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La segunda semifinal de Eurovisión: la mirada a lo más hondo del abismo como 'guilty pleasure'

Ahora sí que sí, la segunda fase clasificatoria de Eurovisión no defrauda. Baños de placentera vergüenza ajena de principio a fin (y ¡qué fin!) con algún hueco para algo de música decente.

No sabemos con qué criterio se dividió a los países entre la primera y la segunda semi-final de esta edición de Eurovisión, pero el reparto ha beneficiado a la segunda jornada. Algunas canciones con pedigrí, ecologismo barato, la secta antivampírica suiza y el castrati rumano como culmen han mantenido nuestros ojos pegados a la pantalla –esta vez sí– de la tele. Y, cuando planeaba el sopor, José María Íñigo ha venido en nuestro rescate.

Una es muy fan del internet y las nuevas tecnologías, pero Eurovisión hay que verlo en una televisión. Y, a poder ser, con comentarista, aunque no tenga ni papa de inglés y, menos, de traducción simultánea. Para los que hemos crecido con Uribarri (que Dios lo tenga en su gloria, que para algo era un buen cristiano), aceptar a José María Íñigo es como aceptar al nuevo novio de tu madre tras la separación paternal. Al final claudicas, porque a ella la hace feliz y a ti te hace gracia, aunque nunca lo querrás como a un padre. Lo de Íñigo de hoy no ha sido una clase magistral de televisión, ritmo, criterio y oportunidad. Todas las baladas eras “muy bonitas y muy pegadizas”, ha soltado algún que otro spoiler de los momentos “espectaculares” de las actuaciones y traduciendo lo que explicaba la presentadora de la gala ha estado torpe. Pero en cuanto ha tenido la oportunidad de repartir estopa –con muchísima elegancia– la ha repartido. Y nosotros que nos lo hemos gozado. El festival como formato televisivo evoluciona con el tiempo, pero tiene un punto nostálgico que merece la pena ser acompañado por anacronismos como José María Íñigo. La alternativa tendría que ser algo muy delirante, en la línea de “Humor Amarillo”.

Con muchos menos baladones empalagosos y unas cuantas favoritas entre las 17 actuaciones de la gala de hoy, las dos horas de retransmisión se han hecho relativamente cortas. De alguna manera, el orden en el que han salido los países al escenario sueco ha conseguido mantener el ritmo. Pero no vayamos a depositar el mérito en los realizadores de Malmö y en el tremendo presupuesto de la gala. Si no hemos cambiado de canal ha sido gracias a representantes de cada país, a sus vestuarios y a sus escenografías. Incluso, en algunos casos, a la admiración que nos ha despertado ver y comprobar que no todo lo que ha pasado por la segunda semifinal eurovisiva era incluso indigno de los casetes de las gasolineras. La propuesta de Noruega y Margaret Berger es bastante digna; la canción es buen pop electrónico escandinavo con ese toquecito oscuro de la idiosincrasia del norte del continente, que les da poco el sol. Aunque a ella le faltó algo de presencia en el escenario y una faja Spanx. Si me tomara muy en serio el festival sería mi favorita de largo.

El periodista filósofo húngaro ByeAlex y su “Kedvesem”, un tema sencillísimo y pegadizo, sin despilfarros ni de voz, ni de dinero ni de escenografía, también entran en lo sorprendentemente digno. Gianluca, el chico de Malta, y sus amigos de las convivencias llevan un tema que tiene tirón y está funcionando. “Tomorrow” es buen rollito –tiene un ukelele–, como si estuviera hecha para un anuncio de cerveza que todos hemos bebido mediterráneamente en un lugar llamado mundo. Estos tres países han conseguido estar entre los diez elegidos para la final junto con Azerbaiyán, Georgia, Rumanía, Islandia, Armenia, Finlandia y Grecia. Por cierto, todo el mundo quiere a los griegos, que son como Celtas Cortos versión sirtaki, y cantan “Alcohol Is Free”, una canción que habla de ponerse pedete cuando las cosas van mal. Empatía instantánea con 200 millones de ciudadanos europeos, qué genialidad. Como ganen lo va a pagar el Deutsche Bank, palabra.

Dejemos de lado los resultados de la semifinal. Aquí lo que importa no es quién va a estar en la gran gala del sábado compitiendo por ser la mejor canción europea. Aquí hemos venido a repasar las actuaciones que se han quedado grabadas a fuego en nuestra retina por histriónicas, kitsch, hilarantes y desconcertantes. Y en esta segunda semi ha habido para rato.

1. Cezar: “It’s My Life” (Rumanía)

Cuidado con Cezar porque tiene enamorada a la cofradía del esperpento por méritos propios. “It’s My Life” recuerda a ídem de Bon Jovi, a “Desátame” de Mónica Naranjo, a Il Divo y a Manuela Trasobares, imaginen el cóctel. Pero lo mejor de todo no es su falsete castrati o el kilo de moco de gorila de su peinado. Prestad atención a ese vestido de lentejuela gorda… Impagable.

2. Esma & Lozano: “Pred Da Se Razdeni” (Macedonia)

La actuación de Macedonia ha comenzado muy normal. Todo apuntaba a que el vocalista masculino estaba haciendo otra deleznable balada épica. Y entonces ha llegado Esma, con el brazo en alto y vestida para amadrinar una boda gitana. Aquello se ha convertido en rumbastep balcánico. José María Íñigo ha contado que esta señora tiene 47 hijos adoptivos, todos varones. Yo me lo creo.

3. Elitsa Todorova & Stoyan Yankulov: “Samo Shampioni” (Bulgaria)

Hoy a Bulgaria le ponían haber llamado Vulgaria y no hubiera pasado nada. “Samo Shampioni” echa por tierra todo el prestigio que El Misterio de las Voces Búlgaras ha cosechado en el panorama folk internacional. Imaginen el timbre místico del célebre coro mezclado con Safri Duo. Lo peor no es el mestizaje loco. Lo peor es meter un gaitero con snapback y la camisa desabrochada. Que os está viendo toda Europa, por favor.

4. Takasa: “You And Me” (Suiza)

¿Recordáis la secta anti vampiros Luz Del Día de “True Blood”? Debe estar inspirada en la formación Takasa. Agrupación musical con miembros desde los 21 a los 95 años vestidos y cantando como si tuvieran que recaudar dinero para el Ejército de Salvación. El señor del contrabajo ha sufrido un ictus cerebral y nadie se ha enterado. De verdad, la Iglesia Evangelista de debajo de mi casa me inspira 100 veces más confianza. Y cantan cosas más pegadizas.

5. Dorians: “Lonely Planet” (Armenia)

Contra lo que se podría pensar en un principio, la canción de Armenia no habla de una guía turística, sino de salvar el planeta, cuidar la madre tierra y esas cosas. La canción ha sido escrita por el guitarrista de Black Sabbath, pero la podría haber hecho cualquier grupo de rock cristiano estadounidense. Para colofón final de la actuación unas llamaradas de fuego con su monóxido de carbono y sus gases tóxicos han contribuido a salvar la capa de Ozono. Gracias, majos.

* En esta galería podrás revivir los momentos más inolvidables de Eurovisión.

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