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No, los raperos actuales no son más tontos que antes

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En defensa del hip-hop que no dice nada

Franc Sayol

18 Septiembre 2015 06:00

El pasado mes de junio, el rapero GZA, miembro fundador de Wu-Tang Clan, publicó un ensayo titulado The Lost Art of Lyricism en el que defendía que los MCs actuales ya no escriben buenas letras. “Los raperos ya no te atrapan, no me envuelven ni me desafían. ¿Qué puedo sacar de hablar de mi coche? Es irrelevante. Ya no tiene que ver con la forma de arte”, escribía.

Es una idea compartida por muchos aficionados al rap. Solo hace falta pasarse por la sección de comentarios de muchos de los hits actuales en YouTube para darse cuenta de ello. El discurso de aquellos que, como GZA, deploran el estado actual del género siempre suele seguir el mismo patrón argumental: que si los beats son basura electrónica, que si todo suena igual, que si visten como payasos... y, por encima de todo, que los raperos ya no dicen nada inteligente.

Si obviamos que es una visión reduccionista —hola Run The Jewels, Kendrick Lamar, Eearl Sweatshirt, Chance the Rapper, Joe Bada$$ y demás—, en cierto modo llevan razón. Las letras de la inmensa mayoría de canciones del hip-hop más popular del momento gravitan alrededor de la fiesta, las drogas, las strippers, el sexo y el dinero. Si tuviésemos que extraer un mensaje de ello éste sería tan simple como:


Lo estamos pasando muy bien y queremos que te unas a la fiesta



Los marcianos que vinieron a pasarlo bien



El hip-hop moderno quiere divertirse. Y pasea la bandera del hedonismo con orgullo. Cuando una reportera le pidió a Young Thug su opinión sobre los disturbios de Fergusson en la alfombra roja de los BET Hip Hop Awards del pasado año, su respuesta esta: “Dejemos esto en manos de la ley. Nosotros nos estamos divirtiendo, tenemos joyas, estamos ganando dinero. Esto es lo que hacemos. El lugar del artista no está en hablar de temas sociales”.

Surgido de la escena de Atlanta, cuna del trap, Young Thug es, probablemente, el rapero más polarizante de la actualidad. Para algunos, un visionario; para otros, el paradigma de la idiotización del rap. En su caso, no es que sus letras no tengan un mensaje, sino que, a menudo, son completamente ininteligibles. Sus murmullos, chillidos y susurros están más pensados para complementar la estética de la música que no para transmitir ideas o explicar historias. Lo importante no son las palabras, sino como suenan. La voz es ya no es una herramienta lírica, sino estrictamente musical.


El lugar del artista no está en hablar de temas sociales (Young Thug)



Lo mismo puede decirse, en mayor o menor medida, de artistas como Rich Homie Quan, Rae Sremmurd, Migos, Future, Chief Keef, Bobby Shmurda, Travis Scott o, en España, Pxxr Gvng. Ninguno de estos raperos ha querido vender que su música sea trascendente. Es música sobre y para pasarlo bien, y está construida en consecuencia. No busca hacerte pensar, sino ponerte en un estado de ánimo muy concreto. Un tipo de euforia momentánea que te haga ladear la cabeza y creer, durante tres minutos, que el hedonismo es la solución a todas tus miserias.

No hay duda que lo consigue. Recientemente emergieron vídeos de la primera actuación de Young Thug en Londres hace dos semanas. Viendo el modo en que el público pierde la cabeza con cada una de las canciones, es imposible que nadie pueda decir que su música no transmite nada. Para bien o para mal, este es el hip-hop que más y mejor conecta con la generación actual.


Es un tipo de euforia momentánea pensada para hacerte creer que, durante tres minutos, el hedonismo es la solución a todas tus miserias



Sin embargo, las discusiones en nuestros muros de Facebook y los comentarios en YouTube indican que existen multitudes indignadas por el simple hecho de que esta música exista. El problema es que, a menudo, sus disertaciones no van más allá del clásico “antes todo era mejor” propios del abuelo cebolleta. En otras palabras, sus argumentos carecen del peso suficiente para convencernos de que realmente estamos ante el declive definitivo del hip-hop.

La política de la diversión



Una de las ideas más repetidas es que esta encarnación del rap pervierte las raíces del género como herramienta de expresión de las clases negras oprimidas. Lo que parecen olvidar es que las verdaderas raíces del hip-hop se encuentran en las fiestas que organizaba el DJ Kool Herc en el Bronx a mediados de los setenta. El hip-hop en su estado primigenio siempre fue música de celebración y diversión. De hecho, el nacimiento del rap con conciencia social tuvo más que ver con las estrategias de marketing que no con la manifestación espontánea del descontento social.

Tomemos, como ejemplo, The Message de Grandmaster Flash and The Furious Five, considerada unanimamente como el germen del rap con contenido político. Cuando Sylvia Robinson, propietaria del Sugarhill Records, le propuso al grupo grabar la canción, ni el DJ ni los MCs quisieron saber nada de ella. Incluso la ridiculizaron porque, en palabras de Flash, “ni siquiera representaba la mierda real de la calle”. De ahí que, cuando Robinson finalmente logró grabarla, el único MC de la formaciones que participara fuera Melle Mel.


El rap con conciencia social tuvo que ver con estrategias de marketing y no con la manifestación espontánea del descontento social



Detrás de la insistencia de Robinson estaba su olfato comercial. Tal y como explicaba el periodista Paul McGee en este artículo, tras darse cuenta de que el público del punk y la New Wave se había empezado a acercar al hip-hop, la productora intuyó las posibilidades de expansión que le brindaba ese nuevo mercado. Sin embargo, sabía que para llegar a una audiencia que fuera más allá de las pandillas de chavales del Bronx o Queens era necesario otro mensaje; un mensaje con más calado que las típicas bravuconerías pensadas solo para vacilar en el barrio. El fulgurante éxito de la canción le dio la razón.

Sin The Message, probablemente, no hubieran existido grupos como Public Enemy, X Clan o Poor Righteous Teachers. Sin The Message, Chuck D tampoco habría dicho aquello de que el hip-hop era “la CNN negra”. Pero, dejando de lado a Public Enemy, la mayoría de formaciones políticas fueron anomalías, grupos oscuros con poca proyección comercial. Su influencia, sin embargo, fue magnificada por una élite cultural de críticos que quisieron priorizar la noción del hip-hop como verdadera voz de las comunidades urbanas desfavorecidas por encima de su espíritu festivo.


La mayoría de formaciones políticas fueron anomalías. Su influencia fue magnificada por una élite cultural que quiso priorizar la idea del hip-hop como voz de las comunidades urbanas desfavorecidas



Esta endogamia también puede percibirse en el escrito de GZA al que nos referíamos al principio. En un momento del texto, elogia un verso de Big Daddy Kane porque “habla de rapear”. También ensalza a Rakim porque “no hablaba de estar en el club sino de sus habilidades líricas”. Nadie puede poner en duda el peso que ambos MCs han tenido en la historia del género. No obstante, también hay que tener en cuenta que, en el momento en el que surgieron, el nicho de mercado del rap era mucho más pequeño y especializado. Ahora que el hip-hop comparte audiencia con el pop, es ingenuo esperar que la mayoría del público siga interesado en raperos que hablan sobre rapear.

Innovación más allá del mensaje



La simplificación del mensaje del rap, por lo tanto, no tiene tanto que ver con una oscura conspiración de las corporaciones para atontar a la audiencia con valores capitalistas, sino con la propia expansión del mercado del género. Igualmente, que la mayor parte de los jóvenes prefiera escuchar letras sobre colocarse en una discoteca en lugar de elaboradas metáforas sobre los dramas derivados del tráfico de drogas no es algo que pueda —ni deba— achacarse a los raperos.

Tampoco puede imputarse a que los raperos actuales tengan menos talento que los de generaciones anteriores, sino a que tienen talentos distintos. Las letras de Young Thug nunca tendrán nada que hacer frente a las de Rakim, pero esto no significa que sus murmullos no puedan ser igual de excitantes o rompedores como la excelencia lírica lo fue en su momento. Seguir valorando la calidad de la música con los mismos parámetros que hace 20 años es ir en contra de la innovación.


Ahora que el hip hop comparte audiencia con el pop, es ingenuo esperar que el público siga interesado en raperos que hablan sobre rapear



A pesar de que es innegable que existe una cierta saturación y predictibilidad, en el hip-hop sigue existiendo un nivel de riesgo y experimentación muy superior a cualquier otro género mainstream. Y gran parte de la misma se deriva de este conjunto de personajes marcianos con voces extrañas y ganas de pasarlo bien. Si algo demuestra su popularidad es que el público sabe valorar la unicidad por encima de lo canónico. Y, esto, una audiencia atontada no sería capaz de hacerlo.

Antes de despotricar del hip-hop moderno también hay que tener en cuenta que, en su gran mayoría, sigue siendo música hecha por jóvenes negros provenientes de barrios deprimidos. Y hacen exactamente la música que quieren escuchar. No solo continúa siendo música auténtica sino que, a su manera, también puede ser socialmente comprometida. En un momento en que, por ejemplo, la epidemia de la brutalidad policial contra los negros es especialmente candente, celebrar la vida puede ser tan político como denunciar la muerte.


El hip hop moderno sigue siendo música hecha por jóvenes negros procedentes de barrios deprimidos. Y hacen exactamente la música que quieren escuchar






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