Columnas

El porno se hace carne

¿Cómo está influyendo el porno en nuestra manera de entender el sexo? Una directora de cine para adultos, una educadora sexual, una cineasta y un escritor nos hablan de su relación con el sexo, real o hiperreal

Varios estudios recientes convienen en que la pornografía consumida en grandes cantidades nos ha hecho un poco más apáticos al sexo. ¿Será verdad que la pornografía se ve mejor que el sexo real, esa maraña cubista de carne, gemidos y sudor a veces inidentificable? De los estudios generales pasamos a las historias concretas, y esto fue lo que nos dijeron.

No es común que una colegiala trate de conseguir una matrícula de honor practicando una felación de rodillas en el despacho del profesor. Tampoco es muy probable que el repartidor a domicilio acabe consolando a la mujer casada que ha encargado pizza aprovechando que su marido ha salido de viaje de trabajo. Las inocentes fiestas universitarias no suelen acabar en etílicas y chiclosas orgías masivas. De igual manera que no existe Batman, aunque exista en las películas, que la guerra no es como “El Puente Sobre el Río Kwai”, o el amor no es como en “Romeo y Julieta”, la realidad no es porno. O al menos por el momento: como tantas veces se ha dicho, Internet tal y como lo conocemos, con sus periódicos digitales, sus redes sociales, sus páginas de búsqueda inmobiliaria, es solo la punta de un enorme iceberg de pornografía de acceso instantáneo. ¿Follamos ahora distinto, inspirados por la avalancha cibersexual? Y sobre todo, ¿follarán los nativos digitales —en cuya primera educación sexual han tenido acceso a todo esto— emulando a lo que se ve en las páginas pornográficas?

“El porno nos influencia de la misma manera que nos influencia el cine, la moda, los medios, la publicidad. Somos permeables a todo, y todo nos marca. Hay que ser muy independiente para saber mantenerse critico con todos esos impactos mediáticos”, explica la directora Erika Lust, conocida por abogar por el porno feminista, que se supone más delicado, artístico y, por supuesto, respetuoso con la mujer.

¿Y esto es bueno o malo?

Yo pienso que el porno nos beneficia más de lo que nos atrofia, yo soy pro porno. Pero me gusta el porno bueno, el que está hecho con la cabeza, no con la polla.

¿Hay límites?

Para mi estilo hay más límites que para la pornografía mainstream: no abusar de la mujer, que tenga ella un rol protagonista, no hacer del sexo algo feo y sucio sino limpio y erótico. Tengo muchos más límites y normas, pero son mi fórmula secreta.

"Ahora los más jóvenes, y todos en general, podemos hacer una simple búsqueda en Google y tras unos clicks, estar viendo todo tipo de lujurias y perversiones"

La primera vez que el que esto firma vio una vagina estaba abierta de par en par como las puertas de los toriles al comenzar la corrida. En los días más felices de colegio, el compañero Alfonso repartía unos pequeños sobres que no contenían dinero negro sino fotos recortadas de revistas pornográficas: él era el único que reunía el coraje para comprarlas en el quiosco, ante el gesto admonitorio de la quiosquera. Y allí estaba esta vagina descontextualizada, sin piernas, sin tetas, sin cara: no sabía si me despertaba más excitación, o misterio, o simplemente miedo. Para los que no teníamos el coraje de Alfonso en el quiosco, el sexo era una fantasía levemente animada por las revistas que veíamos de paso en el escaparate, bien solapadas, donde apenas se apreciada una melena rubia cardada de la actriz porno, o medio pezón que lograba asomar, o por las películas codificadas de Canal +, que más bien parecía sexo entre difusos robots alienígenas de voz metálica. Alguna vez cayó en nuestras manos una cinta de VHS bien caliente que veíamos en comandita, cuando los padres de uno se iban de fin de semana, y con una erección a punto de reventar los vaqueros. Aquello, aquellas cosas que se podían hacer con dos cuerpos humanos, eran inauditas. Ahora los más jóvenes, y todos en general, podemos hacer una simple búsqueda en Google y tras unos clicks, estar viendo todo tipo de lujurias y perversiones en webs como Pornhub, YouPorn o RedTube, por citar algunas de las más visitadas. Felaciones salvajes, sexo anal, interracial o amateur, del trío a la orgía, aparatos raros y conductas sadomasoquistas, todo sin levantarnos de la silla. Un mundo sexual que, de alguna manera, tiene que acabar permeando en la realidad. Para un público adulto, el porno puede inspirar conductas sexuales más, digamos, abiertas e imaginativas, o animar la rutina de una pareja longeva y aburrida (o la solitaria existencia del soltero). Pero, muchas veces, en el caso de los más jóvenes, influye de manera nada deseable.

Este es un tema muy serio”, dice Marta Espeso, una educadora sexual con amplia experiencia en institutos de secundaria, “ los chavales (sobre todo ellos) tienen a la pornografía como guía para sus inicios en el sexo. Ven a mujeres en posturas imposibles, haciendo felaciones que las atragantan, o practicando constantemente el sexo anal. Y quieren reproducirlo con sus parejas. Luego ellas, que no son tan proclives a consumir pornografía, se ven en situaciones confusas, que no entienden, y ceden a prácticas que en realidad no desearían, y no les producen placer”. Se dan situaciones de sumisión, relaciones de poder, según cuenta la educadora, que permean a la vida cotidiana. En ellos, el consumo de pornografía se une a la imposición social adolescente de ser una bestia en la cama o practicar la promiscuidad. Incluso en casos de adicción a la pornografía, hay individuos (pocos) que pierden completamente el interés en el sexo real: solo disfrutan masturbándose con lo que ven en la pantalla.

"El porno afecta la visión del sexo convencional, convirtiendo a este último en un exceso de carne demasiado cercana"

María Agúndez es la directora del documental “Los Hombres También son Vírgenes”. En él recoge los testimonios de once varones adultos; algunos son caras conocidas como El Gran Wyoming, Dani Mateo o Damián Mollá (uno de los cómicos de El Hormiguero), otras son anónimas. Además de las peripecias de la primera vez, la directora observó diferencias entre aquellos que, por edad, no habían tenido un fácil acceso al porno y los que, ya con la ayuda de la Red, se habían hartado de mirarlo: “Creo que tuvieron mejor sexo primerizo aquellos que no tenían porno”, explica, “los que rondan los 50 años solo habían visto revistas eróticas como Interviú y cosas así, en su juventud había menos conocimiento del cuerpo y del sexo. Los que ya tenían a su disposición películas pornográficas iban a perder la virginidad con unas expectativas erróneas, iban hacia otro mundo y se llevaron un chasco. La primera vez es un trance que solemos pasar con miedo y vergüenza”. Incluso, cuenta, uno de sus entrevistados se sorprendía que en el sexo de una mujer hubiera pelo, porque en las películas las actrices porno suelen ir depiladas. “Yo soy pro porno, pero con mesura”, concluye.

Guillermo Aguirre es escritor y su única relación con el porno es la de mero usuario (que no es poca). Pero cuenta abiertamente su experiencia personal allí donde otros callan: cómo la pornografía ha influido en su forma de concebir el sexo. “Mis ideas son claras, el porno afecta la visión del sexo convencional, convirtiendo a este último en un exceso de carne demasiado cercana. O sea, altera la situación del individuo dentro del acto. Uno mirando porno es por así decirlo omnisciente y, sin embargo, en el sexo uno debe de implicarse, no existe ese añadido panorámico. En el sexo convencional uno ve un hombro que se le mete en el ojo (desproporcionado), una pierna dislocada, un ojo que se sale de su lugar, un diente que parece que se te va a insertar en la oreja. Dios sabe, objetos divididos que no pueden satisfacer con el mismo placer estético que uno vive al ver porno (satisfarán otras necesidades) pero no las estéticas, no a ese nivel”, cuenta. Vamos, que la pornografía se ve mejor que el sexo real, esa maraña cubista de carne, gemidos y sudor a veces inidentificable”.

“Ocurre que después de ver mucho porno —continúa Aguirre— , cuando uno folla acaba por desear que el otro se aparte, se toque allá, a un par de metros, te permita asistir al acto como alguien que mira y no como alguien que participa. Alimenta al voyeur”.

¿Prefieres pues, el porno al sexo real?

A ver, con esto no quiero decir que el porno sea mejor que el sexo, lo que quiero decir es que la mayoría de los asuntos, sensaciones, los aspectos que llena lo uno o lo otro son diferentes: su campo de satisfacción es distinto y compararlos en un mismo marco teórico (aunque inevitable), no tiene demasiado sentido. En lo primero uno es aséptico invitado y en lo segundo participante cercano. No puede ser igual.

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