Columnas

¿Por qué las personas inteligentes hacen tonterías?

Pista: empieza por "auto" y termina en "control"

Años atrás, el diario El Mundo publicaba una de las noticias más desgarradoras de la historia de la majadería celtibérica. Decía así: “Abuso sexual en Canal 9: ‘Mostró su sexo erecto y le decía: dame una chupaeta”.

Vale que la imagen de un hombre a punto de cometer un abuso sexual es, por definición, patética. Sin embargo, en este caso había al menos dos elementos que agravaban la elocuencia de la chaladura.

El primero era la propia performance: ¿qué clase de persona adulta conserva en su vocabulario la palabra “chupaeta”? Incluso su sonoridad es embrutecedora: "CHUH-PAH-E-TAH".

La segunda es la inconfundible mirada perdida de Vicente Sanz en la foto que El Mundo escogió para ilustrar la noticia. Definitivamente, no había nadie al volante.

Vicente Sanz con cara de No-Hay-Nadie-Al-Volante

Lo expresó muy bien el periodista Manual Jabois aquí: “Hay una frase que se hizo famosa hace años de un pobre desgraciado que entró borracho en un puticlub; cerró la puerta y dijo: ‘Esta noche manda mi polla’. Salió en todos los periódicos. Hay una psique, un mensaje subliminal cuando hablamos del control y de descontrol. ¡Esta noche manda mi polla! Sacarla, ponerla encima de la barra, y aquí estoy yo. No, no, tú no, es tu polla. Esa asociación de yo soy mi polla”.

Ni Vicente Sanz, ni el adorable cretino del puticlub pasarán a la historia por su refinada inteligencia. Sin embargo, ellos no son los únicos que han sufrido ese mismo rapto límbico que le lleva a uno a razonar como un gibón en celo. La lacra también se ha llevado por delante a muchos hombres de reputación.

Véanse los casos de Bill Clinton o Tiger Woods, dos figuras que una vez fueron sinónimos de sabiduría, moderación y savoir-faire, y a los que un error de cálculo los convirtió en poco más que un par de pitos locos

Hay una psique, un mensaje subliminal cuando hablamos del control y de descontrol. ¡Esta noche manda mi polla! Sacarla, ponerla encima de la barra, y aquí estoy yo. No, no, tú no, es tu polla. Esa asociación de yo soy mi polla (Manuel Jabois)

¿Y qué vinculación hay entre Clinton, Woods, el adorable cretino del puticlub y el ex secretario general de la Radio Televisión Valenciana?

En efecto, la suspensión del juicio motivada por la falta de autocontrol.

O sea, ser un ñu.

El test de la golosina

En los años sesenta, el psicólogo Walter Mischel llevó a cabo el siguiente experimento: “ un niño recibe una golosina y una instrucción clara: se puede comer la golosina de inmediato, o esperar cinco minutos y comerse dos golosinas. ¿Qué hará? ¿Y qué indica su decisión acerca del futuro”. A este experimento se le bautizó como el test de la golosina, y ahora la editorial Debate acaba de publicar un libro que recoge los resultados de aquella prueba mítica.

La cosa es que la lucha interior de los críos por aplazar la chuchería decía bastantes cosas de su futuro. Por ejemplo, hubo estudios que demostraron una correlación entre las pruebas de admisión a la universidad y la capacidad de los niños por resistirse al dulce: quienes no se comieron la chuchería, sacaban mejores notas. Igualmente, quienes se abalanzaban con más furia sobre la comida tenían más probabilidades de padecer obesidad en el futuro.

En corto: a más autocontrol, mejor te van las cosas.

La metáfora es clara. La guerra homérica de los niños contra sus instintos es la misma que la del adulto que se sube por las paredes en su enésima intentona por dejar de fumar. Y sí. También es la misma preocupación que usted lector alguna vez experimentó al verse sepultado entre un sofá y un ordenador cargado de series, consciente de que debería ponerse a trotar un rato por la calle, en lugar de abandonarse a la delectación de la comida congelada.

¯\_(ツ)_/¯

La importancia de las metas

Una de las historias más bonitas que cuenta el libro es la de George Ramírez. George Ramírez creció en una de las zonas más empobrecidas del sur del Bronx neoyorquino. Había nacido en 1993 en Ecuador, pero la economía familiar iba mal y entonces se vieron en la obligación de viajar. George llegó a Estados Unidos sin saber inglés, y allí se encontró con un colegio donde reinaba el caos. En palabras de George:

—Tuve unas cuantas peleas, y estaba siempre rodeado de adultos que directa o indirectamente nos decían a mis compañeros de clase y a mí que así no iríamos a ninguna parte. “¿Por qué molestarme en hacer nada?” Recuerdo a mi profesor de segundo curso gritando a toda aquella alborotada clase. “No hacéis absolutamente nada por vosotros mismos.” Y así pasé cuatro años.

Los estudios demostraron que los niños que superaban el test de la golosina tenían mejores resultados en las pruebas de admisión a la universidad

A los 9 años, George tuvo la suerte de poder asistir a un colegio subvencionado que le “salvó la vida”:

—El primer día que fui al KIPP fue el primer día que alguien creyó en mí. El KIPP me animó con conocimientos y me dijo: “¡Creemos en ti, así que haz esto! Aquí tienes los medios”. Las largas horas, el escenario, el punto de mira en el carácter y la preparación universitaria, el “amor duro” y las expectativas positivas. “Todos vosotros iréis a la universidad”. Por primera vez en mi vida me mostraron explícitamente que esas consecuencias son reales.

Es decir, sin metas largoplacistas, el autocontrol carece de sentido. Walter Mischel lo expresa así: “El autocontrol se divide en dos tipos de autodisciplina: la capacidad para mantener los objetivos en la mente y pensar en ellos mientras se trabaja (‘Prestaba atención y resistía las distracciones’) y la capacidad para controlar el temperamento y las frustraciones en situaciones interpersonales tirantes (‘Mantenía la calma cuando me criticaban, y hasta cuando me provocaban’).

Sí, pero…

Ok. Sabemos de la importancia del autocontrol. Sabemos que la fuerza de voluntad se hace visible en los años preescolares, pero que existe la posibilidad de modularla en la vida adulta mediante metas y motivaciones. Ahora bien, ¿por qué las personas inteligentes hacen tonterías? Walter Mischel responde a esta cuestión mediante lo que él llama “la paradoja de la coherencia”.

O sea, “suponemos que una persona muy formal siempre será más formal que otra menos formal en las situaciones más diversas”.

Clinton tuvo la capacidad de ser elegido presidente, pero tuvo pocos deseos de ejercer el autocontrol ante las becarias de la Casa Blanca

Suponemos que las personas son siempre coherentes en lo que hacen, piensan y sienten en situaciones muy diferentes.

…pero qué va.

—El presidente Clinton tuvo la capacidad para conseguir una beca Rhodes, licenciarse en Derecho en Yale y ser elegido presidente de Estados Unidos —explica Walter Mischel—, aparentemente combinados con pocos deseos de ejercer el autocontrol ante ciertas tentaciones, como la comida basura y las atractivas becarias de la Casa Blanca.

Así que la primera enseñanza del test de la golosina podría ser: “no te fíes de las apariencias”.

La segunda, en cambio, constata lo que siglos de intuición femenina llevan demostrando:

—Pensar con el pito no lleva a ningún sitio

Y si no, que le pregunten a Vicente Sanz.

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