Columnas

El secreto del Acero

De Punset a Dakota del Sur

Fotografía de Sergi Margalef.

1. Punset i Casals: el arquitecto. Una cosa digo, y aviso de que habrá hostias si alguien se propasa: Eduard Punset i Casals no es un juguete. Servidor lanza tal advertencia porque, como ha pasado con Raphael u otros avatares convertidos en teletubbies, la falsa idolatría de modernos y graciosillos ha ido erosionando el mito de la persona sabia hasta convertirla en un patético pellejo del que mofarse y reírse con recochineo. Punset es divertido, por los glúteos de Cristo, claro que lo es: afro canoso reposando cual coliflor sobre una cocorota que parece un balón Spalding, semblante aguileño de textura apergaminada, acento catalán con eles tan profundas que pueden atravesar el kevlar; voz a medio camino entre el nazi psicópata de Indiana Jones y la abuelita de Piolín. Entiendo que muchos hayan visto en él al científico loco de Scooby Doo, al doctor Fronkonstin. De hecho, comprendo perfectamente que el pobre hombre deba soportar parodias más o menos acertadas de sus legendarias autotraducciones simultáneas cuando entrevista a algún neurólogo de Eaton. Es un peaje razonable.El problema es que muchísima gente, especialmente el grueso de los que dicen ser sus fans –cuidadito con estos impostores–, sólo se queda con el anciano extravagante, con su escarola nevada, su dicción sardanista y su chepa de ratoncillo de biblioteca. Ah, ¿pero qué hay del periodista, del divulgador, del escritor? ¿Qué hay de ese maldito Dios que ha convertido Redes (en La 2, miércoles a las 19.30h y domingos a las 21h.) en una de mis adicciones más inconfesables? Las revelaciones que se divulgan en esta joya televisiva de bajo presupuesto son valientes y en muchas ocasiones cambian tu visión del mundo. Sopapos científicos en toda regla que hacen añicos cuentos de hadas y monsergas espirituales, descodificando la realidad y el universo con una dialéctica entendedora y lacerante para los ilusos que piensan que somos algo más que un cerebro. Hay que ser un auténtico cretino para ver “Redes” sólo para reírse de Punset. Para burlarse del nerd de la clase. Pienso en ese grupo pop de Madrid del que no diré el nombre para no mancillar la página. Sería lo mismo que troncharse de Carl Sagan por su peinado gáyer y su nave espacial, y olvidarse de que bajo toda esa parafernalia yace Cosmos: un viaje personal (imprescindible el pack reeditado en DVD), la mejor serie documental que servidor haya visto jamás sobre el espacio.Punset merece un respeto por su trabajo. He visto al hombre cara a cara. He mirado al divulgador a los ojos. He pedido la vez en una tienda de comida preparada justo detrás de su cogote. Sí, Eduard Punset y un humilde servidor (debo decir que me acompañaba don Javier Blánquez, quien puede dar fe del encuentro) cruzamos unas palabras y compartimos unos segundos en el continuo espacio-tiempo que todavía hoy, cuatro años después, sigo recordando con sumo detalle. Allí estaba yo, en el Coc de Sarrià, a punto de comprar una ensalada de langostinos con salsa rosa y un gazpacho con tropezones, cuando Punset se corporeizó ante mis lupas como por arte de magia, rizos en ristre y nutrida bolsa de platos preparados bajo el brazo. Debo advertir que no soy el clásico mitómano que se pirra por intercambiar unas palabras con sus dioses a riesgo de hacer el ridículo, pero en aquel momento me vi empujado sin remisión, como por orden divina, a presentarme y declararme fanático de “Redes” ante el estupor del interfecto, una presa desvalida que no habría adivinado nunca la cercanía de un predador de mi calaña, precisamente en ese lugar, precisamente a esa hora del día. Punset habló, contestó, me trató como un igual, a pesar de la sorpresa, e incluso tuvo tiempo de quejarse de los horarios extraños que por aquel entonces La 2 adjudicaba a su programa. Fui feliz por unos segundos e hice feliz a un Javier Blánquez superado, aterido diría yo, por las circunstancias.

De todos modos, el jolgorio de aquel encuentro nunca ha sido pleno por mi parte. Siempre quedará un resquemor corrosivo horadando mi conciencia desde ese tête à tête del año 2006, la sangrante duda de si aquel señor de finos movimientos, educación exquisita y rictus de perplejidad me tomó por otro de los gilipollas que le saludan como quien aborda a Carmen de Mairena o me consideró un auténtico devoto de su universo, un fiel, un punsetista tan fascinado por su deliciosa extravagancia como por su indiscutible talento. El 16 de marzo sale a la venta el nuevo libro del maestro. “El Viaje Al Poder De La Mente” (Destino) es el episodio final de una arrebatadora trilogía sobre la auténtica naturaleza de las emociones y profundidades mentales de ese bastardo engreído que responde al nombre de ser humano y no es más que un horrendo cerebro definiendo y redefiniendo ad aeternum la película de la vida. Nadie como el viejo Punset para recordárnoslo.

2. Los discos más heterosexuales. Leo, no sin contraer el esfínter para no dejar pedete en los calzones, que se ha elaborado una lista universal con los 100 discos más gays de la historia. Los cinco primeros puestos son para David Bowie, The Smiths, Tracy Chapman, Indigo Girls y Judy Garland, pero hay algo que llama poderosamente la atención: el grueso de los artistas incluidos en la lista… ¡son heterosexuales! La confusión de géneros y actitudes ha sido siempre una constante en el mundo del espectáculo, donde la mayoría del ganado parece lo que no es y es lo que no parece. Esta suerte de contradicción se da con bastante asiduidad en la música. Si le mostrásemos una foto de los Mötley Crüe de los 80 a un adolescente, éste no dudaría en señalarlos como maricones de primera categoría, pero los que ya tenemos una edad sabemos que Tommy Lee, Nikki Sixx y compañía sólo comían (y siguen comiendo) un tipo de carne: conejo fresquísimo. Lo mismo podríamos decir de Prince, joder, creo que después de Little Richard el enano de Minneapolis es el negrata más gáyer que ha visto la música pop, pero todos sabemos que detrás de las pestañas postizas, las miradas plumíferas y los tacones de reinona se escondía un metro sesenta de macho alfa con perdigones en lugar de genitales. Coño, ahora que lo recuerdo, cuando vi a la camionera jamona de Pink por primera vez en un videoclip la proclamé la bollera más grande de Tijerelandia, pero resulta que no, que le va la salchicha más que a un tonto un lápiz.Pienso en Glenn Danzig, en su aspecto de hombretón rústico, en sus bíceps de camionero y en su melena de potranco y me asombro ante los muchos rumores que apuntan a su predilección por los ojetes masculinos. Las apariencias engañan, vaya si engañan, y en la música la confusión es el pan nuestro de cada día. De todas formas, del mismo modo en que se ha elaborado una lista con los discos más gays, creo que el resto de la humanidad straight también tiene derecho a saber cuáles son los álbumes más heterosexuales de la historia. Según dicta la lógica, seguramente encontraríamos más mariposillas en la lista que en la colección de lepidópteros disecados del Museo de Zoología de Barcelona.

3. Por qué Avatar merecía el Oscar. La ceremonia de los Oscar es como la sala de baile de un decadente crucero para jubilados. Hay que ir asumiendo de una vez por todas la inviabilidad de un espectáculo más cercano a un Cine de Barrio para cocainómanos y cotorras de Hollywood que a lo que seguramente queremos la mayoría, esto es: una gala dinámica, sin polio, adaptada a los paladares actuales y, sobre todo, más hijaputa y mal nacida con los asistentes. Sufriendo este año con semejante boñiga, me vi ante un patio de butacas convertido en una huerta de laca y tubérculos cincelados por el Botox; una procesión de entrecejos inexpresivos, pómulos que parecían bolas chinas, risas forzadas, un producto jurásico sin gracia que Alec Baldwin (correcto) y Steve Martin (después la legendaria “Mejor Solo Que Mal Acompañado” su carrera es lo más parecido a comer un excremento de perro) condujeron a medio gas, con el autocar en el área para conservar el empate, amarrategui a rabiar. Una mierda, sí.Para colmo, los premios gordos fueron una pantomima lamentable de la que todavía conservo encarnados brotes de soriasis en codos e ingles. Quede por delante que si de un servidor dependiera, la estatuilla a mejor película y mejor director habría sido para “Malditos Bastardos” y Tarantino. Pero sería una imbecilidad defender esta posición a sabiendas de que la competición por el oro no estaba reservada a Quentin y su tinte capilar, sino a “Avatar” y a “En Tierra Hostil”. Con esta comprensible bipolaridad por montera y la satisfacción de ver a Hans Landa en el escenario, servidor se dedicó a rezar para que se impusiera la lógica y los indígenas azules se llevaran su merecida lotería. Me encanta el film de Kathryn Bigelow, pero su pisada no es paquidérmica y sus ambiciones no van más allá de ponerle babero a críticos y cinéfilos. El Cameron de “Avatar” asusta, juega a ser Dios, te arrastra al cine con una excitación diferente que trasciende el celuloide, conduce un Titanic mucho más grande, mucho más pesado, mucho más inestable. Es tan codicioso que te deja sin habla. Y en esta vida hay que poner los testículos sobre la mesa. Lo digo con toda la honestidad: para mí el riesgo no está en “The Hurt Locker”, sino en “Avatar”. Ahí es donde reside la auténtica épica hollywoodiense y debería verse premiada como merece: a lo bestia. Creo yo que los Oscar están precisamente para tales menesteres, es decir, para admirar las empresas imposibles, galardonar a Fitzacarraldos como James Cameron, apostar por las películas grandes, que no grandes películas.Cameron se la jugó con una obra de proporciones egipcias que incluso días antes de su estreno muchos, incluido el que esto firma, cuestionaban. Pero el tipo es un gigante de enormes pelotas que no le tiene miedo a los elementos. Una vez más, el maestro ha vuelto a ganar la partida, convirtiendo “Avatar” en un espectáculo sensorial y comercial que no puede ser comparado a ninguna otra película por su capacidad de arrastre y expectación creada en todo el planeta. Era un Oscar tan cantado, tan evidente, que la elección de “En Tierra Hostil”, por muy devoto que uno sea de este relato sobre la adicción a la adrenalina bélica, apesta a boutade y a ganas de tocar los cojones. Hacía mucho tiempo que una estatuilla a mejor película no era tan clara y tan justa. Por eso, todavía intento comprender sin éxito por qué un film que en muchos países ni se ha estrenado, con un componente de riesgo cero –el presupuesto era muy bajo– y un radio de acción tan limitado ha podido derrumbar al acontecimiento cinematográfico más elefantiásico de los últimos años. Porque sí, porque ya arrasó en los Globos de Oro, porque a los académicos de los huevos les daba morbo ver a la ex mujer de Cameron dándole por culo a su otrora marido, porque les jode que, una vez más, el tipo al que todos querían ver arruinado haya vuelto a hacer el negocio del siglo. Y que no me vengan con el bonito cuento de David derrotando a Goliath, porque los Oscar no están hechos para los débiles. Los Oscar son arios, son fascistas, son hitlerianos, son más grandes que Jesucristo, como los Beatles. Los Oscar son Goliath.¿Y qué se puede decir del premio al mejor director? Me salen sarpullidos en el perineo sólo de pensarlo. Ahí van dos razones de peso que los fans de Cameron acataran enseguida como válidas y por las que el padre de los Na’vi merece la distinción que se llevó la perra de Bigelow (está buena para qué negarlo). Uno: al tipo que rodó “Aliens” –posiblemente el mejor film de acción de todos los tiempos y la película que ha visto más veces Vincent Chase de “Entourage”– le deberían entregar un Oscar al mejor director cada año hasta el día de su muerte. Al tipo que rodó “Abyss”, la mejor película de profundidades marinas de la historia, lo mismo. Al tipo que rodó los dos primeros “Terminator”, lo mismo… Al grano: en términos baloncestísticos, James Cameron es el Michael Jordan de los seis anillos y Bigelow un vulgar Michael Finley en un partido inspirado. Dos: La mujer está requetebuena y tiene un morbo que le ha hecho temblar las orejas a más de uno. Kathryn Bigelow es una MILF de toma pan y moja. Destila un morbo cuarentón tremendo, y lo más chocante es que, según los datos de IMDB y Wikipedia, ¡calza ya cincuenta y tantos! Sólo por haberte beneficiado a semejante bombonazo en sus mejores años –si está así ahora, cómo estaría antes, madre mía–, ya mereces un Oscar. Un Oscar de dos metros. Honorífico. Lo que sea. Y el viejo James lo sabe mejor que nadie.

4. Bailando con Lobos. Punset, los discos gays y la pataleta anti-Oscar han ocupado ya mucho espacio, pero no quiero volver al cobijo de mi sofá sin antes recomendar un artefacto que me tiene esclavizado. Son ya varias semanas mascando el polvo y husmeando el sudor rancio que desprenden las páginas de Scalped (Planeta). Resulta difícil arrancarse del pellejo este cómic; se pega a la nuca como un parásito y descarga imágenes desesperanzadoras en tu disco duro con la contundencia de un pedo en la cara. Estamos en Prairie Rose, una reserva india olvidada en un rincón de Dakota del Sur, zona sin ley donde los oriundos sobreviven alcoholizados en un charco negruzco de violencia extrema, dictaduras mafiosas y nihilismo elevado a la máxima potencia. Leer el cómic de Jason Aaron –autor del recomendabílisimo relato sobre Vietnam El Otro Bando (Planeta)– es como sentir el golpe de unos nudillos en el labio: diálogos durísimos, personajes curtidos por el odio, laboratorios de metanfetamina camuflados, sueños resquebrajados, indios asesinos y desesperación fronteriza. “Scalped” es un cómic de hombres, una navaja oxidada clavada en el culo que nos habla de los olvidados entre los olvidados. Sin denuncias baratas de opresión yanqui, ni lecciones morales a favor de los nativos: esto es como si David Chase, James Ellroy y David Mamet hubiesen decidido rodar una película de cine negro en una reserva india. Infernal, desesperanzadora y absorbente, “Scalped” es una de las lecturas más gratificantes del momento, aunque, eso sí, puede convertirse un bocado demasiado pétreo para los delicados molares de los que buscan evadirse con pijamas o elfos galácticos: aquí sólo hay indios borrachos, violaciones, prostitutas yonquis, capos implacables, casinos en medio de la nada, dolor, sangre, sexo polvoriento y, sobre todo, un guionista, Jason Aaron, al que es obligatorio seguir de cerca en todo, absolutamente todo lo que haga. Es de los grandes.

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