Columnas

El secreto del acero

Artis Mutante

Por Óscar Broc

1. Pintores tullidos, calendarios y otras Ligas. Cuando pienso en la atracción del feísmo, el condensador de fluzo se pone a temblar y el Delorean retrocede hasta mi niñez. La culpa es de los siniestros calendarios que Artis Mutis repartía por los hogares españoles durante las fiestas de Navidad. Eran piezas artísticas harto peculiares, pues en las páginas correspondientes a cada mes del año presentaban reproducciones de óleos elaborados por tullidos. Nada excesivamente extraño hasta aquí, todos sabemos que el ser humano es capaz de ejecutar grandes prodigios con escasas articulaciones. El componente perturbador de esos calendarios eran las fotografías que incluían en su interior. Se trataba de acongojantes instantáneas de pintores desmembrados, misteriosos seres sin apéndices que aparecían enfrentados a un lienzo a medio hacer con el pincel en la boca o, lo que todavía resultaba más inquietante, sosteniendo el cerdamen entre los dedos de los pies. Tan oscuras instantáneas eran el garante de que los cuadros que allí se veían estaban pintados exclusivamente por la mano, bueno, mejor dicho por los maxilares o los hábiles quesos de personas baldadas. Servidor se sentía atraído por esa fealdad malrrollista. Las posturas contrahechas de aquellos artistas lisiados eran un canto al horror, una prueba de que la crueldad de la naturaleza a veces puede ser inquietantemente atractiva incluso en su geometría más áspera. No podía evitar observarlas; eran una droga. Sumido en una opiácea mezcla de diversión y repeluzno, encontraba mucho más interesantes las fotos de los pintores en acción que sus propios cuadros, por muy bonitos que éstos fueran, con la dulce carga de culpabilidad que tan magno acto de morbo conlleva, por supuesto.

Acabo de terminar el último episodio de “The League of Gentlemen” (BBC 1999-2002) con una ría de baba horadando en torrente mi mentón. Hacía tiempo que una serie no despertaba en mis adentros sensaciones tan parecidas a las que me proporcionaban aquellos calendarios nacidos de la mutilación. “La Liga de los Caballeros” es una pequeña obra de artesanía perversa, un producto único que los amantes del terror, la deformidad, la comedia negra y la mugre geek saborearán cual sashimi de toro en el mercado de Tsukiji. Considero injusto que su repercusión fuera de Inglaterra haya sido prácticamente nula, pues esta serie de tres temporadas ha ejercido una influencia decisiva en producciones británicas de nuevo cuño ( “Little Britain” le debe muchísimo) y todavía hoy, once años después de su estreno, la televisión no ha dado a luz una mutación parecida, a excepción de la reciente y altamente recomendable “Psychoville”, ideada por el mismo equipo de enajenados. Criado a la eterna lumbre de Monty Phython, el cuarteto formado por Jeremy Dyson, Mark Gatiss, Steve Pemberton y Reece Shearsmith consiguió fabricar un molde televisivo único donde la aberración, la deformidad y el mal gusto se convierten en un arma humorística letal. La serie aterriza en un pueblo perdido de la campiña inglesa y recorre las historias de los freaks que lo habitan con un estilo siniestro, feo, desdentado... Los cuatro cómicos interpretan a prácticamente todos los personajes: mujeres perturbadas, viejos decrépitos, ex guitarristas de rock fracasados, asesinos, taxistas travestis, profesoras maléficas, tenderos psicópatas; todos se disfrazan, cambian de voz y, en cada episodio, ejecutan con impresionante capacidad camaleónica una colección de sketches aparentemente inconexos. Digo aparentemente, porque en la segunda y tercera temporada se aprecia una mayor complejidad argumental, y un afán por darle al producto un nexo narrativo que engrandece todavía más esta radiografía hilarante del horror pueblerino 100% british.Lo mejor de “The League of Gentlemen” es que perturba y divierte a partes iguales. Es muy difícil hoy en día conseguir algo así sin caer en la obviedad y los tópicos de siempre. Dyson, Gatiss, Pemberton y Shearsmith apuestan por una visión horrible y desasosegante de la Inglaterra profunda, pero se ríen de sus quistes en su misma cara, lanzando constantes guiños al cine de terror y serie B, y pergeñando una suerte de comedia negra-gótica-costumbrista-fantástica-gore que no ha encontrado todavía igual. El humor es muchas veces espeso, extravagante, sucio e incómodo, y tiene la virtud de conseguir que te descojones horrorizado, que te diviertas con la bajeza. Cuidada al máximo en los detalles (las intros de cada capítulo, con la panorámica del pueblo, son maravillosas), con una calidad de textos por encima de la media y en un terreno imposible de ser categorizado (comedia, transformismo, terror, suspense, cartoon), ésta es una de mis no-comedias británicas favoritas junto a “The Mighty Boosh”, otro producto de pelaje muy similar, aunque más psicodélico, que, al igual que las gordas deformes de “Little Britain”, está profundamente influenciado por esta Liga de Caballeros jorobados, contrahechos, y asimétricos. Como los tullidos que se mostraban, en su deforme esplendor, pintando cuadros con la oreja en el también extraño universo de Artis Mutis. 2. Mariconadas las justas. Soy un ñoño. Vale. Que a lo mejor me lo merezco, bueno. Sé que “Glee” es un producto comercial con aroma adolescente. Sé que la serie de Ryan Murphy (creador de “Nip / Tuck”) es algo cursi. Que es demasiado comercial. Que es un musical con espinillas en la tocha. Lo que queráis. Lo cierto es que me ha enternecido como a un gilipollas (juro que me emocioné con el piloto), y he devorado la primera temporada en dos días, asombrado ante lo bien que se digiere y lo mucho que engancha este producto juvenil. No sé, hay algo en esta serie que está muy bien hecho. Tiene el sello gay-kitsch de Murphy; la idea de hacer un coro de instituto con los marginados de la escuela funciona (me encanta el chico homosexual, que se despoja de su chaqueta Marc Jacobs antes de que los bullies le metan en el contenedor de la basura); los números musicales, desde Kanye West a Beyonce, son lo más cheesy que he visto en mucho tiempo, pero molan; los tópicos de instituto se tratan con inteligencia; el humor es blanco, sí, pero tiene pequeños destellos de perversión que Murphy ha sabido enterrar en lugares estratégicos. En marzo la veremos en España y, aunque me cueste la poca credibilidad que me queda, voy a decirlo con los testículos sobre el tresillo: por el momento, es una mis series favoritas del año. 3. Desde Rusia con ardor. Me considero un lector integrista de cómics. El típico cretino tiquismiquis de la vieja escuela, vamos. A mis mal llevados 34 años (el otro día me fui a pasear por la Diagonal de Barcelona hasta alcanzar el parque Cervantes y estuve todo el sábado en coma) sigo fascinado con los pijamas y las capas de acrílico, pero en plan facha, receloso todavía de los tebeos indies, de las obra adultas, y de toda la parafernalia propia de las viñetas serias. De todos modos, hay cosas que no comparto con el mundo del fascismo comiquero superheroico. Me refiero a la necesidad casi agónica de que las intrigas tengan pleno sentido, ofrezcan conclusiones cerradas y, sobre todo, no dejen un solo cabo suelto, por muy estúpido que éste sea. Es la razón por la que Grant Morrison siempre me ha parecido un visionario. Estamos ante un terrorista que se ha dedicado a dinamitar las convenciones del cómic comercial desde sus mismas entrañas, abogando por el cut-up al más puro estilo William S. Burroughs, por la influencia radical de obras malditas como “Valis” (Minotauro) de Philip K. Dick, por los arcos argumentales sin cerrar y por el caos narrativo en favor de la inmediatez. Lo demostró con la entrópica “Los Invisibles”(Norma), el mejor tebeo de la segunda mitad de los 90 (con más interrogantes que certezas), y sigue ametrallándonos con obras maestras en las que no importa hacia dónde vas, sino cómo vas. Digo esto porque me entristece ver a lectores de cómics encolerizados ante el espeso caldo argumental y la aparente confusión que nos ofrece “The Winter Men” (Norma), una intriga tan absorbente, compleja y poliédrica que exige dos y tres lecturas para entrar en nuestro torrente sanguíneo. Lo que hacen los autores en esta magistral miniserie es mezclar intrigas geopolíticas, novela negra, género mafioso, ciencia ficción, épica superheroica y acción en crudo en una Rusia post-soviética perteneciente a una realidad alternativa. Brett Lewis se tiró cinco años zurciendo un intrincadísimo telar de conspiraciones, hampones ultraviolentos, corrupción política, nieve, vodka, sangre y lefa (la violencia es sucia y el sexo es sórdido). Y lo mejor es que el tipo no nos sitúa en la acción. Nos mete en medio de la trama, sin apenas antecedentes, escondiendo piezas fundamentales de la historia que el lector tiene que adivinar. Este rompecabezas, protagonizado por militares corruptos, asesinos alcohólicos y cuerpos de espionaje y contraespionaje, se resuelve (o no) en un rush final en el que Lewis se olvida premeditadamente de atar algunos cabos y desdobla la historia en subtramas caleidoscópicas ideadas para extraviar al lector y hacerle el trayecto más difícil. Es necesario sumergirse atentamente en la obra, no perder un segundo de atención y, sobre todo, masticar el tomo una y otra vez hasta aborrecerlo para ver las costuras del misterio. El dibujo de John Paul Leon –grueso, esquemático, muy de los años 70– resulta perfecto para retratar un Moscú que parece una cloaca congelada. No es una lectura fácil, no se cierran todos los círculos, no hay respuesta para cada interrogantes, joder, a veces te pierdes por el camino, pero es una de las historias más gratificantes y crudas que he leído últimamente. 4. Los libros de cristal de Ferran Rañé. No echo de menos en absoluto mi vida de estudiante universitario. Lo único que añoro de aquella época de porros, birras y pastis es el tiempo libre. Cuando cursaba la carrera de traducción, demonios, me sobraban los minutos. Una de las muchas tardes que lancé a la basura, me encontraba en las Ramblas con un regio amigo de Salou, esquivando carteristas magrebíes, estatuas humanas y jaulas de periquitos. De repente, un actor catalánde culto llamado Ferran Rañé se cruzó en nuestro camino, dándole un nuevo sentido a aquella velada de aburrimiento y gilipollismo vespertino. Mi amigo, al que llamaremos Marcos para no desvelar su identidad, sólo tuvo que mirarme con la misma sonrisa con la que cantas un bingo; sin saber exactamente por qué, enseguida comprendimos que había que seguir al pobre tipo. Cuando te sobra el tiempo, un famoso de tres al cuarto como el que nos ocupa puede devenir un preciadísimo objeto de culto. Te salva la tarde. Seguramente fue eso lo que nos llevó a perseguir al otrora presentador de “Locos Por La Tele” como si fuéramos detectives privados (y fumados). Juro que estuvimos media hora pisándole los talones al tipo, que iba armadocon una botella de tinto que se intuía recién comprada en algún badulaque del Raval. De hecho, creo que podríamos haber espiado y perseguido al freak toda la santa noche, días enteros incluso, si éste no se hubiera parado en un portal de la calle Montcada para entrar en lo que seguramente era una cena entre amigos o un tête a tête con un bella actriz de teatro cultureta, qué sé yo. Eso es lo que echo de menos precisamente de mi etapa universitaria: la pachorra, las horas de regalo, el tiempo suficiente para comportarte como un mongoloide y no tener remordimientos. Estoy convencido de que mi socio Marcos lo echa de menos también.Esta anécdota viene a colación porque la vida laboral no te da un respiro. He tardado 3 meses en leer un libro fascinante, cuando en mis años mozos de libertad y abundante solaz me habrían bastado 30 días (hay que decir, aunque para nada sirva en mi descargo, que el ladrillo gasta 1.000 páginas del ala). Si hubiera disfrutado de la laxitud temporal de hace 15 años, habría hablado de él en el anterior Secreto del Acero. De todos modos, el trayecto, aunque lleno de obstáculos, ha merecido la pena. “Los Libros De Cristal De Los Devoradores De Sueños” (Edhasa-Marlow) –lo compraría sólo por el título– me ha empapado las sienes de endorfinas y se ha convertido en mi culebrón favorito de este invierno. A medio camino entre el steampunk, la novela victoriana, la ciencia ficción, el terror, el romance y el folletín de aventuras, el tocho de Gordon Dhalquist (cineasta experimental convertido ahora en el Arthur Conan Doyle de la modernidad) es una enrevesada trama que recoge el legado de los libros de Sherlock Holmes para fabricar una sórdida fantasía detectivesca en la que todos los tópicos victorianos –misteriosos asesinos, inquietantes cultos, siniestros fumaderos de opio, reuniones secretas– se reinventan en una realidad alternativa cargada de complejidades, giros argumentales y prodigios fantásticos. Ideal para gente que está en el paro o vagos terminales con asignación mensual de padre millonario, “Los Libros De Cristal De Ferran Rañé”, digo, de “ Los Devoradores De Sueños” es sin duda el sueño húmedo de los que hemos vibrado con “El Sonámbulo” (La Factoría de Ideas) de Jonathan Barnes, “La Liga De Los Hombres Extraordinarios” (Planeta) de Alan Moore y Kevin O’Neill o el maravilloso “El Corazón Del Imperio” (Astiberri) de Bryan Talbot. Creo que es el broche perfecto para cerrar mi laptop. Esta columna se autodestruirá en cinco segundos.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video

cerrar
cerrar