Columnas

En recuerdo del maestro Alfonso Santisteban

Carlos Galán, director del sello Subterfuge y amigo personal, rinde tributo a uno de los artistas más importantes de la música popular española, fallecido el pasado viernes

Alfonso Santisteban es un nombre principal de la música popular española, ubicuo en la televisión de los años 70 y apasionado del pop, los ritmos brasileños y las corrientes lounge. Tras un retiro prematuro, su memoria y su obra fue rescatada a partir de 1998 por el sello Subterfuge. Carlos Galán, su director, nos recuerda aquellos días.

El pasado viernes 24 de mayo nos dejó el Maestro Alfonso Santisteban. Durante estos últimos años jugó una larguísima partida de póker con un cáncer de pulmón, al que a base de faroles y jugadas maestras, consiguió mantener a raya hasta esta última mano en la que las cartas no estuvieron a su favor…

Tuve la inmensa suerte de conocer a este irrepetible músico a raíz de poner en marcha el subsello “Musica para un guateque sideral”, dedicado a rescatar obra de autores españoles de la década de los 60 y 70, principalmente . Por mediación de un amigo me enteré de que Alfonso estaba pasando una mala racha emocional, retirado en Marbella, y que había cedido toda su obra a la SGAE. Estaba harto y no quería saber nada más de la música más allá del deleite, que le acompañó hasta el último momento, de acariciar las teclas de su piano “mágico”, como él lo llamaba. Atrás quedaban casi 40 años de carrera.

Siempre había sido un personaje que me había fascinado. Por un lado, parte de su obra fue la banda sonora catódica de muchas horas frente al televisor dando cuenta de un bocadillo de Nocilla, por ejemplo, y por otro alguien que me trasmitía a través de las revistas de papel couché que llegaban a casa una actitud vitalista, hedonista y glamourosa , bajo un look total que le acercaba a las estrellas del rock. Así que desde el primer momento me fijé como meta que Él debería ser el protagonista de esta colección.

Sería a mediados de 1998, aproximadamente, y conseguí su numero de teléfono tras algunas gestiones que no fueron nada fáciles, parecía que la tierra se lo había tragado. Una vez lo tuve y con el lógico nerviosismo y el respeto que me infundía, le llamé. Desde el primer momento percibí algo especial, y a diferencia de otros ilustres con los que contacté para ofrecerles la posibilidad de rescatar parte de su obra (esta sería otra historia…), enseguida me empezó a hablar de música, de lo que estaba escuchando, que se había pasado toda la mañana frente al piano y que había vuelto a emocionarse disfrutando de Astrud Gilberto, con una pasión hasta entonces desconocida para mí. En ese momento deseé que nunca acabase de hablar y aún retumban en mi cabeza muchas de las cosas que me dijo…

A pesar de insistirme de que su retiro era en firme y de que no quería volver a saber nada del entramado musical, ante mi insistencia como fan y el entusiasmo que me embriagaba en ese momento finalmente cedió, y sin prometerme nada sugirió que igual podríamos vernos en unos días aprovechando un viaje que tenía que hacer a Madrid. Antes me pidió que fuera a la SGAE a recoger del archivo el material cedido y ver la posibilidad de hacer algo con él, aunque ya de entrada me comentó que lo que podría encontrarme se acercaba a algo caótico. Y así lo hice, me dirigí al Palacio de Longoria, pregunte por Jorge Ansoáin, la persona que más le ayudó hasta el final dentro de esa casa, y bajamos a una especie de catacumbas donde, entre otras cosas, se encontraba el piano del Maestro Chapí. Tras unas largas horas de búsqueda, conseguimos encontrar unas cajas en cuyo exterior figuraba su nombre y que estaban repletas, sin ningún tipo de orden, de cintas apiladas sin demasiado cuidado, bovinas y partituras. Salí de allí emocionado, consciente de que de alguna manera llevaba en mis brazos un trozo de la historia de la música de este país.

Al día siguiente ya estaba en los desaparecidos estudios Sonoland, donde el había vivido tantas horas de grabación, pasando todo ese material a un formato que se pudiera escuchar, restaurando artesanalmente mucha de las cintas, clasificando y descifrando muchos títulos escritos con unas caligrafías imposibles.

Y llego el día de conocernos, quedamos en la oficina que teníamos en la Plaza de Tirso de Molina y, nervioso y excitado como pocas veces, lo recibí. A los cinco minutos nos tenia a todos rendidos bajo su encanto y simpatía y para todo el mundo tenia una palabra amable. En ese momento percibí que empezaba a fraguarse una amistad inquebrantable y una rotunda admiración hacia su persona que duraría para siempre.

Pasamos varios días juntos escuchando todo ese material rescatado, en medio de una nube de humo del tabaco negro que tanto le gustaba y, por supuesto, de algunas botellas de su whisky favorito. Me comentaba cada una de las piezas, cada detalle de composición, grabación o producción, de todas recordaba alguna anécdota increíble. Me hablo de su devoción por Brasil y su encuentro con Jobim en un café de Ipanema, me hablo de sus inicios en el Whisky Jazz Club auspiciado por el otro grande, Augusto Algueró. Del estudio compartido con Burt Bacharach en su aventura americana, de las bandas sonoras para películas eróticas italianas de finales de los años 70, de su amistad con Pelé, de sus producciones a Bambino, de su musical “Satán Azul”, donde se lo dejó todo y que le llevó a sufrir la amenaza de grupos de extrema derecha de la época, de las noches canallas en Bocaccio, Florida Park, Long Play, Xairo o el Oliver de la calle Almirante y, naturalmente, de otra de nuestras grandes pasiones compartidas, el Atlético de Madrid. Toda una vida llena de recuerdos imborrables que trasmitían un espíritu de modernidad que se nos pasaba de largo. Avanzado en cada momento, siempre por delante… Sólo por esos días imborrables daba las gracias y sigo dándolas por dedicarme a lo que me dedico.

Esta complicidad se tradujo a lo largo de los años en cinco fantásticos discos, Musica de TV, El Callejón de los Sueños Perdidos, Jazz Natural, Verano del 72 y el imprescindible Café Ipanema, y aunque muchas cosas se quedaron en el tintero o fueron imposibles de recuperar, resume una parte vital de su existencia creativa.

Hablábamos prácticamente todos los meses desde entonces y nos vimos alguna vez en el sur, como hace tres años cuando fuimos a entregarle un presente a modo de reconocimiento por sus más de 40 años de carrera. Pero la cita ineludible de todos los años era una comida que organizábamos en su honor aprovechando que venía a Madrid a pasar las fiestas navideñas con los suyos. Siempre invitábamos a músicos y amigos a que nos acompañaran en estos encuentros, donde las sobremesas se alargaban hasta el anochecer sazonadas a base de anécdotas, experiencias y lecciones vitales que nos hacían pedirle más y más. En estos más de 15 años de amistad y hasta la época en que el maldito cáncer apareció, y que le privo de su personalísima melena durante unos meses por culpa de la quimioterapia, nos trasmitió alegría, satisfacción y agradecimiento por haberle hecho vivir, como el decía, esta “Bola extra musical”.

La última vez que hablamos fue hace un par de meses, aunque se le notaba algo achacoso; eso sí, jamás le escuché quejarse, nada hacía predecir que el final de la partida estaba cerca. Hablamos de un libro que en Subterfuge estamos preparando con motivo del 25 aniversario y donde se nos antojaba más que imprescindible su presencia, en base de su testimonio en primera persona. Como siempre su predisposición fue total y emocionado me decía, “Carlos, ya sabes que yo soy Subterfuge como el que más”. Una verdad como un templo que me llena de orgullo.

Esta última colaboración desgraciadamente ya no va a ser posible, aunque tampoco importa, ya que su presencia en nuestras vidas, a nivel profesional y personal, marcó una huella imborrable y siempre estará a nuestro lado.

Así que con lagrimas en los ojos, con un nudo en la garganta y una punzada en el corazón, no puedo más que decirte “hasta luego” y asegurarte tu presencia cada día que abramos las puertas de Subterfuge para trabajar en lo que mas nos gustaba a ti y a mí, la Música. Porque me distes una dosis de pasión extra hacia ella, porque respetaste mi trabajo y esfuerzo como pocos, por esa amistad inquebrantable que tan feliz me ha hecho.

Y desde aquí le mandamos un beso y un abrazo a Silvia, Laura y Alejandra, tus hijas a las que adorabas y a Gema, tu amor y compañera fiel durante estos últimos años. Y por mucho que suene a tópico, para acabar estas líneas sólo me salen estas palabras y este sentimiento: te voy a echar mucho, muchísimo de menos. Te quiero, amigo.

Madrid 26 de mayo de 2013.

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