Columnas

El secreto del acero

Bajo el Dosel de Sombras

Óscar Broc El secreto del acero 1. El Dosel de Sombras

El día del libro es una de las pantomimas más vergonzosas que se dan en este mundo. Pestañeas, te rascas el pescuezo y cuando te giras, ¡plaf!, las estanterías de FNAC comienzan a parir publicaciones en torrente sobre tu coronilla: futbolistas, críticos musicales, fisioterapeutas, presentadores, economistas, cocineros, monologuistas, todos quieren su pedazo de tarta, claro, aunque sus flatulencias literarias se diluyan en el ambiente como lo que son: pedos molestos de corta duración y vigencia limitada a la primera corriente de aire que pase por ahí. No censuro el oportunismo, Dios me libre. Tengo muy claro que yo sería el primero en firmar: “oye, mira, escribes un refrito de tus textos o un estúpido manual de bricolaje o las 100 pelis que más te han gustado: 150 paginitas de mierda, le metemos el palo a la gente, pongamos 25 euros por ejemplar, y aquí nos sacamos todos una pasta”. Admito que por el lado pecuniario hay hasta algo de envidia, qué demonios, es un chollo seguro y muy bien remunerado. Lo que realmente orada mi paciencia es que bajo la línea de flotación, copada por los cadáveres de cientos de obras mal escritas, absurdas y de regalo de compromiso, descansan novelas talladas por auténticos autores de casta, con muchos números para pasar injustamente desapercibidas. Vaya, una excusa como otra, para qué marear más la perdiz, para hablar de “Corona De Flores” (Mondadori), un libro que me ha tenido en vilo esta última semana. Con esta novela gótica de crímenes, el extraordinario narrador barcelonés Javier Calvo cultiva, con gran poder seductor, un nervio literario único en su especie. Interesado en buscar elementos ajenos a las constantes de los escritores de su generación, Calvo esquiva en “Corona De Flores” las obviedades achacables a los autores jóvenes de este país –drogas, sexo, fracaso de las relaciones personales, existencialismo de bolsillo, escritura beatnik, referencias musicales a punta pala y toda esa basura–, levantando un turbio andamiaje literario de época que se debe a las novelas de misterio victorianas y al género policíaco. Salpica el lienzo con inquietantes manchurrones de magia, espiritualidad, ciencia y esoterismo, y se basta con una prosa perfectamente engrasada para regalar al lector una descripción estremecedora de la Barcelona de finales del XIX. El barrio del Raval, impregnado de humaredas tóxicas y poblado de personajes grotescos –Max Téller, un hampón travestido, acompañado de un desagradable mono, es quizás mi favorito–, adquiere en las páginas de Calvo un hálito infernal y mohoso que produce repugnancia.“Corona De Flores” me ha atrapado con la misma implacabilidad que las grandes historias de Conan Doyle, pero hay algo añadido, algo que repta más allá de la intriga policial y sisea amenazante en los pútridos recovecos de los escenarios donde transcurre la acción. Calvo nos muestra la Barcelona de 1877 como si fuera un Joseph Merrick de latón, óxido, adoquines y lámparas de gas; un monstruo deforme y halitósico que se cierne sobre los personajes, como si en cualquier momento fuera a devorarlos; un trabajo de documentación que se intuye concienzudo, al servicio del tenebrismo industrial y los efluvios químicos de las grandes fábricas, representados en la novela como una nube de muerte omnipresente que responde al nombre de Dosel de Sombras. “Corona De Flores” es una novela tan atmosférica que embriaga, acojona, hipnotiza al lector, le hunde sin remedio en una cenagosa historia cargada de símbolos, superstición, horror y violencia. Tiene todos los ingredientes de una gran novela de crímenes. Podría estar hablando durante horas de esta deliciosa pesadilla, de los inquietantes personajes que dibuja el escritor barcelonés, de lo bien estructurada que está la trama, del estremecimiento que producen las descripciones de la ciudad. Sería darle vueltas a la misma idea e incluso algunos podrían pensar que estoy enamorado del tipo. Nada más lejos de la realidad, pero creo que necesitábamos un autor como éste en nuestro país y me gustaría que “Corona De Flores” fuera un éxito de ventas. Si la popularización de esta novela es el precio a pagar para conseguir más entregas, vive Dios que firmaría ahora mismo. Lo que sea con tal de que Calvo tenga un jugoso sustento y se tome este libro como el primero de una larga serie de best-sellers. Lo que sea con tal de que esto no termine ahora. Mis células ya están pidiendo a grito pelado la próxima entrega. Por tanto, le diría a la gente que para el día del libro se olvide de futbolistas, fisioterapeutas, presentadores, economistas, críticos musicales, cocineros, monologuistas. Que se olvide de autores jóvenes, ansiosos por contar sus aventuras con las drogas y su fanatismo por el rock. Le diría a la gente que compre el libro de un escritor de verdad. Por favor.

2. Él me ha matado

No estaba planeado, no es fruto del clásico intento por darle cierta coherencia con regusto nacional a esta vomitona de letras, sencillamente se ha dado así, pero si Javier Calvo me ha golpeado duro con “Corona De Flores” (mi libro favorito del 2010, así de claro), otro autor patrio ha conseguido tres cuartos de lo mismo a través del feísmo white trash de Tú Me Has Matado (Astiberri). El debut de David Sánchez es una bonita revelación para los que pensamos que el cómic nacional necesita un poco de testículos. El madrileño ha sabido rebuscar en un vertedero de influencias 100% americano, alejándose del imperativo español, el de “no copiarás a ningún autor yanqui porque queda mal y eres murciano, no de Texas”, y aportando al tablero de juego un universo grotesco y malsano cuyas referencias están cosidas a la vista, sin reparos. Charles Burns, Daniel Clowes, David Lynch, Todd Solondz, Quentin Tarantino… Donde otros quizás habrían caído en el ridículo –fotocopias de mala calidad mediante–, Sánchez se yergue como un monstruo que devora referentes, los regurgita y escupe su propio bolo alimenticio: espeso, bilioso, pegajoso, sudoroso. Tiene voz propia, tiene discurso, parece mentira que en su primera obra haya encontrado ya un estilo tan definido e intransferible. El dibujo es de línea clara, aséptica, con una plasmación simple de las formas y un repaso en negro de las siluetas que recuerda mucho a Charles Burns, pero bañado en un cromatismo acertadísimo que, a mi modo de ver, es uno de los fuertes de sus viñetas. Es un dibujante magnífico, tiene muy claro el diseño de la página y se muestra siempre sobrio, sin alardes, sin chulescos trazos de autoría, sin estridencias malsonantes.También construye con albañilería fina una historia que, a pesar de su intrincada disposición, tiene el mérito de discurrir con gran fluidez, hasta despreocupación, en muchas ocasiones. Pero todo encaja, todo forma parte de una maquinaria siniestra que parece operar más allá de nuestros sentidos. Y lo mejor es la creación de un infierno propio, una ventana que nos ofrece vistas grotescas de una sociedad tísica, enferma, deprimente. En “Tú Me Has Matado” encontramos un pueblo pesadillesco en medio de ninguna parte, conspiraciones religiosas, policías enfermos, espectros de carne y hueso, prostitutas con cuatro tetas, asesinatos en crudo y una trama que se pliega sobre sí misma como una pescadilla moribunda mordiéndose la cola. Todo es decadente, desolador, turbador, maravilloso. David Sánchez –adoro su ilustración de Tony Soprano para el libro Los Soprano Forever (Errata Naturae, 2009), magnifico ensayo sobre la serie de televisión clave de la década pasada– es un comiquero de raza con todo un universo que explotar. Pensaba que desde Santiago Sequeiros nunca volvería a decir esto de un autor español. Muy grande. 3. Mucha trompeta y poca metralleta

Pasa que cuando haces algo como “The Wire” eres como el Barça de las Seis Copas: te puedes permitir vivir de las rentas una temporadita sin que nadie te reproche nada, más aún, con toda la cohorte de palmeros marcando bulerías cada vez que haces una gracia, por muy dudosa que resulte. Por fin se ha estrenado “Treme” (HBO), nuevo proyecto de David Simon, aunque los gemidos de placer se oyeron incluso antes de ver de qué iba el tinglado. Pues tampoco ha sido para tanto. Que nadie me malinterprete: todo está muy bien hecho, la telaraña de vidas cruzadas está notablemente tejida, al aire de docudrama y las interpretaciones naturalistas le dan un plus de realismo, pero al motor le falta esa chispa de atemporalidad que nos obligaba a tomar cada episodio de “The Wire” como un japonés tradicionalista se tomaría la ceremonia del té. Le falta golpear con los nudillos, le falta más crudeza. El escenario de la Nueva Orleans post-Katrina puede resultar interesante, pero uno acaba un poco harto del afán por darle a la trompetita y mostrarnos la cara más enrollada de la ciudad, el topicazo ese de “sí, mira, esto se ha ido a tomar por culo, pero todavía nos queda la música”. Digo un tanto rabioso que uno termina cansado de tanta trompeta, tanto jazz y tanta big band. El primer episodio abusa del folklore. La trama, lo que realmente interesa, avanza con cierta lentitud. No sé, no sé, algo impide que esta serie sea el trallazo histórico que nos habían prometido. Un buen amigo mío ya lo dijo en Facebook: “mucha trompeta y poca metralleta”. No se me ocurre mejor y más biliosa definición para el comienzo de “Treme”.Mucha bohemia negra, mucho sentido de la comunidad, mucho hippismo, mucha musiquita para aliviar las penas, mucho Elvis Costello, mucho amor, pero pocas agallas. Es como si después de la demoledora ducha de realidad de “The Wire” Simon se hubiera vuelto un costra. Y no lo digo sólo por la música, el tono de la serie destila un buenrollismo dentro de la tragedia que me cuesta digerir. Seguramente serán muy pocos los que critiquen a David Simon, para muchos el orgasmo de “The Wire” todavía reverbera y alzar la voz sería poco menos que escupir en la cara de Dios. Pues no, Baltimore ya terminó, pasamos página; nunca he creído en lo de vivir de las rentas y mucho menos en lo de estar por encima del bien y del mal. Seguiré viendo “Treme”, por supuesto. Está por encima del grueso de series actuales. Pero no podré dejar de pensar que los artífices de esto son capaces de hacer mucha más pupa y que el DJ de radio hippie con gafas a lo John Lennon es uno de los imbéciles más detestables que he visto en mucho tiempo en una serie de televisión: Stringer Bell le aplastaría el cuello al mentecato como si fuera un calçot en manos de Hulk. Eso sí, el visionado de “Treme” tiene una carga sentimental destacable que hace de cada episodio una misa por el recientemente fallecido David Mills, responsable de los mejores guiones de “The Corner” y “The Wire”, entre otros logros televisivos. Rest in peace.

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