Columnas

El secreto del acero. Tiempo y consumo en la era pop

Sofá, porros, DVD

Por Óscar Broc 1. Soy un perdedor. Nunca hubiera pensado que volvería a la crítica musical. Había desarrollado una inquina enfermiza por este mundo. De hecho, hacía varios años ya que mis textos no eran más que pies de página testimoniales, muchas veces hechos por encargo y sin el más mínimo atisbo de placer en su confección. Siempre he trabajado por dinero, es lo único que me interesa, no creo en aquello de “por al amor al arte”: soy un jodido mercenario y me gusta. En este contexto de materialismo extremo y gandulería canina, escribir sobre música era hasta hace un tiempo una forma fácil y placentera de ingresar chequecitos… pero me cansé de todo, de los tópicos, de las entrevistas por teléfono con cuestionarios base (influencias, proceso de grabación del nuevo disco, qué opinas de la escena rap actual, ¡diossss!), de las tarifas etíopes y, sobre todo, de los periodistas musicales españoles, de sus ansias por trascender y de su gilipollismo irreversible. Nunca he entendido por qué en un subgénero como éste, en el que un texto de dos páginas no te da ni para comprar dos estanterías Benno, la gente se toma tan endemoniadamente en serio a sí misma.Pero estoy divagando; mejor que siga meando dentro de la taza. La crítica musical, decía, se había acabado para mí hasta que Playground me devolvió la motivación (debo advertir, para ser justo, que resultó fundamental, también, la insistencia de esa hermana de la caridad llamada Javier Blánquez, que lleva consiguiéndome trabajos desde los 90), o lo que es lo mismo, me devolvió el placer de ganar dinero, disfrutar con ello y regalar caracteres porque sí, por el mero hecho de que te gusta lo que estás escribiendo y por fin puedes acabar una crítica sin pensar “increíble que me publiquen esta bazofia”. No quería comenzar, pues, “El Secreto del Acero”, este diario de bitácora de mis consumos culturales en la era del pop y la madre que lo parió, sin enviar un agradecimiento a esta bendita casa por haber rescatado del fumadero de opio donde sesteaba al perezoso trasero que vuestros ojos ahora contemplan, y haberlo puesto en activo otra vez en el parquet de la crítica musical.Ahhhh, jilgueros, pero esto sí que no me lo esperaba. Darle una columna a una persona caótica, nerviosa, neurótica, disléxica y sin vocación alguna de ser lo que se conoce como líder de opinión –básicamente porque mi opinión no vale un tubérculo– es un movimiento audaz, alocado incluso. Difícilmente encontrará aquí el lector una guía fiable sobre grandes asuntos o polémicas de la industria cultural. Un santuario de sensatez y espíritu crítico. Tampoco será esto un diario emo sobre lo jodido que es vivir y lo mal que me huelen los quesos. A la gente se la bufa mi estado de ánimo y mis hongos plantares. Esto será un repaso, impredecible, sin hilo conductor, a bocajarro, en bolas, llorando y con la pistola en la boca – como Martin Riggs durante los primeros minutos de “Arma Letal” , pero un repaso, al fin y al cabo, por el universo de la cultura pop-trefacta que invade mi existencia en un sofá, rodeándome en forma de amenazantes estanterías rellenas de mierda que, como los siniestros pigmeos del rodaje de “Fitzcarraldo”, esperan a que me venza el sueño para despellejarme y hacer canoas con mi piel, como si fuera el mismísimo Klaus Kinski. 2. En loor del sofá. He mencionado el sofá y creo que para una presentación digna debo hacer partícipe al lector de la santa trinidad que domina mi existencia y sin la cual sería imposible entender nada de lo que a partir de ahora se diga en esta columna de serie B. Sofá, porros y DVD. Así es: sofá (1), porros (2) y DVD (3). Un mantra fácil. Sin truco. Pegadizo, si me lo preguntan. Es el triángulo perfecto. La carambola básica. Sus tres lados se retroalimentan, se necesitan los unos a los otros para tener pleno significado, como el ying y el yang, el wasabi y el nigiri, Jack Bauer y el “damn it!”, Kanye West y su americana arremangada, el guá y las canicas, Matthew McConaughey y el requesón… El cuenco sin fondo que se ha formado en mi lado del sofá (el sector de mi novia sigue intacto, recto, con la misma turgencia del primer día; el mío es un cráter ponzoñoso de palomitas, chinas de costo, migajas y otros detritos en constante ebullición de sudor de culo) habla muy claro de lo importante que se ha convertido en mi vida este mueble-fortín, doblado y retorcido bajo el peso y la quemazón de mis nalgas a lo largo de las centurias. En mi sofá uno puede apreciar, no sin maravillarse, un desnivel imposible que cae en picado de derecha a izquierda, un cañón del Colorado esculpido por mis glúteos, un salto del ángel en un Niágara de espuma, muelles y madera que hace que cada noche mi novia observe con perplejidad cómo me hundo en las profundidades acrílicas, como si fuera la escena de las arenas movedizas de Krull, mientras su lado se mantiene flotando en las alturas, incorrupto por la erosión lumbar que los efluvios porreros y los fines de semana enteros de reclusión han causado en mi territorio de descanso.

El segundo elemento que servidor necesita para ser feliz en su cascarón es un reproductor DVD multizona, convenientemente comprado en FNAC por unos míseros 60 euros. En otro momento hablaré de estos Blu:Sense multizona de usar y tirar, porque son la porquería más inmunda y traidora con la que jamás he lidiado. Quede un dato que seguramente los consumidores de este modelo ruinoso reconocerán con una punzada en la cartera: en un año tengo que comprar un mínimo de tres reproductores porque revientan más rápido que un balón de playa en una convención de cigarros. De todos modos, es el precio a pagar, se acepta: sin este electrodoméstico sería imposible disfrutar del chute semanal de Amazon.com; supongo que, sólo con decir eso, muchos habrán comprendido la magnitud del drama que supondría una vida sin multizona. Una vez más, volveríamos a la escena de Martin Riggs con la automática entre los dientes, el culo al aire y Bugs Bunny en la tele (perdón, pero, como verá el lector, será esta una imagen recurrente en esta columna y, por tanto no la última vez que la lea).Y después del Padre y el Hijo, el Espíritu Santo. Los porros son Dios. Si los porros tuvieran barba, fueran hijos de un carpintero y calzaran sandalias, yo sería su apóstol. Si los porros me apuñalaran, sería yo quién diría con lágrimas en los ojos: “¿tú también, Bruto?”. Cuando posées una marihuana no demasiado psicoactiva, sabrosa, de avance lento y felina como una gineta en celo, la experiencia de saborear un DVD en el Abismo de Helm de tu sofá adquiere la categoría de éxtasis teresiano. Hace tiempo que no pruebo el costo, ahora he redescubierto la yerba, y lo cierto es que poder disfrutar de una serie como “Modern Family” –grandiosa, por cierto– con una provisión de clorofila lisérgica en la cajita no es lo mismo que ver el percal sobrio. Seguramente es la misma descarga de placer que le produce a los no consumidores sentarse delante del LCD con unas Popitas humeantes, un cubo de pollo KFC, un pack de cervezas o una bolsa de Lay’s al punto de sal. Como bien dicen en esa obra maestra escrita y dirigida por y para fumetas, “Superfumados”, un porro hace que la comida sepa mejor y te gusten las películas malas. Y eso es un bien que deberíamos apreciar y explotar más, para virtud del blockbuster, tan necesitado de periodistas adictos a los que les hace gracia cualquier gilipollez (me incluyo, claro). 3. Culturetas fuck off. En esta tesitura, estoy convencido de que una de las razones por las que “Avatar” ha disgustado tanto a la crítica es la ausencia de porros. No es ninguna broma. Hacía años que no se rodaba una película tan proclive al disfrute cannábico. Es una calada de tres horas. Si en el cine entregaran un delicioso porro junto a las gafas 3D, seguramente la percepción de esta orgía añil sería la misma que tenemos en un parque de atracciones cuando somos niños. Imagino un cine aromatizado por el incienso del césped mágico, imagino las risas furtivas, imagino las escenas de acción con el fumadón y la paranoia, imagino, joder si imagino, y en mi pechera se dibuja el magma de pastetas salivales propio del bobalicón japonés que imagina braguitas con la mirada turbia. Eso sí, cada vez que evoco la imagen de Jaume Figueres y Álex Gorina con las gafas 3D en la punta de la nariz, tosiendo como locos, y una ele del tamaño de un calabacín entre los dedos, no puedo evitar descojonarme. Así que allá va mi propuesta a todas las plumas serias que han profanado el himen azul de esta película por una veleidad tan estúpida como el argumento –como si Avatar tuviera que ser “Lo Que Queda Del Día”, me cago en todo: a ellos les pido, por favor, que compren el DVD (y las lupas, claro), se abastezcan de una buena marihuana, compren glucosa en abundancia en el paqui y disfruten del visionado bajo los vigorizantes efectos del THC. Ah, y no se me sientan culpables si la chicarrona alienígena despierta cierto cosquilleo genital en su cremallera: será una extraterrestre, pero está cerda de verdad, no hay nada de lo que avergonzarse.Y ya que nos hemos puesto algo sucios, debo enviar desde ya mis respetos más absolutos a otro tipo de belleza, más glacial, más lenta, más aria con permiso de los Na’vi, que no tengo nada en contra de su dermis azulada, pero igualmente viciosa. Desde hace días sólo pienso en Olivia Dunham, la tímida, blancuzca, jugosa y rubísima agente del FBI de la serie “Fringe”, porque hace ya una largasemana que vivo en estado de constante excitación ante la excelencia que la segunda temporada de esta serie ha alcanzado. Me apetece mucho reivindicar una producción que ha cogido ritmo, tono y músculo en una segunda andadura a mi juicio apasionante. “Fringe” es ahora mismo el chute de adrenalina televisiva más parecido a “Perdidos” que servidor conoce. Me jode sobremanera que la mejor serie de ciencia-ficción de la televisión actual –con “Lost” en stand byy “Caprica” en ciernes– esté siendo ignorada e incluso ninguneada en blogs, columnas, listas de lo mejor del año y pasquines varios. Creo que le hemos prestado demasiada atención a “Flash Forward” (ojo, nada en contra; también me gusta) y donderealmente se cocían las habas paranormales era en la apabullante segunda temporada de esta monstruosidad co-creada por JJ Abrams. Ciencia-ficción, viajes en el tiempo, realidades paralelas, conspiraciones ocultas, personajes oscuros, una heroína fría como el hielo (asexuada, incluso, y por tanto más morbosa), un científico loco. Tiene la misma chispa y fulgor abrasivo de las primeras temporadas de “Expediente X”, supura homenajes al cine de terror y serie B, posee un arco argumental caleidoscópico perfectamente desgranado, diablos, es uno de los trips televisivos más disfrutables de la actualidad, y si no lo digo reviento. Este fin de semana he visto también Family Guy: Something Something Something Dark Side”, o lo que es lo mismo, la versión de “Padre De Familia” de “El Imperio Contraataca”. Se nota que a Seth MacFarlane le dio cierta picazón que los fans consideraran el especial “Star Wars” de “Robot Chicken” (una serie a la que pienso dedicar una columna más adelante y sólo puedo recomendar como si me fuera la vida en ello) mejor que el “Blue Harvest” de ”Family Guy”. Si en el primer episodio, uno tenía la sensación de que los guionistas habían pisado el freno por respeto a la obra, esta vez la maquinaria funciona a pleno rendimiento, destripando la creación de George Lucas como es debido y aportando momentos de delirio absurdo realmente explosivos (la batalla en la nieve tiene arrebatos de genio increíbles: quedaos con el cañón de gusanos anales) ¿Habrá respuesta de Seth Green y sus juguetes de “Robot Chicken”? Si hubiera una figura original de Walrus Man con la caja intacta en la catedral de Barcelona, al lado de San Pancracio, vive Dios que le pondría un cirio para que así fuera. 4. Para acabar, tebeos. Por cierto, los cómics son otra de mis adicciones a pie de sofá. Supongo que muchos ya habrán soltado a estas alturas el clásico: “vaya perdedor”. Y a ellos les digo que sí, que sí, que no van errados. No quiero cerrar la puerta acolchada de este manicomio sin recomendar encarecidamente “Namor: En las profundidades”, una exploración aterradora del mito del superhéroe acuático marveliano, cortesía de un Peter Milligan elegante y preciso como un reloj. El creador de la legendaria miniserie mafiosa “Skreemer” ejecuta con un minimalismo inquietante esta oscura historia de locura en el vacío oceánico. Siempre me han gustado los cómics que reflejan a los superhéreos como fríos y déspotas semidioses a los que deberíamos temer en lugar de adorar. Este Namor, que sólo aparece en un par de páginas, acojona de verdad y nada tiene que ver con el gáyer debañador verde, lentejuelas y pulseras de coral a lo Carlos Ferrando que todos tenéis en mente. Una mezcla de “The Abyss”, “Esfera” y “Moby Dick”, con unas ilustraciones acojonantes, y un ritmo que que resulta ideal para cagar. Y si el Namor de Milligan es cómic de váter, una lectura de truñada lenta, pero truñada al fin y al cabo, está claro que el “Pinocchio” de Whinsluss es una obra de sillón y pipa. Pero pipa agria, pipa de ácido, pipa con higadillos y guano, nada de mariconadas indies o viñetas depresivas. Embutida en un tomo de notable grosor, recia presentación y no menos robusto precio (casi 40 euros del ala), esta reconstrucción malrollista de la fábula por todos conocida (y de muchos cuentos populares, pervertidos aquí hasta la extenuación) es una de las mierdas más potentes que he leído en mucho tiempo: duro, violento, vitriólico, desconcertante, inabarcable, sucio, sudoroso, derrotista, el trabajo de Vincent Paronnaud, es ambicioso y descorazonador: su visión de la inmundicia humana no tiene atisbo de esperanza; sus caricaturas grotescas no pueden ser más expresivas. Un esperpento embriagador que me ha dejado KO y, por cierto, me he dedicado a leer con Mazzy Star en el iPod. La nostalgia noventas y la voz de heroinómana de Hope Sandoval me ponen tierno como un nugget del McDonalds y evitan que en mi mente se formen pensamientos cómo “me gustaría tener una polla-USB como la de los Na’vi, conectarme a ese gran árbol mesiánico que todo lo sabe y almacenar en mi prepucio humano todos y cada uno de los hentai con tentáculos de la historia del cine”, por decir algo.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video

cerrar
cerrar