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Contra el postureo de esquiar

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Mirad, tengo casi 30 años, llevo toda mi vida yendo a esquiar por tradición familiar y os aseguro que lo que los ricos hacemos en la nieve es un coñazo. Esta es mi historia

Theo Domenech

14 Diciembre 2016 09:31

*Imagen vía Mark Sollors


Cuando el despertador suena a las 7 de la mañana el primer día de tus vacaciones, crees que es un error. Pero no. Todo estaba previsto porque te has ido a esquiar, así que a esas horas donde reina la escarcha, tú te levantas para practicar uno de los deportes más sobrevalorados y mitificados del mundo: el esquí o el snowboard.

A mí esquiar me gusta mucho, o por lo menos lo he defendido siempre a capa y espada. Aprendí de pequeño, me dejé el culo, las espinillas y la pasta de mis padres y por todo ello lo he tenido que justificar toda mi vida. Sin embargo, a medida que con los años iba sonando el despertador a las siete de la mañana durante mis vacaciones de Navidad, me iba preguntando qué coño estaba haciendo cada invierno con mis días libres.

En el negocio de la nieve, las miles de marcas de material de esquí se reinventan todos los años prometiendo las prendas definitivas. Pero por mucho que te gastes cada año 300 euros en unos nuevos pantalones, no te vas a librar de su rozamiento. Eso sí, lo importante es dejarse 300 euros. Si vas de Quechua a esquiar nadie te dirá nada, pero todo el mundo te mirará mal. Luego está el típico amigo que te dirá cosas como que el esquí es un deporte que se ha “democratizado” (porque hay rastas que hacen snow) o que “lo barato sale caro”.

—Ya.



Last day in #stubai with @gopro and the legend @fischi666 ???? #tailgrab #snowboarding #tirol #hero5black @sepplramsbacher

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En el negocio de la nieve, las miles de marcas de material de esquí se reinventan todos los años prometiendo las prendas definitivas. Pero por mucho que te gastes cada año 300 euros en unos nuevos pantalones, no te vas a librar de su rozamiento.


Así que te metes en el coche y conduces hasta las pistas. Con suerte, no tendrás que dejarte las manos poniendo cadenas, pero lo que  no te quitará nadie es comerte un atasco peor que el de un lunes yendo a la oficina. El atasco, por cierto, también tiene lo suyo, porque a esquiar no se va con una Renault Kangoo: en las pistas españolas o andorranas, lo que se maneja para antes de los 30 es el Serie 1 y el Golf. A partir de ahí, el Cayenne o el X5 (con un buen par de Stöckli en el techo, que se vean bien).

Te has comido el atasco pero falta aparcar, normalmente lejos. Y ponerte las botas. Una vez has aprisionado tus pies en un par de bloques de plástico hechos para Robocop, te toca caminar como un monger con los esquís al hombro. Esquís que pesan. Y cortan. Y así, cargando con tu cruz, te pones a hacer cola para pagar el forfait. Unos 40 euros, aunque el amigo que te decía “que lo barato sale caro” te comente que “vale la pena”, o que “en no se dónde es carísimo” y que “nos estamos ahorrando una pasta”.

Lo peor es que cuando estás reventado después de tres bajadas (y tres subidas en telearrastre, que duelen más que caerse), es si tienes amigos que van muy en serio con lo de que hay que aprovechar el día (y el forfait, “¡que aquí no se tira nada!”).

Tras la cola para pagar, la cola para el telesilla. Al límite de tu paciencia, por fin, harás la primera bajada y será la hostia: durará dos minutos, para tener que tragarte otra cola en el telesilla, lleno de gente estresada y con mal humor, y otro largo viaje en el que puedes perder guantes, palos y móviles intentando hacerte selfies para volver a disfrutar dos minutos. Eso si sabes.




Si no sabes, lo más posible es que te destroces todos los músculos (incluso los que no sabías que existían), que comas nieve, que se te meta por el pantalón, que se te doblen las piernas en direcciones imposibles y que te dejes el culo y las rodillas.

Tanto si sabes como si no, las agujetas y las uñas clavadas en la bota no te las quitará nadie. Lo peor es que cuando estás reventado después de tres bajadas (y tres subidas en telearrastre, que duelen más que caerse), es si tienes amigos que van muy en serio con lo de que hay que aprovechar el día (y el forfait, “¡que aquí no se tira nada!”).

La respuesta de la gran mayoría —seamos serios— no es otra que el aprés ski, y llegar a la oficina con la marca de las gafas bien definida.

Totalmente agotado, la única salvación que queda es el bar. La democratización del esquí se puede ver ahí, cuando te encuentras al pobre señor de 60 años que ha desempolvado su ropa de invierno de cuando hacía la mili en Burgos para llevar a los putos niños a esquiar, porque en el colegio “todo el mundo” va. O en los que van con trineo, porque la democracia, de momento, no les permite dejarse, en un solo día, 40 pavos en el forfait, 30 en el alquiler de material y 60 en el profesor (130 euros, más coche, más casa u hotel). O en los que se traen la lata porque cada birra del bar cuesta 4 euros.





En estos bares también te encuentras a viejos con piel de lagarto y cabello cano con los que es imposible no imaginarse a traficantes de armas que se lucran en las pocilgas del mundo mientras se toman un té con vistas a los Alpes o a los Pirineos, dando discursos de lo saludable que es el deporte y el aire puro de las montañas.

A las cinco de la tarde, totalmente destrozado y sin paciencia, la pregunta es: ¿para qué levantarse pronto, ponerse ropa incómoda y ridícula, comerse tráfico, perder tiempo en aparcar, cargar cosas de aquí para allá, tragarse colas, hacerse daño, estresarse y encima pagar?

El aprés ski consiste más tomarse un cubata con los ojos dormidos y tener profundas conversaciones del estilo “qué nieve, ¿eh?”

La respuesta de la gran mayoría no es otra que el aprés ski, y llegar a la oficina con la marca de las gafas bien definida. El aprés ski es el nombre francés que denomina tomarse algo después de esquiar y que en las estaciones se ha convertido en un intento de fiestas memorables patrocinadas por Möet, donde la misma gente que se junta en las principales ciudades lo hace en medio del monte.

La realidad es que con todo el trance del día encima, el aprés ski consiste más tomarse un cubata con los ojos dormidos y tener profundas conversaciones del estilo “qué nieve, ¿eh?”. Luego, a dormir, y al día siguiente, REPEAT.




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