Columnas

Una segunda oportunidad para diez discos relevantes que se quedaron en el limbo

Quinta entrega del Nuevo Catálogo de Seres y Estares, en el que nos ponemos al día con álbumes de primer nivel a los que, lamentablemente, se les ha hecho poco caso

Las matemáticas no fallan: se editan más discos de los que finalmente aparecen reseñados (aquí y en otros lugares). Conclusión: hay muchos trabajos buenísimos de los que no se habla, por falta de espacio o de interés. El Nuevo Catálogo de Seres y Estares de Cristian Rodríguez llega, pues, por quinta vez, para poner algo de orden y hacer justicia.

El año comienza a ponerse curioso. Ya tenemos algunas obras maestras con las que armar un Top de Discazos 2013, los primeros meses de pobres lanzamientos dejan paso a una floreciente primavera y en el horizonte se avecinan esperados nuevos discos de grandes nombres. La cosecha ha mejorado, y escoger diez discos que se nos hayan quedado colgados ha sido esta vez particularmente selectivo. En el decálogo que sigue a continuación podrían haber estado muchos otros (Julian Lynch, William Tyler, Helado Negro, Wolf Eyes, Milk Music, The Boy Least Likely To…), pero los presentes se merecen estar por méritos propios. De nuevo, no están todos los que son pero sí son todos los que están. ¡Repésquenlos! Se lo han ganado.

Blu: “NoYork!” (New World Color)

El rapero de L.A. Blu ha venido editando y colgando en la red álbumes y mixtapes bajo diferentes seudónimos a un ritmo inaudito. “NoYork!”, que tenía que haber entregado a Warner en pos de un contrato de oro, finalmente no fue editado por la multinacional y ha quedado relegado como un juguete con el que Blu ha estado jugando desde entonces, cambiando nombres de temas, revisando el tracklist continuamente y creando todo un culto a su alrededor. Original de 2011, ahora se edita físicamente con un repertorio final que pierde las producciones de Madlib y Edan, aunque todavía encontremos entre su larga nómina de invitados las de su otrora inseparable Exile ( “Tags”), Daedelus ( “Hours”) o Flying Lotus ( “Everything’s OK”). El asunto es una descontrolada fiesta de 8-bits, y se recomienda especialmente para quienes hallaron “Until the Quiet Comes” complaciente en exceso.

Clinic: “Free Reign II” (Domino)

Curiosa maniobra la de Clinic. No contentos con cómo les quedó su séptimo trabajo, o quizá cansados de escuchar a los críticos acusarles de agotamiento creativo, decidieron dar una vuelta de tuerca a “Free Reign”. Se lo entregaron al maestro Daniel Lopatin para ver qué hacía con él, y el resultado, como no podía esperarse otra cosa viniendo de tal mastermind, es de redoble. El hombre al frente de Oneohtrix Point Never ha puesto literalmente el tracklist patas arriba (el primer tema del disco original es el último de este ‘redux’, y viceversa), y ha conseguido que sus canciones ganen en profundidad y relieve al dotarlas de un sonido mucho más crujiente y afilado. El resultado es la conversión de lo que era un gran potencial en disco sobresaliente que, además de poner sobre la mesa el interesante debate de cuándo dar por acabado un disco, se corona como la cima estilística de los de Liverpool.

Dutch Uncles: “Out of Touch in the Wild” (Memphis Industries)

La escena de Manchester (Egyptian Hip Hop, Delphic, Everything Everything) se guarda en la manga otro gran as de pop excéntrico. Responden al nombre de Dutch Uncles y editan ahora su tercer disco en Memphis Industries, el sello ideal para ese art-pop intrincado que facturan en la línea de los mejores Field Music. En el rimbombante “Out of Touch in the Wild” sustituyen la mayor parte de las guitarras por marimbas, violines y teclados, entendiéndolo como un gran crucigrama de referencias pop donde las principales serían Peter Gabriel y XTC. Y consiguen un trabajo decidido y valiente que ratifica el buen estado de salud de la esfera pop británica. Vale, quizá no alcance el espectacular nivel del debut de Savages, pero el hecho de que “Fester” recuerde a los llorados Clor y que “Phaedra” parezca, como alguien ha dicho por ahí, Shugo Tokumaru versionando a Wild Beasts, son noticias excitantes.

Hiss Golden Messenger: “Haw” (Paradise of Bachelors)

Gran principio de año en el terreno de la americana, con los pasos al frente de Phosphorescent y Kurt Vile, y también, por lo que se refiere al alt-country, con los fenomenales nuevos trabajos de Mount Moriah, Wooden Wand y sobre todo este “Haw” de Hiss Golden Messenger. Octavo disco ya del proyecto de Carolina del Norte comandado por el licenciado en folklore M. C. Taylor y el sensacional bajista Scott Hirsch –que para la ocasión cuentan con el guitarrista William Tyler, muy conocido en la escena, y con Phil Cook (Megafaun)–, “Haw” hace gala de una elegancia cristalina, de una precisión exquisita en su tristeza y de cálidas instrumentaciones que van haciendo suya la herencia de todos los géneros musicales del sur de Estados Unidos (guiños gospel, blues y jazz, entre otros muchos latentes). Con ínfulas de revolución tranquila y remedio espiritual, es un bello disco perfecto para escuchar, si es posible, de madrugada en la montaña.

Julia Brown: “To Be Close to You” (Birdtapes)

Sam Ray, antes militante en Teen Suicide, es la cabeza pensante de este trío de Maryland que toma su nombre de una famosa prostituta neoyorquina del siglo XIX. Su primer lanzamiento oficial apenas lo parece. Minúsculos y lo-fi hasta el extremo, los dieciséis minutos de su grueso de temas fueron grabados directamente en cinta y parecen descubiertos dentro de un desvencijado baúl lleno de polvo. A pesar de esa apariencia llena de errores e interludios domésticos que enfatiza el candor y la humildad de la propuesta, su corazón bombea la sangre de los grandes discos indies, resultando especialmente adorables por su carácter ignoto en una época tan dada al exhibicionismo como esta. Completados con versiones en directo y varias demos, son los de “To Be Close to You” temas a los que basta acercarse para que te contagien su cariño indie y que luego uno quiere oír hasta agotarlos. Pequeño gran disco de primavera.

Lady Lamb The Beekeeper: “Ripely Pine” (Ba Da Bing!)

Aly Spaltro, 23 años, lleva componiendo canciones desde hace tiempo, pero hasta el momento sus varias grabaciones caseras sólo las habían escuchado los clientes del videoclub donde trabajaba, a quienes se las regalaba sin decir que eran sus propias composiciones. “Ripely Pine” lo escribió cuando aún no tenía 20 tacos, y es una desbordante presentación oficial. Ciertamente agotadora, sí, pero de la que no se puede negar su entusiasmo y consecución artística (soberbias instrumentaciones, apasionantes letras). Aly juega con el metraje como si fuese una batidora de dinámicas y estructuras, desgranando temas que raramente duran menos de cuatro minutos y que suelen explotar a la mitad, repletos de improvisos, desplegándose como abanicos que brindasen diferentes estados de ánimo muchas veces contradictorios entre sí. Es el de la muchacha un profundo sentido del drama. Y deja huella. Apunten su nombre.

Lady Lazarus: “All My Love in Half Light” (Autoeditado)

Melissa Ann Sweat toma su seudónimo de un poema de Sylvia Plath y factura un folk de cámara que fácilmente podríamos emparentar con Grouper o Julianna Barwick. Música mística en femenino, de tono litúrgico y aspiración casi zen, comandada por un piano que se sumerje entre nubes de reverb y guiada por una voz que hipnotiza. Este vasto y vaporoso “All My Love in Half Light” es su segundo trabajo tras “Mantic” (2011) y con su abrumador tono monacal te tumba como si hubieses sido absorbido por los confines de un gran templo. Enamorada de los cancioneros de Joanna Newsom, Philip Glass y Arthur Russell, Melissa lo ha grabado junto a Jason Quever (Papercuts) diseminando por sus corrientes subterráneas acordeones y chelos, instalando leves matices casi imperceptibles en cada corte, haciendo que se reflejen unos en otros como leves movimientos en agua estancada. Flotando.

L. Pierre: “The Island Come True” (Melodic)

Hace ya siete años que perdimos a Arab Strap y al genio como letrista de Aidan Moffat. Por suerte, ahora decide recuperar su proyecto de found-sounds instrumentales para recordarnos que sin palabras también puede robarnos el corazón. “The Island Come True” es el acontecimiento hipnagógico de lo que llevamos de año (y el compañero perfecto para su olvidado “Hypnogogia” de 2002). A base de cuerdas procesadas, samples de batería y grabaciones de campo, Moffat dibuja un mágico paisaje, tan irreal como la remota isla imaginada por Eden Ahbez en 1960 y tan suculento como las perlas vintage de The Caretaker (con quien comparte esa idea de una poética basada en grabaciones polvorientas). Tomando su título del capítulo de Peter Pan en el que Neverland es descubierta, el disco muda la piel según el estado de ánimo con que se escuche, revelándose un ambiguo catálogo de atmósferas evanescentes.

Thee Oh Sees: “Floating Coffin” (Castle Face)

Impresionante lo de John Dwyer al frente de sus hiperactivos Thee Oh Sees. No le basta con tener uno de los mejores directos del momento –atención: regresan este mes a Primavera Sound–, sino que los discos notables le salen como churros. ¡A ver qué otro grupo ha despachado en siete años once largos de calidad tan contrastada! “Floating Coffin” es una nueva muestra de su constante estado de autosuperación, otro disparo con puntería en el centro de la diana. De hecho, y aunque esto sea difícil de matizarlo dentro de su valiosísima carrera, podría tratarse de su trabajo mejor armado. Aquel en el que Thee Oh Sees suenan tan divertidos y engrasados como en “Putrifiers II”, y su garaje adquiere un sentido extra del arrojo, con letras muy gores y una implacable base rítmica que recuerda tanto a los Feelies ( “Maze Francier”) como al incandescente “Slaughterhouse” (2012) de su socio Ty Segall. Sí, hasta los salvajes Wavves palidecen a su lado.

Wire: “Change Becomes Us” (Pink Flag)

Pocos músicos tan testarudos y fieles a su legado como Colin Newman y sus Wire. Leyenda vivas del post-punk, resucitados con nueva sangre desde el implacable “Send” de 2003, ahora se plantean con “Change Becomes Us” una especie de psicoanálisis creativo. La idea es saldar cuentas con su propia historia y algunas lagunas de su legado, reescribiendo, transformando y retitulando temas ya testados en directo y recogidos anteriormente en lives como “Document and Eyewitness” (1981) o “Turns and Strokes” (1996). Lo pasmoso es comprobar de qué manera puede un grupo tan poco conformista poner sobre la mesa la cuestión de la auto-revisión, y no sólo salir airoso sino dar con uno de sus mejores trabajos. Lo que en otros sería síntoma de agotamiento creativo aquí se postula cual “chance to reconfigure DNA” ( “& Much Besides”). Y así, la banda que debería haber sido en los 80 se presenta como una de las más regias del momento.

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