Columnas

Los reality shows son la nueva cocaína

Clecas de realidad, dramas por la tocha: si no puedes parar de ver esos programas en los que sale gente en peor situación que tú (triste consuelo), este texto te interesa

¿Eres adicto a los reality shows? Si es así, te comprendemos: estos formatos televisivos son la nueva cocaína, adictivos al límite, y también el nuevo Prozak: un remedio contra la depresión, porque siempre ves a alguien peor o más hundido que tú. Así es como se consuela Carlo Padial de su vida de mierda.

Sabes que te espera un mal día cuando estás a media mañana, solo en casa y completamente desnudo, con las persianas bajadas y buscando en YouTube vídeos de accidentes de tráfico en las autopistas de Valencia. Pero no quiero hablar de esto ahora, lo dejo para otro día, cambiemos de tema. La prueba final de que vivimos en una distopia es que la gente está dispuesta a pagar sin problemas ocho o nueve euros por merendar en el Starbucks. Pero hay otras evidencias que certifican que el futuro indeseable que nos muestran en películas de ciencia-ficción ya está aquí, como por ejemplo la programación interminable e ininterrumpida de reality shows en la televisión española desde hace años. ¡Cada noche hay al menos uno! Es inversamente proporcional a la marcha de la economía: cuanto peor va, más reality shows se emiten. Y yo apruebo completamente este fenómeno. Cuesta decidirse, hay realities para modernos con gusto por la ironía, ideales para comentar por Internet, realities de cocina, infantiles, deportivos, pero a mi los que realmente me interesan son aquellos en los que las desgracias son reales, sin cortar, yo quiero LA MELANCO PURA. Dramas reales donde no haya espacio para la ironía, exijo realities en los que sólo cabe el cinismo radical, que empieza por los propios programadores y creadores del formato, que generan un escenario supuestamente al servicio del individuo, ya sea para ayudarle en su carrera creativa o para ayudarle a encontrar a sus verdaderos padres biológicos. Estos son los que me gustan a mi. Y de los que quiero hablar hoy, en este articulo.

En los últimos meses mi vida ha sido complicadísima: mis padres se han vuelto locos, me he quedado sin familia, la economía se ha hundido a mi alrededor, mi profesor de yoga se ha muerto, mi gestor me llama constantemente para anunciarme multas por impago o por infracciones derivadas de que es jodidamente imposible coordinar cien facturas de importes que se mueven entre los 15 y los 40 euros sin cometer algún tipo de fallo con consecuencias desproporcionadísimas respecto al importe recibido, el banco me llama recordándome que no tengo dinero en la cuenta, mi compañía telefónica parece tomar drogas porque cada mes me piden más dinero sin sentido, como si necesitaran la panoja urgentemente para pagar a su dealer, en fin, todos mis amigos se quedan sin trabajo, cancelan sus programas, cierran las editoriales, las productoras suspenden pagos, cesa la actividad económica aquí y allá, etc, etc, etc.

Por suerte, al llegar a casa, puedo poner la tele. Y ver a gente que está muchísimo mas jodida que yo. Menos mal. ¡Bravo por la tele!

No entiendo a la gente que dice que no le gusta la televisión, para mí son los mismos impresentables pretenciosos que dentro de unos años dirán que no les gusta Internet y así sucesivamente con todo lo bueno y divertido que se nos entrega. Personalmente, me encanta ver la tele, y a medida que me hago mayor, cada vez me gusta más. No tomo drogas, no sé donde las venden, ¡los reality shows son mis drogas! A veces, cuando llevo cinco o seis horas seguidas viendo reality shows, uno tras otro, me asusto, me entra el pánico, y pienso, “¡igual me estoy pasando con la dosis! ¡demasiadas clecas de realidad! A ver si voy a acabar como Amy Winehouse, pero yo frente al televisor”.

"No tomo drogas, no sé donde las venden, ¡los reality shows son mis drogas! "

Me encantan los reality shows. Al llegar la noche, no hay nada que me guste más que taparme con una mantita de Snoopy, comer helado, y ver a cientos de personas fracasando en directo, de múltiples formas, cantando, saltando, tratando de identificar al violador de sus hijas… Son programas que me hacen sentir bien con mi vida, pienso: “Tal vez mi vida no sea exactamente lo que me imaginaba a estas alturas, pero al menos puedo sentarme frente al televisor, confortablemente arropado con mi manta de Snoopy, comiendo cosas dulces, y riéndome de gente que esta mucho peor que yo”.

A lo mejor el mes que viene la seguridad social me embarga la cuenta (otra vez) por irregularidades en el pago de mis autónomos pero al menos YO sé quienes son mis padres y puedo culparles por todo lo malo que me pasa y todas las malas decisiones que tomo en la vida, a diferencia de los huérfanos desesperados que aparecen cada semana en “Hay una Cosa que te Quiero Decir”. O en “Niños Robados”. Puede que sea patético que con mas 35 años me sigan tratando en todas partes como a una joven promesa, pero al menos no tengo que salir a destrozar una canción de Whitney Houston en “La Voz”. Y no tengo que escuchar por parte de un jurado compuesto por tarados, cínicos y mediocres que me espera “un gran futuro en la industria” cuando ellos y yo sabemos que no es cierto. Al menos la gente que me contrata a mí en el mundo exterior me trata mal desde el principio, no hay tanto cinismo de por medio, no me suben a un escenario para luego lanzarme al barranco desde allí arriba con el único objetivo de entretener a un corral de desdentados que aplauden enfervorecidamente, como una turba furiosa, cualquier tropelía contra la música soul que se cometa en escena.

"¡Qué buenos ratos paso con los reality shows! No sé qué haría sin ellos. Tendría que enfrentarme a la situación económica actual, por suerte en vez de eso puedo sentarme cómodamente ante la pantalla"

Tal vez la economía española se haya desplomado, probablemente en quince años estaremos todos matándonos detrás de un coche en llamas, pegándonos con tubos de hierros por unos Crocs seminuevos. Pero entretanto, si puedo ver cada noche un reality show, si puedo presenciar la miseria de otros desde mi casa, yo me siento bien. Me gustan tanto los reality shows que me emociono hablando de ellos, veo uno y siento que no es suficiente, miro la hora en el reloj y de golpe ya son las dos de la madrugada y pienso: “¿Ya se acaba? ¿Ya solo le quedan diez minutos? ¿Que voy a hacer? Desde luego no me iré a dormir, ¿para qué? No hay nada que hacer al día siguiente, la economía ha desaparecido, puedo levantarme a las dos del mediodía, que mas da, dame MÁS realities”.

Entonces, a la una y media o las dos de la madrugada, ansioso y sobrexcitado por la sobredosis de azúcar que llevan los helados de Ben & Jerry's, abro el portátil y paso a descargarme ilegalmente reality shows de otros países. Admito que no es lo mismo, no me satisfacen del mismo modo pese a ser mas extremos, porque a mí me gusta que las ridiculeces televisadas sean cuanto más cercanas mejor, la telerrealidad funciona infinitamente mejor cuando existe la posibilidad de que en la pantalla aparezca de pronto alguien con quien fuiste al instituto, a ser posible el cabrón hijo de puta con la camiseta de U2 que iba de guapo en clase, que ahora, tras años trabajando en Don Piso, se ha metido en "Mujeres y Hombres y Viceversa", ¡hay pocas cosas que me llenen más en la vida que la posibilidad de ver a ese cretino en la tele! Tal vez lo único comparable a ese subidón sea pedir una pizza para acompañar el reality show en cuestión y que el repartidor que te la traiga sea el matón con el que ibas a COU, que te robaba el dinero del bocadillo. ¡A eso le llamo yo un buen programa doble de risas!

Sin embargo, volviendo al tema, no hay nada desdeñable en los reality shows extranjeros, al contrario, puede que tengan el handicap negativo de mostrar problemas muy alejados de tu realidad inmediata, pero por otro lado, suelen estar mejor realizados, y para compensar la distancia muestran problemas muchísimo mas graves: gente que fuma crack, que acumula toneladas de mierda humana en su apartamento, que sienten fobia psicótica al ver a un payaso, etc. En esto los norteamericanos son unos maestros, tienen programas realmente hilarantes, como “Hoarders” o “Bad Girls Club”. Son tan divertidos que parecen sitcoms. Te aseguro que si a “Bad Girls Club” le insertas risas enlatadas se convierte de golpe en una sitcom mil veces mejor que “Friends”. De hecho, “Bad Girls Club” es una especie de reboot de “Friends”, en la que los amigos protagonistas son tías en bikini con antecedentes penales, bebiendo vodka, conviviendo aisladas en una mansión que parece el escenario de una película porno, y apalizándose sin motivo ya de buena mañana, por cualquier gilipollez. ¡Eso es a lo que yo le llamo un formato de televisión atractivo! El creador de ese programa es un genio. Por si esto fuera poco, en “Bad Girls Club”, las paredes (como sucede en “Gran Hermano”) son falsas, la gente del equipo del programa se encuentra al acecho tras ellas, pero aquí utilizan ese recurso mucho mejor que en “Gran Hermano”, aquí, en cualquier momento, cuando las chicas del programa, en bikini y al borde del coma etílico llevan sus trifulcas hasta limites exagerados, arrancándose literalmente las extensiones y las uñas falsas, las paredes se abren y tras ellas aparecen los miembros del equipo del programa, que además de ser cámaras, ejercen también de matones de discoteca, separando a las chicas y metiéndose de por medio en las peleas, si hace falta, a puñetazo limpio. Quince personas pegándose en un barullo incomprensible.

¡Qué buenos ratos paso con los reality shows! No sé qué haría sin ellos. Tendría que enfrentarme a la situación económica actual, por suerte en vez de eso puedo sentarme cómodamente ante la pantalla, en mi minúscula buhardilla cuyo alquiler desconozco cuanto tiempo mas podré pagar, viendo durante horas una versión distorsionada e hilarante de la situación económica actual en forma de reality show. Porque eso es lo que son los reality shows, una especie de parodia filmada de lo que estamos viviendo todos, donde el individuo hace años que no significa nada, sus sueños y sus aspiraciones son perfectamente intercambiables, y su única utilidad es la de permitir la continuidad y el crecimiento del capitalismo radical y frenético, dentro del cual nuestra supuesta individualidad representa una ilusión tan absurda como cuando apuntan tu nombre con un rotulador en tu vaso del Starbucks, queriéndote hacer creer que tu nombre le importa a alguien.

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