Columnas

El regreso del Mossad, los machacas de la inteligencia estadounidense

El Mossad vuelve a las andadas con sus mejores operaciones, o al menos eso es lo que proponen Nissim Mishal y Michael Bar-Zohar, autores de un libro que analiza el que es considerado el mejor servicio de inteligencia del mundo

A la inteligencia de Estados Unidos lo que le gustaba de verdad era disfrazarse de James Bond, los cócteles caros y maquillar los informes para agradar a sus jefes: para hacer el trabajo sucio ya estaban los chicos del Mossad. Ahora, un par de estudiosos israelíes revisan la historia de la organización, bajo el anuncio de que ésta se encuentra amenazada por Irán. Por lo que pueda pasar, Raúl Sensato te repasa los grandes éxitos de la organización.

En 2007 Tim Weiner se llevó el premio Pulitzer por un grueso libro titulado “Legado de Cenizas” (Debate) donde relataba extensamente la historia de los servicios secretos norteamericanos. Allí resolvía que nunca hicieron su trabajo: siempre con topos infiltrados, sus agentes enmascaraban todo informe que no coincidiera con la opinión de sus jefes (con la inolvidable cumbre de la caída del muro, cuyos indicios fueron sistemáticamente ignorados). Cuando realizaban trabajos de campo, en lugar de mancharse las manos e investigar a pie de calle, ellos tenían propensión hacia los hoteles buenos y los cócteles caros, ejerciendo de James Bond del frente de Occidente. Para conseguir información de calado, los servicios secretos de Estados Unidos externalizaron sus funciones. Compraban las investigaciones, mandaban hacer.

Quien sí realizó las labores de inteligencia para Estados Unidos es Israel, que verdaderamente se molestó en infiltrarse en los territorios polvorientos y preguntar a quien estimase conveniente, con métodos que van de la elegancia conversacional a la tortura abismal. Ellos hacen el trabajo sucio de las sombras. Que Estados Unidos delegue en Israel su inteligencia ha sido un poco como si el Real Madrid delegara sus estrategias en Rafael Nadal: sería un trabajo muy estricto respecto al futbol, pero sus informes barrerían bastante para casa en cuanto se hablara un poco de tenis.

El Mossad es el brazo armado de esa sección de inteligencia. El músculo del cerebro que alerta luego a los ejércitos de Occidente. Y ahora Galaxia Gutenberg publica “La Grandes Operaciones del Mossad”, un greatest hits de sus intervenciones por el globo. El volumen no oculta su posición partidaria desde su primerísima página: “en este mismo momento, según fuentes extranjeras, el Mossad se enfrenta a la cruda y explícita amenaza de los líderes iraníes de borrar Israel del mapa”. El inquieto encontrará en este libro pocas claves de gran angular: evita dar contexto histórico a las situaciones, y pasa de puntillas por casos centrales como el Irangate de los 80 o el tema palestino. En su lugar, el informe se viste de película de acción: separa buenos y malos sin tonos de gris ni contraplanos, y pone a los agentes de misión sin plantear la perspectiva de los jefes. Por si decides abrir el libro (o mejor, el de Weiner), aquí te introducimos los tres mejores singles de los chicos de Israel.

Cohen el egipcio

Egipcio de nacimiento y reclutado por Israel en 1960, Cohen logró pasar por radio información sobre los Altos del Golán que fue crucial para el desenlace de la Guerra de los Seis Días, donde Israel realizó un ataque sobre Egipto que calificó como guerra preventiva. Con esta ofensiva Israel ocupó Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y la península del Sinaí, que es como decir que es la pieza central de la historia que sigue hoy ocupando los informativos.

Cohen acabó en la horca porque los soviéticos le pillaron después en Damasco insistiendo con las emisiones radiofónicas, aunque los pecios conseguidos mediante aquella invasión le han valido un lugar destacado en el museo internacional del Espionaje en Washington.

Eichmann en Argentina

El juicio de Jerusalén fue el gran anticlímax del siglo XX. Por fin se sentaba ante un tribunal uno de los responsables directos de los campos de concentración y de los transportes de prisioneros. La gente esperaba poder ver el mal, como un ojo negro de Saurón, y en su lugar encontraron a un oficinista que no era antisemita, que no estaba envilecido, y que se había concentrado en cumplir lo que le mandaban.

Era, eso sí, un hacha de la gestión.

Hannah Arendt analizó aquellas jornadas en su libro “Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal” (Lumen) donde expresaba el horror de no encontrar el horror. Antes de eso, para poder celebrar el juicio fue necesario llevar a Eichmann desde Argentina a Israel, sin que se enterara la dictadura de Videla. El secuestro se retrasó años porque los agentes no podían creer que un hombre que había pertenecido a la élite alemana ahora viviera en un barrio de currelas, en una casa construida con sus propias manos, y chupándose dos horas y media diarias de carretera, empalmando varios autobuses, para faenar de electricista en la Mercedes-Benz.

Cuando bajó del bus en la estación de Bancalari en Buenos Aires un miércoles de mayo de 1960, recorrió su último periplo internacional: primero en el coche negro donde asumió su destino, luego en el avión, drogado y disfrazado de mecánico de la línea aérea, y finalmente tras una vitrina, desencajando con sus declaraciones las convicciones de toda una generación.

Eichmann también terminó en la horca.

Los científicos de las superarmas

Lo habitual en los casos anteriores ha sido camuflarse. El secuestro de Eichmann se publicitó como “una misión de voluntarios ciudadanos judíos que actuaron por su cuenta”, hasta que, cuando murió el último de aquel comando, se hizo público que le había dado luz verde el presidente Ben Gurión en persona. Hoy, sin embargo, hay otras acciones que se airean con más frecuencia: los ataques a “científicos malos”. Esa gente que no puede llegar al nivel de excelencia de los creadores de armas en el mercado, pero que se las arreglan como pueden para tener una artillería de creación propia.

La explosión en noviembre de 2011 de unas instalaciones iraníes con el fin de eliminar un cohete de combustible sólido capaz de viajar miles de kilómetros fue declarado un éxito de la organización. Igualmente, el ingeniero canadiense que le vendió a Saddam Hussein un proyecto de cañones estratosféricos también apareció muerto en Bruselas. Es el argumento de la nueva ola: el arsenal, el cargamento químico, el centro nuclear, las armas de destrucción masiva, los científicos malos. Juntas a un tío que sabe de ecuaciones con otro con el pecho lleno de medallas y sacan una superarma que el resto de la comunidad científica no se puede ni imaginar. Desde que se descubrió que el horror no está lejos de la contabilidad, se han redoblado los esfuerzos en la técnica.

Para cada listo habrá un hombre oscuro. Es la ley del espía.

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