directos de electrónica pueden seguir siendo una llamada a la revolución.



6. La oscuridad. Eso sí, en cuestión de tensión nada puede equipararse al directo de Autechre. Si Arca propuso nuevos caminos, los británicos se aferraron a la vieja premisa de que en la música electrónica no debe haber espacio para el artificio. Para ello convirtieron el Sonar Hall en una mazmorra de abstracción. El reto fue mayúsculo. Primero, porque la total oscuridad de la sala transformó a todos los asistentes en sonámbulos torpones, y segundo, porque la crudeza de la música, a base de ritmos deconstruidos, crujidos, espasmos sulfúricos y derivaciones hardcore, fue la mayor apología del mal rollo que vivimos en el festival.

7. La comodidad. La implantación del sistema cashless ha sido uno de los grandes triunfos de la edición de este año. A pesar del escepticismo inicial —resultado de las malas experiencias con sistemas similares en otros festivales—, el pago con pulsera ha agilizado el paso por las barras.

8. La inmersión. Las actuaciones en SonarComplex siempre son como entrar en un mundo paralelo, tanto por el hecho de poder descansar las piernas como por el carácter inmersivo que tienen la mayoría de propuestas que se programan ahí. Destacaron especialmente Koreless y Holly Herndon. El primero convirtió el auditorio en una especie de receptor de señales lunares proyectando halos de lásers para acompañar su ambient de neón. La segunda abrió el corazón a su portátil delante de nuestros ojos como si estuviera impartiendo una clase magistral de cirugía. La estadounidense nos trasladó a mundos virtuales con una cascada de melodías de plástico y voces sintetizadas mientras que, con las proyecciones, contestaba a las preguntas del público y lanzaba guiños a Ada Colau. Porque la electrónica también puede ser política.



9. La suspensión. Otro de los refugios semiocultos del Sónar de Día es SonarPLANTA. Este año, el espacio que comisiona la Fundació Sorigué albergaba una monumental instalación audiovisual en la que cinco discos reflectantes dibujaban una coreografía en suspensión. El efecto era hipnótico, casi sedante, un remanso de paz en la tormenta.

10. Los colores. Hay momentos en los que todo concuerda. En la sesión de Jamie xx confluyeron la hora perfecta, la frescura del todavía humeante In Colours y que él tuviera una noche especialmente inspirada. El inicio con "I Know There's Gonna Be (Good Times)" fue premonitorio, y durante una hora y media pudimos tocar todos los colores que adornan la portada de su disco, aun bailando con los ojos cerrados.

11. Los dilemas. Este año los dilemas entre ir a ver una actuación u otra han sido recurrentes. Pero esto siempre es síntoma de un buen cartel. Uno de los más dolorosos fue tener que escoger entre Voices From The Lake y Floating Points. Optamos por el segundo y no nos arrepentimos. Sam Shepherd alimentó su fama de digger diligente con una sesión camaleónica en la que se balanceó entre estilos —de la tropicalia al techno pasando por el boogie y el house— con una facilidad pasmosa. Hacia un calor de locos, pero disfrutamos cada gota de sudor.



12. El underground. Este año, SonarCar ha dado un puñetazo en la mesa. Tradicionalmente visto como un escenario menor, feo y antipático, este año ha contado con una de las programaciones más sorprendentes de todo el festival. El viernes, la tríada Powell, Paranoid London y Randomer escupieron sonidos crudos, secos y contundentes que nos trasladaron a las catacumbas de algún humeante club londinense. El sábado, prácticamente todo el protagonismo fue para el trap, con Pxxr Gvng como grandes triunfadores.

13. Los pobres. Es innegable que Pxxr Gvng tienen un carisma poco habitual en la música de este país. Musicalmente su directo propone poco —pregrabados y autotune por doquier—, pero derrocha magnetismo y actitud. Más que un concierto, fue una oda al desfase, con decenas de personas en el escenario, amigas bailando y ellos mismos documentandolo todo con cámaras GoPro. Estábamos entre amigos, pero valió la pena huir de la marabunta.



14. Los ricos. Las dimensiones de SonarClub son colosales, pero los Chemical Brothers consiguieron lo que parecía imposible: que el escenario casi se quedara pequeño. Pocas veces se ha visto una concentración de público similar en una sola actuación. El directo, sin embargo, no estuvo a la altura de su poder de convocatoria. El discurso de Tom Rowlands y Ed Simons se mantiene inamovible: hits, lásers y proyecciones distintas para cada canción con cierto tufillo cyber. Funciona, sí, pero también aburre. Pero quienes se llevaron la palma de lo carca fueron Duran Duran. El suyo fue uno de los conciertos más vetustos y prescindibles del festival. Era la cuota de “concierto para padres” de este año. Pero si el de Chic del año pasado fue para padres enrollados, el de Duran Duran fue para padres trasnochados.

15. Los golpes. La parada en los autos de choque es obligatoria. Especialmente cuando a ciertas eso se vuelve una batalla campal de trompazos y risas. De repente te ves sentado al lado de un colega al que hacía horas que habías perdido mientras otro hace amigas invitándolas a cinco vueltas seguidas.

16. Internet. Pxxr Gvng acabaron su concierto proyectando sus direcciones de Instagram en las pantallas. Pero no son los únicos que incluyen Internet como parte fundamental de su discurso. Están los que lo hacen desde una perspectiva intelectual, como Holly Herndon, los que lo hacen con vocación de meme, como DJ Detweiler y Josemi Te Lo Pinta, y los que lo hacen en algún lugar entre ambos extremos, como Sophie. Si algo tuvieron en común es que todas ellas se cuentan entre las propuestas más refrescantes del festival.



17. El estallido de la burbuja. Cuando llega cierta hora de el sábado, mientras andas a trompicones sobre un océano de vasos rotos, empiezas a vislumbrarlo en el horizonte. La burbuja en la que has vivido durante tres días se ha hinchado tanto que está a punto de estallar. Algunos intentan retrasarlo abandonando el recinto a la caza de un after, otros deciden mirar al bajón a los ojos y asumir que todo ha terminado. Pero nadie puede esquivar el bofetón de realidad. Ahora solo nos queda sumergirnos en los recuerdos y empezar la cuenta atrás. El verano ha empezado a acabar. Pero ya queda menos para el siguiente.



Todo lo que nuestros sentidos recuerdan del Sónar.




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