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Generación "Poptimista": la ola que barrió para siempre al indie

En un mundo sin intimidad, ¿qué significa ser auténtico?

1. La delgada línea entre Mariah Carey y Grimes.

En Agosto de 2013, Grimes fue invitada a pinchar a una edición especial de Boiler Room; aquella sesión sería retransmitida desde la casa de Richie Hawtin en Ibiza.

Cuando llegó su turno, la canadiense obsequió al público —compuesto por chicas en bikini, tipos disfrazados de indio y gente con pinta de llevar tres días de after— con una selección a base de hits de Taylor Swift, Nicki Minaj, Ramones, Skrillex o Daddy Yankee. También puso el We’re Going To Ibiza de Venga Boys y All I Want For Christmas Is You de Mariah Carey.

Lo que hizo Grimes no fue trolear, sino un ejercicio de poptimism

Muchos acusaron a Grimes de poner esa música con intención de burlarse de Boiler Room y todo lo que implica —DJs pinchando oscuridades de géneros remotos y hipsters que se toman demasiado en serio a sí mismos como para bailar—. Nadie se creía que le gustasen esas cosas en serio. No en vano, por entonces Claire Boucher todavía era esa chica rara que grababa electrónica lo-fi en su ordenador hasta las cejas de speed.

Grimes no tardó en rebatir las acusaciones en Twitter. “Lo dejaré así: nada de lo que hago es irónico”, tuiteó. Y decía la verdad. Cualquiera que haya leído sus posts en Tumblr sabrá que es fan de Beyoncé, que Gagnam Style es una de sus canciones favoritas y que su principal inspiración para empezar el proyecto Grimes fue... Mariah Carey.

Algunos podrán argumentar que, a pesar de que le guste dicha música, ponerla en un contexto como Boiler Room —sabiendo la reacción que provocaría— es otra forma de troleo. Pero lo que hizo Grimes ese día no fue trolear, sino un ejercicio de "poptimismo" en toda regla.

2. La dictadura del pop.

¿Y qué demonios es el poptimismo?, diréis. Se trata del término que define una determinada manera de abordar la crítica musical: el poptimismo parte del precepto básico de que la música pop (en el sentido más mainstream del término) debería ser tratada como un asunto serio y trascendente.

El poptimismo promulga que el pop mainstream es un asunto serio y trascendente

La idea nació como reacción al rockism, que vendría a ser la concepción de que la única música que importa es aquella que prima la “autenticidad”, el virtuosismo instrumental, los artistas que escriben sus propias canciones y que está pensada para reflejar el mundo interior de sus creadores y no para complacer a un mercado.

El poptimismo destierra para siempre la ironía

Pero el poptimismo no solo es un concepto abstracto para que los críticos discutan entre ellos. Lo podemos ver a nuestro alrededor constantemente. El poptimismo es ese amigo fanático de Future Islands y las bandas de Sarah Records pero que también defiende algunas de las canciones de Julio Iglesias. O ese que colecciona vinilos de electrónica experimental pero que en las fiestas siempre pone alguna canción de Beyoncé.

Y todo ello, como Grimes, sin ironía. No en vano, uno de los mandamientos del poptimismo es que los placeres culpables ya no existen; son solo placeres.

El poptimismo lleva ganando terreno desde los primeros 00, pero ha sido en los dos últimos años, con Beyoncé llevándose el calificativo de “Best New Music” en Pitchfork, Ryan Adams haciendo un disco exclusivamente de versiones de Taylor Swift y el New York Times advirtiendo de los peligros de todo ello, cuando se ha convertido definitivamente en el canon dominante entre la crítica y, por ende, entre aquellos que están pendientes de la misma.

Las razones que explican el cambio de paradigma son diversas, pero la mayoría apuntan a Internet.

Internet no solo ha transformado la idea de crítica musical, sino el modo en que queremos sentir emociones

Para muchos, el poptimismo ha sido la manera que han encontrado los críticos de permanecer relevantes. Por un lado, la facilidad de acceso a la música ha hecho innecesaria la que había sido su función primordial –decirle a los consumidores qué discos deberían comprar–. Por el otro, la dictadura del tráfico hace que sea mucho más rentable hablar de Drake o Justin Bieber que de un productor emergente de bass music británica. De cierta manera, muchos críticos se han visto obligados a dejar de desafiar a sus lectores y convertirse en simples comentaristas de las estrellas.

La dictadura del tráfico hace que sea mucho más rentable hablar de Drake que de un productor emergente de bass music británica. Muchos críticos se han visto obligados a dejar de desafiar a sus lectores y convertirse en simples comentaristas de las estrellas

Pero las razones nos solo apuntan a agentes externos, sino a nuestro interior. El infinito caudal de estímulos de Internet también nos ha procurado una suerte de TDA emocional: hoy, en cuestión de segundos, pasamos de indignarnos con un columna sobre los refugiados sirios a llorar de la risa con un meme absurdo. Y esto también se refleja en la manera en que escuchamos música.

En Internet pasamos de indignarnos con una columna sobre los refugiados a llorar de risas con un meme absurdo en cuestión de segundos. Esa variedad de estados de ánimo también se refleja en la manera en que escuchamos música

Antes, los punks estaban enfadados todo el día, los hip-hoperos con el orgullo afilado en todo momento y los indies en constante letargo. Ahora, sin embargo, queremos bailar con Major Lazer y llorar con Adele, ponernos íntimos con Sufjan Stevens y cazurros con Pxxr Gvng. Y queremos hacerlo todo a la vez. Ello se refleja en nuestras caóticas playlists de Spotify. Y en que muchos de las fronteras del pasado ya no tengan sentido.

3. La muerte del indie y el nuevo elitismo.

Una de las consecuencias colaterales del ascenso del poptimismo ha sido el entierro definitivo de la noción clásica de indie.

“Vivimos en un momento en el que la dicotomía amateur/ profesional está absolutamente destruida. Las celebridades más grandes muestran la accesibilidad/ vulnerabilidad/ “autenticidad” que solía asociarse al “bedroom indie” confesional. Los artistas más pequeños dependen del dinero de las corporaciones para empezar sus carreras. Todas las viejas dualidades están revueltas”.

Ahora las estrellas son vulnerables y todo el mundo se vende como una celebridad

Estas palabras de Ezra Koenig, líder de Vampire Weekend, en una conversación con Carles, editor del difunto blog Hipster Runoff, encapsulan a la perfección por qué la vieja idea de “indie” ya no tiene sentido.

Una buena manera de ilustrar este proceso es fijarse en la evolución del criterio de Pitchfork, la que un día fuera la publicación indie por excelencia.

En 2001, el mejor disco del año para la página fue The Glow, Pt. 2, un disco intimista de The Microphones, una banda de Olympia, Washington (la ciudad dónde nació el movimiento riot grrrl y dónde Kurt Cobain compuso Nevermind) que editaba en K Records, probablemente el sello indie por antonomasia. La frase con la que Ryan Schreiber acababa la crítica del disco es definitoria: “ The Glow, Pt. 2 es a los discos de rock épico de grandes presupuestos lo que las películas caseras son a los taquillazos de sci-fi de Hollywood: infinitamente más emocionante y sinceramente conmovedor”.

Diez años más tarde, la misma página otorgaba el distintivo de mejor disco del año a My Beautiful Dark Twisted Fantasy de Kanye West, probablemente la mayor superproducción pop de lo que llevamos de siglo. Y, sin embargo, nadie discutiría que también se trataba de un disco “infinitamente emocionante y sinceramente conmovedor”. El tipo de emoción “auténtica” que, una década antes, representaba un chico pálido encerrado en su habitación grabando susurros a una cinta analógica, ahora la transmitía un productor-rapero megalómano rodeado de superestrellas en un estudio de Hawaii.

En 2001, el mejor disco del año para Pitchfork fue The Glow, Pt.2, un disco intimista de The Microphones que editaba K Records, el sello indie por antonomasia. Diez años más tarde, la página otorgaba el distintivo de mejor disco del año a My Beautiful Dark Twisted Fantasy de Kanye West, probablemente la mayor superproducción pop de lo que llevamos de siglo

Históricamente, el indie siempre había sido la manera “honesta” de transmitir emociones; la oposición a los sentimientos prefabricados del mainstream. Sin embargo, ahora el rapero más popular del mundo basa gran parte de su carisma en su fragilidad emocional, y las canciones más celebradas de un Dios del trap como Future son aquellos que hablan sobre su dolor y sus sentimientos. En cierto modo, ser indie ahora es escuchar rap mainstream.

Lo que hace una década representaba el indie ahora puede representarlo el rap mainstream

Hace 10 años, lo normal era que si te gustaban The Books despreciaras a Rihanna. Ahora, con las fronteras derribadas, todo es más complejo. Tradicionalmente, el elitismo cultural venía dado, en parte, por una negación de lo mayoritario. Pero cuando lo mayoritario es una canción como Hotline Bling, escudarse en el supuesto buen gusto no tiene sentido.

Esta es, quizá, una de las mayores incertezas que el nuevo paradigma: saber dónde está el límite del criterio, entender por qué Pitchfork le da un sobresaliente al disco de Beyoncé pero ni siquiera reseña el de Taylor Swift. Si ya no despreciamos nada por defecto —al menos como síntoma de nuestra pertenencia a una comunidad de consumidores concreta—, ¿cómo decidimos lo que es bueno y lo que no?

Cuando lo auténtico y el artificio no se distingue, el criterio y el gusto personal es más imprescindible que nunca. Y aunque el poptimismo pueda ser entendido como una ampliación de miras del elitismo indie, en realidad, debajo de todo, a lo mejor no hay otra cosa que una manifestación más de un individualismo atroz generacional.

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