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Yo quiero más dramas en mi vida: de por qué la tragedia vende tanto

El drama es un espectáculo televisivo y es también la nueva tendencia en las historias que cuentan las revistas de evasión.

El drama o el humor no son sino estados mentales a través de los cuales filtrar la realidad y entender el presente que nos envuelve. A partir de ahí, Bob Pop intuye que (para mal, claro) el drama es el estado imperante de nuestra época. Lo popular exige malas nuevas y la felicidad es demasiado revolucionaria para aparecer en portadas.

“No quiero más dramas en mi vida / solo comedias entretenidas”, escribió Nacho Canut y cantaba Alaska hace apenas unos meses. No acertó esta vez Canut en su adaptación al medio salvaje actual y la realidad superó y contradijo a su fricción bailable.

Queremos más dramas, porque el drama vende, nos atrae, nos entretiene y actualiza los clásicos. Queremos más dramas en nuestras vidas para consumir porque solo así lo de siempre parece nuevo. Lo de siempre es la boda de un torero. La novedad la aporta el drama: foto filtradas a través de Instagram por los invitados; traición que podría poner en peligro la exclusiva millonaria firmada por el torero y su recién con una revista de luz y de color. Más drama: la ausencia del hermano menor del torero al matrimonio. El dramón, que al cabo de unos días se acababa transformando en dime y direte televisivo con los dos hermanos echándose en cara sus cosas y rematando la faena con una reconciliación en directo en el plató de Ana Rosa Quintana (en adelante, ARGH).

Y esto ha sido solo un ejemplo tonto e intranscendente. Aunque hay más. De uno de los creadores del drama anterior –el hermano menor que no recibió la invitación a la boda de su hermano mayor torero– llega otro drama: mi ex se ha llevado a nuestro hijo. Kiko Rivera, el artista antes conocido como Paquirrín, hizo caja gracias a una entrevista en profundidad con Jorge Javier Vázquez donde al fin llegaba con algo que contar; que su exnovia se había llevado a su hijo con ella lejos. ¿Secuestro? No, solo que se había mudado lejos y a Kiko le venía fatal ir de visita. Un dramón, vamos. Un dramático suceso que, junto con el asunto de la boda de su hermano, le valió para alimentar dos intervenciones televisivas muy bien pagadas que había negociado como 'pack'. ¿Habrían tenido interés un par de entrevistas del artista antes conocido como Paquirrín de no haber sido por este par de dramas? No. Reinventarse –esa puta palabra– también es incorporar nuevos dramas al sistema operativo vital.

"Lo popular exige malas nuevas. La felicidad es demasiado revolucionaria como para aparecer en portada"

Eso lo sabe muy bien Belén Esteban, que acumula dramas que van desde su inicial salida de la finca Ambiciones con una mano delante y otra detrás (y la calle pa' correr) hasta su más reciente tratamiento para curarse de sus adicciones. Eso lo saben los directores de 'casting' de 'La Voz', que en su segunda temporada han incorporado a numerosos candidatos/participantes con dramáticas historias detrás: terremotos, muertes familiares, enfermedades varias... Sin olvidarnos de formatos de televisión pública que hacen del drama personal la perfecta excusa para adormecer la conciencia social y fomentar la caridad peor entendida que es la que empieza por lo entretenido: 'Entre todos', de lunes a viernes en La 1 de TVE. Un asco que funciona fenomenal.

El drama es un espectáculo televisivo y es también la nueva tendencia en las historias que cuentan las revistas de evasión. Las estrellas ya no vuelven a las portadas porque se enamoren de nuevo o porque estrenen un flamante proyecto. Regresan porque tienen un drama que contar: una enfermedad, una ruina, un desahucio o una ruptura. Lo popular exige malas nuevas. La felicidad es demasiado revolucionaria como para aparecer en portada. Solo el drama, reaccionario, conviene para mantener el orden social y dejarnos a todos más tranquilos, sin preguntas que cuestionen la autoridad del mundo.

La pasada semana, una presentadora de televisión anunció en el programa donde colabora que su novio y ella habían roto. Y lo hizo en directo, ante las cámaras, incapaz de contener sus lágrimas.

Una mirada más allá del drama, una lectura progresista del asunto, podría haber relatado esta ruptura de la siguiente manera: una mujer independiente y con un trabajo estable bien pagado –que además ha superado recientemente un cáncer– se enfrenta al desamor, si bien lo hace con la fuerza que da la madurez y la capacidad para relativizar las cosas que deja como secuela una enfermedad.

Obviamente, no fue esa la interpretación que se hizo de la noticia, que se empapeló como drama, recurriendo a los parámetros más conservadores que identifican desamor con soledad, desamor con desesperación, o ruptura emocional con fracaso personal. Porque eso es lo que vende, porque eso es lo que se entiende de un vistazo, sin necesidad de reflexión o avance mental: el drama es un compartimento estanco que nos mueve a captarlo todo a la primera sin necesidad de explicaciones y que nos proporciona lo que exigimos como consumidores: detalles que nos ayuden a sofisticar el artesonado de nuestros prejuicios. A redecorar el interior de nuestros lugares comunes.

"La nueva empatía con el público no pasa por ponerse en su lugar sino por lograr que sean ellos quienes hagan lo propio con el producto que consumen"

Pero que conste que el drama como tendencia, el drama como el nuevo negro de las revistas de moda de cada temporada, no se limita a la televisión ni a las publicaciones de evasión. El drama como filón también llega a nuestras pantallas en forma de ficción. E incluso en 3D. Y cuando me refiero a drama en 3D (en adelante D3D) estoy hablando de Sandra Bullock. Y no al drama que es en sí ser Sandra Bullock sino al drama que sostiene la actriz, al vuelo, en 'Gravity'; una de las películas del año –que a mí me interesó tirando a nada y me dejó con la terrible sensación de haber desperdiciado noventa minutos de mi vida o de haberme metido en una atracción del Epcot Center demasiado larga y en la que ni siquiera se movían los asientos– y cuyos guionistas hacen del drama íntimo y familiar de la Bullock uno de los puntos de apoyo para la exasperante determinación superviviente de su personaje. Algo así como hacer del drama un impulso de movimiento con dirección en gravedad cero.

Dramas reales y dramas de ficción. La nueva empatía con el público no pasa por ponerse en su lugar sino por lograr que sean ellos quienes hagan lo propio con el producto que consumen. Para que no parezca que sus dramas nos dan igual, hagamos que sean ellos quienes se preocupen por los nuestros, y ya está. Y funciona. Mientras, en alguna redacción del mundo, alguien estará gritando ahora mismo: “¡Esto no tiene ni puta desgracia” y un guionista, un redactor, un productor o un becario rascará hasta dar con el drama. Al fin.

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