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No es nada personal

Abel Hernández

No es nada personal Abel Hernández PASA TUS MP3 A CASSETTE

PauseHace unos tres meses mi iPod dejó de funcionar. Era de esperar ya que se trataba de uno de los primeros modelos y, lo que probablemente sea más significativo, la garantía había caducado. El caso es que, de repente, la máquina de coleccionar y poner música en la que me había convertido desde que tuve una conexión rápida a Internet había parado motores. Estaba en pause.

El mono duró apenas un par de semanas, momento a partir del cual dejé de rechistar cada vez que tenía que salir desprovisto de cascos al ruido de la calle, al meneo del autobús o a la irritante fluorescencia del metro. Unos pocos días bastaron para que me diera cuenta de que no necesitaba la música en tantas ocasiones. Es más, el alejamiento de la ruleta de canciones me permitía escuchar otras cosas a las que no prestaba atención desde hacía tiempo. Apenas ponía cosas sueltas, escogidas y normalmente como fondo para otras actividades. La abstinencia ayudó sobre todo a que se limpiara la porquería sedimentada en mi cabeza tras miles de tracks atravesándola, interrumpidos, cientos de zappping sobrevolando carpetas con discos excelentes y no tanto, novedades, descubrimientos y revivals. Yo había dejado de ser una prolongación de la red. De la reproducción y velocidad de las cosas.

PlayPero lo fuerte vino a las pocas semanas. Una vez limpio, cierto día sentí ganas de llevarme un poco de música a la calle. El Ipod seguía mal por lo que recorrí la casa en busca de algo con que hacerlo. Tenía un discman, además lector de mp3, pero tampoco funcionaba. Fue entonces cuando, con una sonrisa de oreja a oreja, reparé en el viejo magnetófono de cassette que todavía utilizo a veces para grabar alguna cosa rápidamente. Busqué entre las cintas polvorientas hacinadas en una gran caja de cartón y seleccioné dos que hacía siglos no escuchaba. Cargué con ellas y el pesado y voluminoso aparato en un bolso y, aún sonriendo por lo extravagante de lo que, creía, me disponía a hacer, me eché a la calle.

El descubrimiento fue asombroso. Aquello sonaba. Es más, sonaba muy bien. Las canciones me parecían, si no nuevas, en absoluto desgastadas. Me situé sobre cada una de ellas de un modo que casi había olvidado. Las increíbles, las no tan buenas, en todas había misterio. Además era un rollo buscar una canción concreta de la cinta. Era más provechoso oír el disco entero. Y era mejor. Dejé de oír y escuché. Escuché y el tiempo se hizo denso como el mercurio. Los 90 minutos escasos de música, inagotables. Fue un delicioso viaje.

RewindHoras después me puse a pensar en la extraordinaria experiencia que había vivido. La sonrisa burlona había desaparecido porque nada tenía que ver aquello con la nostalgia ni la rareza consciente. Nada con la contagiosa tendencia vintage que explota la memoria del cassette como precioso diseño industrial desfasado. En los últimos tiempos proliferan diversos productos que usan la cajita como motivo. No es raro encontrar camisetas o bolsos que se apropian de su diseño, hub mp3 con su forma, y, claro, esos pen drives para guardar mp3, tan monos con su estuche tipo cinta que simulan aquellas compilaciones caseras a lo Alta Fidelidad que se hacían para ligar con alguien o regalar a los amigos más cómplices. No fue eso. Alguna ternura me asaltó durante la experiencia pero no, no.

Tampoco tuvo que ver con un rollo retro de culto por la “cassette culture”. El fenómeno del underground ochentero asociado al mail-art y al DIY post-punk que hicieron brotar grupos como The Residents, Cabaret Voltaire o Throbbing Gristle, y sellos como K Records, es algo en lo que pienso ahora que escribo estas líneas. Y en las maquetas. Las grabaciones en 4 pistas. Los bootlegs... Tantas cosas llaman ahora a la puerta pero, aunque el respeto por ellas roce la devoción, no fue nada de eso lo que había provocado aquello.

¿El sonido? ¡Ni hablar! Bueno, mejor que el de los mp3 bajados de la red, sí es, claro, pero es que casi todo resulta mejor que eso. El cassette no tiene un sonido demasiado bueno, y no te digo ya si es grabado y no original. Lo compensa lo apretadito que se oye, casi saturado. No está mal pero sí tirando a cutre. El característico ruido mola pero no, tampoco fue el encanto masoquista por el sonido antiguo.

Fast-forwardLo que hizo de la experiencia algo cautivador fue la pausa junto con la calma de dejarse llevar. Fue el suspender el desenfreno compulsivo de pasar por encima de la música demasiadas veces durante demasiados años para posarse sobre ella y recuperar un vínculo casi perdido, olvidado. Seguramente habrá quien puede hacer lo mismo con los mp3, con la música colgada en Internet. Yo no. Ya me cuesta con un Cd. Necesito cintas y vinilos. Ponerme, cuando tenga ganas, sólo un disco. Entero. Una vez o dos. No hacer de Dj para mí mismo. Necesito un canal que no pueda cambiar. Un cacharro oxidado que se atranque. Caminar por la impaciencia. Tomarme tiempo. No hacer otra cosa. Desenchufarme de la red.

Así que he recuperado las decenas de cintas de la caja polvorienta y he vuelto con fuerza a los vinilos. Y, al contrario que lo que propone ese invento que “convierte tus viejos cassettes en flamantes mp3”, lo que a mí me gustaría ahora es poder pasar a casette buena parte de los kilos de buenos megas de música que tengo almacenados en el disco duro. A lo mejor es lo siguiente que hago. Si consigo aprender a perder mejor el tiempo.

Stop.

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