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La revancha de la megazorra: llega el reinado de Miley Cyrus

La antigua estrella infantil acaba de dar otra vuelta de ‘twerking’ a su evolución personal, de cándida niña angelical a ‘bad girl’ hipersexualizada y aficionada a la vida salvaje. ¿Triunfará o se dará la gran hostia?

Ya sabemos que Miley Cyrus ha escogido la estrategia de Las Vulpess: quiere ser una zorra y lo está demostrando en cada aparición pública. Lo de los VMAs del domingo es sólo una parte del maléfico plan de dominar el pop mainstream con la siempre fiable carta del sexo, las drogas y la provocación de escándalos. ¿Cómo acabará?

Fotografía de Terry Richardson

Llega un momento en la vida de toda estrella infantil del pop en que hay que tomar una decisión de suma importancia: convertirse en una verdadera zorra, o no hacerlo. Es un dilema tormentoso que se ha llevado por delante la reputación (el juego de palabras no estaba previsto, dispensen) de muchas aspirantes a hija ideal o nuera preferida de América. Con escasas excepciones –la primera y única que se viene a la cabeza es la de Hilary Duff, a sus 25 años amorosa madre, actriz mediocre en teleseries y films de poca monta, pero que nunca nos ha dejado ver sus tetas ni ha dicho palabras soeces en público–, la práctica globalidad de las artistas que han alcanzado la fama justo cuando la almeja se les estaba poniendo negra, o antes de cumplir la mayoría de edad en su defecto, han explotado su sexualidad al empezar a entrar en la etapa adulta. Es una opción lógica sabiendo que, en el tránsito de niña a mujer, como diría Julio, el mundo alrededor de estas mujeres lechales empieza a suspirar por sus carnes. Los inputs son variados: las llamadas de las revistas que buscan portadas con morbo y mordiente, el consejo de los estilistas que, en vez de vestir, prefieren desvestir, la búsqueda de otro mercado y otro target –no puedes estar vendiéndole discos a los niños con 21 años, y no puedes estar haciendo de niña cuando posiblemente ya te has comprado una casa con piscina y un coche– que obliga a jugar con otras armas. Y puesto que aún no se ha dado el caso de ningún artista pop que haya vendido millones de discos citando a Kant, el camino fácil es el de quedarse medio en cueros, maquillarse como una puerta, excitar la libido masculina, alimentar fantasías tardo-pederastas que harían las delicias de ‘gourmets’ como Francisco Umbral o Salvador Sostres y, en definitiva, utilizar el principio más básico para llamar la atención: tiran más dos tetas que dos carretas, dice el refrán, y si hay que vender discos lucir molleja casi siempre es condiquio sine qua non.

"Ni Britney, ni Christina, ni la mojigata Hilary, gozaron jamás del culto compartido por padres e hijos como la protagonista de Hannah Montana"

Miley Cyrus no ha inventado nada, por tanto. Que el mundo se escandalice porque la muchacha vaya moviendo su escueta rabadilla por los platós y las alfombras rojas está fuera de proporción, porque no está haciendo ninguna cosa que no hubieran probado con anterioridad otras teens rentables que, llegado el momento de la verdad, decidieron, aconsejadas por tiburones de la imagen que equiparan carne con dólares, que había que gustar más a ellos adoptando tics y estéticas propias de la pornografía y los shows de lapdance y strip-tease (que no son lo mismo), que a ellas haciendo gala de una exquisita feminidad. El teen pop, que muchas veces ha sido porn pop –recordemos la fase más putón verbenero de Christina Aguilera, que coincidió con su operación de pechos, o la de Britney Spears a partir del tercer álbum, donde la minifalda del uniforme escolar se convirtió en un short de cuero y un sujetador como de novia de Tarzán– es el necesario contrapeso a una larga tradición feminista en la música popular, la clásica analogía entre el bien y el mal, el Cristo y el Anticristo, el yin y el yang, Guardiola y Mourinho, Batman y el Joker. Tuvo sus años dorados cuando empezó a emerger la generación de artistas criados en la factoría Disney, y culminó con una serie de acontecimientos lúbricos, patéticos y ruidosos que tenían que ver con adicción a la cocaína –¡hola, Lindsey Lohan!–, momentos de locura transitoria –Britney: el rapado al cero, las bragas olvidadas en la limusina, los ataques a fotógrafos paraguas en mano, los fármacos, etc.– y otro tipo de episodios que hacían pensar que pudiera repetirse el triste episodio de Anna Nicole Smith, la primera famosa que retransmitió su decadencia física y moral al mundo en tiempo real por todas las televisiones. Sólo que ya no se trataba de una cámara. Se trataba de internet, de Perez Hilton, de TMZ, de la multiplicación del morbo.

Miley Cyrus: el escándalo que ha sobrevolado toda esta semana no habría sido para tanto si no fuera porque los orígenes de la chica son todavía más sagrados que el de otras estrellas teen que hicieron la transición a la vida adulta. Ni Britney, ni Christina, ni la mojigata Hilary, gozaron jamás del culto compartido por padres e hijos como la protagonista de Hannah Montana. Hannah Montana fue más importante, cosechó más audiencia, que Lizzie McGuire, que cualquier programa del Club Disney. Había que sumar el hecho de que Miley era hija de Billy Ray Cyrus, estrella del country-pop americano en los 80 –en aquella época en la que el country empezó a ocupar espacios en el mainstream de consumo y a popularizar los bailes en línea; Cyrus era el gran rival del Jordan de los cowboys del momento, Garth Brooks; todo esto antes del alumbramiento de Coyote Dax–, lo que sumaba interesantes dosis de idolatría transgeneracional. Miley Cyrus, con su melena rizadita, sus mofletes, su cara de mazapán, era la niña preferida de América; se la veía angelical, envidiada como prole y como futura casadera. Sus álbumes de la etapa adolescente vendieron lo que no está en los escritos porque en la sociedad americana puritana ella encarnaba esos valores conservadores que se esperan en la juventud, y que la zagala cumplía a rajatabla, al menos desde 2006 –primer año de emisión del show de Hannah Montana [nota: cuesta mucho no pensar en la actriz porno española Hannah Montada, descubierta por Torbe, con un nombre y un acercamiento espiritual tan ad hoc]–, y hasta 2009, año de su primer disco en solitario ‘serio’. Las alarmas, como todo el mundo sabe, saltaron cuando obtuvo su primer éxito resonante con el single “Party in the U.S.A.”, escrito por Jessie J, Dr. Luke y Claude Kelly, y en el que cambiaban algunas cosas: lo preocupante para muchos no fue el aberrante uso del efecto de autotune –que, sin embargo, no exime al hit de ser un verdadero guilty pleasure–, sino la tendencia a enseñar muslo, sobaquillo y ombligo en el vídeo, algo que empezó a sugerirse en las imágenes promocionales y el arte de portada de “The Time of Your Lives”, y que cobró más fuerza un año después con “Can’t Be Tamed”, donde la imagen de Miley ya era más agresiva, más rock star, aunque en lo musical no fuera un éxito arrollador –sin embargo, alcanzó el top 3 en los charts americanos y hasta fue número 1 en España–.

"El trayecto de niña queridísima a villana buscona ha sido sin descanso, progresivo y dibujando un arco creciente en la tabla de las estadísticas"

¿Qué ha pasado desde entonces? Varios factores explican el acelerón de Miley Cyrus en su carrera hacia delante en pos de la excelencia en la sublime categoría de Gran Zorra. Primero, finiquitar el contrato con Hollywood Records –un sello menos proclive a llevar las cosas a un extremo, diríamos, propio de una portada de Penthouse– y fichar por RCA, donde se ha empezado a orquestar la estrategia de imagen –física y sonora– de esta Miley Cyrus que se ha convertido en la vergüenza de las familias conservadoras, el nuevo juguete de la prensa –tanto para exprimirle como fuente inagotable de ventas y visitas o para azotarla duramente con críticas crueles– y, por supuesto, una de las fuentes de las que más claro, frío y transparente emana el morbazo. La conversión de Miley Cyrus en bad girl –acompañando en su camino a otra estrella a la que también se le empieza a ir la olla con tanta rave, tanta hierba y tanta tontería, como es Rihanna– ha sido progresiva, pero firme: el episodio de su fiesta de 18 cumpleaños (en noviembre cumplirá 21; o sea, no hace tanto) molestó a ciertos sectores por confesar su afición a la marihuana (lo que indicaría que, siendo la niña más querida de América, la moza ya empastaba cogollos en fornidas Ls y conocía a la perfección los secretos de la cachimba desde mucho antes) y, en general, a otras formas no sugeridas de vida intensa que ayudan a vivir rápido y, con el tiempo, según cómo, a dejar un bonito cadáver. A partir de ahí, y sobrepasada la primera barrera legal en su camino hacia la madurez, ancha era Castilla y hemos visto a Miley de sarao en sarao siempre poniendo la misma cara, sacando la lengua, torciendo la boca, haciendo cuernos heavies y acompañada de otras niñas pijas de su misma condición, de figura casi anoréxica, ropas caras y gusto por los polvos mágicos como la modelo Cara Delevingne, de la que se está investigando a día de hoy si, como a los pájaros, le gusta más el alpiste que el agua.

Lo singular del caso Cyrus es que el trayecto de niña queridísima a villana buscona no ha sido de un día para otro, como cuando Britney o Christina se tiraban un año en silencio y reaparecían con las nuevas operaciones de estética y los nuevos tintes de pelo para el nuevo disco, sino que ha sido sin descanso, progresivo y dibujando un arco creciente en la tabla de las estadísticas. Primero fue el cambio de look –adiós a su melenaza caoba para dar paso a un rubio eléctrico a lo Sergio Ramos en pretemporada, cortísimo, como si estuviera comprimido con rulos (aunque en realidad el rulo está en el bolso y lo que asoma por la coronilla son dos pequeñas coletas)–, el frecuentar ambientes licenciosos y cambiar de manager, ya que ahora anda en manos de Larry Rudolph, precisamente el hombre que orquestó la condición de sex symbol de Britney Spears. Tras firmar por RCA y anunciar el año pasado que habría disco en 2013 –finalmente, aparecerá el 4 de octubre y HAY GANAS–, se fue consolidando la imagen de niñata díscola aficionada al fornicio al rodearse de pimps; el álbum se llamará “Bangerz” y está producido por máquinas de facturar hits del nuevo hip hop tabernario como Pharrell Williams y Mike Will Made It. El único adelanto a fecha de hoy es “We Can’t Stop”, que ya indica por dónde van los tiros, que no los tiritos: pop mainstream de toda la vida armado sobre beats de productores con buen olfato para el R&B pero con una inclinación más sintética, más sureña, más gangsta, incluso más EDM. La fórmula que le ha funcionado a muchas, ahora al servicio de la única joven del pop de masas que reúne todas las condiciones para vender a golpe de polémica: la edad, el background, el físico –#ledaba, aunque particularmente me parece un poco bichopalo, y el corte de pelo no le ayuda a disimular la sequedad de carnes– y, tachán tachán, el twerking.

"Lo que era una cosa del reggaetón, el booty bass y el crunk (aquí lo conocemos como perreo, aunque no es exactamente lo mismo), se volvió mainstream"

El twerking es una ancestral tradición americana en bares de camioneros, salones de strip-tease y demás lugares inmundos, repletos de ejecutivos solteros en busca de una mancha en el calzoncillo y perdedores que se consuelan ante una botella de cerveza y unas nalgas elásticas en movimiento. Practicado en los guetos negros del norte y el sur de Estados Unidos, donde el culto al booty es una religión seguida por muchos parroquianos, el twerking consiste en los movimientos de glúteos que una mujer practica en posición inclinada, generalmente cerca del paquete del hombre –que normalmente es antes cliente que hombre– con el fin de excitar su libido y levantar al soldadito. En el vídeo de “We Cant’ Stop” Miley ya hacía su primer twerking ante la cámara y, lo que era una cosa del reggaetón, el booty bass y el crunk (aquí lo conocemos como perreo, aunque no es exactamente lo mismo), se volvió mainstream, todavía más mainstream con la gala de la VMAs del pasado domingo, donde Miley le pasó un dedo de spandex por todo el nardo al ladronzuelo Robin Thicke y luego le plantó todo el culo delante mientras hacía gestos de actriz porno como meterse el dedo en la boca torciendo la mirada hacia el cielo y sacando la lengua, para el pasmo de mucha gente que no comprendía de qué iba la historia ni de dónde venía. Sumémosle un camel toe muy bien calculado, con media braga escalando las paredes de la vulva, y a efectos publicitarios tendríamos un bingo completo: todo el mundo habla hoy de ella, quizá no se habla de otra cosa.

La última reflexión, y sin haber podido escuchar aún “Bangerz”, es saber si esta estrategia es correcta para Miley Cyrus. Porque está claro que todo esto no es casual: tenemos a una niña casquivana, quizá malcriada, forrada de pasta, que ha descubierto poco a poco los placeres del porro y otras drogas, que en lo sexual –como diría un gran sabio cordobés, y no hablo de Séneca– se las ha comido más largas que un cubata de pueblo, y que en connivencia con un equipo de asesores que sabe de qué va la historia se ha prestado gustosa (lo que se conoce como ‘ponerse ofrecida’) a esta reconversión hípersexualizada, cómodamente instalada en los límites de la pornografía, y en colaboración con gente del hip hop, que siempre saben dónde está el dinero y no tienen escrúpulos en arrimarse a la pop-star de turno para extender su público. Esta semana hemos sabido que habrá colaboraciones con Kanye West y Lil Twist, hace semanas supimos que ha participado en vídeos de Big Sean y Snoop Dogg (mejor dicho, Snoop Lion, en su proyecto reggae, unidos por la hierba), y que todo está haciendo chup chup para que “Bangerz” sea un acontecimiento comercial de primer orden. ¿Lo será? ¿Es este el camino? Sin duda, el sexo vende, sigue vendiendo, sigue siendo lo que más vende, y parece la decisión correcta a corto plazo. Pero por el camino se está produciendo un desgaste importante: se habla más de su culo y de sus juergas que de su música, más de su deriva personal y de su tendencia al ridículo, y en rara ocasión se hace mención de sus méritos porque, más allá de quitarse ropa, agitar el bullate y comportarse como si estuviera en un burdel de carretera, todavía no ha demostrado mucho más que tenga interés intelectual –quizá si en la próxima gala se presentara con una traducción de Homero bajo el brazo podríamos cambiar de opinión–. Y además, la historia nos dice que, salvo algún milagro, cuando una estrella cae en la espiral de la mala vida, le da al turulo y a la pastilla, la música empieza a ser irrelevante (si es que alguna vez fue relevante de alguna manera) y sólo queda el descrédito, la pena y la sensación de que el juguete, que ya estaba roto de hacía tiempo, resulta ya irreparable. En definitiva, sea como sea “Bangerz”, será interesante asistir a todo el recital de mamarrachadas, momentos de vergüenza y actitudes de zorra que de aquí en adelante nos pueda obsequiar Miley Cyrus, la gran maestra actual de este género inmortal. Desde la barrera, con una bolsa de Doritos y los pies cómodamente apoyados en la mesa, nos disponemos a asistir al tremendo espectáculo y a disfrutar, de perra a perra.

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