Columnas

El rincón del trol, también llamado La Guía del Odio (entrega 1)

Le hemos abierto la puerta a un ser peligroso. Eduardo Mas lleva veneno, odia todo lo que te gusta. Te va a molestar porque en esta columna todo el mundo recibe. No sigas.

¿Odias las condiciones de uso de las webs? ¿Estás harto de los anuncios de todo que protagoniza Iker Casillas? ¿Cansado de las editoriales hipsters? ¿De la gente que habla como idiotas? Si es así, si te puede el odio, aquí tienes la verdadera Guía Del Odio.

¿Te sientes cabreado constantemente y no sabes por qué? ¿Te estás convirtiendo en una persona con más mala leche que un taxista en un atasco? ¿Ya no te enternecen los vídeos de gatos? Tal vez se deba a que estás canalizando mal tu odio. Así pues, nace la “Guía del Odio” con el propósito de desgranar la realidad que nos envuelve y organizar una forma más sana de estar enfadado. Es una terapia: se pretende sacar el puñal y amenazar, disparar a la rodilla; aquí se viene a hacer daño en la dirección correcta. Vamos a poner la bilis a punto de nieve. Venga va, vamos a odiar un rato. Vamos a identificar esas cerbatanas que nos irritan la nuca cada día, vamos a señalar con el dedo a esos abusones. Vamos a contraatacar.

1. Securitas Direct

Vamos a ver, quiero decir... vamos a ver. No sé por dónde empezar a arrancarle la piel a esta esfera de basura compactada de gente. Hola, somos una firma de guardias jurados y hemos escogido el pánico para venderte nuestros servicios por el módico precio de 99€ al mes, más letra pequeña aparte. Si no quieres, no nos compres, ¿eh? Pero entonces desaparecerás de las fotos como la familia McFly. ¿Estás solo, abuelo? ¿Tienes enuresis, abuela? Nosotros te recogemos de la cuneta de la vida y siempre puedes hablar con una de nuestras teleoperadoras en directo desde Venezuela, donde los call-centers nos salen muy baratos. ¿Tu mujer es una perra? ¿Sospechas que te engaña? Pues pon una cámara de seguridad, cornudo. No esperes más para averiguarlo de la forma más violenta posible, ¡desde tu iPhone! Claro que sí, pandilla basura, venid a hurgarnos la psicosis y la paranoia que no tenemos suficiente con la prima de riesgo ¡Poned cámaras en mi casa, oh ángeles tatuados de la guarda! ¡Usad a famosos de caché vergonzoso para venderme el miedo! ¡Tomad las llaves de mi intimidad, vigilantes de la noche!

2. Shame y su director, Steve McQueen

Michael Fassbender tiene una polla muy grande, muy venosa, digna de verse. Esto lo entiendo pero, ¿y en los 117 minutos restantes qué pasa? ¿Estamos todos locos o qué? La crítica rezaba: “una película que describe a toda una generación”, venían amigos y amigas cerrando los ojos, asintiendo dramáticamente. Coros de admiradores postrados. Venga va, bajad todos de este burro rosa, pandilla. En serio, ¿qué tiene de generacional? Es un tío muy guapo con una polla muy grande que se pasa dos horas follando con las tías más buenas de la ciudad. Tiene pasta, tiene clase y corre durante 3 horas sin morir... ¡Este tío es un cabrón, hay que matarlo! Es que encima se pasa toda la película llorando el muy imbécil. Eso sí, el cretino de Steve McQueen rueda todos los ángulos posibles de un polvo con luz perfecta y pieles bronceadas. Pero a ver, Stiffo, ¿has visto tú una puta alguna vez? Si me están contando la historia de un tipo que se gasta en lo que dura la película tanto dinero en putas de lujo como para comprarse un barco, ¿por qué tengo que empatizar con él? ¿Dónde está la tragedia, por Dios? Y venga a zurrarse modelos y venga a llorar el muy mamón. Os juro que cuando acabé de verla sentí que me habían pasado el vergazo por la cara. Y no era en 3D.

3. Blackie Books

¡Hola a todos los fetichistas! ¡Vendemos focaccias de autor! Compra el libro por la portada que luego da igual lo que leas, colegui. El triunfo de esta editorial es un escándalo. No tienen una línea clara, son libros caros y la mitad son libros-meseta, casi irrelevantes. No obstante han conseguido tener una horda de fans sedientos de añadir a la estantería otro de los libros gordos como un bocadillo de lomo que sacan. Son unos desgraciados, hombre. Nos tienen a su merced esperando que la nueva sardina que saquen sea el sexo hecho papel, el fin de la crisis, el cuerpo de Cristo. Dejadnos en paz un rato y deportad a Ben Brooks de una santa vez que no le interesan a nadie sus lloriqueos de adolescente de sexualidad confusa. Escuchar M83 pase, pero pretender hacer literatura con ese género y encima defenderla es una vergüenza. Y dejad a Miguel Noguera en paz, que cuando es realmente bueno es en su forma verbal, no escribiendo, ¡mirad cómo le habéis dejado de chamuscado! Hasta con el cuaderno de verano he picado. Os odio muy intensamente.

4. La expresión “X no: lo siguiente”

¿Qué pasa, que el castellano no tiene vocabulario? Será que no existen formas verbales y adjetivos que sirvan para construir un buen superlativo. Yo no sé de dónde nacen este tipo de modalidades verbales basura. Quiero decir, ya no tenemos a Chiquito dirigiendo el cotarro del argot, iluminándonos la senda de la gloria sesuarl. Así que, ¿quién se lo inventa? ¿Quién lo viraliza? Pero bueno, parémonos un momento a analizar la frase. Pongamos por ejemplo: “Este disco no es bueno, no; es lo siguiente”. Que será estupendo, maravilloso, alucinante, prodigioso, celestial, perfecto, ¿no? ¿Qué es esa mierda de “lo siguiente”? Como si el que lo dice no pudiera asir la palabra y tuviera que recurrir a esa silla de ruedas pinchadas para hacer caminar el concepto. Urticaria agresiva me da cada vez que oigo la frase. Igual que la gente que dice “mersi” en lugar de gracias, qué asco de gente. Sed bienhablados y decid gracias, que es una palabra mucho más bonita e implica agradecimiento real. Eh, tío: mersi no, lo siguiente. Si alguien quiere que me dé un ictus que me diga esta frase. I double dare you.

5. Iker Casillas y la Roja

No sé si queda algo en el lineal del supermercado que no haya sido anunciado por Casillas o los Caballeros del Zodiaco de la Roja. Cualquier cosa: bebidas, navajas de afeitar, leche, yogures, helados, patatas fritas... Todo sabe a sudor millonario. Estos días de la Eurocopa ha sido un auténtico infierno ver a Iker encadenando spots de televisión con la misma cara de “eh, confía en mí que te doy mucha seguridad y beso en directo”. Casi me estallan los globos oculares al ver los remixes de spots como el de Movistar o Cruzcampo que, lejos de apostar por algún tipo de causa social (aunque sea un concierto de David Civera) se han empeñado en gastarse el PIB de un país pequeño en cazar el prime time y exponer a estos zotes. Porque son unos cazurros todos. Juegan muy bien, son muy buenos todos y muy buenas personas (¿sí, seguro?) pero son más tontos que el que asó la manteca. Mientras Sin City ardía (Valencia, quiero decir), España salía a la calle como si no hubiera un mañana ondeando la bandera nacional con el mismo entusiasmo que si nos hubiera tocado el Euromillón a todos. Todo se ha empapado del sudor, el tatuaje cani, el peinado grasa y los gestos simiescos de la tropa de la Roja. E Iker, como buen capitán, ha sido el ganador anunciándolo todo, vendiéndolo todo y no dando ni un solo céntimo a ninguno de los desesperados jóvenes parados con la cara pintada. Vete a cagar Casillas. Y llévate a tu novia que es menos periodista que una escoba con un micro atado con celo.

6. Los términos y condiciones de uso

Sí, los he leído y los acepto. Clic. Dame mi droga ya. A quién le importa si mis datos van a llenar los discos duros de la Yakuza o si mis fotos de borrachera pueden ser utilizadas en el Facebook de un coreano. Veinte páginas de condiciones de uso te pretenden empujar garganta abajo. Ni hablar. Además escritas por un burócrata con el corazón bombeando adrenalina, enhebrando frases más herméticas que la escritura cuneiforme. Páginas y páginas de supuestos en los que los bufetes de abogados de las compañías justifican sus minutas, el horror... el horror en formato pdf. Nadie se ha leído nunca ningunos términos y condiciones de uso. Ahí es donde deberíamos dirigir la máquina de odiar, hacia la opacidad de las empresas de software. Malditos gusanos pálidos tecleando páginas de código, en calzoncillos, bebiendo litros de Mountain Dew. Ellos tienen el dinero y nosotros decimos que sí, que lo comprendemos y lo aceptamos. Deberíamos estar muy enfadados, ¿qué otra clase de productos tienen veinte páginas de términos y condiciones de uso? La Coca-Cola no, ni siquiera un cortacésped. El mal está escondido entre esas líneas. Belcebú en persona escribe estas glosas de infelicidad. Todo el mundo lo sabe: los términos y condiciones de uso son la depresión, el puto leviatán, son la ruina. Por eso decimos que sí sin leerlas, porque somos gilipollas.

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